By Joan Spínola -FOTORETOC-

By Joan Spínola -FOTORETOC-

Villa de Guadalcanal.- Dió el Sr. Rey D. Fernando a Guadalcanal a la Orden de Santiago , e las demás tierras de la conquista, e de entonces tomó por arma una teja o canal, e dos espadas a los lados como así hoy las usa.



Mostrando entradas con la etiqueta Libros de mi biblioteca. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Libros de mi biblioteca. Mostrar todas las entradas

domingo, 24 de diciembre de 2017

El fuego invisible (Premio Planeta. Planeta 2017)

Universo de Javier Sierra

De Javier Sierra (Teruel, 1971), sabíamos su querencia por las sociedades secretas, por los iluminados, por la creación de tramas que viven por sí mismas como elementos narrativos de primer orden en su género. Tramas que le sirven y mucho en ese esfuerzo de contar con amenidad “lo desconocido”. 

Evidentemente, todo esto forma parte del “universo Javier Sierra”, y entenderlo es un pacto que rubricamos cuando accedemos a él en sus libros (La pirámide inmortalEl maestro del PradoEl ángel perdidoLa dama azulLa cena secreta...) o sus divulgaciones. Sus escritos gozan de un público fiel a un autor eficaz y creíble en los asuntos sobre los que trabaja de forma rayana al estajanovismo. 
Ocurre que en El fuego invisible, Sierra se gusta y se cuida de conducirnos por otros nervios narrativos que tenía escondidos y que tocan la filología, los accesos trascendentales de Valle-Inclán, los libros de viejo y una preocupación por pensar la literatura y sus poderes “divinos” (sic). Es, por así decirlo, una obra de cierta madurez en el género en la que hay un cuestionamiento continuado sobre la escritura, sobre el escritor y el compromiso del poeta con la magia. También es un homenaje a la lengua, y al valor sacrosanto de cada palabra en sí, aunque este punto pueda pasar desapercibido a la mayoría. 
Sorprende el absorbente uso de la primera persona mediante su protagonista, el joven lingüista David Salas, quien en un extraño viaje a Madrid se ve envuelto (primer tópico) en las actividades de un conciliábulo llamado “La Montaña Artificial” y liderado por una escritora de misterio, Lady Goodman, que mantiene con la historia familiar de Salas una curiosa relación. A partir de entonces, los acontecimientos se precipitan a la manera del género (un descubrimiento lleva al otro, de una a otra latitud), y David Salas, eminente filólogo del Trinity College de Dublín, ya cae en los resabios “novelescos”. Es esta una novela sostenida en dos basamentos que le dan sentido: la búsqueda del Santo Grial en la Península ibérica y la del fuego del acto literario. 
Es de justicia reseñar, asimismo, que en lo tocante al misterio como tal, Javier Sierra no decepciona, aunque, a cambio, nos hace desfilar a una serie de personajes (los miembros de la sociedad secreta, directores de museo y hasta videntes) que, de maniqueos, bajan el nivel general de la credibilidad que podríamos dar a estos detectives aficionados en pos del grial.
Ya se ha dicho que hay madurez en Sierra, y se ve en el tono confesional del protagonista como último estandarte de una familia literaria conectada con lo invisible. 
Sólo este recurso nos anuncia la “muñeca” del turolense en otro tipo de escritura más intimista, menos comercial, pero que le augura otro venero creativo sin renunciar a lo esotérico como telón de fondo. La estructura de los capítulos es simple (acaso hay una serie de e-mails intercalados que vienen añadir orden y cronología), pero todo en favor del capítulo/sorpresa en el que, a cada descubrimiento de los autores, accedemos a un dato desconocido sobre una parroquia perdida en el Pirineo de Huesca o un códice medieval, o a cualquier secreto histórico que va animando la narración hasta llegar a un final que “se huele”, se intuye, desde el último tercio, pero que se asume como inevitable y necesario. 
Ciertamente, a El fuego invisible le sobran personajes y acontecimientos secundarios, que ralentizan y hasta dispersan la lectura.
El libro, por cierto, guarda ciertas concomitancias con Los amigos del crimen perfecto de  Andrés Trapiello en el uso grupal de bibliófilos y la metaliteratura de género. El ganador del último Planeta es un libro inteligente que sube por contraste -y por sensibilidad del autor en el abordaje de asuntos tangenciales- el nivel medio de los superventas. Mezclar trascendencia con aventura es cosa complicada, insisto, pero a ratos Javier Sierra lo logra cuando el misterio es el propio Hombre puesto frente al infinito.  

El Cultural
www.elcultural.com

miércoles, 29 de noviembre de 2017

Bassin, el hereje de Guadalcanal 2/2

Precesión Auto de Fe 1560
Capítulo IV del libro “El legado de Palium Virginis”

Segunda parte del resumen del capítulo de mi libro inédito “El legado de Palium Virginis” (primera parte publicada en este blog 15 de Noviembre de 2017.

Este capítulo está construido en la historia y referencias a la cita de un libro que leí hace tiempo sobre los herejes de Sevilla que fueron quemados vivos en el Prado de San Sebastián en la víspera de la Navidad del año 1560, en la relación de herejes consta un tal Bassin Khadel Kashan (Joaquín de Atalaya), nacido en Guadalcanal sobre el año 1520. Fundada sobre hechos y lugares reales de la época, bien le pudo suceder a nuestro paisano por su condición de mozárabe y arriero.

Poco después cruzaron el único puente que había de madera en varias leguas para cruzar el gran río, llegaron a las murallas y entraron por la Puerta Real a la villa. Uno de los escuderos de D. Luján acompañó a Nicolasillo al barrio del gremio de los alfareros de Triana y tras entregarle una taleguilla con monedas al maestro alfarero Pedro Jaramillo y un escrito de D. Luján se dirigió al zagal indicándole con voz ronca y autoritaria,
- Este es tú nuevo amo y hogar, procura no defraudar a mí señor o yo mismo te ajustaré cuentas.
La vida de Nicolás con apenas catorce años había tomado un nuevo e inesperado giro, era tratado como uno más de la casa del maestro Pedro enseñándole un oficio, cerca de nuevo de su padre que se hallaba pendiente de ser juzgado y gracias a la gestión de D. Luján con su amigo el juez inquisidor D. Pedro Solsona podía visitarlo una vez a la semana llevándole un poco de comida, mucho cariño y esperanza, así, todos los días primero de semana lo esperaba un viejo carcelero en una angosta puerta lateral junto al río de difícil acceso y escasa vigilancia para introducirlo por los oscuros y angostos pasillos que conducían hasta la celda del reo.
Pasaron más de dos años y seguían las interrogaciones, torturas y vejaciones, por el proceso iniciado contra Joaquín de Atalaya y muchos presos más acusados por la Santa inquisición en las cuadras de la Torre de san Jerónimo en el ala este del castillo. 
Nicolás convertido ya en joven alfarero, se reunió con su madre y hermanos en el verano del 59, de nuevo gracias a la intersección de su tío D. Luján y vivían agrupados en una modesta casa choza de barro y paja cerca un arrabal llamado “El Tardón” a unas cien varas del castillo.
El 25 de septiembre del año 1559 con motivo de los fastos organizados en honor al nuevo rey D. Felipe, se organizó un Auto de fe en la plaza de San Francisco, esta que salió desde el Convento de San Pablo, baluarte y cuartel de los servidores de la fe y terminando en el Prado de San Sebastián, donde fueron quemados junto con otros condenados varios frailes del convento de San Isidro del Campo, entre ellos Fray Cirilo valedor en la primera época de internamiento del reo Joaquín de Atalaya.
En un frío martes de 12 de diciembre de 1660, fueron visitados por el Inquisidor D. Pedro Solsona y D. Luján en su modesta casa Nicolás y Teresa, (su paciente madre), siendo informados del veredicto de condena a muerte de Joaquín acusado de suministrar y portear textos prohibidos que incitaban a la herejía y ser poseedor de un gran secreto no confesado contra la estabilidad y buena moral de la única y verdadera fe.
El 21 de diciembre fue anunciada por las campanas, sermones, plegarias de todas las parroquias, pasquines pegados en sus puertas y las de otros lugares públicos de Sevilla y muchas leguas de alrededor el Auto de Fe a celebrar el día siguiente en el que serían ejecutados los llamados herejes de Sevilla. Aquella noche la procesión salió del convento de San Pablo hasta la Plaza de San Francisco, los frailes portaban la exuberante cruz verde de madera que presidiría encima del gran tablado construido para albergar a nobles, hijos-hidalgos, inquisidores, clérigos y cabildo de la ciudad, estos, vestidos con sus mejores galas para mejor gloria y realce del evento a celebrar el día siguiente. A esa misma hora, otra procesión, ésta más humilde llevaba otra cruz al quemadero del Prado de San Sebastián, el lugar por la gran cantidad de haces de leñas apilados y custodiados por los hombres de orden de la Santa Inquisición, presagiaba que al día siguiente tendría un gran acto para depurar Sevilla de herejes y ateos con un castigo ejemplar.
En aquellos días, Sevilla se encontraba abarrotada de gente de todas las clases sociales procedentes de cercanos y lejanos lugares, que buscaban los cuarenta días de indulgencia, estos, dormían en soportales de iglesias y parroquias, casa labriegas y cualquier otro sitio que sirviese de cobijo para mitigar aquel frío que invadía la ciudad y la peligrosidad nocturna de asaltos, los víveres empezaron a escasear a pesar de que los forasteros venían previstos de animales, frutas y otras viandas, la gran cantidad de basura acumulada aumentaron los malos olores, enfermedades y el aire se hacía irrespirable, durante el día todo era distinto, el bullicio llenaba las calles y las tabernas del puerto y los tratos y truques eran visibles en cada esquina o plaza.
Aquel martes del invierno del 22 de diciembre, día de San Demetrio amaneció gélido, el cabildo de la ciudad había vetado carruajes y caballerías en el interior de la muralla para evitar y controlar mejor que el gran tumulto de gente colapsaran el paso de la comitiva, gente que se desperezaba al lado de calderas y candelas mantenidas durante toda la noche para evitar el frío y la negrura de la noche, carrillos de mano a semejanza de puestos ofrecía por unas monedas buñuelos, pastelillos, masa frita, calderillos de hidromiel, leche mezclada con esencias y otras viandas para saciar a los transeúntes que se aglomeraban en plazas y vías de tránsito.
Más mediada la mañana, la muchedumbre se dirigía a las abarrotadas iglesias y capillas a recibir los cuarenta días de indulgencia junto con los gratuitos panes y peces arenques, como eran de rigor, prometidos durante días desde los púlpitos para el ansiado día de Auto de Fe. 
Por fin, inicio su marcha la solemne procesión desde la puerta principal del castillo de San Jorge en el populoso barrio de Triana con más de 70 condenados, más de trescientas varas por delante en ceremoniosa comitiva hasta llegar a la plaza de San Francisco, en la plaza de San Pedro se uniría a la comitiva los frailes dominicos, después bordeando la de Pajarería para hacer los preliminares del camino más largo, continuaba el séquito cada vez más numeroso con la incorporación de frailes, clérigos de las parroquias cercanas y todos ellos escoltados por los soldados de fe, enzarzando el desfile victorioso y de gran colorido.
El retumbar de los tambores de los alabarderos y el confuso clamor que iba llegando del gentío anunciaban cada vez más cercano el momento de aquel apocalipsis, por fin el gran río, las barcas que componían el puente temblaban ante los pies de la comitiva, abierta por una decena de soldados a caballo, único grupo que eran autorizados a llevar sus cabalgaduras, el resto de la comitiva lo hacía a pie, si exceptuamos los condenados más significados que iban montados a horcajadas en famélicos jamelgos llevados del ronzal por moriscos a modo de escuderos ataviados con turbantes para formar jinete y escudero el más esperpéntico cuadro que cualquier pintor realista pudiera pensar, allí entre ellos, se encontraba Joaquín de Atalaya, montado en su viejo amigo, su rucio Canastero, con las manos atadas atrás, muy menguado, apenas pasaría cuarenta kilos, en lamentable deterioro físico, resto de hambres y torturas, barba y pelo largo, cubierto su cuerpo de resto de trapos de lo que fueron las calzas y el jubón con los que fue detenido, aun así, le quedaba la mirada limpia y altanera de aquel orgulloso arriero que había salido con su hijo de Guadalcanal aquella primavera del 57.
Detrás la gran cruz verde y tras ella el enorme séquito formado por los justicias de hijosdalgo y de plebeyos, nobles, clero mayor y nobleza de visitantes invitados a los fastos, todos ellos lucían su mejores armas, sombreros adornados y galas, dando colorido a aquella comitiva de hombres ilustres que contrastaban con los miserables ropajes, gorras o caperuzas de la gente humilde encaramadas en balcones, azoteas, bohardillas, poyetes o muros y que se destocaban ante el paso de la gran cruz, entre ellos, engullidos por la multitud, la familia de Joaquín asistían al último acto de aquel “circo romano”.
Seguidos por otro grupo de simples condenados, estos pintados con aspas o medias aspas, condenados, a pie, descalzos y semi desnudos que eran objeto de los insultos, junto a ellos los pocos frailes que restaban vivos del monasterio de San Isidoro.
Vejaciones, insultos, canciones alegóricas y fruta podrida arrojadas por los buenos cristianos que apenas le dejaban espacio para avanzar hacia el patíbulo redentor hacían más angosto el camino. Seguían a estos condenados unas figuras de cartón que presentaban burdamente a los herejes huidos, pero que habían sido juzgados y condenados y serían igualmente pasto de las hogueras, así como unas cajas de huesos y restos de los que durante el periodo de interrogatorios habían sido llamados por el Señor o Satanás que igualmente serian quemados como último acto de pureza y salvaguardia de la fe llevada por la Santa Inquisición.
Cerrando la gran comitiva acompañados por los soldados de cristos con alabardas y arcabuces iban los inquisidores, oficiales seculares y los llamados familiares del Santo Oficio, entre ellos con la mirada perdida y sintiéndose observados con sus lujosos ropajes D. Pedro Solsona y D. Luján de Atalaya.
Por fin la siniestra comitiva llegó al Prado de San Sebastián donde dos púlpitos atestados y abundantes hogueras alimentadas de leña apilada a sus orillas, esperaban a los actores principales de aquellos actos. Subido en uno de los púlpitos un fraile de la Orden de los Predicadores que una vez que las masas sucumbieron en un intrigante silencio iría leyendo una a una las sentencias de los condenados en orden de más livianas a las más graves para permanecer en actitud atenta a los asistentes.
Después de más de una hora de despachados castigos más veniales y cuando la multitud pedía a voces sentencias ejemplares, el dominico que ocupaba la parte central del púlpito tranquilizó a la masa y empezó a leer los pecadores que más habían ofendido a la santa iglesia, empezando por los monjes jerónimos de San Isidoro incluido su prior fray Dámaso Alcolea y siguiendo por otros condenados como Joaquín de Atalaya, acusado de suministrar y portear textos prohibidos que incitaban a la herejía y ser poseedor de un gran secreto contra la estabilidad y buena moral de la única y verdadera fe, los doctores de mala praxis Edigio y Constantino y el arriero de Guadalcanal, fueron quemados en la hoguera del prado de San Sebastián aquel frío día 22 de diciembre de 1560, otras gentes acusadas de actos horribles contra la fe por el tribunal de la Santa Inquisición, las monjas Dorotea Cháves, y Dolores Atienza, Leonor Núñez por practicar la brujería y medicina esotérica que fue viuda de Gonzalo de Rivera y sus tres hijas mayores, el inglés Nicholas Burton que proclamó su ateísmo en bodegas de Sanlúcar y en las tabernas del multitudinario puerto de Sevilla y a otros ciudadanos que tuvieron la mala suerte en su vida de cruzarse con la inquisición.
También se quemó en aquel acto la esfinge de cartón de Juan Pérez huido pero condenado a la hoguera por el santo tribunal y los huesos de los que no aguantaron las torturas como Juana Bohórquez el portugués Joao Pereyra.
Mediada la tarde, poco a poco los actos ejemplares tocaban a su fin, entre vítores de los buenos cristianos que empezaron a abandonar lentamente el Prado de San Sebastián. La masa se dirigió entre las angostas calles que rodeaban la casa del Almirantazgo y La Puerta de Jerez calle Génova arriba para entrar por la Puerta del Perdón y el patio de los naranjos a la Catedral de la Sede de Santa María de Sevilla y oír la misa última de la tarde.
Dos fechas después, día de la Natividad del Señor, un sirviente de D. Luján se presentó en la modesta casa de los Atalaya con un carro tirado por dos acémilas, la familia de Joaquín al completo emprendieron en él su regreso a Guadalcanal, tras varios días de penurias y frio llegaron a la villa entrando por la puerta del Jurado, se establecieron en extramuros en un pequeño huerto con vivienda que poseía la familia de Bassin, el hereje de Guadalcanal en el camino del Convento de San Francisco y Nicolás empezó a trabajar en la calle Olleros junto a su tío abuelo Kayden Abdel Rahim ayudándole en la alfarería y haciéndose cargo de la misma a la muerte de este.

Rafael Spínola R.

miércoles, 15 de noviembre de 2017

Bassin, el hereje de Guadalcanal 1/2

Castillo de Triana
Capítulo IV del libro “El legado de Palium Virginis”

Primera parte del resumen del capítulo de mi libro inédito “El legado de Palium Virginis”

Este capítulo está construido en la historia y referencias a la cita de un libro que leí hace tiempo sobre los herejes de Sevilla que fueron quemados vivos en el Prado de San Sebastián en la víspera de la Navidad del año 1560, en la relación de herejes consta un tal Bassin Khadel Kashan (Joaquín de Atalaya), nacido en Guadalcanal sobre el año 1520. Fundada sobre hechos y lugares reales de la época, bien le pudo suceder a nuestro paisano por su condición de mozárabe y arriero.

Bassin Khadel Khasan mozárabe converso hijo de una familia media de moriscos que vivía en la calle de los Olleros, en el barrio de los gremios de la villa y con el nuevo nombre cristiano de Joaquín de Atalaya, salió de Guadalcanal por la puerta del Jurado, apenas 20 leguas le separaban de su destino, el Convento de San Isidoro del Campo de Sevilla, aquella mañana soleada de Abril del año del señor de 1557 con su hijo Nicolás, el pollino Canastero y la reata de mulos.
Joaquín creyó conveniente que le acompañara su hijo mayor Nicolasillo, tenía que hablar con él de un asunto muy importante, un secreto de familia.
- Nicolasillo tú eres mi hijo mayor, nuestra familia ha heredado un secreto que se nos ha dado en custodia, algún día tú serás el depositario, para ello nunca debes vender el huerto del camino de San Francisco.
- No es el momento de darte más detalles, tendrás que estar ojo avizor por si me pasa algo.
Transportaban un par de tinajas de vino en cada serón de doble seno de sus acémilas excepto en dos de ellas que estaban destinadas a la carga de vino “ojo de gallo” de Constantina que producían los frailes de la Orden San Basilio y debían cargar en el Convento del Tardón. 
Al llegar a la vecina localidad después de dos jornadas de sol habían recorrido 8 leguas y 160 varas por un camino de retamas, alcornoques, viñedos y olivos, al llamar a la puerta del convento les recibió un fraile de avanzada edad, rechoncho, con la cara inexpresiva y redonda en la que se le dibujaba una sonrisa permanente.
- A la Paz de Dios Joaquín y la compaña, ¿qué de bueno os trae a esta humilde morada del señor?
- La Paz del señor sea con vuestra merced fray Modesto, nos dirigimos a la ciudad de Sevilla y venimos a completar la carga.
El fraile de la sonrisa permanente los hizo pasar con su numerosa prole de bestias a un patio interior y les ofreció agua fresca del pozo, 
- El sol ya hace justicia a la hora primera y tendréis sed, (les comentó fray Modesto). Acto seguido abandonó el patio con un andar poco armonioso, casi saltarín dejando a padre e hijo embelesados en el bonito artesanado y abundante arbolado florecido de frutales varios del patio principal del convento.
No pasó a penas un cuarto cuando volvió fray Modesto y otro fraile más joven, barbilampiño, larguirucho, de mirada huidiza y una altura poco común con una bandeja llena de viandas, entre ellas dos grandes rebanadas de pan de cereal blanco untadas de aceite y arrope, fruta confitada, un cuartillo de vino para el adulto y un jarrillo de leche con miel para el zagal, comentando el fraile de la sonrisa eterna:
- Mientras hacéis honor a este manjar que os ha traído fray Miguel nos llevamos las dos acémilas a la bodega interior para cargarlas.
- Cuidado fray Modesto, Pajera la torda es cabezona como un pollino sin domar, lleve delante a la Lovera es vieja y dócil (Repuso el arriero).
Una vez devueltas las caballerías con su correspondiente carga, emprendieron la marcha con la intención de acometer una nueva jornada para llegar a Cantillana, visitar a un familiar y reponer fuerzas, ellos y bestias. Por fin a primera hora de la sexta jornada cuando el sol se ofrecía por el horizonte, cogieron el camino de la margen izquierda del Guadalquivir, un paisaje totalmente distinto al anterior les acogía en dirección a Sevilla, grandes valles de frutales esplendidos y cereales a punto de cambiar su intenso color verde por el amarillo que anunciaba su próxima siega.
Tras una intensa jornada montados en Canastero encabezando la partida, llegaron a las murallas de Sevilla, el zagal se impresionó por la majestuosa imagen de la Torre Mayor que se alzaba altanera por encima de las murallas, 
- Nicolasillo, bordearemos los muros de la ciudad para evitar el pago del portazgo y salvar posibles menguas de la mercancía, le comentó su padre.
Caminaban paralelos al río entre un espeso arbolado que conducía a Córdoba camino del Convento de San Isidoro, cuando apenas quedaba medía legua para llegar a su destino y descargar el buen liquido preferido por el mítico dios Baco fueron abordados por un grupo de hombres a caballo custodiando un carruaje. 
En el carruaje negro con el escudo inquisitorial iba un representante de la iglesia, arropado por una túnica púrpura a pesar del calor, bajo, enjuto y de edad avanzada del convento de San Pablo, acompañado por cinco caballeros en briosos corceles pertenecientes a la Inquisición, pulcramente vestidos y de modales toscos que contrastaban con el sencillo hábito, voz tenue y educación del clérigo, les cortaron el paso espadas y estiletes en mano, después de unos segundos confusos y silencios cómplices, el monje de hábito raído y túnica púrpura bajó lentamente del carruaje con un pergamino en la mano que entregó Joaquín de Atalaya para que lo leyese, estando éste en romance y no entendiendo la lengua el modesto arriero se lo devolvió al fraile con una leve inclinación de cabeza.
- Vuestra merced perdone excelencia, mi escasa cultura no me permite leer tan conciso escrito.
- No te preocupes hijo, contestó el anciano fraile, yo te resumiré… 
- Queda confiscada la mercancía y estás detenido en nombre de la Santa Inquisición por tenencia de libros impíos y prohibidos y portador de un gran secreto que inducen a la herejía a los buenos cristianos de fe.
- Todo será más fácil para ti y tu retoño si nos los entregas voluntariamente, ya habrá tiempo para que nos diga ese secreto tan guardado.
El arriero quedó perplejo por tal acusación y armado de valor contestó a los asaltantes con un escueto,
- Perdonen, soy un pobre arriero que transporto mi mercancía desde Guadalcanal y Constantina para el Convento de San Isidoro y un fiel cristiano convertido.
Con una mirada incisiva pareció el clérigo dar una orden a los jinetes y estos sin mediar palabra alzaron sus espadas y comenzaron a romper con furia las tinajas y derramar el líquido elemento, las mulas empezaron a correr despavoridas, de una de las tinajas salieron varios paquetes envuelto en piel curtida de oveja que los hacía impermeable y conteniendo cada uno de ellos varios libros “prohibidos”.
Instantes después, Bassin Khadel Khasan (Joaquín) se encontraba maniatado y arrastrado por un caballo en dirección a los calabozos del Castillo de San Jorge de Triana, las acémilas esparcidas y algunas heridas de muerte por las inmediaciones del lugar y su hijo Nicolasillo abandonado a su suerte, llorando y montado en Canastero sin saber qué dirección coger, fue el rastro que dejaron en aquel espeso bosque..
Pocas horas después se encontraba el reo en los sótanos del Castillo de Triana, éste que en tiempos fue un bastión de construcción cuadrangular y sirvió para la defensa del barrio de las embestidas morunas, ahora era utilizado por la Inquisición como cárcel y salvaguardia de la religión.
Dos días más tardes el zagal fue encontrado por Ignacio Monfote un arriero, vagando por la zona con su pollino del cabestro, éste le reconoció como hijo de Joaquín, pues se cruzaron en repetidas ocasiones ambos arrieros en los alrededores del barrio de extramuros de San Bernardo. Después de recoger la mitad de la reata de mulos que merodeaban por los alrededores, aprovechándose de la abundante hierba y el agua cercana del Guadalquivir, trató de enterarse por lo sucedido al padre zagal y a la carga, Nicolasillo estaba tan asustado que no acertó a articular palabra, solo sollozaba y preguntaba por su padre.
El arriero se aprovechó de las circunstancias y se apoderó de los mulos, dejó a Nicolás a buen recaudo en el Mesón de las Choperas del citado barrio de San Bernardo propiedad de un amigo de su padre, allí fue acogido en las cuadras trabajando para conseguir comida y techo de sol a sol.
Acercándose los menguados días de invierno, una tarde un hidalgo con escolta y vestido al estilo de la más selecta nobleza en paños finos y seda con sombrero a modo de tocado, entró con gran lozanía al mesón, se identificó ante el mesonero como D. Luján recaudador de la Hacienda Real de las Españas y preguntó por un zagal llamado Nicolasillo y que se comentaba que lo tenía de mozo en las cuadras. Martín de los Gazueles, el mesonero, un hombre de edad avanzada y abundantes arrugas, gordo, de aspecto desaliñado y la cara picada por la viruela, abrió su gran boca con una fingida sonrisa en la que apenas se le apreciaban dos o tres dientes someros y se dirigió al visitante, no sin antes hacer una reverencia.
- Maese recaudador, le juro por la cruz de Cristo y la gloria de nuestro magno rey que le deseo muchos años y ventura que yo pago mis impuestos y que al zagal lo recogí por mayor desgracia de su padre y lo trato como a uno más de mis hijos.
- Déjese de pamplinas, haga traer a mi presencia al muchacho y póngame un jarrillo de buen vino tinto de Guadalcanal (respondió el visitante).
Segundos después se encontraba delante del caballero un chico de altura superior a su edad, ojos negros vivos e intensamente penetrantes, aspecto desaliñado y ropa sucia y raída.
Nicolasillo se postró ante el distinguido señor y dijo con voz queda:
- Pa… padre, que hace Vd. de esa guisa vestido de caballero, yo le hacía por las noticias que traen los arrieros encarcelado o algo peor.
- Pero hombre, yo soy D. Luján de Atalaya, tu tío y a la postre, hermano gemelo de tu padre, que Dios bienaventurado y justo le ayude por la atrocidad cometida contra nuestra fe y las normas de la santa iglesia.
D. Luján ante la sorpresa del muchacho, tomó de forma pausada el jarrillo, refrescó su garganta con el preciado líquido y soltó una sonora carcajada.
- Levántate, coge tu hatillo y acompáñame a Sevilla.
El mesonero que estaba pendiente de lo que sucedía a mediana distancia de sus ojos, alzó la voz y trató de entrar en la conversación.
- D. Luján yo no pondré ningún inconveniente de que le acompañe Nicolasillo, pero comprenda vuesa merced, con todos mis respetos, llevo varios meses dándole comida y cobijo al zagal y creo que merezco al menos unas monedas para resarcirme de los gastos, el chico es de buen comer y poco desarrollo en el trabajo.


El caballero sin dirigirse a Martín sacó de la faltriquera del jubón dos monedas de diez maravedíes se las tiró al suelo y le dijo que se considerara pagado, sin reacción por los asistentes a la conversación el séquito salió del mesón y el muchacho fue a las cuadras a cogió el hatillo, su inseparable Canastero y siguió la comitiva a corta distancia hasta Sevilla.

Rafael Spínola R. 

miércoles, 2 de agosto de 2017

El mundillo de la jaula 3

El Chepa
Un Reclamo de Perdiz de Capricho y Caprichoso 
 Tercera Parte.- 
Lógicamente y como la mayoría de los mortales, siempre tendí más a lo poco y bueno, que a lo mucho y malo. Esto, sin embargo, no siempre es así, en especial, en el peculiar mundillo de la jaula, ya que hay muchos aficionados que nunca se ven hartos en eso de poseer perdigones por muchos que estos sean, sin saber, en la mayoría de los casos, ni por donde respiran la mayoría de ellos. Yo, no obstante y bajo este concreto aspecto, siempre estuve en el extremo opuesto.
Nunca me gustó tener más de dos o tres “pájaros”, ya probados y en la brecha, y otro, (generalmente pollo del año) en retaguardia y a la espera, esperanzado a que pueda superar mis muy exigentes exámenes durante el primer y segundo celo y, en especial y definitivamente, en el tercero, si es que a él llegaba, siempre y cuando fuera viendo en él que me iba ofreciendo ciertas garantías en cuento a la madera de que estaba hecho, y siempre anhelante - por supuesto que sí - de que apareciera alguno de pura caoba, aún sabiendo que estos neófitos suelen estar más escasos que los Padres Santos de Roma.
Con ello, cada celo, además de satisfacer mi apasionada afición a cazar el pájaro, iba cribando la paja y seleccionando el grano, con estas pruebas a los catecúmenos. Cribas estas, por cierto, que, por tupidas y exigentes - ya lo he dejado apuntado - difícil es que se me pudiera colar alguno como de matute, por lo que la mayoría de los examinandos solían terminar “en los corrales como desecho de tienta y para la carne”.
En esos días en que me llegara el pigmeo de Villar del Rey, con la apertura de la veda - como ya dije en su momento - a la vuelta de la esquina, sólo tenía tres pájaros: dos de ellos, viejos guerreros de cuatro y cinco celos respectivamente, y tanto el uno como el otro de un comportamiento meramente aceptable, siendo el tercero un pollito de un celo que comprara, al final del Verano, en Medina Sidonia, pues me habían dicho que, a pesar de ser de granja, de allí solían salir unos reclamos magníficos.
Quizás fuera verdad, pero, por lo visto, éste había quedado en fuera de juego, pues, por lo que le venía viendo, su permanente actitud era la de ser más "esaborío" que un guiso
de coles, que decía aquel, y así, cada día que pasaba, me iba temiendo más y más, que "la absoluta" la tenía, como una espada de Damocles, amenazándole inapelablemente la cerviz.
Uno de los susodichos guerreros era natural de Las Sierras de Guadalcanal, concretamente de La Sierra del Agua y el otro de allá de las sierras del Pedroso. Sierras estas, por cierto, de enorme prestigio por la aguerrida raza de perdigones que se solían criar en ellas, sin embargo estos debían haber heredado los genes a medias, pues tanto el uno como el otro pasaron los exámenes de catecumenado “por los pelos” y casi dejándose las plumas en la “gatera”, obteniendo en el definitivo “tercer celo”, un Aprobado raspado, porque aunque solían ligar bastante aceptablemente, sólo era en condiciones muy favorables, y aún así, una vez que, más o menos, se llegaba al ecuador de cada puesto, se solían mostrar muy poco voluntariosos, si es que no titilando como pabilo de candil, que se está quedando sin aceite. Eran pues lo que los aficionados suelen llamar a los Reclamos mediocres: dos auténticas "vaquillas de media obrá", pero...¿a ver qué remedio, si ya llevaba dos o tres celos metido de lleno en mis años de vacas flacas, ya que no tenía la suerte de que llegara a caer en mis manos un Reclamo, que si no de "Sobresaliente cum laude", por lo menos lo fuera de un "Notable", más o menos, alto.
En gratitud a mi muy estimado amigo Isidro Escote Gallego, (que Dios tenga en su Santa Gloria) guadalcalanense de pro y excelente escritor de temas cinegéticos, así como cazador de muchos quilates (que de raza le venía al galgo), quiero dejar constancia que el guerrero de La Sierra del Agua me lo regaló él, que capturó con sólo unos días a dos pasos de la magnífica casa de campo, que construyó en la misma cima de esta empinada Sierra y colindante con el famoso Repetidor de la incipiente TVE, y que él con tanto orgullo llamaba “La Ponderosa”.
A éste lo bauticé con el nombre de "El Tarta", pues el muy "joío" tartamudeaba tan sensiblemente en sus reclamos, que parecía atragantarse. En un principio sobretodo, llegué a sentir cierta nostalgia al oírlo, pues me recordaba a otro de tal calaña en su canto que, siendo yo niño, tenía uno de mis maestros en esto de la escopeta, allá en el cortijo del término de Alicún de Ortega, donde me criara. Se lo había mandado un hijo que emigrara a Cataluña y que capturó, después de alicortarlo, cazando por los entornos del Monseny. Recuerdo, dicho sea de paso, una coplilla que le dedicara uno de los cortijeros con vocación de juglar, y que por ahí debe andar perdida en alguno de mis libros. Más o menos venía a decir así: 
Con tu cantar tartajoso, al más avispado lías, parlando, so entrañas mías, ese parlar tan lioso, de “las catalanerías”.
El de Las Sierras del Pedroso me lo regaló mi gran amigo Antonio Blandez, dueño, junto a sus hermanos y hermanas, de la valiosa y fértil finca de “La Venta”, que se extiende a los pies de otra de las sierras de Guadalcanal, en dirección al extremeño pueblo de Fuente del Arco, llamada La Sierra del Viento.
Muy por el contrario al Tarta, tenía este Perdigón un reclamo tan sumamente afeminado y melodioso que más que el de un aguerrido guerrero de la jaula, parecía ser el de un consumado sarasa. Tanto era así que, en un principio, llegué a dudar, incluso, si el tal, colándoseme como de rondón, era una "perdigalla" o, como mucho, una "lesbiana vicaria", pues para mayor "Inri", tenía un pequeño espolón en solo una de las patas. De todas maneras, no hubiera sido el primer pajarero que, después de estar cazando un perdigón como reclamo macho, durante dos o, incluso, tres celos, éste se presentara "con la sopa-ensalá" de dejar caer, sobre la esterilla del asiento de la jaula, un huevo - un huevo, por descontado, que en su sentido más académico, que no “metaforeado” - . Un día le oí “titear”, y, por fin, pude salir definitivamente de mis dudas, por ser este canto absolutamente exclusivo de los machos. No obstante no pude escapar de la tentación de bautizarlo con el nombre de “El Dulcineo del Pedroso” a guisa de satírico juego de palabras con aquel otro de “Dulcinea del Toboso” con el que evocara Don Quiote al amor de sus amores.
Pues bien, en resumen, esta era la cuadra con la que contaba por aquellos entonces en que llegó a mi poder El Chepa, y que dicho sea de paso, sin ser para echar las campanas a vuelo, tampoco era para que doblaran con la triste cadencia de cuando doblan a muerto.
Opté por colocar al recién llegado junto al "sosote" y apático pollo granjero de Medina Sidonia, pensando que, al menos, los nervios del extremeño pacense pudieran despertarle de su desvergonzada apatía y permanente indolencia, si bien es cierto también que, por especial recomendación de su donante, le dejé la sayuela a media jaula, pues siendo tan nervioso y saltarín, lo podía ser aún más al extrañar tanto a su nuevo dueño, como a sus nuevos cofrades, e, incluso, aquel su nuevo hogar que, por otra parte, no podía ser otro sino la terraza de mi piso, bajo la que, por cierto, los viandantes por las aceras, por un lado, y los coches por la calzada, por otro, eran una ruidosa y caudalosa riada, y más a esas horas, en que la mañana se encontraba en su plenitud.
No sé por qué insondable misterio, pero “el Cuasimodo” de Villar del Rey me entró por el ojo desde el primer momento en que le vi, a pesar de todos los pesares, por lo que, una vez en su casillero, no hacía sino espiarlo - y siempre a hurtadillas, por aquello de las recomendaciones de Don Vicente - para ver sus reacciones y, asimismo, poder analizar todos y cada uno de sus movimientos y actitudes.
Durante los primeros minutos y con gran sorpresa para mí, ni se inmutó siquiera. Y lo cierto era que yo no llegaba a saber, por más que lo observaba, si esta su actitud era la del que se encuentra desorientado y como perdido en un lugar que desconoce totalmente, o la del que, desconfiado y receloso, estudia con todo tacto y astucia el oportuno instante, para escapar de la manera que fuera de aquel tan extraño lugar para él. Pero he aquí que, inesperadamente, "El Tarta", que ya llevaba unos días entrando en celo, le dio por dedicarle, de repente, al recién llegado - ¿a quién si no? - un reclamo de
embuchada que, por su evidente timidez, bien parecía haber sido emitido con mucho más miedo que vergüenza. Nunca lo hubiera hecho, pues el forastero, como el que despierta, de súbito, de un enigmática letargo, se engalló y, con insolente descaro y como queriendo humillarlo atrozmente y sin la menor piedad, acudió a replicarle, como con urgencia, con una reclamada de siete u ocho golpes, perfectamente enlazados y con tal poderío y sonoridad, que parecía imposible que aquellos reclamos tan pletóricos de pundonor, de bizarría y de señorío pudieran emanar de un cuerpo que era tan poca cosa.
"El Tarta", como el que se ve sorprendido, miró como atónito para un lado y para otro, pero ya no tuvo la vergüenza torera de volver a decir ni este pico es mío. "El dulcineo del Pedroso", por su parte, como despertando, a su vez, de una apacible apatía, apenas si se reaccionó como en un simulacro de desperezo. El insulso gaditano de Medina Sidonia, tal vez aterrorizado por la sorprendente bizarría de aquel “pequeñazo” corcovado, que terminaba de llegar, se puso a alambrar con tal poderío y tozudez que, seguramente, debí exclamar algo así como: ¡Santo Dios! ¿quién lo diría? Por fin, te veo moverte con la energía del que es un ser de sangre caliente, pues siempre creí que, de tener alguna sangre, sería de esa que llaman de “sangre de horchata”.
El recién llegado, no obstante, insistió con una nueva reclamada, tan engallada y egregia como la primera. Y yo, de forma tan espontánea como incontenible, hasta inconsciente, tal vez, debí dejar escapar un "¡olé ahí los tíos con reaños!" o algo parecido, con tal fuerza, que debió retumbar en todo el piso, pues oí a mi adorable esposa que, sorprendida, me gritaba por allí perdida en sus quehaceres hogareños, que si me había vuelto loco o qué. ¿Que a quién le jaleaba con tanto sentimiento y entusiasmo....?
-¡Ocho golpes, ocho, de un tirón.- Me apresuré a decirle, acudiendo a ella como con premura carrera.- ¿Tú sabes lo que son ocho golpes de un tirón en un catecúmeno...?
Y mi esposa se limitó a gesticular el atornillarse una de las sienes, en tanto difuminaba una tan misteriosa, como socarrona sonrisilla.
-¡Pues te lo voy a decir.- Agregué imparable.- ¡Ocho golpes de un tirón, seguro campeón!
Y “la parienta” volvió a contestarme con otra sonrisilla tan misteriosa y de perfiles de tan clara socarronería como la primera, y por supuesto sin dejar atrás, a su vez, aquel su
simulacro de atornillarse una sien.

©José Fernando Titos Alfaro
Nº Expediente: SE-1091 -12

miércoles, 19 de julio de 2017

El mundillo de la jaula 2

El Chepa
Un Reclamo de Perdiz de Capricho y Caprichoso 

Segunda parte.- 
Hecha pues la presentación del "personaje" que nos proponemos biografíar, comencemos esta historia, yéndonos a sus orígenes y a todas las casuales circunstancias que hubieron de converger, para que este tan excepcional Reclamo llegara a mi poder.
Me habían despertado, muy de madrugada aún, los rabiosos y pertinaces vagidos de un bebé que, aunque un tanto opacos, llegaban, terriblemente molestos, a mis oídos desde el piso que se encontraba, exactamente debajo de mío.
Intentando coger como fuera, el siempre tan dulce y plácido sueño que llaman de conciencias tranquilas, me tiré largo rato procurando ignorarlos, bien arropándome herméticamente la cabeza bajo las sábanas, o bien divagando a mis anchas con alguno de mis muchas quijotescas fantasías, engarzadas en mis sienes. Pero...¡qué va!, por más que lo intentaba, aún más y más perseguía a mis oídos aquel obstinado y rabioso llanto del bebé, y, consecuentemente, más y más se despabilaba mi perseguido sueño.
A través de las cortinas del ventanal y con un ojo semiabierto y el otro semicerrado, pude intuir, que no ver, que, más o menos, las del alba serían. Viéndome pues que, cada vez, me encontraba más distanciado de los anhelados brazos de Morfeo, le metí el codo, con cierto tacto y disimulo, a mi adorable esposa, con la intención de comprobar, si bien
sólo en primera instancia, si se encontraba tan despabilada como yo, por aquel tan contumaz llanto. Y, en efecto, la pobre también se encontraba en la misma situación que yo, y así le dije, un tanto irónico, que si no le extrañaba que, después del muy largo rato que aquella criaturita llevaba llorando con los "reaños" que lo hacía, no hubiera explotado ya como un "ciquitraque".
-¡Angelito mío!.- Suspiró maternalmente mi esposa.-
Seguramente, que debe dolerle la barriguita o, tal vez, los oídos, y como los pobrecitos no saben decir lo que les pasa, pues... La madre, pobre mujer, debe estar desesperada.
-¿Y por qué no acude al médico...? Ya es demasiado tiempo el que el pequeñín lleva llorando.
-El marido.- Quiso excusarla mi esposa.- es visitador médico, y, seguramente, debe encontrarse viajando como casi siempre, y ella, encontrándose sola, tal vez no sepa bien lo qué hacer.
No supe que contestarle, así que, de momento, quedé en silencio y un tanto pensativo. Reaccioné de pronto, no obstante, y le salí diciendo, totalmente decidido además, que por qué no bajaba y le decía que nosotros, si así lo quería, estábamos dispuestos a coger nuestro coche y acercarla al Hospital Infantil o adonde ella quisiera, para ver qué es lo que le podía pasar a aquella pobre criaturita.
Y mi querida esposa, que tan buena samaritana fue siempre para todo y para todos, no se lo pensó dos veces seguidas, así que se tiró rápidamente fuera de la cama y hacia allá endilgó como la que va a apagar un fuego. Me dio la sensación que esperaba aquella mi invitación como un “santo advenimiento”.
Sólo unos minutos después, me encontraba convertido en circunstancial taxista por las calles de Sevilla, en dirección al Hospital Infantil, con dos mujeres y un bebé a bordo. Tan pronto como el llorón estuvo en manos del Pediatra, todo quedó solucionado, en sólo breves instantes y sin el menor problema. La barriguita del bebé, al quedar como fuelle de acordeón, después de que el médico se la apretara entre sus dedos, fue síntoma más que suficiente, para que el doctor diagnosticara, inequívocamente, la enfermedad que padecía el chiquitín y que tanto llanto le producía. El bebé, por la atroz hambre que padecía, estaba desnutrido. Los pechos de la madre, por lo visto, eran como un venero, prácticamente, agotado, por lo que apenas si podían fluir de ellos unas gotas de leche. Bastó pues un templado biberón a tope, para que el hambriento llorón quedara transpuesto en el quinto cielo, soñando con los angelitos, en el más dulce y grato sueño, después de que, claro está, el biberón pasara a mejor vida.
Un sencillo y humanitario acto éste de mi esposa y mío de buena vecindad y que, por obvio y natural, no tenía gran importancia para emotivas loas, y aún menos si es que confesamos – que todo hay que decirlo, para que el Demonio no se ría de la mentira – que también fuimos empujados en gran medida a tal obra de caridad, pensando en nosotros mismos, ya que había que descansar, para estar en forma para el trabajo que nos esperaba apenas comenzara a echar a andar la ya inminente mañana. Sin embargo, para el abuelo paterno, en especial, aquello fue algo así como un inefable acto de heroísmo, que no había con qué pagarlo, ni cómo agradecerlo.
Vivía este agradecido y buen hombre en Badajoz, donde tenía una muy prestigiosa e importante pajarería, y casi todos los fines de semana, solía acudir, junto a su esposa, a Sevilla, para pasarlos en feliz compañía de su único hijo, el padre del llorón, y, por supuesto, de su nuera y - ¿y cómo no? del mismo llorón, su nietecito. Y así, el inmediato Sábado al hecho de marras, tan pronto como la nuera le contara el detalle de los buenos samaritanos del “quinto”, al buen hombre le faltó tiempo para subir a nuestro piso, para agradecernos, con el corazón en los labios, lo que, en ausencia de su hijo, habíamos tenido a bien a hacer con su entrañable nieto.
Vicente Rastrojo, que así se llamaba este tan agradecido extremeño pacense - que Dios tenga en su Santa Gloria – con el distinguido porte de todo un caballero a la antigua usanza, me dijo tan pronto aparecí, a la llamada del timbre, al otro lado de la puerta.
-¿Da usted su permiso, señor? Soy el abuelo paterno del pequeñín que, el otro día, llevó usted al hospital de madrugada.- Y se me presentó, tendiéndome la mano, al tiempo que me hacía una caballerosa reverencia, desmontándose respetuosamente el sombrero levemente.-
Vengo expresamente a expresarle mi más sentida y sincera gratitud.
-Pase, pase usted.- Le respondí en tono amistoso y como queriéndole quitar importancia a la cosa.- Lo más natural del mundo entre buenos vecinos, ¿no cree? Ellos también lo hubieran hecho con nosotros. Estoy completamente seguro de ello.
El muy agradecido abuelo, siempre en su actitud de todo un cortés caballero de los de aquellos otrora, a la par que me seguía hacia el salón, no dejaba de repetirme su agradecimiento, y, de pronto, al ver un muy vivaracho canario que tenía en una dorada y artística jaula circular, ocupando la dorada circunferencia en que terminaba la peana, que le servía de colgadero, me preguntó que si era aficionado a tan bonitos y canoros pajarines, y yo, entre un sí y un no, me limité a encogerme de hombros, como queriéndole decir que ni fu ni fa. Que si me hubiera dicho.- Se me ocurrió añadir con toda espontaneidad.- que si mi afición iba por lo de los pájaros de perdiz, la historia ya cambiaba como de la noche al día.
-¡Hombre.-Exclamó tan sorprendido como amigablemente.- ¿con que usted es aficionado “al pájaro”...? Yo también lo soy, y desde toda mi vida prácticamente. No sé si sabrá usted que tengo una muy importante pajarería en Badajoz, en la que, además de los pájaros más exóticos, venidos de los países más remotos, tenemos toda clase de pajarillos canoros del país, así como sus respectivos alimentos y medicamentos. Por descontado, que también perdigones para el reclamo. Cuente con uno de ellos como regalo.
Jamás se me podía haber hecho un ofrecimiento más gratificante y que más me ilusionara, así que los ojos se me debieron poner como platos.
Y, en efecto, al Sábado siguiente - por cierto, que a punto de abrirse la veda ya de la tan bella y sugestiva caza de la perdiz con Reclamo - se me presentó aquel tan cortés caballero, Don Vicente Rastrojo, con su prometido presente, jaula y sayuela incluidas. Se trataba, efectivamente, de un pollo del año, del que, entre otras muchas cosas, me dijo que, aunque algo díscolo y hasta un tanto desagradecido y descastado, y que, como bien podría ver por mis propios ojos, siendo también tan poca cosa en cuanto a su físico, sin embargo, le había venido observando en la tienda, y difícilmente no estaba “con el hacha levantada” y dispuesto a plantarle cara hasta al mismo Satanás que, escapado de las llamas de los infiernos, allí se le hubiera presentado. Que era de un bonito pueblo, cercano a Badajoz, llamado Villar del Rey, donde entró en un lote de cinco, que le comprara a un pastor, que los capturara a finales de Julio, siendo aún como “totovías”, por aquellos pastizales, mientras pastoreaba, y que tuvo que terminar de criar en el corral de casa en una especie de gallinero de tela metálica.
Los tres tramos de escalera que separaban el cuarto piso, hogar de su hijo y adonde bajé a recogerlo, del quinto, mi piso, me los subí de dos zancadas, pues iba con mi pájaro de
perdiz más alegre y saltarín que un gitanillo con unas  alpargatas nuevas.
Llevaba clavado en las sienes, no obstante, aquello que me dijera el muy cortés caballero, Don Vicente Rastrojo, su amo, de que el pollo era "algo díscolo y como desagradecido y descastado", si no tanto aquello otro de su poca presencia física. Todo ello hizo que, en un conjunto, me hiciera sospechar del liliputiense jorobado, pero no pasó de ser como una especie de desdibujado garabato, que se me borró tan pronto me viniera a la cabeza, a su vez, aquello otro "del hacha levantada y de su valiente actitud ante el mismo Demonio que se le presentara escapado de las llamas del infierno”, además de que bien sabía yo que, si aquello de su nerviosismo y poca afabilidad, sin ser nunca cosa de mi agrado, jamás pudieron ser algo definitivo, para impedir que un pollo llegara a ser un gran campeón, al margen de aquello otro de las bellezas físicas, sabiendo además que, con recuencia, estas sólo son tapaderas más falsas que el mismo Judas, por encubrir, hipócrita y cínicamente, a los que, teniéndolas, sólo son despreciables maulas, por no decir aquello otro "de sepulcros blanqueados", que dijo Cristo en cierta ocasión, ante unos individuos, al carecer de lo que sólo puede estar en lo más profundo del corazón, como es el honor, la honradez, la generosidad, la laboriosidad, la responsabilidad y el cumplir siempre con el deber con el entusiasmo que mandan los santos cánones.

©José Fernando Titos Alfaro
Nº Expediente: SE-1091 -12

miércoles, 28 de junio de 2017

El mundillo de la jaula 1

El Chepa
Un Reclamo de Perdiz de Capricho y Caprichoso 


Prologo.-
Miren ustedes por donde, el otro día, me dio por ponerme a ordenar una serie de papelotes de todo tipo y de la más diversa procedencia, que tenía en una muy abultada carpeta, y que, desde bastante tiempo atrás, había ido guardando en ella de forma provisional y como de emergencia. Lógico pues que, que en tan promiscuo y descuidado "arrebujo", uno se fuera a topar con cosas tan dispares y diferentes, como podrían ser - por poner algún ejemplo - un soneto de felicitación navideña de mi buen amigo, el muy lírico como místico poeta, Rafael Borondo Espejo, o, sencilla y simplemente, una esquela mortuoria de algún viejo conocido, recortada de vayan a saber ahora qué periódico. Había allí pues mucho de todo y de las más diversa catadura: cartas, citas literarias, señas de Editoriales, convocatorias de premios literarios, números de teléfono, Artículos recortados de las más distintas Revistas y Diarios... ¡yo qué sé! ¡La Biblia en pasta!
Y es que siendo yo un mucho acaparador en este sentido, siempre fui, a mi vez, algo descuidado, si es que no bastante olvidadizo y desordenado. Algo así a lo que, por ejemplo, suelen ser sorprendentemente adictas las urracas que viven domesticadas y junto a sus dueños en el hogar familiar, por lo menos, en eso de lo de acaparar y guardar todo cuanto se encuentran que, de alguna manera, les llame la atención, aunque no sé si también y a su vez en eso otro de lo de olvidar.
Seguramente que también, aunque sólo sea por estar sus escondrijos, por lo general, en los lugares más insospechados.
Sin embargo, lo que yo venía a decir en definitiva, era que lo que realmente me impactó y, de momento, acaparó toda mi atención fue una fotografía, allí traspapelada, - ¿cómo no? - de uno de los mejores reclamos de perdiz de cuantos han sido, son y serán en la historia de la “cuchillería”, con el que yo conviviera y al que cazara durante los doce años que Dios le diera de vida. Por cierto que, ya iba para otros tantos que se me muriera de viejo, que no de "zurretilla" ni de ninguna otra enfermedad de las muchas que están al acecho de estas tan admiradas y codiciadas aves por mí.
¡Cuántos y qué entrañables recuerdos todos los que fueron acudiendo a mis ojos, en tanto miraba, en el tembloroso pedestal de mi mano, aquella traspapelada foto! Tanto fue así, que no pude retraerme a echarle mano al primer bolígrafo que se me puso a tiro, y ponerme a desahogar, con él en ristre sobre unas cuartillas, tan emotivos y evocadores recuerdos.
Eso y sólo eso es el presente libro. Porque ¿qué duda cabe que detrás de cada perdigón enjaulado, hay un "quijote" enamorado? Y es que un buen reclamo es una fantasía, un orgullo, un anhelo, en definitiva, un capricho, y, como bien sabemos todos, los caprichos sólo pueden pertenecer al mundo de los sueños, que aquí, todas las razones sobran, ya que, en este mundo, la única razón posible sólo puede ser aquella “de la razón de la sin-razón” que decía Don Alonso de Quijada o Quesada, más conocido por Don Quijote de La Mancha.
Lógico pues, por otra parte, que nunca fue fácil comprender a un soñador.
  
Primera parte.-
 Nuestro biografiado “Reclamo” llevó por nombre "El Chepa"- por descontado que explicaré el por qué - y por el tal apodo fue conocido y reconocido e, incluso, hasta venerado por propios y extraños, allí por donde pasó en ese nuestro peculiar mundillo "de la jaula", aunque de forma muy particular en el corazón de La Sierra Norte de Sevilla, por haber sido el principal y más asiduo escenario de nuestras cacerías: Guadalcanal, Alanís, San Nicolás del Puerto, Cazalla de la Sierra, Constantina, El Pedroso...
Ya digo, fue un auténtico y admirado campeón de campeones, durante los doce años que estuvo en activo, que lo fueron los del ocaso del siglo que termina de dejarnos, resultando esto aún más relevante y sorprendente, al tener un físico que, lejos de ser el de todo un aguerrido guerrillero o el de un apuesto “Adonis”, era el de un “chiquitajo liliputiense”, y que además, una vez “recortado” con las tijeras, siendo, a su vez, tan poca cosa por su propia natura, daba la sensación de ser un juguetín cubierto de plumón.
Enanoide y figurín, ya por su propio ser, había tenido además la fatalidad de dislocarse los huesos de la rabadilla, al chocar contra la cúpula de la jaula en un desaforado salto que diera, siendo aún un pollo de tierna contextura, originándole el tal accidente una fea dislocación ósea, la que, por otra parte, al curarse y unírsele de nuevo los huesos un tanto dislocados, no lo hicieran debidamente y se le formara una joroba, haciendo que su cuerpo pareciese aún más “pequeñazo” y más figurín de lo que ya fuera por su propia naturaleza.
Siempre fui sumamente caprichoso como maniático en las cosas de mis Reclamos, siendo una más de estas mis caprichosas manías, el bautizarlos con el nombre más adecuado posible a las características fisiológicas que de forma más manifiesta destacaran en ellos. Y así a éste, por su joroba, lo bauticé, obviamente, con el nombre de "El Chepa".
Si yo hubiera sospechado, aunque sólo hubiera sido remotamente, que iba a ser la eminente figura que llegó a ser en el mundo del “Reclamo”, seguro que me hubiese preocupado en buscarle, cuanto menos, el nombre de un famoso corcovado, para que hubiera pasado a la historia con un nombre de cierta fama, y que muy bien pudiera haber sido el del famoso jorobado de la Novela de Víctor Hugo, "Notre Dame" de Paris, "Quasimodo", o, incluso - ¿por qué no? – el del destartalado “Molinero”, aunque sin giba alguna, de la preciosa novela de Pedro Antonio de Alarcón “El Sombrero de Tres Picos”, si es que no el del eminente dramaturgo hispano mejicano en persona, Ruiz de Alarcón, - que éste sí que era “azurrunado” y contrahecho - por mencionar algún que otro de los adefesios fisiológicos de la Literatura Universal.
Pero, claro, a pesar de los buenos auspicios que de él me diera el que me lo regalara, e, incluso, los detalles tan prometedores, que yo mismo le viera, en el instante mismo de colgarlo en su casillero entre mis reclamos, ni por asomos podía ni sospechar de que tan raquítico personaje pudiera llegar a ser la tan eminente figura que, en esto de “la Cuquillería”, llegara a ser.
De todas maneras no me pesó, porque El Chepa, aunque “pequeñazo” y raquítico, en su conjunto, ofrecía una figura algo recortada e, incluso, un tanto armoniosa, aunque, claro,
dentro siempre de la raza pigmea, por lo que su estampa quedaba muy lejos de la desgarbada, estrafalaria y hasta monstruosa de la del Campanero de la Catedral de Paris, o la del muy desaliñado “Molinero” del “Sombrero de Tres Picos” o de la que debía presentar el insigne dramaturgo del Siglo de Oro, si es que nos dejamos llevar por las diatribas y sátiras que, sobre el particular, no dejara de lanzarle el especialista en el tema que también le escribiera aquello otro a Góngora de “érase un hombre a una nariz pegado”. Me refiero a Don Francisco de Quevedo y Villegas.
Todo esto que, en cuanto a su físico, venimos diciendo, si bien es cierto que pudiera dejar algo que desear en el que llegara a ser tan extraordinario campeón, no puede pasar, sin embargo, de ser casi una nimiedad, pues no hay que olvidar que lo que, en realidad, da la verdadera medida de la valía de un personaje, no es el hábito, sino sus actitudes, sus virtudes y sus obras, y hablar del Chepa, bajo este concreto aspecto, ya sería otro cantar muy distinto. No olvidemos, por otra parte, el muy sabio dicho popular al respecto, que dice que “el hábito no hace al monje”.
No obstante y de momento, bástenos decir como para abrir boca, que El Chepa siempre fue todo un aguerrido guerrero con el peleón; que, ante el cobarde, fue sereno y suave siempre; y que, ante la coquetona y delicada dama, siempre mimoso y galante.

©José Fernando Titos Alfaro
Nº Expediente: SE-1091 -12 

sábado, 29 de octubre de 2016

Recuerdos de una feliz niñez

Aquellos maravillosos kioskos

Sinopsis del libro.-
Volver a la infancia... ¿A quién no le gustaría, aunque fuera por un instante, ser otra vez el niño o la niña que fuimos? Tener de nuevo nuestros juguetes, correr por la calle tras un balón con el bocata en la mano y la camisa por fuera, lleno de chorretes y de costras en las rodillas. En definitiva, viajar en el tiempo y ver cómo era nuestro mundo entonces, cuando éramos inocentes y absorbíamos ávidamente la vida, que era aquello que pasaba a nuestro alrededor mientras estábamos ocupados en completar la colección de cromos de turno. Ven, entra en nuestra máquina del tiempo de papel y vuelve a sentirte como entonces. Échale un vistazo a aquellos juguetes con los que tanto disfrutaste, únete a la pandilla para vivir unas cuantas aventuras de descampados, cole y kioscos y contempla aquellos viejos anuncios que te hacían pegarte a la pantalla embelesado confeccionando tu lista de los Reyes Magos. Mira cómo era la vida cotidiana cuando éramos pequeños... Te aseguramos que vas desempolvar un montón de recuerdos dormidos. ¿Preparado? Bájate a jugar a la calle con nosotros y pídele de paso a tu madre unas cuantas monedas para el kiosco, unas chuches no nos irían mal. ¡Ah!... y ¡no te olvides de la merienda!

Biografía de los autores.-

Juan Pedro Ferrer es uno de los mayores coleccionistas de recuerdos infantiles de nuestro país. Exexplorador, y funcionario en una concejalía del Ayuntamiento de Alicante, este rescatador de material de kiosco y juguetes de los años 60 y 70 administra desde hace 8 años el conocido y aclamado blog El kiosco de Akela (uno de los más importantes de su género). Miguel Fernández. Martínez es un afamado ilustrador y diseñador, y guionista profesional, trabaja para Disney, Mattel, Fox y Dreamworks. Nostalgista vocacional de las mismas décadas, Miguel creó hace cinco años el blog Those were the days, donde se relatan recuerdos de infancia de una forma documentada y socialmente descriptiva. Miguel lleva dibujando para Disney desde que terminó la mili, tocando todos los personajes estándar de la casa (Mickey, Donald, Winnie the Pooh y todas sus respectivas familias de personajes).
Foto del autor
Mis recuerdos.-
A veces llega a nuestras manos un libro que como buen lector y observador te introduce en su historia,  empiezas a leer con atención y te das cuenta que tú eres protagonista directo de esas historias que te relatan sus autores.
Así me ha sucedido con este libro, “Aquellos maravillosos kioskos”, esta lectura me retrotrae al final de los años cincuenta y siguientes años sesenta, en aquella España en blanco y negro con su enseñanza y libros que trataban de impregnarnos de color, la nostalgia, esa añoranza por lo que ya no vuelve, tiene un caladero sin fondo para los que fuimos  niños en aquellos maravillosos años y me hacen  viajar a los quioscos del barrio de Ventas de Madrid para comprar chicles bazoka, pistolas de agua, indios y americanos de plástico, yoyós de Fanta, cromos o chucherías, recuerdos, recuerdos.
Mis primeros años en Guadalcanal en la escuela de Dña. Paquita (escuela de los cagones) en la que mis padres me dejaban en mí más tierna infancia los fríos inviernos para irse a coger aceitunas, aquellos primeros juegos y primera cartilla de letras    grandes que juntas se   convertían   en palabras “e-s-c-u-e-l-a”, ”c-a-b-a-l-l-o”, el catón… aquel colegio de la calle Camacho de D. Francisco Oliva Calderón, en la que empecé a entender aquellas letras juntas y convertirlas en frase  y sumar o restar números, a empaparme con la Enciclopedia del Álvarez “Intuitiva, Sintética y Practica” que  se leía en la portada y que me enseñó los primeros conocimientos de la vida y la historia, enciclopedia que conservo como un tesoro encontrado en mi niñez, recuerdos, recuerdos.
Aquel maestro de repaso, Antonio “el cojo” que por  las tardes iba a mi casa de la calle Minas para darme repaso y enseñarme a leer y comprender el significado de lo leído con sus interminables dictados, a sumar y restar como solo el sabia y a perfeccionar la escritura con las libretas de Rubio…, mi padre que me dejaba copias con su impoluta caligrafía y que nunca he conseguido igualar, la academia de D. José Tito a la que me enviaba mi abuela Aracelis en verano cuando mis padres me mandaban al pueblo y que gracias a él aprobé el Ingreso, aquel Septiembre en mí regreso a Madrid, recuerdos, recuerdos.
Aquella triste despedida de mis compañeros y amigos de la calle  Camacho y mi traslado con toda la familia emigrando a Madrid, mi  etapa en el colegio Onésimo Redondo, antiguo hospital de la guerra civil en el barrio de la Elipa, aquel internado en los Salesianos de Madrid, gracias a no ser muy mal estudiante y conseguir una beca y de paso quitarse una boca que alimentar  de lunes a viernes mis padres, aquel salesiano D. Cirilo, de triste recuerdo para mí, que me tuvo una semana repitiendo  la  frase “Joze zaca el zaco al zor para que ze zeque”, pobre ignorante, quería quitarme aquel bonito seseo que traía de Guadalcanal y  solo consiguió crearme un trauma cuando salía al recreo y mis compañeros se reían de mí, luego pensé, gracias  Cirilo, solo conseguiste que amara más mi acento que practicaba en familia por rebeldía  y mi procedencia serrana,  claro que esta mala experiencia solo duró un año, al curso siguiente no me renovaron la beca o simplemente me echaron por pobre, dejé de limpiar las aulas y habitaciones, de rellenar la estufa de leña para que se calentaran mis compañeros de pago y volví a mi entrañable colegio del barrio de la Elipa, con mis amigos andaluces, gallegos, extremeños, castellanos viejos…, allí sí que D. Cirilo lo hubiese tenido complicado para quitarnos el acento de procedencia, recuerdos, recuerdos.
Aquel quiosco de chapa y techo de uralita de la Av. de Daroca, centro y lugar litúrgico para comprar, vender y cambiar cromos de futbol o de aquellas fabulosas colecciones: Vida y Color, Ben Hur o Maravillas del Mundo y otra sobre pájaros que era mi preferida, en las que invertía el duro, si, cinco pesetas que me daba mi madre de paga semanal y que yo convertía aquella vida en blanco y negro de un barrio de emigrantes y casas bajas en el colorido de los cromos, para después durante toda la semana trapichear con los repetidos o jugármelos a los montones, recuerdos, recuerdos.
Quiosco donde  empecé a comprar cigarrillos de chocolate “Lucky” para impresionar a las chicas y luego con mis amigos de fechorías, nuestros primeros cigarros Rocío mantelados de verdad que nos fumábamos furtivos debajo del puente del cementerio…, el bachiller, mis primeras conquista, mi primer jersey  de terlenka y pantalón vaquero Wangler que sustituían los domingos a los jersey de punto y los pantalones de pana o tergal que me hacía mi madre, recuerdos, recuerdos.
Que inolvidables años, los niños podíamos jugar en la calle a la pelota, a tu la ligas, al patín hecho con una tabla y cuatro piñones metálicos como ruedas, calles con olor a pueblo y vecindad,  sin apenas coches, esas calles que nos enseñaba casi todo de la vida, algunas sin asfaltar. Más tarde, la adolescencia,  los billares, lugar sagrado para confesiones a los amigos de adolescentes amoríos, Isabel, mi primer amor secreto y platónico y juegos a peseta, cuya mayor competición era quemar  la testosterona que nos emergía  a flor de piel, recuerdos, recuerdos
Todo esto son recuerdos de los que habitamos ya en la tercera fase, es decir, en el resto de la etapa que nos queda por vivir y que según dice un amigo comienza cuando cumples sesenta y… años, aquella oscura época de poco pan y muchas carencias, de amigos y fechorías inolvidables, fueron años difíciles para la mayoría de mi generación, pero a pesar de ello, son recuerdos de una feliz niñez.
Rafael Spínola Rodríguez
Teruel, Octubre 2016

miércoles, 18 de marzo de 2015

Entre extremeños y leoneses

Les tocó hacer el trabajo más duro

Hugh Thomas glosa el papel de los andaluces, "más de la mitad sevillanos", que participaron en la conquista de América

John H. Elliott se hizo hispanista en una visita al Museo del Prado. Raymond Carr, en su luna de miel a un pueblo de pescadores llamado Torremolinos. Hugh Thomas (Windsor, 1931), llegó con veintipocos años de vacaciones con un ejemplar de El laberinto español de Gerald Brenan. Entonces trabajaba para el Foreign Office.
A punto de cumplir los 84 años, acompañado de Vanessa, la pintora con la que lleva 52 años casado, Hugh Thomas paseó por Sevilla y saboreó una copa de manzanilla en el patio de los Pinelo después de pronunciar la conferencia de clausura del coloquio internacional sobre intercambios entre Andalucía y América.
Hugh Thomas dio la conferencia en el idioma de su auditorio, disculpándose por su castellano, "que es una vergüenza". Se centró la presencia de andaluces en la Conquista de América. Entre 1492 y 1519 viajan a Indias 2.072 andaluces, más de la mitad sevillanos. Campañas remotas. Su primer libro, antes de cumplir 30 años, se tituló La guerra civil española. Un clásico de la historiografía patria que apareció antes en francés por la censura.
Al término de la conferencia, el reportero saludó en la Avenida a Joaquín Sierra, Quino en sus años de futbolista. El hijo del poeta Juan Sierra viajó en 1970 con la expedición del Valencia a París para jugar un cuadrangular. Además de ganar el torneo, "aunque el Corinthians nos dio un baño", compró en una librería de París un ejemplar de La guerra civil española de Thomas editado por Ruedo Ibérico.
El historiador británico ha investigado en los archivos a más de mil conquistadores. De su exposición se puede establecer una división geográfica de atribuciones. Los extremeños fueron los auténticos líderes de la conquista. Con exponentes como Hernán Cortés, cuya monumental biografía ha publicado Thomas, un héroe silenciado por la izquierda española y reivindicado por Octavio Paz o Carlos Fuentes, o Pizarro, que volvió a su Trujillo natal en busca de voluntarios. Los curas y frailes procedían "la mayoría de León". "Los trabajos más duros, los que peleaban en las batallas, eran los andaluces", dijo Hugh Thomas. Con participaciones estelares. "Es imposible entender el éxito de Cortés sin el trabajo de construcción de bergantines de los carpinteros de ribera dirigidos por el sevillano Martín López".
 En el Archivo de Indias y en otros fondos documentales encontró expedicionarios de Lebrija, de Guadalcanal, de Cazalla de la Sierra, de Triana... Sevillanos como Juan Díaz, un mercedario que bautizó a Malinche y cuyos restos están en la catedral de Puebla; o Fray Pedro de Melgarejo, franciscano que descubrió perlas en Colombia y atisbó la bahía de Urabá, "donde tantos españoles murieron. Fue consejero de Cortés, volvió a España y lo hacen obispo".
Se reencontró con Enriqueta Vila, habló en inglés con Rafael Atienza y lo recibió Manuel González Jiménez, carmonense, irlandés consorte y presidente de la Academia, biógrafo de Fernando III que está leyendo la biografía de Hernán Cortés de Thomas. "Era un intelectual", dice el medievalista sevillano, "bachiller de Salamanca, no de Osuna como el pobre Sansón Carrasco que se bate a duelo con don Quijote". Thomas ha escrito dos novelas históricas y dice que sólo La Celestina supera en el idioma que tanto ama y tanto le cuesta a la correspondencia de Hernán Cortés. A él le dedica una biografía y a Moctezuma su segunda novela
Hugh Thomas nació en Windsor en 1931, estudió en la Universidad de Cambridge y en la Sorbona, y ha sido profesor de la Academia Real Militar de Sandhurst y de la Universidad de Reading. En 1981 fue nombrado lord Thomas de Swynnerton

Historiador británico. Mientras era funcionario de la ONU visitó España (1955), interesándose por su historia reciente. Realizó durante años una labor de recopilación de datos y testimonios sobre la guerra civil. En 1961 publicó la primera edición de La guerra civil española. Autor también de trabajos sobre la historia de Cuba (Cuba: la lucha por la libertad, 3 vols., 1971) y de Venezuela, y de las novelas Habana (1984) y Klara (1988). En los años noventa publicó La formación de Hernán Cortés (1992), Yo, Moctezuma, emperador de los aztecas(1995), La trata de esclavos (1998) y La revolución cubana (1999).
A Hugh Thomas le ha gustado involucrarse en el pasado en la política de su país (primero con el Partido Laborista, después asesorando a Margaret Thatcher.
El historiador Hugh Thomas no sólo es un gran hispanista al que se le debe la monumental obra (900 páginas) La conquista de México. También se ha contagiado de la pasión por la fiesta.
Siete años después de publicar La conquista de México (Planeta, 1994), el historiador británico continúa escarbando en uno de los acontecimientos más asombrosos de la historia: el derrumbamiento, a principios del XVI, del gran imperio mexicano de Moctezuma a manos de Hernán Cortés.
El hispanista publica Quién es quién de los conquistadores (Salvat), en realidad una ampliación del índice onomástico de La conquista... El interés de Quién es quién... no es tanto el de descubrir como el de compilar a partir de fuentes primarias, y ordenada por orden alfabético, la relación completa de todos los hombres y mujeres relacionados con la conquista de México. Pero Thomas incluye datos nuevos sobre sus protagonistas. Los encontró en el Archivo de Indias, y advierte que, aunque no hay ninguna 'teoría nueva' sobre el acontecimiento, la sorpresa le llegó cuando se dio de bruces con 'mucho material inédito: no son datos muy importantes, pero sí bastante interesantes. Por ejemplo, unas declaraciones de Hernán Cortés que testimonian en favor de algunos de sus amigos.
También hubo por otra parte conquistadores, en concreto muchos franciscanos, que quisieron aprender la lengua de los indígenas.
Thomas ya destrozó el tópico de indio / bueno, conquistador / malo en ese libro de referencia que es La conquista.... 'Entre otras cosas, porque hubo muchos indígenas que trabajaron para los españoles. La conquista fue una batalla entre los aztecas y sus amigos y los españoles y sus aliados.
Opina este hispanista que la dominación mexicana no fue más cruel que otras conquistas. 'Cortés utilizó el arma del terror en algunas de sus campañas, pero pienso que al final esa conquista no tuvo la intención de destruir a la población. Al contrario, Cortés quiso utilizar a los aztecas para reconstuir la ciudad de México y su proyecto urbanístico era uno de los más importantes del siglo XVI.
Después de tantos años dedicado a la conquista mexicana, todavía guarda un misterio. Me interesa mucho descubrir qué relación tuvo Cortés con los grandes comerciantes y banqueros sevillanos, como el converso Juan de Córdoba o Luis Fernández de Alfaro, y en qué modo financiaron la aventura.
La Fragua del Pensamiento