By Joan Spínola -FOTORETOC-

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Villa de Guadalcanal.- Dió el Sr. Rey D. Fernando a Guadalcanal a la Orden de Santiago , e las demás tierras de la conquista, e de entonces tomó por arma una teja o canal, e dos espadas a los lados como así hoy las usa.



miércoles, 10 de agosto de 2016

La parroquia de Santa María de la Asunción de Guadalcanal a fines del siglo XV (1/2)

A través de la visita canónica de la Orden de Santiago en 1494
Primera parte

1.-  La Visita Canónica santiaguista y el Priorato de San Marcos de León.
Como es de sobra conocido, la historia de Guadalcanal ha estado estrechamente vinculada a la orden militar de Santiago a raíz del proceso reconquistador frente al Islam. En efecto, la participación de los caballeros santiaguistas en la toma de la localidad a los musulmanes a mediados del siglo XIII determinó el que la vida religiosa y civil de la villa pasase a manos de dicha institución religioso – militar, hasta que los acontecimientos del siglo XIX trajeron de la mano la extinción de las órdenes militares. 
En virtud de este adscripción santiaguista, Guadalcanal formó parte de la denominada Provincia de León, circunscripción juridíco – administrativa que comprendía parte de la actual provincia de Badajoz y que era gobernada en lo eclesiástico por un Obispo – Prior que residía en el convento de San Marcos de León, de donde le vino el nombre a esta provincia [1] . Sin embargo, la distancia existente entre estos territorios de la Baja Extremadura y la capital leonesa aconsejó la creación, ya realizada en el siglo XVII, de sendos provisoratos en Mérida y Llerena, dependiendo Guadalcanal de este último hasta su incorporación al Arzobispado de Sevilla en momento avanzado del siglo XIX. Dentro de este marco administrativo, la vida religiosa en Guadalcanal era controlada, aparte de por la autoridad eclesiástica local, por los Visitadores enviados periódicamente por la Orden santiaguista.
Como instrumento de control de la vida religiosa, la Visita Canónica o Pastoral, efectuada con cierta periodicidad, daba cuenta por escrito del estado de la Iglesia en la localidad visitada. Así, no sólo se hace relación del personal eclesiástico local (vicario, curas, beneficiados,...), cofradías y hermandades, capellanías, patronatos y fundaciones pías, sino que también se describen los templos existentes y se hace inventario de las imágenes y objetos litúrgicos en ellos custodiados. 
Aunque los decretos del Concilio de Trento a mediados del siglo XVI hicieron obligatoria la práctica de la Visita, en el caso de la Provincia de León santiaguista ya se efectuaba desde los años finales del siglo XV, fechándose en 1494 el primer informe conservado sobre Guadalcanal, lo que contrasta con lo tardío de los datos correspondientes a las vecinas localidades serranas, pertenecientes desde la Reconquista al Arzobispado de Sevilla y para las que también disponemos de este tipo de informes, pero referidos por lo general ya a los siglos XVII y XVIII [2].
Al presentarnos esta visión panorámica, los informes de las Visitas Canónicas se convierten en una fuente de gran interés para la historia local: aspectos como el patrimonio arquitectónico y artístico, la religiosidad popular y la vida eclesiástica pueden ser ampliamente estudiados a través de esta documentación.

2.- La Parroquia de Santa María de la Asunción y la Visita Canónica de 1494.

Como antes hemos dicho, el primer informe de Visita correspondiente a Guadalcanal se fecha en 1494 y se conserva en la sección Órdenes Militares, del Archivo Histórico Nacional [3]. La Visita Canónica en cuestión se celebró en octubre de dicho año, siendo convocadas al efecto las autoridades civiles y religiosas de la localidad, como lo eran los alcaldes Diego de Ortega y Rodrigo Yáñez. En presencia del notario apostólico Diego de Moya, el comendador Fernando de Arse y Francisco Núñez, Visitadores de la Provincia de León, a los que poco después se les agregó Gutierre Gome de Fuensalida, Comendador de Villaescusa de Haro, dieron inicio a su inspección, tras cumplimentar los formulismos y rituales inherentes a este tipo de actos, como juramentos, requerimientos y presentación de credenciales por parte de los interesados.  
Tras visitar las parroquias de San Sebastián y Santa Ana, el día diez de dicho mes de octubre le tocó el turno a la de Santa María, a la que siguió la inspección de las ermitas de la localidad, “ “las cuales son de San Benito e Santa María de Guaditoca e de San Pedro e la Celda e de Santa Marina “ , y la “ casa con su castillo “ del comendador de Guadalcanal, Don Fadrique Enríquez. Esta Casa de la Encomienda, de la que se conocen diversas noticias documentales que dan idea de su estructura y distribución de sus dependencias, estuvo en pie hasta 1690, época en que se inició un irreversible proceso de deterioro que condujo a su demolición, hasta tal punto que en 1766 sólo quedaban en pie parte de sus muros, perdurando en nuestros días sólo el recuerdo en el topónimo “ El Palacio “ con que conocemos el emplazamiento que ocupó este desaparecido edificio [4].
Centrándonos ya en la Visita de Santa María, ésta comenzó con la celebración de una misa, tras la cual se pasó a inspeccionar el edificio, que se describe compuesto “ por tres naves sobre arcos de ladrillo “ y techado “ de madera tosca e de ripia de tabla e encima su barro e teja “, siendo la madera “ toda vieja e antigua “ , cubriéndose la capilla mayor con bóveda de piedra [5]. En definitiva, una estructura que se corresponde – haciendo abstracción de las reformas y añadidos posteriores – con la iglesia que hoy podemos contemplar, compuesta por tres naves repartidas en cuatro tramos por medio de pilares cruciformes sobre los que cabalgan arcos apuntados y cubiertas con bóvedas de cañón – producto de las reformas del siglo XVIII – que vienen a sustituir a las primitivas techumbres lignarias. 
El cuerpo del templo se completa con el ábside o presbiterio – cubierto con bóvedas de nervaduras góticas – , perteneciente como vemos a la obra primitiva, y con las diferentes capillas añadidas posteriormente a lo largo del perímetro de las naves laterales, como las de la cabecera de la nave izquierda, fundada por Alonso Ramos, hijo de Rodrigo Ramos el Viejo y la del mismo lado de la nave contraria, edificada en torno a 1550 a expensas del clérigo Francisco López [6].

[1] Una visión de conjunto de esta cuestión la ofrece RODRIGUEZ BLANCO, Daniel: La Orden de Santiago en Extremadura en la Baja Edad Media (siglos XIV y XV). Diputación Provincial de Badajoz, 1985.
[2] HERNANDEZ GONZALEZ, Salvador: “ La Parroquia de Nuestra Señora de las Nieves a principios del siglo XVIII: notas histórico – artísticas “, en Revista de Feria y Fiestas de Alanís (1996), s. p.; “ La Parroquia de Nuestra Señora de Consolación a principios del siglo XVIII “, en Revista de Cazalla (1997), s. p.; “ La Parroquia de Nuestra Señora de la Encarnación entre los siglos XVII y XVIII: notas histórico – artísticas “, en Revista de Constantina (1997), s. p.
[3] ARCHIVO HISTORICO NACIONAL (en adelante, A.H.N.), sección Ordenes Militares: Libros de Visita de la Orden de Santiago. Libro 1101 – C (1494), págs. 17 – 21, 45 – 77, 337 – 342, 419 – 423 y 563 – 566. (Copia microfimada en el Archivo Histórico Provincial de Badajoz, de la que hemos conseguido fotocopia gracias a la amabilidad de Don Manuel Luis Calle Cabrera, investigador de la vecina localidad de Fuente del Arco, a quien expresamos nuestro agradecimiento por habernos brindado esta documentación).
[4] RUIZ MATEOS, Aurora: Arquitectura civil de la Orden de Santiago en Extremadura: la Casa de la Encomienda. Su proyección en Extremadura. Junta de Extremadura – Diputación de Badajoz, 1985. Págs. 91 – 95.
[5] A.H.N., sección Ordenes Militares: Libros de Visitas de la Orden de Santiago. Libro 1101 – C, pág. 60; FLORES GUERRERO, Pilar: El arte del Priorato de San Marcos de León de la Orden de Santiago en los siglos XV y XVI: arquitectura religiosa. Universidad Complutense de Madrid, 1987. Tomo I, pág. 484.
[6] HERNANDEZ GONZALEZ, Salvador: “ La Parroquia de Santa María de la Asunción de Guadalcanal y su patrimonio artístico “, en Revista de Guadalcanal (1999), págs. 57 – 61; FLORES GUERRERO, Pilar: El arte del Priorato ..., tomo I, págs. 484 – 486.

Revista de Feria y Fiestas 2001.
Salvador Hernández González


sábado, 6 de agosto de 2016

Relatos de caza a la luz del candil 4

Una cacería el “El Quejigal” (5) primera parte

Ese año también, como ya venía siendo costumbre en él, El Capitán Páez se presentó en su pueblo desde “Sidi Ifni”, puntual como un "Longines", el día de vísperas de la apertura del periodo hábil de caza. En esta ocasión, sin recaderos por medio, fue él, en persona y al no mucho de haber "aterrizado" en casa de su hermana, el que se me presentó en La Escuela, y que, después de lo visto, más que por el apremio de saludar a un buen amigo, después de largos meses de ausencia, fue como para desembuchar una incontenible enhorabuena, que le bailaba en el corazón, por las excepcionales dotes y virtudes de las que, según tenía oído y más que ratificado en las pocas horas que llevaba en el pueblo, hacía gala la cachorra que me regalara, y así, desde el instante mismo en que apareciera en la puerta, comenzó a decirme, a la par que avanzaba hacia mi mesa con los bazos abiertos en actitud de estrecharme en un amigable abrazo, que no me podía ni imaginar la alegría tan enorme y la satisfacción tan sumamente grata que sentía, por el gran acierto que había tenido en la elección de la cachorra. Que por lo visto y como bien profetizara yo en su momento, había sido especialmente dotada por la diosa de la caza, la divina Diana. Que ya le tenía dicho algo, al respecto, su cuñado José María, en alguna que otra llamada telefónica, pero que, sorprendentemente, desde que, aquella misma mañana, pusiera los pies en Guadalcanal, no había dejado de oír, de unos y de otros, que "la perra, que le regalara a Don José Fernando, era el no va más en todas y cada una de las prestaciones, que un perro de caza puede ofrecer al más exigente de los cazadores".
-No lo dudes.-Acudí a contestarle con el orgullo, ostensiblemente, reflejado en la cara, a la vez, que le expresaba mi más sincero agradecimiento.- Cuando la veas "metida en harina," tengo la más absoluta certeza de que te vas a quedar con los "güevos colgando", como tu cuñado me dijera, profetizando la valía de la perra.
Uno de mis alumnos, cuyo pupitre se encontraba casi pegando a mi mesa, me debió oír, pues cuando me di cuenta de la palabrota que, de forma tan espontánea, se me terminaba de escapar, pude notarle que, con mirada de picaroncillo, buscaba a hurtadillas a algún cómplice que le apoyara en aquel morbo, que "el taco" del señor Maestro le terminaba de suscitar. Como subrepticiamente y a modo de paréntesis dentro del diálogo que mantenía con el militar, procuré arreglar el desaguisado, y, haciendo un inciso, me dirigí al pícaro alumno, y le dije que los Maestros, por muy Maestros que fuesen, no son dioses, sino humanos, y que, como tales, también suelen meter la pata, alguna que otra vez, hasta el mismo corvejón. Y el chaval, ante mis imprevisibles e inesperadas palabras, se limitó a agachar la cabeza, quedando, a su vez, más serio que la bragueta de un guarda.
La Sesión Escolar estaba a punto de concluir, por lo que no tuve grandes remordimientos de conciencia, por robarle los escasos “minutejos” que quedaban, así que di por concluidas mis lecciones, cerré La Escuela y me fui, en la grata compañía del amigo, recién llegado desde tan lejos, a tomar una copita antes de acudir al almuerzo. La mayor parte de este nuestro tiempo se lo llevó el panegírico que le sermoneara de la "diosa" que me regalara, si bien, como en un inciso, también  intercalamos en él todos nuestros proyectos referentes a la cacería del día siguiente. Todo estaba, prácticamente, concretado, y así hice especial hincapié en referirle "el cazadero" elegido y a los compañeros con los que iríamos.
Con alguno de ellos, por cierto, nos encontramos allí en el Bar, por lo que, entre otras cosas, pudimos confirmar la inclusión definitiva del "legionario" en el grupo, después de haberle dejado un tanto al aire, por si no llegaba a tiempo o por si optaba por otros planes.
Los compañeros, además de ser muy buenos amigos de ambos, eran todos ellos grandes y afamados cazadores. Estoy por decir que se trataba, nada más y nada menos, que de la "flor y nata" de los escopeteros de Guadalcanal: Nicasio "El Labriego", Patricio “El Trepe”, Curro "Mataliebres", Cato "Robaníos", Currillo "El Zocato" y quizás algún que otro más que ahora no recuerdo. Todos ellos, parecían llevar en la sangre, como aquellos primitivos cazadores de La Prehistoria, las más envidiables virtudes del auténtico y más genuino cazador: espíritu de sacrificio, el saber pisar por el monte, el instinto y la astucia de un viejo zorro, la estrategia de un sagaz guerrillero y la rapidez de un rayo en el disparo.
Creo que es el puntual momento de confesar, al respecto y para que el demonio no se ría de la mentira, que ni El Capitán ni yo llegábamos a tanto, por lo que nos sentíamos entre ellos como segundones y casi de relleno, aunque jamás como estorbos o simples comparsas, como para hacer el más espantoso de los ridículos.
El singular y muy dicharachero "Don Paco", tal vez,  hubiese dicho, al respecto, aquello de "cada gente con su gente, y los burros con los gitanos", pero tampoco era el caso.
Esto por un lado, pero como por otro, la costumbre por aquellos lares era "ir a zurrón individual", cuando se cazaba "en cuerda", y no a "un solo zurrón", pues adelante y, como decía aquel, al que Dios se la dé, que San Pedro se la bendiga.
"El Quejigal", nuestro electo "cazadero", por encontrarse allá "en el quinto coño", aparte de estar comunicado sólo por escarpadas veredillas ovejiles de montunos vericuetos, nos obligaba a tener que ponernos en camino bastante antes de que amaneciera.
A la llamada del despertador, salté de la cama como un gamo, y me fui directamente hacia el balcón a inspeccionar el cielo a través de los cristales. "Al trasluzón" y como entre blancos y andarines vellones de algodón, pude ver titilar las estrellas. Fue el preciso momento además en que el gallo lorigado, que mi adorable esposa cuidaba como rey de sus gallinas en el corral, tocaba diana con aquel tan gallardo "kikirikí" que, por ser especialmente bizarro y arrogante, parecía haberle salido de lo más profundo del alma.
Pensé que los compañeros podían adelantar la hora de la  llegada, y me apresuré a dejarles la puerta de la calle entreabierta, para evitar que tuvieran que echarle mano al picaporte. Y es que el llamador de aquella mi casa era el de un Castillo Medieval. Un sólo aldabonazo, y más que suficiente para despertar a un muerto, que no sólo a mi esposa y al ángel, de nombre Rafael, que a su lado dormía plácidamente.
Otras veces no, pero miren ustedes por donde, esa madrugada, mientras ponía en orden mis bártulos, me vino a la memoria, caprichosamente, algo que yo tradujera del latín, no recuerdo bien si de Horacio o de Virgilio, siendo aún estudiantillo de Bachillerato. Estos peregrinos y extraños caprichos de la memoria, a veces, tienen "su gracia".
Y es que aquello "del "venator" (cazador) abandonando a la tierna esposa en el tibio lecho del amor...", a mí, convertido ya por aquel entonces en un pícaro pollo zancón, me sonaba a.....pues a eso, a entelequias de bucólicos poetas. Pero, esa mañana, después de tantos años, tuve que rendirme a la evidencia. El vate latino tenía más razón que un santo.
¡Esta dichosa afición...!
Tuve que convencer a mi amorosísima y muy hogareña esposa, para que no se levantara a calentarme ese, al parecer, imprescindible buchito mañanero de café, porque......¡ qué va, mujer, que con un buen "lingotazo" de aguardiente peleón de “Zalamea La Real”, ya está "el tío" "que echa leches por esos andurriales".
La Diana, aquella "braca" irrepetible que me trajeran de la mismísima Alemania como singular presente, con sus papeles en regla y en avión, debió ventear desde el corral, ya suelta de su collar, mis cinegéticas intenciones, y, mientras preparaba los bártulos, no dejaba de arañar la puerta, gimoteando impaciente e incontenible su afición.
Cuando con el morral a las espaldas, la canana a tope apretada en la cintura y "la del doce" enfundada sobre el hombro, me disponía a acudir a la puerta, sabiendo que mis compañeros estaban al caer de un instante a otro, intuí que alguien se colaba en el zaguán con el tacto de un avezado ladrón, al tiempo que adivinaba que le bisbiseaba una especie de amenaza a un perro, prohibiéndole la entrada. Me fui rápidamente a su encuentro, y, en efecto, se trataba de Nicasio "El Labriego" que, al verme, le faltó tiempo para darme "los mu güenos días nos dé Dios", con voz apagada. Le pregunté con un gesto por los demás. Y como en confidencial confesión al oído, me contestó que, para evitar ruidos y posibles molestias a horas tan tempranas, ya iban "p´alante" en busca de las afueras, donde nos esperaban.
Entre tanto, tras la puerta del corral, La Diana, convencida, definitivamente, de que el día de caza era un hecho irreversible, arreciaba sus gimoteos y su impaciencia, así que, cuando le abrí, explosiva y “lametona”, se me enredó entre los pies, exteriorizando incontenible su desbordada felicidad. No me dejaba dar paso y tuve que reñirle, simulando severidad. Ella, por contra, me miró con tanta dulzura como humildad, y, derrengada como una esclava empalagosa, se lamió los hocicos y "gimió" como una niña caprichosa. Sólo tuve que señalarle con los ojos la dirección de la calle, para que escapara hacia ella como una flecha.
"Crispín", "el garabito" blanquinegro de Nicasio, que nos esperaba en la calle, corrió a su lado, y, después de olisquearla entre amable y desconfiado, repentizó alegres carrerillas a su alrededor como invitándola al juego, mientras que yo me restregaba la nariz al sentir que me la afeitaba, como a traición, una gélida brisilla norteño que se rizaba en un leve temblor, en algún esporádico yerbajo arrinconado en las aceras, al ritmo que parecía marcarle una tenue neblina "meona", que se cernía a ras del suelo.
-¡Malo.- Susurré como para mis "adentros" y casi inconscientemente, añadí.- menuda faena nos puede jugar el "hijoputa" de este “galleguiño” de los infiernos!
Me dio la impresión que "El Labriego" no se quiso dar por enterado, así que, desentendiéndose de mis palabras, escondió las orejas entre el cuello levantado de la pelliza, y echó a andar tras el explosivo jugueteo de los perros.
Las calles dormían en tan mudo y solemne silencio, que el escarbo de uñas de los perros sobre el empedrado, daba la sensación de un espurreo de gravilla, en tanto que el profundo y acompasado taconeo de nuestras botas parecía una profanación. Alguna lucecilla moribunda, colgada en el farol de alguna que otra esquina, parecía agonizar por momentos.
Y por allá, por las repinadas crestas de las sierras de "Los Retamales", asomando por lo alto de los tejados como tras un cristal esmerilado, se podía intuir la lontananza de un cielo con grandes claros, en los que las estrellas parpadeaban acrisoladas y como jugando "al escondite" entre los peregrinos nublados.
Caminaba ensimismado junto a Nicasio, oyéndole las sentidas loas que me iba haciendo sobre "los cazaderos del Quejigal", cuando de pronto, "Crispín" repentizó una carrerilla nerviosa y hostil en dirección a un gato romano que, crispando el lomo primero, y escapando "a calzón sacao" después, se coló, como una centella y con el perro en los talones, por debajo de un portón leproso de un corralón en ruinas, en tanto que La Diana, familiarizada, al parecer, con nuestros domésticos gatos, me miraba como diciendo, que no comprendía la beligerante actitud de aquel loco persiguiendo a un animal tan hogareño como lo era él mismo.
Prácticamente en "las afueras" ya, dimos alcance al resto del grupo, en el que, en efecto, como ya me advirtiera "El Labriego" en el camino, también se encontraba, Bartolo "El Sacristán", invitado por su primo Currillo "El Zocato", con el que se encontrara, casualmente por la noche y muy a última hora, en El Casino, como queriéndome justificar con ello el cambio de parecer que tuvieron que tomar, a raíz de esta invitación, de cazar "a un sólo zurrón", haciendo, por una vez, una excepción especial.
"El Moro" y "La Linda", los dos castizos conejeros cruzados en ibicenco de Curro "Mataliebres”, así como "El Peralito", el astuto zorrero de Cato "Robaníos”, "La Chula" de Bartolo "El Sacristán" y "El Pringues" y "El Panete", que les prestara al Capitán su cuñado José María, tan pronto ventearon a nuestros perros, corrieron en loca desbandada a su encuentro con amenazadores, pero poco sinceros ladridos.
Una vez reunidos, todo quedó en pacíficos olisqueos como de reconocimiento, y.....adelante y como amigos de toda la vida.
"El Chispa", sin embargo, al providencial amparo de su amo, Currillo "El Zocato", apenas si se atrevió a lanzar unos ladridos, dando la sensación que los lanzaba por el sólo hecho de no querer ser menos que los demás, al tiempo que, por su atiplado y ridículo tono, lo delataban, inequívocamente, como la nimiedad del enteco can que era.
A muy poca distancia de las esquinas del pueblo, nos echamos fuera de la carretera y empezamos a atajar por pedregosos y zigzagueantes caminos de bestias que, conforme se iban encabritando, iban degenerando más y más en veredillas de vericuetos imposibles, que nos obligaban a caminar en fila india. A veces y por tramos, más o menos largos, perdían incluso “el alberizo” color de su serpenteo bajo el matorral, en tanto que el jadeo de nuestras fantasmales sombras, en la penumbra de la madrugada, se hacía más y más patente. No obstante, aureolados de lleno por nuestro gozoso y desbordante anhelo, menudo guirigay de gallinero nos llevábamos por aquellos repechos con las jaras golpeándonos el pecho, porfiando llevar la batuta con esta o aquella sorprendente anécdota caceril o este o aquel espectacular lance de nuestra vida de escopeteros, aunque siempre, eso sí, con las palabras entrecortadas por la asfixia.
El único que no decía ni esta boca es mía, era Bartolo, y es que el buen hombre, aparte de que la Sacristía - ya que Sacristán era - se debía prestar poco para entrenamientos deportivos, tenía toda una señora "andorga, " que ni el "Canónigo" más “morrilludo” y hermosote. Y claro, allá iba nuestro hombre gateando como a “chuparrueda” y, más que como debía, como podía.
Las primeras claras del día nos cogieron ya muy “cumbreros”. Fue a esas horas, precisamente, cuando, al pasar junto a un bosquecillo de álamos, me llamó la atención el rumor de avispas de sus hojas semiagostadas, e, instintivamente, se me escaparon los ojos hacia el cielo. Y entonces, con un significativo gesto de mala geta, le quise dar a entender al "Trepe" que el cielo se nos podía malear y tenernos todo el santo día como una sopa. Pero "El Trepe", después de echarle un vistazo por encima a los chopos y fijar sus ojos en los nublados, me dijo, con total convicción, que "noniles". Que nada había que temer. Que sólo se trataba de la natural brisilla mañanera de la sierra, y que los cuatro nublillos que vagaban desperdigados por el cielo, por inocentes e inofensivos, "no traían ni la meá de un gato".
Frasquito "Mataliebres" terció, y no sé a cuento de qué, comentó que, siempre que iba a salir de cacería, le pasaba lo mismo. Que, por la alegría que le entraba por todo el cuerpo, sentía como una especie de nervioso hormigueo, que no le dejaba pegar ojo en toda la noche. Nos dijo exactamente – lo recuerdo letra por letra - que "dormía menos que el gato de una posá". A "Robaníos" le cayó en gracia el dicho y, riendo,
"se meaba las patas abajo". En efecto, el tiempo no sólo nos respetó, sino que hasta nos benefició, ya que los nublillos más que andarines entre los claros del cielo, nos mitigaron los rigores de un sol, que todavía en Octubre, suele quemar en Andalucía como las parrillas de San Lorenzo.
Los pajarines forestales, ante nuestros pasos, empezaron a relampaguear juguetones entre el matorral, mientras que el canto de los gallos cortijeros se iba espaciando más y más, siendo, a su vez, reemplazados por "los reclamos de cañón" de algún que otro perdigón que, perdidos por aquellos montaraces parajes, se iban haciendo, cada vez, más asiduos.
Eran los precisos instantes en que, coronando, por fin, aquellas interminables y pronunciadas laderas, dimos vista a los bravíos cerros del Quejigal. Realmente, el que, por antonomasia, era El Cerro del Quejigal, se encabritaba allá enfrente, desafiante e imponente, en tanto que, en su entorno, se extendían otros cerros de "coronos" más suaves y laderas más afables, y en cuyas faldas se intuía que el monte clareaba entre alguna que otra estrafalaria encina centenaria que, esporádicamente, se elevaban en ellas como fantasmagóricas sombras.
Entre nosotros y aquellos bravíos parajes, aún se extendía una especie de dehesa que llaneaba en suaves y amplias ondulaciones, en las que convivían en promiscuidad, a modo de exuberantes macetones e, indistintamente, las retamas, las chaparreras, los acebuches, los quejigos, los lentiscos, las madroñeras y siempre, como incordiando entre ellos, las aulagas, las jaras, los jaguarzos, los tomillos y los romeros.
Repinados en las puertas de este teso y con la aureola del sol en el horizonte, anunciando su inminente nacimiento, decidimos tomarnos un respiro, al tiempo que montábamos, definitivamente y ya con "el cazadero" ante los ojos, nuestras estrategias cinegéticas.
Nuestro jadeo era patente, y todos, siguiendo el ejemplo de Páez, comenzamos a hacer profundas inspiraciones, rebotando, a la vez, los brazos en cruz hacia atrás a lo gran gimnasta, como queriéndonos meter entre pecho y espalda aquellas inmensas y solitarias lontananzas, que se intuían en la tenue claridad de la alborada.
Viendo a algunos de los perros que como no pudiendo refrenar por más tiempo la fuerza de su pasión por la caza, comenzaban a rastrear inquietos entre los matojos y peñascales más cercanos, mi Diana me miró con impaciencia contenida y, como esperando mi permiso de un momento a otro, para ponerse a imitar a sus compañeros.
"Nada nuevo bajo el sol," me dije, oyendo a unos y a otros tramar sus propias estrategias, y me distraje mirando al "Chispa" que, sentado sobre las patas traseras, siempre al lado de su amo, parecía estar en la actitud de todo un atento y muy interesado oyente. Una monería de “gozquecillo”, desde luego que sí, pero me parecía tan poca cosa, que hasta llegué a pensar que el solo hecho de haber podido alcanzar aquellos elevados parajes, y más pensando que, por lo común y siguiendo el ejemplo de los demás perros, los habría subido fuera de vereda y atrochando entre el monte, era ya, no sólo toda una heroica gesta, sino todo un sorprendente prodigio.

Vida, Obras y Milagros de una Excepcional Perra de Caza

©José Fernando Titos Alfaro Nº Expediente: SE-1091 -12

miércoles, 3 de agosto de 2016

Candelas en el Palacio, comenzado el Otoño

Recuerdos de mi infancia y juventud en Guadalcanal

No sé, si mi memoria llegará a alcanzar, tantos recuerdos y vivencias como yo quisiera, para poder plasmar en estos párrafos, el transcurrir de una parte de mi vida, que sin lugar a dudas, queda su recuerdo durante toda ella.
Mi infancia, transcurre como la de cualquier muchacho a la edad de los siete y once años, quizás un poco más liberal, por cuanto se refiere a poder participar de los juegos que entonces privaban, o estar en sus calles, desde la mañana a la noche.
¿Qué ha sido de aquella época?
Recuerdo cuando los muchachos nos concentrábamos en la Plaza o en el Palacio, para jugar a: "Chaleco y Cadena", o a "Barruta", al "Salto del Moro”; o a "Entera y Media" y a los "Bolis" con su hoyito inglés. Y a tantos y tantos juegos, con los que se nos pasaban las horas volando.
¡Qué prisa me daba, llegada su época, en quitarle el asa a la primera "cuba" que me encontraba en mi casa, y llevársela a Pastorcito (q. e. p. d), para que me hiciese un “Aro” con su manigueta y tras él recorrer las calles de mí Pueblo, o llevarle el "Trompo" para que le pusiese púa nueva, bien afilada, y con él, intentar partir en dos algunos de los "Trompos" que en el redondel se encontraban! o sacarles una astilla...
Era otra época, ya se sabe. Hoy la infancia y juventud de los muchachos transcurre con otras formas, otros juegos, se divierten de otra manera. ¡Ya, ya sabemos que los tiempos han cambiado!. Ahora estamos más "civilizados". Ahora, ya la Plaza y el Palacio, cumplen su función, es decir, pasear en ellos, con tranquilidad, con sosiego.
Hubo un tiempo en el que a los muchachos las horas se nos hacían interminables, esperando el momento que diesen las cinco de la tarde, salir de la escuela corriendo, y dirigirnos a la "Erilla" o al "Cerro Chavero". ¿A qué? A librar las "lurias" más tremendas, que la juventud de entonces haya conocido.
¿Que estaba bien? ¿Que estaba mal?... ¿Cafres? ¿Salvajes? ¡No! Esto solo era, uno de los muchos motivos, un aliciente más, por el cual nos encontrábamos unidos.
"Candelas" en el Palacio, comenzado el Otoño.
Primeros cigarrillos de “mataláuva”, o hechos con papel de Estraza.
No hay una sola vez de las que visito mi Pueblo, en la que no me dirija al Palacio, me siente en la "Poza", y mirando hacia la Sierra del Agua, o a las de Tentudia, no se me vengan a la mente, recuerdos y más recuerdos. ¡Qué daría por volver a vivir algunos momentos de aquella época! No obstante, hoy, y creo que siempre Guadalcanal tendrá ese "algo" que yo no se describir, que atrae, que subyuga, no solo al Guadalcanalense, sino también al foráneo.
Me comentaban en cierta ocasión, que hay un Guadalcanalense (ausente) que cuando hace sus visitas al Pueblo, se apea de su vehículo en la Cruz del Puerto, se inclina y besa la tierra; después, ríe, canta, está alegre. No le sucede ya lo mismo el día de su marcha. Hace la misma operación, pero ya no ríe, ni canta, ahora sus lágrimas se mezclan con la tierra.
Sí, Guadalcanal, ayer, hoy y mañana, guardará para siempre ese "algo", que yo no sé describir, pero que atrae, que subyuga.

Francisco Rivero Sanz

Revista de feria 1978

sábado, 30 de julio de 2016

Relatos de Caza a la luz del candil 3

Una valiosa joya en bruto (3)

Desde el primer instante en que la perra cayera en mis manos, una idea, como de piñón fijo, comenzó a perseguirme: la de enseñar a cazar a tan preciada y encastada cachorra, según mi saber y entender, y, por supuesto, que echando en ello el resto. Sus seis meses de edad, por otra parte, eran el preciso y oportuno momento de partida en tan delicada y ardua tarea, y aún más sabiendo aquello "de que lo que de potro se aprende, de caballo no se olvida". Y es que la veía como una valiosísima joya, pero en bruto, por lo que no me llegó a pasar por la cabeza ni la sombra de la duda de que merecía todo mi sacrificio y saber en este su adiestramiento, así como aplicar en él, absolutamente y sin escatimar, toda mi "pedagogía" de visceral cazador, puesto que yo, en esto de "las pedagogías," - cinegéticas o no - algo debía de saber, siendo como era un Pedagogo no sólo profesional, sino, ante todo y sobre todo, vocacional, y es, precisamente, por esto por lo que me jacto aquí de Pedagogo, que no, claro está, por estar profesionalmente dedicado a la Enseñanza, Educación y Formación de los niños. Quiero decir que Pedagogo debí ser concebido ya en el vientre de mi santa madre, puesto que tanto me subyugó siempre enseñar a mis alumnos la buena educación y las buenas maneras, así como el buen y bien hacer en todos los casos, fueren de lo que fueren.
A modo y manera del niño que, encaprichado de un anhelado juguete que, Los Reyes Magos terminan de dejarle en los zapatos, se encuentra al acecho de la menor oportunidad para disfrutar de él, así era, más o menos, como estaba yo con mi Diana. Así que, sólo a los dos o tres días de estar a mi lado y en familia y, habiéndome ya captado su cariño, decidí, por puro capricho y sólo por el anhelo de verla, meterla en el monte, si bien allí mismo, en las mismas esquinas del pueblo, por supuesto, que no con la idea de cazar, por lo que iba, no ya sin mis ropas de cazador, sino que tan ni siquiera con la escopeta.
Desde el primer momento que pisó el campo, siéndole un medio totalmente desconocido, le afloraron sus naturales instintos cinegéticos, demostrando, inequívocamente, que había venido a este mundo, sólo y únicamente, por la caza y para la caza. El solo hecho de verla rastrear zigzagueante de acá para allá, convertida en un incontenible y arrollador torbellino, ya era una verdadera bendición para el corazón de cualquier cazador, sólo y sin más, por la energía y viveza, si es que no por la maestría, con que lo hacía.
Cierto, por otra parte y a su vez, que también llegué a atosigarme, pensando en el problema que me podría suponer el poder llegar a dominar a aquella electrizante, incansable, descontrolada y como enloquecida máquina viviente que, con la nariz pegada al suelo y como materialmente arrastrada por sus increíbles e instintivos vientos, zigzagueaba entre el tupido matorral, capaz de llevarse por delante al mismo Satanás que se le hubiera puesto por delante.
Sabía que si "la muestra", como tal, era en ella algo innato, “la maestría” que debía poner en ella en relación al cazador que la seguía, ya era harina de otro costal. Y, efectivamente, a partir de ese día, con augurios tan prometedores, estudié con minuciosidad los pasos a seguir al respecto, para echar en ellos todo el tiempo que fuere menester, sin el menor titubeo.
¡Cuánto me costaría que se aviniera a razones bajo este concreto aspecto! Voces y más voces, órdenes y más órdenes que, aunque fingidas, las solía dar en tono de inquisitorial severidad, y es que aquella su innata pasión por la caza la tentaba con tal fuerza, que parecía imposible poder contenerla, para meterla en vereda, procurando que rastreara, lógicamente, es a la debida distancia y nunca fuera de tiro.
Cierto que era una explosiva máquina viviente, rebosante de pasión, de vitalidad y de energía, que no por ello, dejaba de ser el animal tan sumamente sensible y sumiso que era, por lo que, cada vez que acataba alguna de mis mandatos, se lo solía premiar con las más mimosas caricias y los más dulces requiebros, procurando inspirarle, no sólo confianza, sino verdadero cariño. ¿Quién dijo aquella blasfemia de que la letra con sangre entra...? Por lo menos nadie que tuviera un mínimo de dignidad, de vergüenza, de sentimiento y de humanidad.
No tardaría en conseguir su obediencia y su cariño. - y casi a la perfección - pues tan noble, tan inteligente y tan agradecido animal, aún siendo de un carácter tan enérgico y explosivo, no sólo terminó asimilando mis enseñanzas y obedeciendo mis órdenes con la más presta de las sumisiones, sino que, incluso, cuando sospechaba que se había excedido en los límites, me solía mirar como queriéndome decir que perdonara. Si, por contra, le llegaba a sus oídos algunas de mis “regañinas”, aunque siempre envueltas en dulce severidad, entonces el noble animal se frenaba en seco, si es que no volvía hacia mí y, empalagosa y sumisa, se me ponía a los pies, y en tanto yo la acariciaba y la piropeaba, procurando siempre extremar mi dulzura, ella tumbada patas arriba, me lamía las manos, profundamente agradecida y gimoteando su incontenible gozo.
Otro de mis primordiales objetivos en esto de su adiestramiento fue el que aprendiera a "cobrar", para que, lejos de mostrarse "de boca dura" y como una cazadora, más o menos, independiente y árida, acudiera presta, alegre y generosa a entregar la pieza abatida al amo casi sin morderla.
Para lo cual y como preámbulo de la hora de la verdad, me ideé dos burdas pelotas de trapos viejos, recubriendo una de ellas con la piel de un conejo, y la otra con plumas de perdiz, debidamente cosidas y con cierta consistencia, y, cada tarde, cuando salía de La Escuela, allá me iba con la cachorra a un abandonado y amplio solar, que frente a mi casa había, y en él le hacía "sudar la gota gorda", lanzándole, indistintamente, una u otra pelota, para que, a guisa de juego infantil, corriera a por ellas, para traérmelas sin titubeos ni la menor demora.
No podía saber si, para ella, esto era el juego que yo presumía, pero lo cierto era que, desde la primera vez, que le lanzara una de estas pelotas, escapó en busca de tal "engañifa" con la solicitud y anhelo de cualquier niño, que corre tras de un balón, para que, una vez que la tenía atrapada en la boca, acudir a mí, explosiva de felicidad, a entregármela. Y de nuevo, rápidamente en posición, dispuesta a acudir a un nuevo lanzamiento. Ante tan prometedora actitud y a los pocos días en que comenzáramos con aquel juego, decidí coger la escopeta y un puñado de cartuchos, y acudir con "la aprendiz" a alguno de los eriazos de las cercanías del pueblo, con la idea de hacerle aquel mi engaño lo más real posible, lanzando, asimismo, una u otra pelota al aire o por el suelo, como corriendo como un conejo que escapa "a carajo sacao", para dispararle "al tuntúm" y, lógicamente, “a no dar”, para que así, de "un tiro " - nunca mejor dicho - matar dos pájaros: el de irla acostumbrando a los disparos y a que "cobrara" una pieza que, con ciertos visos de realidad,
había sido abatida por mi escopeta. Y si allí en el solar, no podía saber si lo nuestro se lo tomaba como un simple juego o no, aquí sí que tenía la total certeza que la cosa se la tomaba muy en serio, porque había que ver la pasión, que no sólo la alegría y el anhelo, con que acudía a cobrar la supuesta pieza abatida, y la desbordada satisfacción, con que, con ella en la boca, venía a entregármela.
Puestos pues los cimientos, había que afrontar de lleno la realidad, y ya, sin engaños ni estafas.
"La muestra", por otra parte, la tenía más que garantizada, no sólo por lo ya referido a su natural instinto, sino porque, si es que podía caber alguna duda, había tenido la ocasión de haberla sorprendido, personalmente, aunque de forma casual, en una de estas "muestras", tan características de los braccos, a las pocas horas, precisamente, de llegar a casa desde el corralón del Molino de José María. Por cierto que con la belleza de una escultura pletórica de plasticidad.
Fue ante una gallina clueca que mi amorosa esposa cuidaba con mimo, allá echada sobre una docena de huevos en un aposento que, a modo de trastero, teníamos en el corral, y en el que, en un descuido, la cachorra se nos coló "de matute".
En efecto, en una primera cacería, ya de las de verdad, sus muestras comenzaron a aflorar, con asombroso encanto y no menos bella plasticidad, en cada una de las ocasiones que, al respecto, se le ofrecían. A veces, las hacía a bastante distancia de la pieza venteada, y en ellas, además de la escultural belleza que reflejaba, me esperaba, para que una vez que estuviera a la requerida distancia, avanzar a mi par o según le ordenaba, como a cámara lenta y con la maestría, la prudencia y el tacto de la que va pisando sobre un camino sembrado de impredecibles peligros.
En lo referente al "cobro", no quería ni pensar que pudiera marrar alguna de las primeras piezas que "la novicia" me echara a la escopeta. Lógicamente, estos mis temores, tal vez no pasaban de ser una manía mía, si es que no una tontería, pero, al menos, para mí, aquellos temores míos tenían sus fundamentos, pues suponía que, a modo y semejanza de un Reclamo de perdiz, y, en especial, tratándose de un educando, cuando ve que, al disparo, se le vuela de "la plaza" "la campesina" que él está tan celosamente recibiendo, coge una decepción de tan tamaña envergadura, que, difícilmente, volverá a abrir el pico allá “entronizado” en su "pulpitillo", asimismo, me temía que mi "alumna", viendo "al maleta" de su dueño marrar la pieza que ella ha tenido como hipnotizada y a sólo un palmo de las narices, y no poderla cobrar, me pudiera coger una depresión semejante, y así mandar al garete todos mis sueños y, que ni decir tiene, que los suyos también. No hubo lugar, gracias sean dadas al Altísimo, para la que, seguramente, debía ser una maniática sospecha mía, pues el primer conejo que me echara, después de hacerle una muestra de la belleza y plasticidad, marca de la casa, el pobre "caramono" dio más tretas que un trapecista, ofreciéndole la oportunidad, por lo tanto, a que lo pudiera cobrar, como hizo, exultante de felicidad y con la maestría de toda una campeona de superlujo, y que yo - pues no hubiera faltado más - se lo agradecí con todas las caricias y piropos habidos y por haber, amén, incluso, de darle dos besazos incontenibles y restallones, que, por restallones precisamente, debieron sonar como dos truenos en la silenciosa como solemne soledad de aquellos indómitos y encumbrados parajes de Las Sierras de Guadalcanal.
Ese año, al cerrarse la veda, la fama de la perra comenzó como a empezar a asomar las orejas, pero sería, al cerrarse la del año siguiente, cuando realmente se comenzó a hablar, con bastante asiduidad, en el mundillo de la escopeta en Guadalcanal, de la "perra que, El Capitán Páez" le trajera a Don José Fernando de “Igni”, corriendo su fama, desde entonces, como la de toda una rutilante estrellas de la caza, y es que, rastreando, parando y cobrando, pilares fundamentales de todo el que de buen can de caza se pueda jactar, mi Diana, con apenas un año de edad, ya era toda una diosa, que eso de "rutilante estrella", aquí, se nos queda demasiado corto.

Debut en “la media veda”  (4)

Después de aquellos simulacros "de cobro y entrega" de la pieza abatida, representada por "una pelota-perdiz" o "una pelota-conejo", y aquellos primeros escarceos de "rastreo" en pleno monte, la que apuntara para llegar a ser la reina de la caza en Guadalcanal, allá quedó en el corral a la espera a que se abriera "La Media Veda", más o menos, por La Virgen de Agosto. Huelga decir que cuidada como oro en paño, en un amplio, cómodo y hasta elegante "palacete" -léase "bonita perrera" - que un albañil amigo, conmigo como peón, le construyera a la sombra y demás providencias de dos pinos centenarios que, de la mano y como dos “bienavenidos” hermanos gemelos, se erguían vigorosos en uno de los ángulos del corral.
Sorprendentemente, la que de intrusa en el trastero, tuviera aquel conato de ataque a la clueca, que allá camuflada en un rincón, empollaba en una canasta llena de paja, y, por otra parte, la que tan obstinada y pertinaz persecución mantuviera, ya metida en su oficio de lleno, ante los rastros de los conejos y las patirrojas en el campo, no presentó, sin embargo, el menor problema para convivir en amable compañía - si bien sólo en semilibertad - con las gallinas y las palomas, allí también en el corral, como con el jilguero, los canarios, los Reclamos de perdiz e, incluso, los dos gatos, cuando, durante determinadas horas, compartiera la casa, en total libertad, con sus amos y con estos hogareños animales.
Indiscutiblemente que aquel entrañable animal demostró, ya desde el primer instante, tener una "inteligencia" fuera de lo común, y ¿para qué decir en eso otro de la nobleza y los sentimientos? ¡Qué agradecida se mostró desde el primer momento!
¡Una verdadera joya de animal!
Parecía mentira que aquellos tan nobles sentimientos de cariño, amistad y respeto con los animales de sus dueños, - y no digamos nada en cuanto a sus propios dueños - se pudieran trocar en tan fulminante animadversión con las piezas de caza, y es que, tan pronto como se abrió "La Media Veda," tanto "rastreando" como "parando o cobrando", era la misma hija de Satanás, en aquel su "chispeo" de ojos y aquella terrible saña engarzada a ellos.
Ya, en estos días y a pesar de su juventud e inexperiencia, se erigió como la gran campeona entre las y los campeones del lugar que, por cierto, siempre las y los hubo, y de muchos quilates. Su fama pues empezó a correr - como ya hemos adelantado - imparable por doquier como la perra de caza que cualquiera escopetero pudiera soñar.
En estas nuestras correrías cinegéticas de "La Media Veda", se empezó a mostrar tan impresionantemente generosa, concretamente, en el específico cometido del "cobro", que no sólo se limitaba a "cobrar" las tórtolas y las torcaces que su amo abatía, sino también - pasándose un tanto de rosca - las que abatían los compañeros, apostados aledaños a nuestra izquierda o a nuestra derecha.
Generosidad esta suya que, para nuestros vecinos cazadores, lógicamente, no era tal, sino todo un atroz egoismo por parte de la cobradora, por no decir que todo un descarado latrocinio, puesto que, a la hora de entregar la pieza cobrada y abatida por ellos, también venía para el zurrón de su dueño y señor.
-¡No te preocupes!.- Les tenía que gritar, en ocasiones, a alguno que, a regañándole, la perseguía para recuperar lo que la muy ladrona terminaba de robarle.- Tanto tú como los demás compañeros, llevad la cuenta y, al finalizar, os devolveré, religiosamente, una por una las piezas que la perra “haya cobrado”, habiendo sido abatida por vosotros.
Seguro que mis palabras las debieron recibir como agua de Mayo, pues llevar una contabilidad tan elemental, siempre les debía resultar infinitamente más cómodo, que tener que estar de acá para allá, a cada dos por tres, acudiendo a recoger esta o aquella tórtola abatida, si es que no perdiendo una eternidad en su busca, y lo que aún era peor, viendo cómo, entre tanto, les pasaban las palomas por encima, sin poder dispararles.
Recuerdo que a la hora de devolverles lo que no era mío, uno de los dos colindantes compañeros, se me plantó, sorprendentemente, de pronto ante mí, con una de las tórtolas devueltas en las manos, diciéndome, como avergonzado, que aquella no. Que aquella tórtola no le pertenecía y que, por lo tanto, no se la podía llevar por nada del mundo. Yo, totalmente ajeno a la causa que le movía a tal actitud, le miré con cara de extrañeza y como preguntándole el por qué, en un gesto claro e inequívoco.
Y el buen hombre, con una sinceridad que le honraba, se tiró de cabeza y sin ambages, al charco, confesándome que la tal tórtola, en efecto, la había abatido él, pero que al tener que dispararle por las mismas nubes, sólo la había "despicalao", y que, planeando, fue a parar a lo más profundo y enmarañado del barranco que, ante nuestros ojos, se rehundía.
Que había visto cómo la perra la seguía con la mirada, como la más sagaz de las policías y sin perderla ni por un instante de vista, para, tan pronto como la vio caer, escapar atrochando entre el matorral en su busca y captura. Y que la había visto, incluso, gatear con ella en la boca por la bravía ladera sólo unos minutos después. Que si no hubiera sido por la perra, no hubiera dado con ella ni todo un batallón de cazadores, que hubiera acudido en su busca. Que vaya una maravilla de perra. Que si no la llega a ver con sus propios ojos, jamás se lo hubiera creído. Que, por favor, que se merecía que le hiciera un guiso especial con aquella tórtola.
Que, de todas maneras, él no se la podía llevar, después de ver lo que había visto, ya que se le caería la cara de vergüenza y ahí quedó eso, y tal cual como me lo contara este correligionario.
Siguiendo con aquellas mis cacerías de "La Media Veda" -las primeras, ya de verdad, para mi Diana - no puedo resistirme a contar, asimismo, que si esta tan excepcional perra era una deliciosa y precisa máquina, cobrando tórtolas y torcaces, aún lo era más deliciosa y precisa, rastreando codornices, cazando "a mano", entre los rastrojeras y densas malezas que solían aparecer en torno a los arroyuelos, humedales agostados o en los lindazos.
¡Cómo paraba! ¡Qué belleza de muestras las suyas! No sabría decir si su sabiduría superaba a su arte, o si su arte sobrepasaba a su sabiduría. ¡Una verdadera delicia para cualquier amante de la caza¡ ¡Con qué talento y con qué armonía "pisteaba" las codornices! ¡Elegante, armoniosa y sin descomponerse jamás! ¡Con qué viveza y con qué talento las seguía con la mirada, una vez que las arrancaba, para, de inmediato y al disparo, acudir presurosa y exultante, exactamente, al lugar donde caía abatida! ¡Ya digo, un encanto de animal!
Ya por aquellos días, empezaron a gotear por casa los amigos, pidiéndomela para esta o aquella tirada en los pasos de las tórtolas, pero, claro, como yo aún estaba de vacaciones, la excusa para quitarme de encima el compromiso, se me ofrecía en bandeja de plata, pues aunque no fuera verdad, siempre tenía a flor de labios, que yo también iba a salir.
El verdadero problema, bajo este concreto aspecto, me surgiría cuando, ya a primeros de Septiembre, concluyeran mis días de vacación, teniendo que incorporarme a mis obligaciones escolares. Problema, por otra parte, que aún se me agravaría bastante más, una vez que se abrió "La Veda General", pues unos y otros estaban como al acecho de mis días lectivos, para porfiar por ella.
El compromiso, a veces, era tan fuerte que me ponían a parir, y, aunque "a la trágala", no tenía más cojones que tragar, pero viendo, con el pasar de los días, que, cuando venían a entregármela, generalmente, ya anochecido, después de todo un día de cacería sacándole "el jámago," la perra venía como un estoque, tuve que tomar la irrevocable determinación de echarle valor a la cosa y negarme de todas a todas a prestarla nunca jamás, ni aunque se tratara del Santo Padre de Roma que, de Pastor de la grey de La Santa, Católica y Apostólica Iglesia Romana, se convirtiera en cazador de las perdices y demás compañeros mártires de las Sierras de Guadalcanal. Más de un disgusto me costó el asunto, pues más de un amigo terminó por negarme el saludo, si es que no por mirarme como a un individuo de dudosa catadura.
En cuanto a la aureola de las alabanzas, que de esta excepcional perra nos traemos entre manos, no quisiera pasar de largo, como en una crónica de emergencia, sobre las que le lanzaran los mejores cazadores del lugar durante "la guerra galana" que, el primer día de la apertura de "La Veda General" de aquel mismo año, tuvieron a bien que, tanto El Capitán Páez como yo, les acompañáramos, más que como simples compañeros de cacería, como los buenos amigos que siempre fuimos.

Vida, Obras y Milagros de una Excepcional Perra de Caza
©José Fernando Titos Alfaro Nº Expediente: SE-1091 -12

miércoles, 27 de julio de 2016

Guadalcanal y la baja Extremadura 2-2

Formación y evolución de las jurisdicciones señoriales

El segundo paso, prácticamente paralelo al anterior, es la vertebración del territorio extremeño realizado en gran medida durante la segunda mitad del siglo XIII. Una vez repartido el territorio, se produce el fenómeno de consolidación de los marcos jurídicos de dominación. Utilizando métodos similares las entidades señoriales consiguieron centralizar al máximo el poder sobre tierras y hombres de dos formas: a través de la conformación-delimitación de términos y facilitando el asentamiento de pobladores a través de las cartas pueblas y fueros. Ambos elementos son en esencia los rasgos estructurales resultantes del poder feudal en la organización del territorio[12]. Este control a nivel particular de cada jurisdicción era ejercido a través de una compleja organización administrativa traducida en las encomiendas para las órdenes militares, sometidas a la autoridad del maestre y del capítulo general. En la jurisdicción realenga el control del espacio y de los pobladores se canalizó a través de la conformación de concejos en los que el rey intentaba materializar su poder y contrarrestar el avance de competidores a través de numerosos privilegios. El concejo dotado de autonomía regía la forma en que debía ocuparse su término, la villa o ciudad se convertía en el centro rector. El marco jurisdiccional restante está representado por los dominios correspondientes a los cabildos catedralicios, quienes con el obispo a la cabeza ejercían el dominio sobre tierras y hombres. Basándose en la unidad parroquial enmarcada en unidades mayores o arcedianatos como elemento para el control de tierras y hombres, el cobro de los derechos diocesanos que reclamaban en las iglesias de las villas y sus alfoces fue un motivo de constante enfrentamiento. Si bien los concejos intentaron eludir el pago de algunos de los derechos como diezmos procuraciones, primicias, y derechos de catedrático, fue con las órdenes militares con las que mantuvo numerosos enfrentamientos algunos de ellos de relativa seriedad.
Vistas en líneas generales las bases organizativas de cada jurisdicción podemos señalar rasgos identificativos propios de Extremadura. De entrada hay que confirmar un predominio claro del maestrazgo frente al realengo como se constata desde los primeros momentos de la conquista. Para confirmar este punto podemos comparar la extensión ocupada por el maestrazgo y el realengo -las dos jurisdicciones predominantes-, la primera rondaba los 17.000 Kms2 y la segunda 9.000 Kms2. Como se puede observar, las órdenes militares juegan un papel esencial en la repoblación de Extremadura y ello se refleja en el conjunto de posesiones territoriales que poseen a finales del siglo XIII. La iglesia, en plena organización, es la que menos identidad territorial posee.
En cuanto a la orden de Alcántara, desde el establecimiento de la casa de la orden en la villa que le dio nombre, consolida su presencia en el sector occidental de Extremadura, su radio de acción se iba a extender hasta la sierra de Gata por el norte, y hasta la sierra de San Pedro por el sur, al que se denominó partido de Alcántara. La orden intentó controlar todo el espacio occidental junto a la frontera portuguesa donde podía conseguir una inmensa extensión territorial, prueba de ello son las rápidas delimitaciones de términos que se realizan en la sierra de San Pedro con el concejo de Badajoz. El mismo motivo se observa en la otra zona de expansión que se extendía por la comarca de la Serena, en la que hacia 1240 se establecen los términos entre los lugares de Hornachos, Magacela, Reina y Benquerencia, y en 1253 se realiza análogo proceso pero con la orden del Temple sobre los lugares de Capilla, Almorchón y Benquerencia. Más tarde extendieron sus dominios hasta la comarca de los Montes atraídos por el tránsito ganadero[13]. Aunque esta orden fue dotada de numerosos privilegios, las dificultades para el asentamiento de pobladores fueron grandes a juzgar por la tardía concesión de fueros. Comenzaron en 1253 dando el fuero a la villa de Salvaleón, para luego entre 1260 y 1274, fecha en la que se da el de Segura de León, hacer lo mismo con las poblaciones más importantes.
Este pequeño desequilibrio temporal en la delimitación de términos y conformación de jurisdicciones con respecto a la repoblación de los mismos, tiene su justificación en que la posesión de esta vasta extensión territorial permitía fuertes ingresos procedentes de la práctica ganadera. La frontera además de los riesgos poseía sus ventajas, el escaso poblamiento existente traducido en mano de obra, la frontera y las condiciones físicas fueron determinantes para impulsar el desarrollo de la ganadería. Este hecho predispuso a la corona a conceder numerosos exenciones de montazgos y portazgos, así como otros derechos reales que favorecieran a la orden[14].
La orden del Temple, exceptuando Capilla, que era el lugar idóneo para el control del paso de ganados provenientes de Castilla, ubicó sus dominios cerca de la frontera con Portugal y en el centro sur de la provincia pacense. Los lugares bajo su control, debido a su dispersión, no constituyeron un bloque compacto y cohesionado hasta la segunda mitad del siglo XIII, cuando a costa del concejo de Badajoz consiguieron delimitar la encomienda de Valencia del Ventoso que incluía numerosos lugares del extremo suroccidental de Badajoz (Jerez, Fregenal de la Sierra, Oliva, Mombuey y Villanueva del Fresno entre otros)[15]. Al margen de otros datos de índole cuantitativo no sabemos nada sobre la población de sus dominios, sólo tenemos constancia de que los intereses de esta orden también circulaban en torno al tránsito de ganados, especialmente por el lugar más significativo dentro del conjunto de posesiones extremeñas: Alconétar. Tenemos noticias de los problemas surgidos entre esta orden y la de Alcántara por el cobro de montazgos y peajes en el puente sucedidos en 1257 que se saldó con la destrucción de aldeas y la muerte de algunos de sus pobladores[16].
Los santiaguistas, por su parte, sólo poseyeron núcleos muy localizados en torno a la frontera con Castilla, el más importante era la Atalaya, donde el rey leonés intentó que la orden estableciera la casa principal. Sus dominios se extienden preferentemente por lo que se dio en llamar Provincia de León, que abarcaba desde Montánchez hasta Monesterio y Guadalcanal, sin olvidar poblaciones de la talla de Llerena, Jerez de los Caballeros, Azuaga y Hornachos, por citar algunas. La zona que les corresponde a los santiaguistas posee más tradición pobladora, de ello tenemos noticias en la población de Montemolín, pero especialmente en determinados lugares como Reina y Hornachos, que pasaron a manos cristianas a través del pacto de sumisión favoreciendo la permanencia de pobladores musulmanes. Este motivo facilitó la temprana concesión de fueros entre 1235 y 1236 (fueros de Mérida y Montánchez respectivamente).
El otro gran bloque jurisdiccional está representado por los concejos de realengo. Esta jurisdicción, más benévola en cuanto a las condiciones que ofrecía a los pobladores y ampliamente desarrollada en zonas de frontera, estaba mejor representada en la zona que se extendía desde el Sistema Central hasta el valle del Guadiana, especialmente entre la primera y el valle del Tajo. Aquí los concejos constituyen verdaderos centros de atracción para los pobladores. Coria, primero, aunque luego pasó a manos de órdenes militares, Plasencia, Cáceres, Trujillo -incorporado después de 1235- y Badajoz son los ejemplos que tenemos en Extremadura. Al sur del Guadiana el realengo no está presente, debido, en parte, a la pérdida de atención por parte de la corona sobre esta zona, que conquistada poco antes de la ocupación militar de Andalucía ejercía menos atractivos. El sector oriental de la Alta Extremadura conocida desde antaño por Las Villuercas pertenecía al concejo de Talavera, que desde mediados del siglo XIII estaba intentado fomentar el poblamiento a través de privilegios reales. Como resultado nacieron los lugares de Castrejón, antigua dehesa, y el Pedroso no exentos de conflictos con el concejo de Ávila, que al igual que en el Campo Arañuelo, reclamaba la zona del Pedroso como “extremos” en los que pastaban sus ganados[17]. La Comarca de los Montes cambió varias veces de jurisdicción, así a finales del siglo XIII estaba bajo el dominio de Toledo, ciudad que le concede fuero.
El asentamiento de pobladores en zonas realengas era mirado con cierto recelo por las órdenes militares que, como la de Alcántara, van a intentar por todos los medios desarrollar una serie de condiciones similares a las dadas en el realengo para poblar sus extensos dominios. No contentas con el posible paso de pobladores a sus dominios y aprovechando la despoblación de gran parte de los términos a finales del siglo XIII, llevaron a cabo una labor de rapiña que se concretó en la usurpación de lugares por la fuerza. Un ejemplo lo tenemos en Badajoz, sus amplios términos, deducidos en su mayoría por el deslinde de la ciudad de Sevilla realizado en diciembre de 1253, se vieron sistemáticamente mermados durante la segunda mitad del siglo XIII. Los hechos acaecieron poco antes de establecer la primera concordia con el Temple en 1277, y poco después, en 1282 con los santiaguistas. La gravedad del problema reclamó la atención del rey, que representado por el infante don Sancho ordenaba la devolución de los “...lugares de Olivençia, Taliga, Villanueva de los Santos, aldea de don Febrero e la Solana, e aldea de los Cavalleros y el Caraço, en los logares de nuestro termino que nos robaron por fuerça...[18]. Poco después las quejas de Badajoz reclamaron nuevamente la atención del monarca que decidía reintegrar los lugares a la jurisdicción pacense: “...nos el conceio de Badajoz anduviemos en pleito e en contienda grand tiempo ante D. Alfonso, e con las ordenes del Temple y de Ucles por raçon que los Comendadores de estas ordenes poblaron de nuevo a Olivença e a Taliga e a Villanueva et a los Santos et a la aldea de Don Febrero et a la Solana et a la aldea de los Cavalleros et al Çaraço en logares de nuestro termino que nos tomaron por fuerça ...[19].
Ya en el plano económico, estos enfrentamientos tuvieron su reproducción entre concejos. La defensa de los lugares de aprovechamiento comunal, con vistas a preservar los derechos de los vecinos e incluso los de aquellos propietarios de ganado, se convirtió en el principal argumento para reclamar zonas que eran invadidas por pastores. Tenemos noticias de los deslindes realizados entre Cáceres y Badajoz en 1264, se conocen algunos con Montánchez en 1242 y 1250, y la resolución de conflictos con otras jurisdicciones como los mantenidos con la orden del Temple en 1252[20]. De Trujillo conocemos los deslindes realizados con el propio concejo cacereño, pero especialmente los realizados con los santiaguistas de Montánchez y la ciudad de Mérida en 1250.
En cuanto a la iglesia extremeña, la más temprana jurisdicción está representada por el obispado de Coria, restaurado por Alfonso VII en 1142. Los límites de la diócesis eran lo suficientemente grandes -no se correspondían con los de la ciudad- como para competir con los de las diócesis de Ciudad Rodrigo y Salamanca[21]. Se extendían desde la Sierra de Gata, Hurdes y cercanías de Hervás, bajando por la Guinea o Ruta de la Plata, y abarcaba las iglesias de Montánchez, Cáceres y las tierras pertenecientes al partido de Alcántara. Por su parte el obispado de Plasencia, por ser de nueva creación, se le atribuyó un considerable espacio que se extendía originariamente desde Béjar y sus aldeas hasta el río Guadiana: “A bone memorie dedit, et Bejar, quod infra terminos ipsos situm esse probavi, trugellum etiam et Medellinum, Sanctam Crucem, Montanches, salvo iure toletanae ecclesie in hiss, si quos habet et Montem fragorum ut hec omnia iure dicocessano perpetuo possideatis...”[22]. Los conflictos sobre ciertos lugares comenzaron nada más consolidarse la fundación de la diócesis. En 1217 y 1218 Roma tuvo que mediatizar entre los obispos de Plasencia y Ávila sobre la posesión de Béjar y sus aldeas, resolviéndose favorablemente para la primera. En 1221, llegaba la confirmación de los límites diocesanos de Plasencia, donde ya se contemplan modificaciones sustanciales, como la pérdida del Campo Arañuelo reclamado constantemente por los abulenses y las zonas excluidas pertenecientes al arzobispado de Toledo con la que compartía límites. Todavía en 1235 seguían pleiteando con la ciudad de Ávila sobre lugares como Tornavacas ubicados en los pasos del Sistema Central claves en la circulación de mercancías y ganados[23].
Al igual que el concejo, el obispado de Badajoz cuya fecha de fundación está bastante discutida, algunos autores quieren situarla en torno a 1255[24], tuvo problemas con los límites de su diócesis por cuanto las distintas entidades señoriales intentaban no reconocer la autoridad del obispo en sus iglesias, lo que significaba la consiguiente pérdida de derechos, es el caso del señorío de Alburquerque con el que se mantuvo numeroso pleitos hasta concordar una repartición justa. Los problemas no fueron pocos, pues nada más iniciarse la segunda mitad del siglo XIII las disposiciones reales en favor del obispo de Badajoz fueron contundentes. Se instaba a todos los habitantes de la ciudad y término a no usurpar los bienes de la catedral, así como no ocupar los lugares entregados por la corona, en los que el obispo y su cabildo estaban obligados a conformar una población. Los límites de esta diócesis abarcaban un amplio espacio que se extendía desde la Sierra de San Pedro Hasta el sur de la región, que curiosamente venían a coincidir con los de la ciudad, pero que no se extendían hacia el centro-oeste de la región donde estaban asentadas las órdenes.

[12] Carlos Laliena Corbera: Sistema social...ob. cit. En la página 35 señala: “la interacción del sistema feudal y de la organización del poblamiento se percibe perfectamente a través de un elemento primordial de las cartas de población, la donación de términos a los pobladores, que indica el ejercicio de un control político sobre un espacio distinto”.
[13] De la tradición ganadera de esta zona tenemos noticias en 1193, cuando la orden de Calatrava recibe algunos derechos sobre el tránsito de ganados en tierras extremeñas. Ortega y Cotes: Bullarium ordinis militiae Calatrava, págs. 29-30. J. Klein: La Mesta, Madrid, 1990, pág. 178, cit. doc. de 1237 en el que se contempla el pago correspondiente al número de cabezas que procedentes de Castilla recalaban en la zona de Capilla. J. González Repoblación de Castilla la Nueva, T. I, pág. 328: “Alfonso X mandó en 1255 al concejo de Toledo tener un montazgo en Milagro y otro en Cíjara, cobrando dos por cada mil cabezas de vacas, ovejas o puercos”.
[14] J. I. Ortega y Cotes: Bullarium...ob. cit., pág. 69, doc. de 1254 en el que se concede la exención de portazgos; págs. 107-109.
[15] Esteban Rodríguez Amaya: “La tierra en Badajoz desde 1230-1500”, Revista de Estudios Extremeños, (1952), pág. 13.
[16] A. de Torres y Tapia: Crónica de la orden de Alcantara, Madrid, 1763, T.I, Vol. II, págs. 364-366.
[17] Mª Jesús Suárez Álvarez: La villa de Talavera y su tierra en la Edad Media (1396-1504), Oviedo, 1982, pág. 75. “...su mengua grande que avia donde pudiese coger pan que seminaba la tierra en que fincaban y menos omes que me fiziesen serbizio ni me diesen mis pechos”, para poblar y labrar el Pedroso -comarca situada en torno al valle del río homónimo, al oeste del Huso- “ansi como entendieren que mas sera su pro......”. J. González: Repoblación de Castilla......ob. cit., T. I, pág. 321.
[18] Esteban Rodríguez Amaya: “La tierra...art. cit., págs. 13-14.
[19] Ibidem, pág. 17.
[20] A. Floriano Cumbreño: Documentación histórica del archivo municipal de Cáceres (1229-1471), Cáceres, 1987, doc. 3 y 5. Bernabé Chaves: Apuntamiento legal sobre el dominio solar que por expresas donaciones pertenecen a la orden militar de Santiago en todos sus pueblos, (reimpr) Barcelona, 1974, pág. 35.
[21] J. L. Martín Martín y otros: Documentos de los archivos catedralicio y diocesano de Salamanca (siglos XII-XIII), Salamanca, 1977, doc. 176. Bula de Gregorio IX al obispo, deán y chantre de Zamora, para que entiendan en la queja del obispo de Salamanca contra el de Coria, que había usurpado sus derechos episcopales en al villa de Montemayor.
[22] J. González: Reinado y diplomas...ob. cit., Vol. II, doc. 146.
[23] Cit. F. Alonso Fernández: Historia y Anales de la ciudad y obispado de Plasencia, Cáceres, 1952, págs. 47-48.
[24] Historia de la Baja Extremadura, Badajoz, 1986, pág. 635. 


Juan Luis de la Montaña Conchiña