By Joan Spínola -FOTORETOC-

By Joan Spínola -FOTORETOC-

Villa de Guadalcanal.- Dió el Sr. Rey D. Fernando a Guadalcanal a la Orden de Santiago , e las demás tierras de la conquista, e de entonces tomó por arma una teja o canal, e dos espadas a los lados como así hoy las usa.



miércoles, 4 de abril de 2018

Villa Santiaguista de Guadalcanal 3/5


Alternativas en la jurisdicción de la villa

IV.- REFORMAS DE FELIPE II EN LA ADMINISTRACIÓN LOCAL (Continuación)

En efecto, esta Real Provisión de 1588 decía de forma resumida lo que sigue:
"Don Felipe por la gracia de Dios rey de Castilla, de León...: A vos Don Fernando del Pulgar, salud y gracia: savedes que por petición de nuestras villas y lugares de las Órdenes Militares de Santiago, Calatrava y Alcántara nos ha sido hecha relación (petición), que teniendo los alcaldes ordinarios de los dichos lugares la jurisdicción criminal y civil en primera instancia sin ninguna limitación, sin tener obligación de ir en la dicha primera instancia a las cabeceras de los partidos a pedir justicia ante los gobernadores de ellas, ni los dichos gobernadores poder abocar a sí (juzgar) ninguna causa, sino en ciertos casos criminales limitadamente y no en otros… "
A continuación se justificaban las decisiones tomadas en 1566:
"Y estando en esta costumbre, habiéndosenos hecho relación (información) de que la justicia no se administraba como convenía, por ser los alcaldes ordinarios vecinos y naturales de los mismos pueblos (y que así favorecían a sus parientes y amigos), como por no ser letrados, habían resultado daños y desasosiego (entre los vecinos) que por la mayor parte solían cargar sobre los pobres que no tenían con qué recurrir a los superiores(8) y otras cosas tocante a esto, habíamos proveído y ordenado por una nuestra Cédula Real, fechada a ocho de febrero de 1566 años, que se dividiesen los partidos de las gobernaciones que entonces había en las suso dichas Órdenes en ciertas alcaldías mayores y que en los lugares donde residan los dichos gobernadores y alcaldes mayores no hubiesen alcaldes ordinarios, sino los dichos jueces, cada cual en su partido y sus lugares residentes, conociendo de todos los pleitos, causas y negocios civiles y criminales de los vecinos y moradores y habitantes en ellos; y que así mismo conociesen en grado de apelación de cada uno de sus distritos de lo que sentenciasen los alcaldes ordinarios de los dichos pueblos de los dichos partidos y que todos los negocios y causas que a los dichos gobernadores y alcaldes mayores pareciesen convenir a la administración de la justicia los pudiesen abocar a sí y conocer de ellos, ya se procediese de oficio o por querella de partes y que todos (los vecinos) de los pueblos de los dichos partidos tuviesen la libertad de llevar en primera instancia ante los suso dichos jueces cualesquier pleito, causa o negocio que quisieren, así criminales como civiles o ejecutivos, sin embargo (independientemente y por encima) de cualesquier privilegio, cartas ejecutorias y provisiones y cartas acordadas que los dichos pueblos y vecinos de ellos tuviesen libradas (con anterioridad) en el nuestro Consejo Real o en las nuestras Audiencias y Chancillerías Reales y en el nuestro Consejo de las Órdenes"...
Sigue el texto, ahora tratando de justificar la devolución de la jurisdicción suprimida en 1566:
"Y aunque era así (cierto), que la dicha nueva orden la habíamos dado por parecer más conveniente al bien y beneficio público de los dichos lugares con grave y justa consideración según el estado de las cosas en aquel tiempo… Y porque aunque los dichos alcaldes ordinarios no sean letrados, sentenciaban y juzgaban sus causas con parecer de sus asesores, y que ser vecino y natural era mayor conveniencia (9) , porque juzgando entre sus naturales y parientes las causas que no eran de mucha sustancia, las componían entre sí sin largas ni dilaciones con que se excusaban (eliminaban) las vejaciones y costas (gastos) de largo alcance (que habría que hacer si intervenía en primera instancia los gobernadores); y cada una de ellas (se resolvía) dentro de su lugar, y en su casa litigaba y hacía justicia (más rápida y menos gravosa;) y si se sentía agraviado (cualquiera de las partes litigantes ante la sentencia del alcalde ordinario) apelaba al gobernador que no estaba lejos, el cual la desagraviaba bien y sumariamente; y que para las cosas de mayor momento (importancia) en que habiendo dilaciones en la justicia, podía haber mucho inconveniente estaban reservados los dichos casos limitados en el que el gobernador podía abocar a sí y conocer de ellos; y porque siendo como era prohibido el sacar a nadie de su fuero y jurisdicción, por tener, como al presente tienen los gobernadores, libertad de abocar a si todas las causas criminales que quisieren de las que conocían los alcaldes ordinarios y así mismo de la primera instancia de las demás, sin dejar ninguna; y no se contentaban con esto, sino por cualquier causa liviana o de palabra enviaban a sus alguaciles y escribanos recorriendo toda la tierra (término) a hacer informaciones, apresando culpados y, además de cobrar de ellos sus salarios e costas, los sacaban de sus pueblos y los llevaban a la cabecera del partido donde estaba el gobernador o alcalde mayor y allí los tenían y sentenciaban; y cuando salían de la cárcel las costas y gastos que habían hecho y pérdidas en sus hacienda (por la ausencia) eran sin comparación mayores que las condenaciones que les hacían y venían a quedar perdidas y destruidas (dichas haciendas); y cuando los dañan en fiado (bajo fianza) por ser ilimitado pasado aquel (el tiempo de la fianza) volvían a enviar a por ellos y (nuevamente) cobrar los mismos salarios y costas; y que con este fin sentencian y sentenciaban los alguaciles y escribanos se llegaban mucho y eran muy frecuente; y las causas que antes se componían (arreglaban) sin costas de los jueces y sin pérdida de sus haciendas, en la misma (interviniendo los oficiales de la gobernación) les costaba mucho más de lo que tenían y que como el gobernador podía conocer en primera instancia, como dicho es, de todas las causas, ordinariamente padecían los pobres que menos podían porque los ricos que los injuriaban y los ofendían con la posibilidad que tenían se adelantaban a querellar primero ante el gobernador y llevaban al alguacil y al escribano a costa de los ofendidos, los cuales, por ser pobres, no podían ir a litigar fuera de su casa (pueblo) dejando sobre sí la ofensa; y cuando esto no se hacía (por demanda de partes) y el gobernador tomaba la causa de oficio, era lo mismo; y que los ricos que podían litigar fuera de sus casas lo hacían y los demás quedaban reprimidos y defraudados de su justicia en esto como en todas las causas civiles…"
Concluye esta Real Provisión de 1588 ofreciendo a los concejos la facultad de recobrar la primera instancia, naturalmente pagando por ello:
"…y suplicaron (los concejos de pueblos de las Órdenes Militares) que nos mandásemos volver a los dichos lugares de nuestras Órdenes la dicha jurisdicción civil y criminal en la dicha primera instancia, según de la misma manera que la tenían antes (de 1566) y que es dicha, ofreciéndose a nos dar una paga con la cantidad de maravedís que fuese justa para ayuda a nuestras necesidades (10) , lo cual habiéndose visto tratado y clarificado mucho con algunos de los dichos nuestro concejos y con nos concertados…"
Por ello, en un documento relacionado con la Real Provisión anterior, el monarca, intuyendo que el negocio podía ser sustancioso, tomó la decisión de nombrar expresamente un comisario para que no se quedase ningún maravedí por cobrar. Concretamente, autorizó a Fernando del Pulgar para que negociara con los concejos santiaguistas de la actual Extremadura la restitución de la primera instancia, según se recoge en el documento que sigue:
"…habemos acordado de proveer y nombrar a vos (Fernando del Pulgar) que vaya a tratar de ello particularmente con los dichos lugares e confiando de vos, que bien oficiareis por nos lo que os fuere mandado, habemos acordado de os lo encomendar y comendar, como por la presente os lo encomendamos y os mandamos que luego que esta mi carta fuere entregada a las dichas Órdenes de Santiago, Calatrava y Alcántara, tratéis con los concejos y vecinos de los dichos lugares concertando su licencia para que les volvamos la dicha jurisdicción, según como la tenían antes que se diese la dicha nuestra Cédula Real de ocho de febrero de 1566 y que la usen y ejerzan en todas las causas civiles y criminales según de la misma forma y manera que antes los vecinos la habían ejercido, dándole provisión y recaudo para que siempre la tendrán así en derecho la primera causa a su satisfacción; y que podáis concertar con los concejos y vecinos de los dichos lugares y tomar sobre cualquier asiento y concierto que os pareciere bien visto fuere, por mayor o por vecino o en cualquier otra vía y forma que os pareciere hacer; y otorgar las escrituras o recaudos que sobre ello fuere necesario y otorgar por vos los dichos asientos y escrituras; yo por la presente la ratificó y apruebo por esta carta guardada, como si yo mismo la hiciese y otorgase y mandamos que es ley… Dada en San Lorenzo (del Escorial), a 28 de marzo de 1587".

(8)Es decir, recurrir en segunda instancia ante los gobernadores, circunstancia que determinaba unos gastos prohibitivos para los vecinos más pobres.
(9)Según la Real Provisión de 1566, esta misma circunstancia era un grave inconveniente a la hora de impartir justicia, pues entonces se entendía que los alcaldes impartían justicia con arbitrariedad, favoreciendo a sus más allegados.
(10)Se refiere a las necesidades de la Real Hacienda, en bancarrota tras la expansión y mantenimiento del mayor imperio que jamás haya existido. Éste era el verdadero motivo por el que se devolvía la jurisdicción suprimida a las villas y lugares de la Órdenes, y no la merced o favor real. De hecho, como veremos más adelante, Felipe II se garantizaba el cobro inmediato y al contado, aunque para ello tuviese que autorizar a los concejos a que, en contra de la legalidad vigente, hipotecasen sus bienes de propios y comunales.

Revista de Feria y Fiestas 2009
Manuel Maldonado Fernández

miércoles, 28 de marzo de 2018

El mundillo de la jaula 20


El Chepa
Un Reclamo de Perdiz de Capricho y Caprichoso 18

Capitulo 24

Pensaba que mi Chepa, después del largo periodo de inactividad que le esperaba hasta la llegada del nuevo celo – la mayor parte de él en el terrero, con todo un “despelecho” por medio - le sería más que suficiente para que olvidara el terrorífico susto que se pillara en Antondía. Pero no fue así.
El Chepa, por lo visto, era tremendamente rencoroso y visceral para todo, por lo que no era de los que olvidaban fácilmente. Hasta esa su fea e indeleble costumbre de mostrarse tan agrio y repelente ante la simple presencia, en especial, de alguna persona - creo que ya lo he dejado más que repetido por ahí - siempre sospeché que tenía sus raíces en algo que le debiera suceder, siendo aún un candoroso infante allá en su pueblo de Villar del Rey, bien cuando campeaba libre por aquellos campos o bien con el pastor que lo capturara o alguna otra persona, y que él creyera un furibundo ataque a guisa del que “el águila perdiguera” le propinara en el coto de mi buen amigo José Antonio Campoamor.
Pues bien, decía que El Chepa era de los que no olvidan, porque, en efecto, el primer puesto que le diera en el celo siguiente, lo dejó demostrado de forma tan patente como inapelable.
El Chepa, anteriormente a lo del águila de Antondía, cierto que muy en faena tenía que estar metido, para no mostrarse un tanto desapacible y molesto, si es que tenía ante la vista,  más o menos cercano al pulpitillo, sencilla y simplemente, algún inocente y juguetón "caramono" o alguna nómada "zíngara", que pasara por allí de camino en su andariego nomadismo, y para qué decir que si de lo que se trataba era de un zorro, "un meloncillo" o cualquier otro individuo de esos que andan libres por esos montes y que de tan dudosa catadura son, pero es que a partir del incidente de la rapaz, si es que no ante los minúsculos pajarines forestales que, en su alegre jugueteo llegaban a posarse, como tantas y tantas veces lo hicieron en su ya larga andadura de reclamo, en las ramitas que camuflaban la jaula en el pulpitillo, si es que no en la misma jaula, sí que se debió agigantar, hasta extremos insospechados, aquella su endémica desconfianza, por no de decir que su actitud era la de un vergonzosamente cagón, ante pájaros de cierta entidad corporal, como podrían ser los rabilargos, los zorzales o las aves frías, ante las que, anteriormente, aunque nunca fueron de su total agrado, pero nunca pasó la cosa de algún que otro guiño, como diciendo que cuanto más lejos mejor, pero que si había que tragar, pues adelante con los faroles, pero ya ni eso.
Quisiera concretarme, sin embargo, en uno de los puestos de aquellos primeros días de aquel celo, en el que, después de ver, en los pocos puestos dados, su nueva actitud ante cualquier visitante en el campo, pudiera cerciorarme de una vez por todas, si se había olvidado o no de aquel terrible incidente en “Antondía”, y así procuré buscar un lugar que, por ser totalmente diferente a aquel de la feroz águila, no le pudiera ayudar a recordarlo en nada, y así me fui en busca de unas barbecheras que, por desnudas y despejadas, tenían todo el cielo y la tierra por delante, por lo que, además, - dicho sea de paso - me las vi y me las deseé, para buscar un lugar apropiado en el que poder hacer el tollo, ya que por allí no había, no ya un rodal de maleza, más o menos denso, sino que
ni un maldito arbusto, tras el que poder medio camuflarme.
Por fin, pude encontrar un lindazo con crecidos y pujantes jaramagos y algún que otro cardo borriquero entre ellos, y allí me las apañé como Dios me dio a entender. No me importó, no obstante, porque lo importante y lo que yo pretendía era que aquel paraje, tanto en su configuración como en sus entornos, no tuviera absolutamente nada que ver
con aquel otro lugar de las primeras y bellísimas estribaciones de la Sierra Norte de Sevilla, allá por donde la Santísima Patrona de Lora del Río, La Virgen de Setefilla, tiene su Santuario, y que, por bravío y montaraz, también lo tienen – con perdón - las más indómitas rapaces. Y así, nada, absolutamente nada, podía haber allí que le pudiera traer a la memoria, ni remotamente, aquel inoportuno y temible ataque de aquella fiera alada, si es que no era su recalcitrante y visceral pavor.
En esta ocasión, además, ni conejos, ni liebres, ni tampoco rabilargos o avefrías, y, por descontado, ni zorros, ni otras sospechosas alimañas, sino que fueron dos urracas las que fueron a posarse por aquellos barbechos, que aún no encontrándose demasiado cercanas al pulpitillo, necesariamente tenían que hacerse visibles al que en él predicaba, por tratarse de un lugar tan desnudo y abierto. Y he aquí entonces a nuestro rencoroso Chepa, por no reiterarme en calificarlo de cagón, que, aterrorizado, se pegó a la esterilla como una lapa y como intentando esconderse en los mismos centros de la tierra. En esos instantes, mis dudas quedaron totalmente despejadas. El Chepa aún tenía grabado en lo más profundo de su alma, a aquella feroz águila que si no es por los alambres de la jaula, se lo zampa de dos bocados.
Las inoportunas y circunstanciales visitantes, sin embargo, no se hicieron pesadas en demasía, pues no tardaron en marcharse de allí en la misma forma y manera en que habían llegado. Sin moros en la costa, el atemorizado reclamo se fue incorporando como a cámara lenta, y de nuevo comenzó a marchar como "un longines". Y es que este Chepa, a pesar de los pesares, tenía mucha casta como para quedar en ridículo, se dieran las circunstancias que se dieran. El Chepa, a pesar de los pesares, era mucho Chepa.
Le tiré tres, dos machos y una hembra, que muy bien podrían haber sido cinco, si es que no me voy un tanto de ligero, dándomelas de listillo. Y es que esto de la caza del reclamo es algo tan tenso y vibrante como frágil y delicado, ya que, al menor error, te puedes quedar “a la luna de Valencia”.

Capitulo 25
He vivido insólitos casos en mis muchos años de pajarero, pero, tal vez, el más sorprendente de todos sea el que me sucediera - por supuesto que con El Chepa en el pulpitillo, y ya en los últimos años de su larga vida - en El Barranco de las Zorreras.
Era este barranco como una horripilante y descarnada cicatriz que, como suturada por un pésimo cirujano, bajaba de la cima de una de las cimbras que un cumbrero cerro tenía en su cresta, y que, en tanto que, en su nacimiento, se encañonaba a modo de desfiladero entre paredes, más o menos verticales, si bien es cierto que no demasiado profundas, conforme iba descendiendo, por el contrario, se iba ensanchando y perdiendo profundidad, aflorando en algunos tramos, ya cercanos a su desembocadura, algún que otro islote con descomunales y anárquicos “peñascotes” en su interior, a cuya providencia parecían crecer inexpugnables zarzales en promiscua convivencia con pujantes adelfas y madroñeras.
Fue en uno de estos islotes, precisamente, donde yo ubicara el tollo aquella tarde, buscando resguardarme del gélido norteño del atardecer, que si bien, por su escasa fuerza, apenas si se dejaba notar en la copa de los arbustos, no así por su malas “jindamas”, ya que se solía colar hasta la misma médula de los huesos.
Conforme fue avanzando la tarde, el frío se fue intensificando, y como yo mismo había hecho, las perdices también se fueron resguardando, amojonándose en el primer recodo que se les ofrecía, si es que no tras algún tomillo o piedra, olvidándose de campear y aún más de buscar “jarana” con el que no dejaba de retarles desde el pulpitillo.
El Chepa insistía e insistía con sus reclamos e, incluso, “picheándose” de vez en vez, con la idea de “despertar el campo de aquel su silencio y apatía”, pero por allí no había cristiano que diera señales de vida.
Empecé a aburrirme solemnemente, y tuve que entretenerme, por no ponerme a cabecear mi modorra, mirando y observando los conejos que, desde el primer momento, no dejaban de “gazapera” por los entornos del pulpitillo, totalmente felices e inocentes de todo. La mayoría de ellos eran gazapillos de pocos días, si es que no recién salidos de la gazapera, por lo que más que conejos, parecían orejudas ratas de grácil rabillo respingón y hociquillo chatungo, que jugueteaban con la ternura, inocencia y encanto, que toda criaturilla suele espejear en la primorosa estampa de su más tierna infancia.
El Chepa, por su parte, a pesar de sus muchos años y ya como de vuelta de todo, sólo toleró a regañadientes la presencia de tan inocentes criaturas, llegando, incluso, si es que veía que se entrometían demasiado en su terreno, a “rinrearles”, mirándolos como de soslayo y un tanto molesto.
En aquel mi grato entretenimiento me encontraba, cuando vi, que el trovador se abría, de repente, como una piña, comenzando a “titear” suave y delicadamente, picoteando la
esterilla. Señal inequívoca de que, aunque allí no había habido advertencia previa, debía haber visto no muy lejano a algún visitante.
Rápidamente, me puse a otear a través de la tronera, y, en efecto, pude ver como una pajarilla avanzaba en busca del galán, que, por su sensual caminar y femenino coqueteo debía estar, más que como un higo maduro, con la gotita de miel en el culo, como ya he dejado escrito por ahí que solía decir el muy tarambanas de Pepiyo “El Caenas”, diré ahora – por cambiar - lo que decía el desvergonzado de Manolo "El Calandria", que era eso mismo, pero tergiversando los términos, es decir, que debía estar con el higo maduro y con la gotita de miel en su pertinente sitio.
Parsimoniosa, sensual y rendida entró en la plaza “cuchicheando”, - cosa poco común en las hembras - en tanto que El Chepa la recibía como transpuesto en no sabría decir que éxtasis y como cerniéndose como en leves estertores de un soñado espasmo sexual.
¡Qué estampa tan indescriptible, Santo Dios! Tardío fue el lance, cierto que sí, pero, por sí solo, hubiera valido toda una temporada de fracasos y decepciones.
Aguanté el disparo cuanto pude y más, no sólo por seguir gozando de tan encantador y fascinante cuadro, sino también por no “rebañar” en el tiro algún que otro gazapillo que, en sus constantes e inquietos jugueteos, se interpusiera en el letal camino de la munición. Con la escopeta pegada a la cara, me tiré no sabría decir cuánto rato, gozando del cuadro y, a su vez, esperando el oportuno momento, hasta que, por fin, con el tacto y la prudencia que el caso requería, apreté el gatillo, y vi, un tanto sorprendido, como la perdiz, en vez de quedarse seca en el tiro, repentizaba una corta y zigzagueante carrerillla, quedando, de repente, como clueca que se echa sobre los huevos.
Dispuesto a rematarla con un segundo disparo, seguí apuntándola con la escopeta encarada, pero viendo que no se movía, desistí, pensando que estaba más muerta que un terrón.
El Chepa, después de su siempre tan elegante “mortuoria”, siguió trabajando con su proverbial entusiasmo, pero allí todo lo que había que hacer, ya estaba hecho, si es que no era seguir contemplando aquellos tan gráciles gazapillos, que si bien desaparecieron al disparo, como un puñado de moscas, pronto volvieron a aparecer por uno y otro lado. Como, por otra parte, el frío arreciaba, pues...¡manta y carretera!
Como siempre que daba por concluido un puesto, lo primero que hice también en este, ante todo y sobre todo, fue dirigirme a encapillar al enano saltarín con toda urgencia, para evitarle en lo posible sus crónicos botes, pues aunque ya bastante viejo, los seguía dando, si bien es cierto que, conforme se iba cargando de años, con menos fuerza y mayor torpeza.
Una vez encapillado, me dirigí a recoger la muerta, pero... ¡oh, sorpresa!, pues cuando me incliné para cogerla, la que parecía estar más muerta que una momia, arrancó veloz y raudo vuelo, y por allá se perdió, por aquellos cerros, como si tal cosa, en tanto que yo me quedaba mirándola con una cara de bobalicón que ni la del más bobalicón de los bobalicones. 

©José Fernando Titos Alfaro
Nº Expediente: SE-1091 -12

miércoles, 21 de marzo de 2018

Villa Santiaguista de Guadalcanal 2/5


Alternativas en la jurisdicción de la villa

III.- REFORMAS EN LA ADMINISTRACIÓN DE LOS CONCEJOS EN TIEMPOS DEL MAESTRE DON ENRIQUE DE ARAGÓN
La democracia en el gobierno de los concejos santiaguistas sobrevivió hasta los tiempos del maestre don Enrique, Infante de Aragón, quien sustituyó este modelo por otro de carácter oligárquico (Establecimientos y Leyes Capitulares aprobadas en el Capítulo General de Uclés en 1440). Por tanto, se instauró una nueva fórmula para el nombramiento de oficiales concejiles, pasando de un sistema de elección abierto a otro minoritario, con la exclusiva intervención de alcaldes, regidores y algunos vecinos de los más influyentes (Rodríguez Blanco, 1985). Complementariamente, para corregir las posibles arbitrariedades de la nueva oligarquía concejil, en el seno de la Orden aparecieron dos nuevos oficios: el gobernador y el alcalde mayor provincial, preferentemente asentados en Llerena o en Mérida, aunque estaban obligados a visitar periódicamente los concejos.
Las Leyes Capitulares aprobadas por el infante-maestre también se ocuparon del reparto de oficios concejiles, distribuyéndolos entre hidalgos y pecheros. Sobre la idoneidad de estos últimos, se establecía una serie de incompatibilidades, no pudiendo ostentar cargos concejiles arrendadores de rentas y abastos, escribanos, clérigos, tejeros, carpinteros (...) y hombres que anden a jornal y de otros oficios bajos. Por lo tanto, a partir de 1440 se asentaron las bases para el desarrollo de la oligarquía concejil, ratificadas posteriormente por Alonso de Cárdenas (último de los maestres de la Orden de Santiago) y por los Reyes Católicos. Su carácter oligárquico quedó reafirmado tras las Leyes Capitulares sancionadas por Felipe II, según se tratará a continuación.

IV.- REFORMAS DE FELIPE II EN LA ADMINISTRACIÓN LOCAL
Más dramáticas, en lo que a pérdida de autonomía y democracia en el nombramiento de oficiales del concejo se refiere, fueron las disposiciones tomadas en tiempo de Felipe II. Por la Ley Capitular de 1563 se regulaba el nombramiento de alcaldes ordinarios y regidores de los pueblos de Órdenes Militares, ampliando las competencias de los gobernadores y anulando prácticamente la opinión del vecindario en la elección de sus representantes locales. La Real Provisión que autorizaba estos recortes decía así:
"Don Felipe por la gracia de Dios Rey de Castilla, León, (...), Administrador perpetuo de la Orden, y Caballería de Santiago (...) a nuestro gobernador, o Juez de Residencia, que sois, o fueredes de la Provincia de León, a cada uno, y qualquiera de vos; sabed, que habiéndose hecho Capitulo General de la dicha Orden, que últimamente se celebró, en el que se hizo una Ley Capitular a cerca del orden que se ha de tener en la elección de Alcaldes Ordinarios y Regidores (...) habemos proveído, y mandamos, que aquello se guarde, cumpla y execute inviolablemente, según más largamente y en la dicha provisión se contiene (...) Por quanto por experiencia se ha visto, que sobre la elección de los Alcaldes Ordinarios y Regidores de los Concejos de las Villas y Lugares de nuestra Orden, ha habido y hay muchos pleitos, questiones, debates y diferencias, en que se han gastado y gastan mucha cuantía de mrs., y se han hecho y hacen muchos sobornos y fraudes (...): Por tanto, por evitar y remediar lo suso dicho, establecemos y ordenamos, que de aquí adelante se guarde, y cumpla, y tenga la forma siguiente (...)"
Sigue el texto, ahora considerando otras disposiciones complementarias. Así, se ordenaba al gobernador (el de Llerena, en nuestro caso) personarse en las villas y lugares de su jurisdicción para presidir y controlar el nombramiento de los nuevos oficiales. Para ello, en secreto y particularmente, este representante real debía preguntar a los oficiales cesantes sobre las preferencias en la elección de sus sustitutos. El mismo procedimiento lo empleaba interrogando a los veinte labradores más señalados e influyentes del concejo, y a otros veinte vecinos más. Recabada dicha información, también en secreto dicho gobernador proponía a tres vecinos para cubrir los dos puestos de alcaldes ordinarios y a otros dos más por cada regiduría, teniendo en cuenta que no podían concurrir en esta selección un padre y un hijo, o dos hermanos. Es decir, a partir de esta fecha el nombramiento de oficiales concejiles (alcaldes y regidores) quedaba en manos del gobernador de turno, y no en la de los vecinos más representativos de los concejos, la oligarquía concejil instaurada desde los tiempos de don Enrique de Aragón en1440.
El proceso terminaba el día en el que cada concejo tenía por costumbre efectuar la elección anual de sus oficiales, por aquellas fechas generalmente fijadas para la Pascua del Espíritu Santo. En dicha fecha, en presencia del escribano se hacía llamar a un niño de corta edad para que escogiese entre las bolas que habían sido precintadas por el gobernador en su última visita, custodiadas desde entonces en un arca bajo tres llaves. La primera bola sacada del arca de alcaldes correspondía al alcalde ordinario de primer voto y la otra al del segundo, quedando en reserva un tercer vecino para cualquier eventualidad que pudiera presentase, escogiéndose igualmente y por el mismo procedimiento a los regidores. No obstante, la Ley Capitular respetaba la costumbre que ciertos concejos tenían en la elección de sus oficiales entre hidalgos y pecheros, por mitad de oficios, como ocurría en Guadalcanal, por lo que en este caso era necesario disponer de cuatro arcas: una para la elección de alcalde por el estamento de hidalgos o nobles, otra para el alcalde por el estado de los buenos hombres pecheros, la tercera para regidores por el estamento de hidalgos y la última para la elección de regidores representantes de pecheros o pueblo llano.
Siguiendo con las reformas de Felipe II, las restricciones en la autonomía municipal se incrementaron por otra Cédula Real, ésta de 1566, que limitaba las competencias jurisdiccionales de los alcaldes, al entenderse que la justicia ordinaria o de primera instancia no se administraba adecuadamente. En efecto, hasta 1566 los alcaldes ordinarios de los concejos de la Orden de Santiago tenían capacidad jurídica para administrar la primera justicia o instancia en todos los negocios y causas civiles y criminales que se presentasen en su término, quedando las posibles apelaciones en manos del gobernador de turno. Esta primera justicia era próxima, rápida y poco gravosa para las partes, pero también es cierto que podía ser arbitraria, máxime cuando generalmente los alcaldes, aparte no ser entendidos en leyes, solían sentenciar declinándose en favor de los más afines o allegados. No obstante, las partes litigantes podían recurrir ante el gobernador en el caso de que una de ellas no estuviese de acuerdo con la sentencia de sus alcaldes, poniendo en manos del gobernador la revisión de la misma. En definitiva, se podía recurrir, aunque la apelación conllevaba cuantiosos gastos administrativos y otras costas añadidas, que hacía casi inviable el recurso de los vecinos con escasa hacienda, especialmente si tenemos en cuenta que los acusados, para librarse de las penas o sanciones impuestas por los alcaldes, quedaban obligados a demostrar su inocencia, a hacerse representar por procurador y abogado, así como a asumir las costas de escribanos, notarios y otros actos de justicia.
Las anomalías anteriores debían estar generalizadas en los concejos de los territorios de Órdenes Militares, por lo que Felipe II, mediante la citada Real Provisión de 1566 pretendía cortar con ellas. A modo de resumen, tres son los aspectos más importantes a considerar en esta Real Provisión:
- En primer lugar, se determinaba que en las cabeceras de partido -en el caso de la Provincia de León de la Orden de Santiago establecidas desde 1563 en Llerena, Mérida, Jerez, Hornachos y Segura- no se nombrasen alcaldes ordinarios, quedando sus funciones asumidas por los gobernadores o alcaldes mayores nombrados en dichas villas cabeceras.
- Por otra parte, serían los gobernadores y sus alcaldes mayores quienes en adelante entenderían en la administración de todo tipo de justicia, bien de oficio o a requerimiento de las partes.
- Finalmente, se advertía que si las partes no se dirigían en sus litigios al gobernador o alcalde mayor, o éstos no la asumían de oficio, los alcaldes ordinarios podrían intervenir en primera instancia, dejando, si procedía, la apelación en manos de los gobernadores y alcaldes mayores.
Estas decisiones fueron acatadas por los súbditos de las Órdenes Militares, aunque no de buen grado, pues estimaban que si bien se subsanaban ciertos vicios locales en la administración de justicia, la intervención de los gobernadores, alcaldes mayores y del séquito de funcionarios del que solían acompañarse (alguaciles, escribanos y procuradores) elevaban las costas de justicia generalmente muy por encima del daño que se pretendía subsanar. En definitiva, también era arbitraria, dado que la mayoría de los vasallos no disponía de los recursos económicos para afrontar las correspondientes apelaciones.
Por ello, durante los años que siguieron a la promulgación de la citada Real Provisión de 1566, los concejos –en especial los vecinos más influyentes- mostraron su disconformidad, reclamando nuevamente la jurisdicción suprimida a sus alcaldes. No parece que fuese el clamor del pueblo la circunstancia que indujo a la Corona a considerar dichas peticiones. Más bien encontramos en los agobios financieros de la Hacienda Real la causa de esta falsa merced, cuando Felipe II, volviendo sobre sus pasos, firmó en 1588 otra Real Provisión, ahora devolviendo la primera justicia o instancia a los alcaldes ordinarios de los concejos, por el “módico” precio de 4.500 maravedís por vecino. Para esta falsa merced el monarca utilizaba los mismos argumentos que en 1566, pero ahora justo en el sentido contrario.

Revista de Feria y Fiestas 2009
Manuel Maldonado Fernández

miércoles, 14 de marzo de 2018

El mundillo de la jaula 19



El Chepa

Un Reclamo de Perdiz de Capricho y Caprichoso 19


Ariculo 23

Transcurría el último día del periodo hábil de la caza de la perdiz con reclamo, por lo que "el enano saltarín" terminaba de cumplir - quiero recordar - el octavo o noveno celo. No obstante y a pesar de su ya avanzada edad, aún seguía manteniendo la arrogancia, la gallardía y la generosidad que demostrara haber tenido siempre, aunque también debemos decir, para ser sincero al completo, que seguía siendo, asimismo, tan saltarín como siempre y, obviamente, tan enano.
Ese día, un incidente que, no por repetido con cierta frecuencia con los predican desde el pulpitillo, dejara de cogernos en ropas menores, hizo que El Chepa terminara con la cabeza, no ya como la de un Santo Cristo, coronado de espinas, - que era además como solía terminar cada celo - sino como la de cualquier lapidado, que muriera con la cabeza machacada a peñascazos.
Había sido invitado, ese día, como fin de fiestas de ese celo, a cazar el pájaro a “Antondía”, por mi estimadísimo amigo José Antonio Campoamor en su compañía, tan grata siempre para mí, porque es que Campoamor además de ser todo un caballero, con gigantes mayúsculas, y la más buena y mejor persona del mundo entero, siempre supo ser, como nadie, un fiel y buen amigo de sus amigos.
Copropietario de la preciosa finca de Antondía, junto a dos de los hermanos Martínez Legaz, Alfonso y Antonio, conocidos en Lora del Río, donde vivían, con el apelativo de
"Los Murcianos", no pasaba ni un solo celo que no me obligara prácticamente, que no ya sólo eso de invitarme, a acudir a cazar el pájaro en su compañía, aunque sólo fuera un día.
Se encuentra ubicado este coto en las primeras estribaciones de la bellísima Sierra Norte de Sevilla, allá por la carretera que conduce al muy montaraz como bello paraje, en el que está ubicada La Ermita de la Patrona de Lora del Río, La Santísima Virgen de Setefillas. Cierto que Antondía, en sus arranques, a corta distancia del legendario Guadalquivir, tiene una afable y extensa entrada, que llanea ondulante en suaves lomas, y que había sido roturada, haciendo de ella un verdadero jardín, con cientos y cientos de
melocotoneros tempranos que, por cierto, en la época del pájaro, al estar en flor, hacía de él un idílico paraje del paraíso. A partir de ahí, y conforme se va adentrando en dirección a la fincas colindantes de La Minilla y Las Francas, las estribaciones se van haciendo más y más bravías y abruptas, así como más y más enmarañadas de impenetrables por el promiscuo matorral en total libertinaje, entre el que, en más o menos cantidad, sobresalían impresionantes y centenarias encinas, así como la verde y vivificante llamarada de gigantescos y briosos pinos piñoneros.
El día, ya en las últimas boqueadas del Otoño, prácticamente era un luminoso y templado día de la envidiable Primavera de Andalucía, por lo que las panorámicas, que a la vista se ofrecían, ante aquellas lontananzas inalcanzables, eran las de un bucolismo tan impresionante como de agreste primitivismo.
Iba junto a mi anfitrión y excelente amigo José Antonio Campoamor en su "todoterreno" en busca del puesto, que no cabía de felicidad en el coche. Felicidad esta que se me agigantaba, haciéndoseme aún más esperanzadora, a su vez, cuando veía a tramos, más o menos largos, alguna que otra collera de perdices, apegadas a las cunetas del carril, y que al paso del coche, ni siquiera se volaban, sino que, un tanto huidizas, eso sí, repentizaban una carrerilla, hasta alcanzar una prudencial distancia, para continuar en su apacible campeo.
-Están muy acostumbradas a ver “carrilear” los coches por aquí.- Me comentó Campoamor, cuando le dije que, siendo por lo común tan bravías y espantadizas las perdices de sierra, las de aquellas sierras, sin embargo, me parecían demasiado mansas.
En eso estábamos, cuando mi anfitrión paró el coche y, señalándome, a través del parabrisas, dos impresionantes pinos bastante cercanos, me dijo que buscara por aquellos entornos el sitio que me pareciera más apropiado, porque el lugar, además de ser muy querencioso para las perdices, estaba prácticamente virgen, ya que sólo se había dado un puesto en él y allá a principio de celo.
-¡Vale!.- Asentí, echándome fuera del coche sin pensármelo.
Me quedé mirando el paraje, y me pareció, en efecto, la mar de atractivo.
-Un lugar, ciertamente, tan bravío como encantador.-
Añadí, dispuesto a recoger el pájaro y los bártulos del coche.
-Yo voy a seguir ahí un poco más adelante.- Me dijo mi anfitrión.- Me pasaré a recogerte a esto de las doce o doce y media.-
Nos deseamos - ¿cómo no? - mutua suerte, y hacia los pinos me dirigí, atrochando por una pequeña y selvática ladera de jaras.
Como en la cimbra entre las jorobas de un camello, había una afable y elevada plazoleta, que clareaba entre anárquicas y desperdigadas matas de jaguarzo, sirviendo como de unión a las dos redondeadas colinas de escasa entidad, cuyas laderas eran una prieta jungla de libertino matorral de monte bajo, entre el que se elevaba, con impresionante señorío, algún que otro pino de lujurioso verdor.
Una vez dentro del tollo, me sentí tan feliz como, según se dice, deben sentirse los que van al Cielo, pues todas las circunstancias parecían haberse puesto de acuerdo para contribuir a ello. Aquel inmaculado azul de un cielo que daba la sensación de estar regalando luz a manos llenas. Aquel inmenso remanso de quietud, paz y silencio que reinaba por doquier. Aquellos minúsculos pajarillos forestales jugueteando, caprichosos y candorosos, entre la primitiva maraña de tan libertina maleza. Aquel misterioso e idílico rumor de lontananzas infinitas que, por imperceptible, más que oír con los oídos del cuerpo, había que intuir con los del alma. Todo hacía que, siendo, ante todo y sobre todo, un apasionado amante de la Naturaleza más indómita, me sintiera como un emperador en su trono.
En mi místico éxtasis me encontraba, al tiempo que mi corazón palpitaba al ritmo que le marcaban los encantadores cantos de mi Chepa, cuando veo que, de repente, “un águila perdicera”, con las pérfidas intenciones del mismo Satanás que escapara de los infiernos, caía en un picado de vértigo sobre la jaula del trovador, quedando con las garras aferradas a los alambres de su cúpula y arropándola con sus diabólicas alas, al tiempo que intentaba arrancarla de allí, para llevársela por los aires, Dios sabría donde, anhelando el sabrosísimo bocado que tal ave debía tener.
Con las angustiosas premuras que el caso requería, salté del tollo, acudiendo desesperadamente para espantar de allí a tan temible y feroz rapaz, pero tan encelada estaba sobre su presa, que aguantó temerariamente hasta que sintió mi mano sobre sus plumas. Dando desatentados y alocados aletazos por el suelo en su precipitada huida, por fin, pudo arrancar vuelo, perdiéndose por aquellos transparentes e infinitos horizontes como alma que lleva el demonio.
Fue cosa de unos instantes tan solo, pero los suficientes para que el pobre del Chepa, aterrorizado, diera tan espantosos saltos, que cuando fui a ponerle la sayuela, allá estaba jadeante y abatido sobre la esterilla y sangrándole la cabeza como si se la hubieran lapidado impíamente. Y es que ya llovía sobre mojado. A lo de la cabeza me refiero.
De momento, mi huraño y díscolo, pero entrañable Chepa salvó el pellejo, pero a buen seguro.- Pensé.- que, a partir de tan macabro incidente, el que tan poco dado fue siempre a recibir visitas, no las querría ver, en adelante, ni a mil kilómetros a la redonda. La cosa, en adelante, para él.- Llegué a sospechar.- eso de llegar a ver algún bulto sospechoso, bien en tierra o en el cielo, ya sería mucho más que eso de mentar la cuerda en la casa del ahorcado.
Un incidente este, ciertamente, desafortunado, en un día que tan felices me las prometía, y que, a su vez, puso el punto final a aquella tan vibrante temporada de la caza de la perdiz con reclamo, ya que no quedé con ánimos como para salir por la tarde con “El Granaino”. Claro que, por otra parte, el ágape que me organizaron en el cortijo Los Murcianos y Campoamor, cuando a esto del mediodía, todos los pajareros fuimos confluyendo a él desde nuestros respectivos “puestos”, nos dejó a todos, más que para salir al campo, para amodorrarse en un sillón, a cabecear a aquel vinillo “pailón” (del pueblo extremeño de Ahillones) que, junto al cordero y demás exquisiteces, nos dejaron "espatarrangaos", que dicen los castizos hijos de Andalucía.

©José Fernando Titos Alfaro

Nº Expediente: SE-1091 -12

miércoles, 7 de marzo de 2018

Villa Santiaguista de Guadalcanal 1/5


Alternativas en la jurisdicción de la villa

I.- INTRODUCCIÓN
El Archivo Municipal de Guadalcanal (AMG) es uno de los más ricos en fondos documentales de entre los existentes en los pueblos que en su día formaron parte de la Provincia de León de la Orden de Santiago en la Extremadura leonesa. En él se custodian miles de documentos mediante los cuales el investigador puede llegar a conocer con bastante fidelidad la realidad histórica de esta villa, así como la de la Orden de Santiago a lo largo de los siglos XV, XVI, XVII y XVIII, hasta la desaparición de la jurisdicción civil y religiosa de esta institución en el último cuarto del XIX.
Por las referencias que disponemos, al parecer sólo los guadalcanalenses Muñoz Torrado (1918 y 1922), Porras Ibáñez (1970) y Andrés Mirón (2006) lo han consultado con cierto detenimiento, dando como fruto sendos libros, sin descartar visitas puntuales y circunstanciales de otros investigadores locales y foráneos.
Es tal su riqueza documental que, después de un centenar de visitas durante los años que llevamos del presente siglo, este cronista –foráneo, pero muy próximo por su origen y por la identificación con la realidad histórica de la villa, plasmada en una docena de artículos sobre su Historia- se sorprende gratamente con algún documento interesante cada vez que hace una nueva incursión entre sus fondos.
Sería, por lo tanto, prolijo enumerar o hacer una descripción de su contenido. Sin embargo, no me resisto a citar algunos de los documentos que, a mi entender, son los más importantes y representativos para comprender la Historia de Guadalcanal. No obstante, se ha de advertir que algunos de ellos, por desgracia, no se encuentran entre los de su fondo. En cualquier caso, por orden cronológico es preciso resaltar:
- El más antiguo de ellos, que se corresponde con un pergamino de 1523, basado en hechos de 1463. Este documento recoge cierta concordia entre la Orden de Santiago y el concejo de Guadalcanal, por una parte, y, por la otra, los concejos de Sevilla y Cazalla. Para este efecto, la Orden se hizo representar por el entonces Comendador Mayor de León y posteriormente Maestre, Alonso de Cárdenas, siendo el asunto a consensuar el uso y disfrute de los abrevaderos de la Rivera del Benalija, entonces frontera natural entre los territorios de la Orden en Extremadura y los del Reino de Sevilla (1) .- El siguiente corresponde a 1494. En él se pone de manifiesto que los Reyes Católicos corroboraron todos y cada uno de los privilegios concedidos por los maestres santiaguistas a Guadalcanal, compromiso similar al que también asumieron con cada uno de sus otros concejos, una vez que a la muerte de Alonso de Cárdenas en 1493, estos católicos monarcas se posesionaron de la administración directa de la Orden de Santiago (2).
- El tercero, probablemente de 1522, corresponde a la confirmación de las ordenanzas municipales de Guadalcanal por parte de Carlos V. Este importante documento en pergamino no se localiza hoy en Guadalcanal, sino que pertenece a la Biblioteca Lázaro Galdiano (3), donde tuve la oportunidad de ojearlo y, una vez constatada la importancia del mismo, sugerir a las autoridades municipales de esta localidad que se hiciesen con una copia digitalizada del mismo, proposición que fue aceptada (4).
- El cuarto, de 1540, tampoco se localiza en nuestro archivo. Se trata del documento de venta al Hospital de las Cinco Llagas de la ciudad de Sevilla de la mitad de los derechos de vasallaje imputables a los vecinos de la encomienda de Guadalcanal y, asimismo, la venta a esta institución piadosa y hospitalaria de la totalidad de los derechos de vasallaje que los guadalcanalenses estaban obligados a pagar a la Mesa Maestral (5).
- Otra circunstancia importantísima para la villa tuvo origen en 1555, a raíz del redescubrimiento de sus famosas minas de plata. Sobre este particular, en nuestro archivo sólo se localizan noticias inconexas. Sin embargo, en el Archivo Histórico Nacional, y en el General de Simancas, se custodian cientos de documentos sobre este asunto, magníficamente recogidos por Tomás González (1821), contextualizados con el resto de la minería española durante el Antiguo Régimen por Sánchez Gómez (1985) y oportunamente puestos a disposición de los guadalcanalenses por Ignacio Gómez (6) .
- El último de los que vamos a considerar corresponde a 1592 y es precisamente el que sirve de soporte para este artículo. Se trata de un documento que justifica la exención jurisdiccional de Guadalcanal con respecto al gobernador de Llerena, asunto que necesita de una mayor explicación por tratarse de una cuestión de mucha importancia para la villa  (7).
En realidad, profundizando sobre este último documento, más que comprar la jurisdicción lo que tuvo que hacer el concejo de Guadalcanal en 1592 fue recomprarla a Felipe II, una vez que este monarca, en ese afán recaudatorio que caracterizó a la hacienda pública durante su reinado, le quitó dicha competencia jurisdiccional a sus alcaldes en 1566, justamente la misma que en 1592 consiguió venderles. Los documentos que se utilizan como base para este artículo son conocidos por los guadalcanalenses interesados en el estudio de la historia local, pues ya Muñoz Torrado (1922), entendiendo que se trataba de un asunto importante para los guadalcanalenses, sin ninguna explicación los incluyó como anexos a su libro sobre la feria de Guaditoca.
Pues bien, para comprender en su verdadera dimensión el significado y contenido de dichos documentos hay que profundizar algo más en el tiempo y trasladarse a los orígenes del concejo del Guadalcanal santiaguista (finales del XIII o principios del XIV) y analizar su evolución hasta 1592.

II.- EL GOBIERNO DEL CONCEJO DE GUADALCANAL HASTA 1440
Desde sus orígenes santiaguistas y hasta 1440, el concejo de Guadalcanal, como el de cualquier otra villa de dicha Orden y en la época considerada, se gobernaba democráticamente por el conjunto de sus vecinos, teniendo todos a título individual capacidad jurídica para elegir oficiales concejiles (alcalde, regidor, sesmero, mayordomo, alguacil…), ser elegido y asistir a sus plenos, pues las juntas de cabildo siempre eran abiertas (Rodríguez Blanco, 1985). Igualmente dicho concejo, como también era usual entre los pertenecientes a la Orden de Santiago, se gobernaba siguiendo los privilegios particulares que esta institución concedió a título particular a cada uno de ellos en función de sus méritos y, de forma general, según las directrices recogidas en los Establecimientos y Leyes Capitulares santiaguistas, una especie de compendio legal de esta institución religiosa y militar, similar a lo que hoy responde al nombre de fuero.
El marco legal citado determinaba una elevadísima autonomía municipal, teniendo alcaldes y regidores capacidad jurídica para gestionar el concejo como hoy se sigue haciendo, además de otras competencias añadidas. Estas últimas les facultaban para repartir las tierras concejiles y los impuestos entre los vecinos, fijar el precio de los bienes de consumo (carne, aceite, vino, manufacturas del calzado, del cuero, prendas de vestir…), determinar cuáles de los artículos producidos en el término se podían exportar y cuáles se podían importar, establecer el salario de los jornaleros, mozos y artesanos, estipular la calidad mínima en los artículos de consumo, defender el medio natural, repartir las aguas, regular la caza y la pesca…
En efecto, cada concejo funcionaba como una entidad independiente desde el punto de vista jurisdiccional y económico, que no solamente prohibía a los forasteros el uso de sus tierras, sino que incluso regulaban la exportación de los servicios, bienes de producción y de consumo generados en su término comunal, así como la importación de otros que pudieran competir con los producidos internamente. Es decir, los concejos funcionaban como subsistemas de producción cerrados, sólo abiertos en los baldíos compartidos con otros concejos, o para cubrir el déficit o superávit local (Maldonado Santiago, 2005).
Tanto era así que, en los aspectos puramente civiles, por encima de los oficiales concejiles sólo se reconocía la autoridad del maestre, la máxima dignidad de la Orden. No obstante, este mandatario contaba con la colaboración de ciertos alguaciles y de un equipo de inspectores o visitadores, enviando periódicamente a estos últimos a cada pueblo para comprobar si se gobernaban según lo prescrito, para mediar ante los conflictos que pudieran surgir entre encomiendas y concejos y, dentro de estos, entre sus distintos vecinos. Mientras tanto, entre visita y visita, eran los dos alcaldes ordinarios nombrados democráticamente quienes administraban la justicia en primera instancia, dejando pendiente los posibles recursos para cuando apareciese por el pueblo alguna de las autoridades santiaguistas señaladas.
Los oficiales concejiles en las villas santiaguistas solían ser:
- Dos alcaldes ordinarios o justicias, a quienes se les responsabilizaban de administrar la justicia ordinaria en primera instancia, quedando las apelaciones, como ya se ha dicho, en manos del maestre o sus representantes.
- Cuatro regidores, quienes junto a los dos alcaldes gobernaban colegiadamente el concejo. Entre ellos se solía nombrar al regidor mesero, u oficial que por rotación mensual se encargaba más directamente de los asuntos de abastos y policía urbana.
- Aparte se nombraban a otros oficiales concejiles, sin voz ni voto en los plenos, como el alguacil (ejecutor de las penas y condenas establecidas por los alcaldes u otras autoridades), el mayordomo de los bienes concejiles (encargado de las cuentas, aunque éste, como circunstancia diferencial en Guadalcanal, con voz y voto en los plenos), los almotacenes (responsables de la fidelidad de pesos y medidas), el sesmero (repartidor de las tierras comunales y también con competencias en el señalamiento de caminos y veredas), los escribanos, etc.
- Por último, ciertos sirvientes concejiles como porteros, pregoneros, guardas de campo, pastores, boyeros, yegüerizos, porqueros, etc.
Los plenos debían celebrarse semanalmente, siendo obligatoria la asistencia y puntualidad de sus oficiales. En sus sesiones solían tratarse asuntos muy diversos. Por ejemplo:
- Se nombraba al regidor mesero, con la obligación de permanecer en el pueblo o en sus ejidos, pernoctando en cualquier caso en la localidad.
- Se designaban a los oficiales y sirvientes municipales precisos para el mejor gobierno y la administración del concejo.
- Se tomaban decisiones para la distribución de las tierras concejiles y comunales, que representaban más del 90% de las incluidas en cada término.
- Se constituían ciertas comisiones para resolver anualmente asuntos tales como visitar las mojoneras del término, repartir entre el vecindario los impuestos que les afectaban (alcabalas, servicios reales, etc.) y nombrar mediante subasta pública abastecedores oficiales de los artículos de primera necesidad (aceite, vino, pescado, carne, etc.)
- Se daban instrucciones para regular el comercio local, fijando periódicamente los precios de los artículos de primera necesidad y controlando los pesos, pesas y otras medidas utilizadas en las mercaderías.
- Se regulaba la administración de la hacienda concejil, nombrando a un mayordomo o responsable más directo.
- Se tomaban medidas para socorrer a enfermos y pobres, así como otras tendentes a fomentar la higiene y salud pública, o para proteger huérfanos y expósitos…

(1)AMG, leg. 1644.
(2) Íbidem.
(3)Sign. M -35; Inventario 15219; Ms.394.Bibl.:Paz: Colección Lázaro Galdiano, núm. 248.
(4)En el AMG, en su legajo 144 se localiza una copia de las citadas ordenanzas, una vez confirmada por Carlos II en 1666.
(5)ADPS, Sec. Hospital de la Sangre, leg. 12.
(6)Agradecemos al guadalcanalense IGNACIO GÓMEZ la digitalización de estos documentos en www.guadalcanalfundacionbenalixa.blogspot.com
(7)Aparte los documentos II, III, IV y V incluidos en su obra por MUÑOZ TORRADO (1922), igualmente digitalizados por IGNACIO GÓMEZ, pueden consultar un traslado de los textos originales localizados en el AMG, leg. 574.
  
Revista de Feria 2009
Manuel Maldonado Fernández

miércoles, 28 de febrero de 2018

El mundillo de la jaula 18



El Chepa
Un Reclamo de Perdiz de Capricho y Caprichoso 18

Capitulo 22

Recuerdo aquel puesto que le diera al Chepa, aquella tarde de cielo gris y tristón en el codiciado coto de caza menor de "Judío", en especial, porque se me hizo eterno. Todas las circunstancias del mundo - unas reales y otras creadas por aquella, al parecer, mi enfermiza imaginación, empujadas por las circunstancias que parecían haberse confabulado para que las creara.
¡Vaya un martirio psíquico que, tan absurdamente, me creé!
Me había invitado mi buen amigo y excelente aficionado a la jaula, Paco Ahillones. Optamos por ir en su "cacharreta", que era como él le solía llamar a su "2CV", ya que había llovido bastante el día anterior, y los carriles debían estar infernales, y este coche, por ser tan poco pesado y ágil, se “carrileaba” por caminos embarrizados como los propios ángeles.
Una vez que dejamos la carretera asfaltada de Alanís de la Sierra, para coger uno de los carriles que se adentraban en el coto de marras, empecé a espiar a través del parabrisas, buscando un lugar para mi puesto que, por lo menos, medio me gustara. Y así, al no mucho de nuestro “carrileo”, pude ver, aledaño al carril y frente a nosotros, un montículo que me pareció bastante apropiado, por su afable estampa y por el clareo que en sus laderas ofrecía entre los tomillos y romeros que en ellas crecían. Una vez que nos encontramos a su altura, le pedí al chofer que parara, diciéndole que aquel “morrete” me gustaba bastante para un puesto de tarde. A mi amigo Paco, por el gesto que, de forma tan espontánea, reflejó en la cara, también le debió gustar. De todas maneras, ayudándome a sacar el pájaro y los bártulos del coche, me dijo que él tampoco se iba a retirar mucho de allí. Que cuando calculara que se encontraba a la debida distancia, para que no se pudieran escuchar los reclamos entre ellos, haría el tollo por allí por donde mejor viera. Que en "Judío" había muchas perdices, y que cualquier sitio era bueno para colgar. Me deseó suerte, y allá endilgó con su “Citröen”, carril adelante.
Era temprano aún, y como, por otra parte, allí había matorral y broza como para hacer un tollo en "un decir amén", me tomé la cosa con cierta parsimonia, pero aún así, me pareció que era demasiado pronto, para que el disparo que oí, fuera de mi amigo Paco, ya que llegó a mí en el momento de emboscarme en el tollo. Tiro, por cierto, que retumbó como un desatentado trueno.
-¡Qué tiro tan extraño!.- Pensé, oteando, instintiva e inútilmente, a través de la tronera.- Demasiado tempranero para ser de Paco. Y si de él no, ¿de quién si no? De todas maneras, sea de quien sea, ¿a cuenta de qué ese misterioso zambombazo, que más que un tiro de escopeta, me ha parecido como un bombazo de ultratumba?
Aquí arrancó, precisamente, aquel mi estúpido e increíble martirio. Me dio por reinar en ello, conduciendo mi imaginación por los peores y más pesimistas caminos, y empecé a sentirme, dentro del tollo, más amargo que la retama, por la preocupación, en que me había sumido aquel tiro, no sólo por lo tempranero, sino por aquel tan descomunal sonido para ser de una simple y vulgar escopeta.
¿Dónde estaba aquella mi tan jubilosa felicidad, que yo siempre sentía, por el solo hecho de estar metido en un tollo...? Intentaba, una y otra vez, quitarme de encima aquellos tan feos auspicios de mi imaginación, como si se tratara de una mala pesadilla, pero...¡qué va! Aquello era como una cansina y molesta “mosca cojonera”. No veía la hora de que se acabara el puesto, para saber qué es lo que realmente había sido aquello.
A partir de entonces, no me encontré a gusto en ningún momento, a pesar de que, tan pronto como El Chepa abrió el pico, ya tenía una collera de perdices en la plaza. Ni un minuto tardó. Se presentó, además, sin previo aviso. A la carrera y sin lanzar al aire ni un solo reclamo, ni por parte de él, ni por parte de ella. Abatí primero a la hembra y, al
disparo, el macho apenas si dio una cortísima “volata”, tras la que entró ciego de celo y como "un miura", comenzando a dar vueltas y más vueltas en torno al pulpitillo, respondiendo, como un valiente, a los “cuchicheos” y pitas del juglar. En una de ellas se quedó con “las ruedas p´arriba” junto a su ya difunta esposa. Era todo el pescado que había que vender por allí, así que, una vez despachado en sólo unos breves minutos, estábamos pintando allí menos que un gato en una matanza.
Y no era esto lo peor, pues la desazón de mis imaginarios y torpes auspicios, acarreados por aquel no ya tempranero, sino extemporáneo disparo y su extraña y un tanto anómala
explosión, no teniendo más lances en que distraerla, me recomía más y más como una mala carcoma.
El Chepa, no obstante, tan generoso y animoso como siempre, siguió lanzando al aire sus bizarros cantos, buscando y comprometiendo a otros posibles invitados, esperanzado en nuevos lances, pero allí ya no había más “personal” disponible. Cierto que nos llegaban, aunque muy espaciados y un tanto lejanos, algunos reclamos, pero desangelados y sin ninguna convicción, por lo que, en vez de irse acercando a las invitaciones del cantor, muy por el contrario, cada vez se comenzaron a oír más y más remotos. La de veces que el muy voluntarioso del Chepa, cansado de que no le hicieran ni “puto caso”, lanzó al aire "la engañifa" de “pichearse”, para levantar al campo. Pero ni así. Y a todo esto, toda la santa tarde por delante. Así que, por si éramos pocos, parió la abuela, pues esta era una nueva circunstancia que se sumaba, para contribuir a hacerme más interminable aquel tan aciago puesto de mis culpas.
Miraba y remiraba el reloj, y cada minuto me parecía un siglo. Así que un puesto que, por lo general, se suele ir en un suspiro, en esta ocasión, me pareció una eternidad. Cada vez más impaciente y nervioso, con aquel maldito tiro aferrado a mis sienes como un indómito halcón, decidí echarme fuera del tollo cuando aún faltaba medio siglo para que el sol llegara a sus encames, y allá me fui a orillas del carril, dispuesto a esperar, con infinita avidez, que "la cacharreta" llegara por dónde y cómo quisiera, pero que llegara. Y es que no se me iba de la cabeza aquel disparo que me hacía sospechar lo peor y siempre pensando que mi amigo Paco hubiera tenido un terrible accidente. La cosa empezó a pasarse un tanto de rosca, si es que aún no estaba lo suficientemente pasada, cuando, prácticamente anochecido, el "2CV" no aparecía ni vivo ni muerto por ningún sitio. Aquello ya no era como una falsa o infundada pesadilla, es que ni los chaparros más cercanos, por la caída de la noche, se podían ver, si es que no era como bultos sospechosos. La cosa pues se ponía demasiado fea. Sabía que había pajareros que aguantaban en el puesto lo indecible, pero, por Dios bendito, es que la penumbra del anochecer ya estaba saludando a la misma noche en sí.
Tembloroso como un flan, decidí caminar, carril adelante, con la esperanza de, cuanto menos, dar con el coche por allí aparcado a orillas del camino, pero otra nueva contrariedad acudió a engrosar la suma, y ésta además de ser real y tangible, era tan patética como peligrosa.
Dos mastines, auténticos ejemplares de exposición ambos, me salieron al camino con roncos y amenazantes ladridos.
Seguir adelante con aquello guardianes ante mí, por descontado, que no, pero es que, por otra parte, cada paso que yo daba hacia atrás, el mismo que los perros daban hacia adelante. Menos mal que tuve la providencial precaución de coger la escopeta, en tanto que al pájaro y a los bártulos los dejaba escondidos por allí, al pie de un chaparro, y, por si las moscas, me la eché a la cara mientras retrocedía. Gracias a Dios que, por fin, todo se vino abajo como un castillo de naipes, en un solo segundo, ya que los faros del coche relampaguearon de pronto entre la oscuridad de aquellos tan solitarios lugares. No tardó el tan pacienzudo pajarero en enfocarme allá en mitad del carril, encañonando a los perros.
Sorprendido, pegó un frenazo, y, bajando el cristal de la ventanilla, fue a pararse junto a mí, no ocurriéndosele otra cosa, sino la de soltar una estruendosa carcajada. Era lo único
que me faltaba para que mi “cabreo”, que ya era de elefante, se agigantara hasta lo indecible. De todas maneras me mordí la lengua, para no se me escapara algún “palabrón” que debía tener en la punta de la lengua. ¿Para qué, si mi cara lo decía todo? Claro que, con la oscuridad, Paco no me la debió ver, porque si me la llega a ver, queda electrocutado en el acto.
De todas maneras, "el tozudo moroso" se me excusó, diciéndome que dio con un tollo ya hecho y que por no molestarse en hacer otro nuevo, lo aprovechó, limitándose sólo a retocarlo un poco, y que al primer reclamo del pájaro se le vinieron a vuelo una collera y que, viendo que no podía coger la hembra, le disparó al macho, y que, a la espera de le
entrara la hembra, que escurridiza y desconfiada no hacía sino “ratonear” por los alrededores del pulpitillo, esperó hasta última hora, sabiendo que estas astutas viudas suelen entrar al oscurecer, y de ahí que se levantara un poco tarde.
Que, por cierto.- Concluyó diciéndome.- había que ver como retumba un simple disparo de escopeta, cuando revoca en las paredes de un tajo, ya que estuvo puesto, exactamente, en la base del Tajo de La Torcaz, que bien sabía él que se encontraba allí un poco más allá.


©José Fernando Titos Alfaro
Nº Expediente: SE-1091 -12

miércoles, 21 de febrero de 2018

Recuerdos sin nostalgia de un pueblo andaluz

Un Medico libertario de Guadalcanal

 Guadalcanal (Sevilla), 1879 / Veracruz (México), 1970   
El médico anarquista, nacido en el sevillano pueblo de Guadalcanal en 1879, protagonizó luchas por los derechos de los obreros y campesinos y participó en diversas conspiraciones contra la Dictadura de Primo de Rivera y Alfonso XIII. Ejerció la medicina revolucionando su profesión, ya que ofrecía sus servicios a los más necesitados. Siempre llevó la fama de su leyenda ácrata y, por esta razón, sufrió el destierro en la llamada Siberia extremeña, en Londres y en París. Tras la Guerra Civil, se inicia su segundo y definitivo exilio. Vallina siguió sanando en lugares olvidados de Santo Domingo y de México. En los últimos años de su vida, escribió sus memorias y dos libros: Aspectos de la América actual (1957) y Crónica de un revolucionario (1958).
La mano de Pedro Vallina olía a estoraque y almizcle, como ese aire atrapado en las antiguas boticas. Apenas podía tomar la pluma, pero estaba arrebatado por una obsesión: escribir sus memorias. En las páginas, que llena de historias sorprendentes, retrata un mundo perdido, una utopía, un sueño. La letra apenas se entiende, un garabato como el rastro titubeante de una araña de esas que se esconden en los desvanes.
No hace mucho que un grupo de amigos, al verlo depresivo y sin ánimo, le ha sugerido un proyecto: recordar, contar quién fue y la España por la que luchó. El viejo médico anarquista, que ya ha perdido a su inseparable compañera Josefina Colbach, está abatido, enfermo y sufre de insomnio. A veces, se levanta por la noche y pasea por la casa diciendo: “Aquí no se puede hacer nada”. Triste sino del exiliado.
Parece que Vallina acaba de enterrar todos sus sueños. Ha abandonado la clínica médico-quirúrgica de Loma Bonita, en el estado mexicano de Oaxaca. Ahora vive en Veracruz, que será para él, la ciudad de la muerte y de la memoria.
Las memorias de Vallina resultan ilegibles, así que su nieta Xóchitl se ocupa de mecanografiarlas. Vallina dicta, vive sumergido en el pasado: su infancia en Guadalcanal, sus primeros contactos con los ambientes libertarios en Sevilla, las conspiraciones en Madrid, el destierro en París, en Londres y en la llamada Siberia extremeña, la Guerra Civil y el exilio definitivo, primero en Santo Domingo y después en México.
La editorial Tierra y Libertad publicó Mis Memorias en 1969 en Venezuela y en México en 1971, un año después de su muerte. Sin embargo, como tantos libros del exilio no volvió a publicarse, así que las memorias llegaban a España en fotocopias que circularon durante algún tiempo hasta que, de tanto reproducirse, se volvieron ilegibles.
Esa es la razón de que desde la CGT se impulsara la reedición de este valioso documento sobre la vida del héroe libertario. Decenas de personas participaron en un maratón mecanográfico para reescribir el texto, al mismo tiempo que se organizaba un homenaje y la visita de su familia: su hijo Harmodio y su compañera Sara junto a su nieta Xóchitl, que viven Micro Biografía descargada de www.todoslosnombres.org en México. Así, Mis Memorias se pudo leer en España gracias a la edición del Centro Andaluz del Libro y Libre Pensamiento en el año 2000.
Los recuerdos del médico anarquista que había revolucionado la España de comienzos del siglo XX regresaban con aquella epopeya mítica de sus luchas por la libertad y los derechos de campesinos y obreros, además de su revolucionario ejercicio de la profesión de médico sin cobrar a los más necesitados.
Las memorias se detienen en el momento en el que abandona España tras la guerra. Apenas menciona su labor de médico en el exilio. La dirigente anarquista Federica Montseny escribió poco después de morir Vallina: “¿Quién narrará los últimos años del doctor Vallina en México? ¿Lo que fue su existencia, perdida entre montañas, viejecito ya, desplazándose penosamente a través de la selva, protegido de lejos por los pobres campesinos que, después de muchas reservas y recelos, lo adoptaron de tal forma que hubiesen dado la vida por él”.
Este tomo por escribir es el que hay que recomponer a partir de las semblanzas, el correo, los artículos sobre su figura o la memoria oral de quienes lo conocieron en esta etapa.
El hombre que se había convertido en una leyenda del anarquismo, que había participado en los intentos de asesinar a Alfonso XIII en París y en Madrid, que había sido compañero de líderes libertarios abandonaba España siguiendo la cola de fugitivos que intentaba alcanzar Francia.
En las memorias, aporta algunos datos sobre este éxodo. “No muy lejos del puerto de Rosas encontré un hospital militar que desocupaban los enfermos; me impresionó profundamente contemplar a varios ciegos que cogidos de la mano preguntaban cuál era el camino de Francia”.
Cerca de los Pirineos pasa su última noche española. Antes de partir, entrega a la madre de un soldado que conocía varios libros de medicina que llevaba. Y apunta: «Por si pudiera algún día volver a recogerlos».
Esta frase, escrita tantos años después en su exilio mexicano, está cargada de pesadumbre. Habría que imaginar a un Vallina envejecido, casi vencido, que recuerda el paradero de sus libros de medicina en los que había anotado algunos casos sobre la viruela, la tifoidea, la escrofulosis o las tisis venéreas. A veces, su memoria se convierte en un albarelo que guardara los malos humores y las fiebres malignas de todos los que sanó.
Vallina sigue el terrible camino del destierro. El chalequillo le huele a polvo de quina aluminoso y jarabe de adormidera con el que quisiera olvidar el verdadero olor que lleva en la ropa y en el alma: el hedor abstracto de la muerte.
En Perpiñán, el médico es obligado por las autoridades francesas a entregar el fusil e ingresa en un refugio-prisión. Allí ejerce de médico en una barraca de curaciones. Luego, pasará al campo de internamiento de Argelès hasta poder refugiarse en un sanatorio antituberculoso, un panorama desolador que él conoce muy bien. Es entonces cuando Micro Biografía descargada de www.todoslosnombres.org recuerda sus experiencias en el sanatorio antituberculoso que creó en Cantillana, todo ese mundo que dejó atrás y que ahora parece tan lejano.
Camino de América
Finalmente, Vallina abandona Francia y se embarca en el vapor La Salle rumbo a Santo Domingo. En la colonia de Dajabón abre una clínica para sanar a los nativos que padecen el paludismo y la tuberculosis.
Poco después se establece en México. Primero vive con su familia en la calle de Bolívar y luego se traslada a Loma Bonita en Oaxaca donde permanecerá cerca de treinta años curando a los indios y campesinos mexicanos en el Consultorio Médico Quirúrgico Ricardo Flores Magón.
En una de las cartas de sus últimos años, en concreto en una enviada a Renée Lamberet, profesora de Historia en París, describe su trabajo: “Te remito tres fotografías de indios de esta selva. La muchacha que levanta el brazo izquierdo, lo tiene enfermo de gangrena y hay que amputarlo. (...) El calor aquí es espantoso por este tiempo, y la disentería, el paludismo, etc hacen grandes estragos, pero el peor enemigo es el alcohol. Los asesinatos son muy frecuentes”.
En sus últimos años, ya en Veracruz, Vallina se volcará en su libro de memorias. En octubre de 1968 recibe los primeros ejemplares, que se venden muy bien. El dinero conseguido, que podría haber servido para aliviar su situación económica, se empleará desgraciadamente en los gastos del entierro. Fue un entierro modesto, apenas diez personas lo acompañaron. La tumba en el cementerio de Veracruz quedó cubierta por claveles rojos y gladiolos que colocaron sus nietas.
RECUERDOS SIN NOSTALGIA DE UN PUEBLO ANDALUZ
“Mi nombre es Pedro Vallina Martínez, y nací en Guadalcanal, provincia de Sevilla, el 29 de junio de 1879. Mi padre era asturiano y de muchacho marchó a pie a Sevilla, con otros de su edad, en busca de ocupación”. Así comienzan las memorias de Vallina, uno de los libros más singulares sobre aquellos personajes de la leyenda libertaria.
Vallina moría en el exilio mexicano en febrero de 1970 y, aparentemente, sólo restaba que se cumpliera el macabro rito del olvido, ese sudario definitivo que cubre la memoria de los desterrados. Pero, algunos años más tarde, a pesar del silencio y el interés por el olvido, en Sevilla –la ciudad que apenas recordaba su leyenda maldita– un grupo de personas se interesaba por rescatar la leyenda del llamado “tigre libertario”, ese hombre que definían como una mezcla “entre Bakunin y San Francisco de Asís”.
Pero no se trataba sólo de la reedición de sus memorias. Un escritor sevillano, a su modo también un lúcido ácrata, se atrevía a novelar la vida de Pedro Vallina. Era Vicente Tortajada, quien en Flor de cananas (Renacimiento, 1999) rescataba la curiosa existencia del médico libertario. En este pasaje narra cómo era la casa de Vallina en la calle Bustos Micro Biografía descargada de www.todoslosnombres.org
Tavera, en el corazón de Sevilla la Roja: “Había una alacena cuyo fondo camuflaba una puerta, y una escalerita que iba al “Cuarto de las conspiraciones”, salón subterráneo y bien amplio adonde se colaba el anarquismo cabal del barrio: desde San Marcos al Pumarejo y San Julián, de los Terceros a la cúpula blanca y azul de San Luis de los Franceses y al arco bellísimo y populachero de Bab-Al-Macaraná”.
Pero, más allá de este atractivo ejercicio de ficción, las memorias de Pedro Vallina son el mejor documento para conocer a este personaje. Especialmente estremecedor es el capítulo dedicado a su pueblo natal, Guadalcanal, y cómo el niño Vallina se da cuenta de las injusticias y decide convertirse en anarquista. El relato evocador nada tiene que ver con el habitual tono de nostalgia de los libros de memorias del exilio: “El personal en su mayoría valía poco y no aspiraba a otra cosa que a vegetar. La propiedad de la tierra estaba en las manos de unos pocos, los más malos y brutos del lugar. Los ricos holgazanes pasaban el día en el casino, hablando de tonterías; los artesanos, las noches en las tabernas. (...) Las mujeres de los ricos hablaban como cotorras, se visitaban entre ellas, y organizaban fiestas religiosas, bailes y corridas de toros”.

Publicado en EL MUNDO el 23 de abril de 2007
Autora: Eva Díaz Pérez