By Joan Spínola -FOTORETOC-

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Villa de Guadalcanal.- Dió el Sr. Rey D. Fernando a Guadalcanal a la Orden de Santiago , e las demás tierras de la conquista, e de entonces tomó por arma una teja o canal, e dos espadas a los lados como así hoy las usa.



miércoles, 21 de febrero de 2018

Recuerdos sin nostalgia de un pueblo andaluz

Un Medico libertario de Guadalcanal

 Guadalcanal (Sevilla), 1879 / Veracruz (México), 1970   
El médico anarquista, nacido en el sevillano pueblo de Guadalcanal en 1879, protagonizó luchas por los derechos de los obreros y campesinos y participó en diversas conspiraciones contra la Dictadura de Primo de Rivera y Alfonso XIII. Ejerció la medicina revolucionando su profesión, ya que ofrecía sus servicios a los más necesitados. Siempre llevó la fama de su leyenda ácrata y, por esta razón, sufrió el destierro en la llamada Siberia extremeña, en Londres y en París. Tras la Guerra Civil, se inicia su segundo y definitivo exilio. Vallina siguió sanando en lugares olvidados de Santo Domingo y de México. En los últimos años de su vida, escribió sus memorias y dos libros: Aspectos de la América actual (1957) y Crónica de un revolucionario (1958).
La mano de Pedro Vallina olía a estoraque y almizcle, como ese aire atrapado en las antiguas boticas. Apenas podía tomar la pluma, pero estaba arrebatado por una obsesión: escribir sus memorias. En las páginas, que llena de historias sorprendentes, retrata un mundo perdido, una utopía, un sueño. La letra apenas se entiende, un garabato como el rastro titubeante de una araña de esas que se esconden en los desvanes.
No hace mucho que un grupo de amigos, al verlo depresivo y sin ánimo, le ha sugerido un proyecto: recordar, contar quién fue y la España por la que luchó. El viejo médico anarquista, que ya ha perdido a su inseparable compañera Josefina Colbach, está abatido, enfermo y sufre de insomnio. A veces, se levanta por la noche y pasea por la casa diciendo: “Aquí no se puede hacer nada”. Triste sino del exiliado.
Parece que Vallina acaba de enterrar todos sus sueños. Ha abandonado la clínica médico-quirúrgica de Loma Bonita, en el estado mexicano de Oaxaca. Ahora vive en Veracruz, que será para él, la ciudad de la muerte y de la memoria.
Las memorias de Vallina resultan ilegibles, así que su nieta Xóchitl se ocupa de mecanografiarlas. Vallina dicta, vive sumergido en el pasado: su infancia en Guadalcanal, sus primeros contactos con los ambientes libertarios en Sevilla, las conspiraciones en Madrid, el destierro en París, en Londres y en la llamada Siberia extremeña, la Guerra Civil y el exilio definitivo, primero en Santo Domingo y después en México.
La editorial Tierra y Libertad publicó Mis Memorias en 1969 en Venezuela y en México en 1971, un año después de su muerte. Sin embargo, como tantos libros del exilio no volvió a publicarse, así que las memorias llegaban a España en fotocopias que circularon durante algún tiempo hasta que, de tanto reproducirse, se volvieron ilegibles.
Esa es la razón de que desde la CGT se impulsara la reedición de este valioso documento sobre la vida del héroe libertario. Decenas de personas participaron en un maratón mecanográfico para reescribir el texto, al mismo tiempo que se organizaba un homenaje y la visita de su familia: su hijo Harmodio y su compañera Sara junto a su nieta Xóchitl, que viven Micro Biografía descargada de www.todoslosnombres.org en México. Así, Mis Memorias se pudo leer en España gracias a la edición del Centro Andaluz del Libro y Libre Pensamiento en el año 2000.
Los recuerdos del médico anarquista que había revolucionado la España de comienzos del siglo XX regresaban con aquella epopeya mítica de sus luchas por la libertad y los derechos de campesinos y obreros, además de su revolucionario ejercicio de la profesión de médico sin cobrar a los más necesitados.
Las memorias se detienen en el momento en el que abandona España tras la guerra. Apenas menciona su labor de médico en el exilio. La dirigente anarquista Federica Montseny escribió poco después de morir Vallina: “¿Quién narrará los últimos años del doctor Vallina en México? ¿Lo que fue su existencia, perdida entre montañas, viejecito ya, desplazándose penosamente a través de la selva, protegido de lejos por los pobres campesinos que, después de muchas reservas y recelos, lo adoptaron de tal forma que hubiesen dado la vida por él”.
Este tomo por escribir es el que hay que recomponer a partir de las semblanzas, el correo, los artículos sobre su figura o la memoria oral de quienes lo conocieron en esta etapa.
El hombre que se había convertido en una leyenda del anarquismo, que había participado en los intentos de asesinar a Alfonso XIII en París y en Madrid, que había sido compañero de líderes libertarios abandonaba España siguiendo la cola de fugitivos que intentaba alcanzar Francia.
En las memorias, aporta algunos datos sobre este éxodo. “No muy lejos del puerto de Rosas encontré un hospital militar que desocupaban los enfermos; me impresionó profundamente contemplar a varios ciegos que cogidos de la mano preguntaban cuál era el camino de Francia”.
Cerca de los Pirineos pasa su última noche española. Antes de partir, entrega a la madre de un soldado que conocía varios libros de medicina que llevaba. Y apunta: «Por si pudiera algún día volver a recogerlos».
Esta frase, escrita tantos años después en su exilio mexicano, está cargada de pesadumbre. Habría que imaginar a un Vallina envejecido, casi vencido, que recuerda el paradero de sus libros de medicina en los que había anotado algunos casos sobre la viruela, la tifoidea, la escrofulosis o las tisis venéreas. A veces, su memoria se convierte en un albarelo que guardara los malos humores y las fiebres malignas de todos los que sanó.
Vallina sigue el terrible camino del destierro. El chalequillo le huele a polvo de quina aluminoso y jarabe de adormidera con el que quisiera olvidar el verdadero olor que lleva en la ropa y en el alma: el hedor abstracto de la muerte.
En Perpiñán, el médico es obligado por las autoridades francesas a entregar el fusil e ingresa en un refugio-prisión. Allí ejerce de médico en una barraca de curaciones. Luego, pasará al campo de internamiento de Argelès hasta poder refugiarse en un sanatorio antituberculoso, un panorama desolador que él conoce muy bien. Es entonces cuando Micro Biografía descargada de www.todoslosnombres.org recuerda sus experiencias en el sanatorio antituberculoso que creó en Cantillana, todo ese mundo que dejó atrás y que ahora parece tan lejano.
Camino de América
Finalmente, Vallina abandona Francia y se embarca en el vapor La Salle rumbo a Santo Domingo. En la colonia de Dajabón abre una clínica para sanar a los nativos que padecen el paludismo y la tuberculosis.
Poco después se establece en México. Primero vive con su familia en la calle de Bolívar y luego se traslada a Loma Bonita en Oaxaca donde permanecerá cerca de treinta años curando a los indios y campesinos mexicanos en el Consultorio Médico Quirúrgico Ricardo Flores Magón.
En una de las cartas de sus últimos años, en concreto en una enviada a Renée Lamberet, profesora de Historia en París, describe su trabajo: “Te remito tres fotografías de indios de esta selva. La muchacha que levanta el brazo izquierdo, lo tiene enfermo de gangrena y hay que amputarlo. (...) El calor aquí es espantoso por este tiempo, y la disentería, el paludismo, etc hacen grandes estragos, pero el peor enemigo es el alcohol. Los asesinatos son muy frecuentes”.
En sus últimos años, ya en Veracruz, Vallina se volcará en su libro de memorias. En octubre de 1968 recibe los primeros ejemplares, que se venden muy bien. El dinero conseguido, que podría haber servido para aliviar su situación económica, se empleará desgraciadamente en los gastos del entierro. Fue un entierro modesto, apenas diez personas lo acompañaron. La tumba en el cementerio de Veracruz quedó cubierta por claveles rojos y gladiolos que colocaron sus nietas.
RECUERDOS SIN NOSTALGIA DE UN PUEBLO ANDALUZ
“Mi nombre es Pedro Vallina Martínez, y nací en Guadalcanal, provincia de Sevilla, el 29 de junio de 1879. Mi padre era asturiano y de muchacho marchó a pie a Sevilla, con otros de su edad, en busca de ocupación”. Así comienzan las memorias de Vallina, uno de los libros más singulares sobre aquellos personajes de la leyenda libertaria.
Vallina moría en el exilio mexicano en febrero de 1970 y, aparentemente, sólo restaba que se cumpliera el macabro rito del olvido, ese sudario definitivo que cubre la memoria de los desterrados. Pero, algunos años más tarde, a pesar del silencio y el interés por el olvido, en Sevilla –la ciudad que apenas recordaba su leyenda maldita– un grupo de personas se interesaba por rescatar la leyenda del llamado “tigre libertario”, ese hombre que definían como una mezcla “entre Bakunin y San Francisco de Asís”.
Pero no se trataba sólo de la reedición de sus memorias. Un escritor sevillano, a su modo también un lúcido ácrata, se atrevía a novelar la vida de Pedro Vallina. Era Vicente Tortajada, quien en Flor de cananas (Renacimiento, 1999) rescataba la curiosa existencia del médico libertario. En este pasaje narra cómo era la casa de Vallina en la calle Bustos Micro Biografía descargada de www.todoslosnombres.org
Tavera, en el corazón de Sevilla la Roja: “Había una alacena cuyo fondo camuflaba una puerta, y una escalerita que iba al “Cuarto de las conspiraciones”, salón subterráneo y bien amplio adonde se colaba el anarquismo cabal del barrio: desde San Marcos al Pumarejo y San Julián, de los Terceros a la cúpula blanca y azul de San Luis de los Franceses y al arco bellísimo y populachero de Bab-Al-Macaraná”.
Pero, más allá de este atractivo ejercicio de ficción, las memorias de Pedro Vallina son el mejor documento para conocer a este personaje. Especialmente estremecedor es el capítulo dedicado a su pueblo natal, Guadalcanal, y cómo el niño Vallina se da cuenta de las injusticias y decide convertirse en anarquista. El relato evocador nada tiene que ver con el habitual tono de nostalgia de los libros de memorias del exilio: “El personal en su mayoría valía poco y no aspiraba a otra cosa que a vegetar. La propiedad de la tierra estaba en las manos de unos pocos, los más malos y brutos del lugar. Los ricos holgazanes pasaban el día en el casino, hablando de tonterías; los artesanos, las noches en las tabernas. (...) Las mujeres de los ricos hablaban como cotorras, se visitaban entre ellas, y organizaban fiestas religiosas, bailes y corridas de toros”.

Publicado en EL MUNDO el 23 de abril de 2007
Autora: Eva Díaz Pérez

miércoles, 14 de febrero de 2018

El mundillo de la jaula 17


El Chepa
Un Reclamo de Perdiz de Capricho y Caprichoso 17

Articulo 21
Eso de tirarle a un reclamo una perdiz que esté fuera de plaza - sea macho o hembra, para el caso da igual - es algo que le debe repatear las entrañas, pues hay que ver la actitud de desasosiego, de disgusto y de decepción que toma. Sin embargo, siendo esto tan grave, queda, bajo este sentido, a la altura de una alpargata vieja, ante el descomunal y pichinero desafuero - y nunca me cansaré de reincidir en el tema – que le debe suponer a un Reclamo el que una perdiz se le vuele de la plaza, por un disparo fallido. Y es que esto le debe infundir una tan atroz humillación que, mucha casta y no menos oficio ha de tener el tal Reclamo, para no resentirse en tan alto grado, como para no quedar eternamente decepcionado, si es que no "p´el arrastre" para los restos de su vida.
Por eso yo, sabiendo esto y, además, por propia experiencia, estaba que no vivía, cuando lo del Cubillo, porque no era una, (como en el caso del bautismo como pajarero del Catedrático) ni, incluso, dos, (que aunque nunca me había sucedido cazando al Chepa, sí, por el contrario, con otros Reclamos) sino que fueron, nada menos, que la friolera de seis perdices las que el muy maleta del montero, marrando el tiro, dejara volarse de la plaza o de donde sólo Dios y él pueden saber.
¡Qué fracaso tan descomunal, Santo Dios! Y es que seis perdices en un mismo puesto, manda cojones. Quizás se trate de un récord tan singular, como para que pudiera entrar por la puerta grande del Libro de los Guinness.
Yo conocía sólo un caso - para mí, realmente, asombroso – de marrar tres perdices en un puesto. Yo mismo y en persona, no ya el enorme pecado de fallar una perdiz, sino que, alguna que otra vez, también llegué a fallar dos en mi ya larga vida de pajarero, ya que de esto, creo, que no se salva ni el "Tato", o si no, el que esté libre de pecado que tire la primera piedra.
Yo, en concreto, como termino de confesar, no la podría tirar.
Por otro lado, pensaba que el tremendo fracaso del Cubillo,
tal vez, no hubiera podido hacer demasiada mella en El Chepa porque, si bien, por una parte, ya a esas alturas, por las muchas y muy memorables batallas que llevaba libradas, y, por otra, sabiendo de la categoría del Chepa, estaba casi seguro que el soberbio campeón no se debería haber resentido ante tales “fallos”.
No obstante, como al día siguiente del día de autos, era Domingo, dudé mucho si sacarlo al campo o no, pues, a pesar de todo, no se me terminaba de ir de la cabeza que, tal vez, si no en mucho, sí le pudiera haber afectado en algo, por lo que, tal vez, fuera conveniente dejarlo de vacaciones durante una semana, para que, olvidando tan atroz desaguisado, quedara totalmente borrado de su cabeza y, sobretodo, de su corazón.
Fue el momento de coger las sayuelas, para encapillar a dos de los tres reclamos que tenía, cuando, cortando por lo sano y tan contundente como decidido, terminé por decidirme por El Chepa y por el sustituto del pobre Tarta que, por cierto, viendo las buenas maneras que venía demostrando, ya le había bautizado con el nombre de "El Granaino", por proceder del pueblecito de Los Montes Orientales de Granada, Pedro Martínez, el pueblo de mi madre y en el que yo me criara. Pájaro, por cierto, que, en una de mis esporádicas visitas a al pueblo, me regalara mi primo “Pepico el de La Posá”.
El día estaba que si no para echar las campanas a vuelo,
tampoco como para ponerlas a doblar a muerto, así que salí para allá, en busca de los encumbrados olivares de La Sierra del Agua, con los anhelos de siempre bailándome en los ojos, por supuesto, que también en el corazón, si bien era cierto también que un tanto mortecinos, a veces, por aquel preocupante pellizco de dudas que, sobre El Chepa llevaba por los seis - ¡nada menos que seis! - que, el día anterior, el muy petardo de mi anfitrión marrara en El Cubillo.
Por lo pronto, en el puesto de luz, “El Granaino”, aunque no le tiré, se portó como los buenos, no dejando de salir de reclamo, durante todo el tiempo que duró el puesto, aunque haciendo calladas, más o menos, largas. Pero el campo no estaba por la labor, y no correspondió en ningún momento.
Por la tarde, pensando buscarle a mi hipotético decepcionado, El Chepa, el sitio más propicio, y aún más, encontrándome tan escamado, después de comprobar, en el puesto de la mañana, la pésima actitud en la que estaba el campo, decidí hacer el tollo, arriesgando al máximo, en un lindazo de prietas y frondosas adelfas, que servía, precisamente, de linde entre el Coto de la Sociedad de Cazadores de Guadalcanal, del que yo era socio, y del que, por ser un coto comercial, era casi sagrado e intocable.
De todas maneras, se trataba de una linde cinegética, por lo que, según la ley, tenía que estar distanciado de ella, cuanto menos, quinientos metros, y no estaba ni a un centímetro, porque si el pulpitillo no, el tollo sí estaba en la misma linde.
Claro que, por otra parte, procuré estar tan astutamente camuflado en él, que aquello bien podía ser lo de la famosa aguja en el pajar, aunque, claro, por muy invisible que allí
pudiera estar, los tiros me podrían delatar ante alguno de los “jurados”, necesaria e ineludiblemente. Pero bueno - Pensé - como contra siete vicios, hay siete virtudes, todo sería cuestión de pegar un solo tiro, ya que mi único objetivo era ver si el presunto resentido lo estaba en realidad, y así, una vez comprobado cómo le podría afectado lo del Cubillo, pues pies para qué os quiero.
De momento, el bueno del Chepa comenzó como de costumbre. Sus consabidos saltitos - esos jamás podían faltar - mientras me apresura a emboscarme en el tollo, después de
quitarle la sayuela, para, de inmediato y sin la menor pérdida de tiempo, salir de “reclamo de cañón”.
La cosa pues, empezaba bien. No tardó mucho "en ponérsele al aparato" un macho del paraíso prohibido, que no de nuestro colindante coto de La Sociedad de Cazadores, el que, presto y sin demora, allá acudió, quedándose al otro lado del lindazo. El Chepa, presintiéndolo, que no viéndolo, se lió con él, con el poderío y el talento del gran campeón que era, pero el sagrado cotista no atravesaba el lindazo ni a la de tres.
No parecía sino que, no teniendo el pasaporte en regla, no se atrevía a pasar la frontera.
Sangre, sudor y lágrimas le costó al que, intacto de todo resabio, seguía siendo el insuperable artista que siempre fuera, para que el cotista traspasase aquella tan prohibitiva frontera de tupidas adelfas por una especie de portillo que se abría, unos metros más arriba de donde nosotros nos encontrábamos, y desde donde entró, directamente, en la plaza, acompañado de su hembra y celosamente embolado, al tiempo que, arrastrando el ala y emitiendo amenazantes “cuchicheos”, le presentaba cara al que, con el pico sobre la esterilla, le estaba recibiendo engolado y representando, como todo un insuperable actor de comedias, el fraudulento papel del más enternecedor y cariñoso amigo.
-¡”Olé ahí los tíos bragaos”!.- Me faltó gritarle a mi entrañable Chepa, viendo cómo, en aquel instante, se me borraba mi obsesiva preocupación, al tiempo que derramaba júbilo hasta por los pocos pelos que ya me iban quedando en la cabeza.
En esos momentos, un mar de dudas comenzó a acudir a mi frente. ¿Qué hacía en circunstancias tan comprometidas...?
¿Abatía primero a la hembra, sabiendo que, por lo bravucón que parecía estar el macho, un segundo tiro iba a ser cosa de un suspiro, puesto que el valiente y celoso esposo, si es que llegaba a volarse al tiro de la hembra, estaría de vuelta en menos que se santigua un Cura loco...?
¿Tirar primero el macho y dejar al Chepa que siguiera disfrutando del lance con la hembra por allí merodeando taimada y sin decidirse a entrar, aún con el riesgo que podía suponer seguir allí a la espera, después de la explosión de un primer disparo...?
¿Cometer el pecado cinegético, que para mí era la tan odiada y despreciable carambola, y tras el tiempo justo de que el trovador cargara el tiro, coger manta y carretera....?
¿Cometer la imperdonable tontería de dejar allí al matrimonio hasta que, aburrido y hastiado, se marchara, dejando, a su vez, al trovador con la miel en la punta del pico....?
Por lo menos, de esta última posibilidad, ni hablar del peluquín. La deseché como un mal pensamiento, si es que no como una perversa tentación. Tal memez, por otra parte, dejaba en evidencia a un artista de tan alta categoría, como era El Chepa, despreciando su tan valiosa obra de arte, de una forma tan injusta como grotesca, y eso ya se pasaba un mucho de castaño oscuro.
Lo de abatir primero e indistintamente al macho o a la hembra, tenía que suponer, en cualquier caso, dos disparos, más o menos espaciados, pero dos, y esto sí que era meterse en la boca del lobo, aunque no tan de lleno, optando por la hembra en primer lugar como optando por el macho.
Me decidí, por fin, por el pecado de la carambola, por muy despreciable “pichinería” que fuera para mí, pero es que en aquella ocasión, las circunstancias mandaban. Y así, con un solo disparo, el lance quedaba totalmente solucionado, y todos tan contentos, ya que el protagonista, por su parte, quedaría, absolutamente, satisfecho, y su escudero, totalmente fuera del peligro de caer en manos del guarda, así que mi decisión se me hizo irrevocable, pues eran muchos pájaros lo que caían en aquel tiro: los dos pájaros de perdiz; el de la satisfacción del reclamo, y, por fin, el mí salvación, que tampoco era moco de pavo, al quedar como perro al que le quitan pulgas, pudiendo tomar rápidamente “las de Villadiego”, y así quedar libre de una posible captura. ¡Fuera pues cualquier elucubración o remordimiento, ya que muerto el perro, se acabó la rabia!
Todo decidido, había que esperar el momento oportuna.
De momento, cuando me quise dar cuenta, tenía al sagrado “cotista” encima de la jaula, en descomunal y desigual batalla con El Chepa, pegándose, mutuamente, picotazos y más picotazos a través de los alambres de la cúpula de la celda del prisionero.
Viendo que no desistían de su encarnizada lid, pensé despachar a la hembra de un tiro, pero, claro, tan encelado estaba en su pelea el campesino, que estaba seguro que, no ya
volarse al tiro, sino que ni se enteraría de él.
Tuve suerte, pues pensándomelo estaba, cuando lo vi como que se escurría de aquella tan incómoda postura en que se encontraba peleando en su atalaya, yendo a caer, precisamente, junto a su esposa, que seguía tan insulsa e impávida, como cuando lo observaba peleando. No había pues tiempo que perder. Era el momento. Así que, la “carambola” en un certero tiro, y aquí se acabó la presente historia, y, sin la más mínima pérdida de tiempo, a huir por allí como gato que escapa sobre brasas.

©José Fernando Titos Alfaro
Nº Expediente: SE-1091 -12

miércoles, 7 de febrero de 2018

Un hidalgo en Guadalcanal 4/4

Decansando y contemplando la ermita
Visita de D. Alonso de Quijano a nuestra villa
Cuarta  parte

Última parte de esta historia ficción está estructurada en la visita ficticia de D. Quijote de la Mancha y su fiel escudero Sancho Panza a Guadalcanal, a través de estos dos personajes y mezclando el Guadalcanal actual con la villa Santiaguista del siglo XV a  finales del XVI, hacemos un recorrido por las principales calles y visitamos los monumentos de la villa, acompañados por nuestro paisano el noble D. Esteban de Millán y Aguilar que tal vez fue noble en aquella época y perteneció al Concejo de la Villa.
A mi amigo Ignacio Gómez Galván, que mantiene viva con su fundación la historia y literatura de nuestro pueblo, me he permitido la licencia de tomar algunas notas de su libro “Cervantes en Guadalcanal”.

Continuando calle arriba, en el número encontraron la casa natal de D. Adelardo López de Ayala, nacido en esta villa en el 1 de Mayo de 1828, cuando aun pertenecía a Extremadura,  pueblo arriba en dirección a la salida para Llerena por la calle Espíritu Santo y antes de las últimas casas del casco urbano a la derecha divisaron el edificio del Convento (13) del mismo nombre.

-¿Me quiere Vd.  decir D. Esteban que en éste vetusto edificio dormitan hombres o mujeres dedicados al noble oficio de guiar a las almas pecadoras hacía la salvación divina?
-No es menos cierto que desde 1903 las Hermanas Misioneras de la Doctrina Cristiana cumplieron esas labores y la enseñanza de la cultura y labores propias de las jóvenes de la villa, pero actualmente se encuentra cerrado,
-Comentó el anfitrión con nostalgia-.
-Convento sin monjas y olla sin carne, no han de servir para saciar alma o cuerpo de caminante, -protestó Sancho-.
Abandonaron la localidad y por el camino que continúa después de la citada calle divisaron el conjunto del Cristo de la Cruz Abad del Santo (14),  compuesto por la ermita, humilladero y huerto que por el año 69 del pasado siglo fue desamortizado y vendido por el cura Antonio Espinosa Torre con la benevolencia  del arzobispado de Sevilla, como otros varios edificios de antigüedad y riqueza arquitectónica mencionados anteriormente.
Este conjunto tanto la ermita como el humilladero  anejo datan del siglo XVIII, si bien alguna edificación se fechan en el  siglo XV, ya que en un escrito de los visitadores de 1481, está compuesto por humilladero, ermita y huerto.
-¿Se equivoca mi pobre cabeza o creo que tanta nostalgia obliga a vuestra merced a recordar que esta villa perdió gran cantidad de su patrimonio por la dejadez de unos y la ambición de otros?
-Así es amigo hidalgo, cuando los pueblos dejan abandonado sus edificios emblemáticos, viene un desarmado y los vende a precio de saldo en nombre del Señor –Respondió D. Esteban-
-Dios te guarde de cura ambicioso, que en nombre del Santísimo, ducados y fortunas amasa
-Murmuró el escudero-.
Ya en el puerto de Llerena dejaron atrás la villa y vieron con asombro la maravillosa vista que ofrecía tan maravillo conjunto arquitectónico y un centenar de metros más abajo, camino de Extremadura pararon en el pilar para que abrebaran las caballerías, allí contemplaron la inmensidad del valle y las montañas al fondo que de hacían frontera entre las dos regiones.
Continuaron y en el desvío a la derecha cogieron el camino de Guaditoca escoltado de jaras y retamas que la primavera hacían resplandecer e impregnar de olores el recorrido, apenas a dos leguas se encontraba la ermita de la patrona de la villa, próximo destino de su viaje,
-Caballero, las posaderas de mi señor y su maltrecho equino necesitan un descanso a la vez que mis tripas llaman a oración, que cruces vemos pero no posadas
– Dijo Sancho rompiendo el silencio-
-Bien es cierto, amigo Sancho, en la siguiente cruz que nuestros ojos divisan, llamada del aceite (15), pararemos a hacer un descanso y compartiremos las viandas que llevo en mi alforja.
-Contestó sonriendo D. Esteban al ver al famoso hidalgo y su corcel agotados-.
Tras un breve descanso donde departieron conversación, chacina y pan regados por mosto del cortijo de  las bodegas del Rey, continuaron camino y al final de este, ante sus ojos, el majestuoso edificio de la Ermita de Guaditoca (16) (circundada por el río del mismo nombre), zona que también conoció tiempos de mayor explendor en siglos anteriores cuando se celebraba la famosa feria de ganado de la localidad y uno de los mayores eventos de la parte sur de España, después de visitar la patrona y el niño bellotero regresaron a Guadalcanal.
Nuevamente en el casco urbano, entrando por el Berrocal Chico llegaron a la Plaza Santa Ana, allí las caballerías y Sancho saciaron su sed en el Pilarito,
-Agua que en el pilar cae, ¿que ha de hacerse?, si no aprovecharla por burros y pollinos para beber”
-Comentó jocoso el hidalgo al ver a su escudero saciar su sed-.
Ante sus ojos tenían sobre una atalaya la iglesia que da nombre al barrio, un magnifico conjunto compuesto por el parque, la casa del sacristán y Iglesia de Santa Ana (17) terminada la última restauración en el 2008, después de más dos años de obras, reconvertida en espacio cultural a posteriori de haber sido sometida a una recuperación integral. La Consejería de Cultura del Gobierno de Andalucía invirtió 1.063.493 € en las obras ejecutadas en este Bien de Interés Cultural y suponen la recuperación del templo mudéjar que desde 1997 permanecía en ruinas y que estuvo a punto de ser vendido a un particular.
Quedaron los visitantes abstraídos y sus ojos llenos de bellas imágenes ante la impresionante vista de la villa que desde la torre contemplaban en un día de primavera despejado y maravilloso, iniciaron el descenso al centro del pueblo por la calle de las Minas, donde en el número 14 nació este guía, antes de iniciar la bajada por la calle Ortega Valencia al escudero le llamó la atención el conjunto de casas que forman la alcazailla,
-Moradas que en altura se encuentra,  agua rechaza
–Aseveró Sancho-
Continuaron pro la calle Ortega Valencia, el número dos de esta calle se encuentra una casa  corralón, allí sobre el año 1520 nació D. Pedro Ortega Valencia (18),  tal vez el hombre más insigne que nació en esta villa y que formó parte de la expedición de Álvaro de Mendaña en 1568 como maese de campo por las islas Salomón y que daría nombre a una de las islas en memoria de su villa de nacimiento. Continuaron por la calle Juan Carlos I (antiguamente llamada La Sánchez) para coger la calle de Los Mesones, por estas dos últimas calles contemplaron varias casas señoriales de bonitas fachadas y conservación perfecta en las que no se apreciaba el pasar de los años o tal vez siglos.
-Viene a mi mente D. Esteban una pregunta lógica al pensar en D. Pedro Ortega y su gran gesta, Vds. los moradores de esta villa, que son amigos de resaltar personajes, monumentos al católico culto y otras epopeyas, ¿Cómo no han homenajeado mediante rehabilitación de su casa y otros hechos que recuerden a tan meritorio maese  de esta villa?.
-Tiene Vd. toda la razón D. Alonso, aquí se demuestra un refrán de los que tan adicto es su escudero, “Nadie es profeta en su tierra”, y en este caso se cumple, las huellas de D. Pedro se limitan en la actualidad en su pueblo a una casa en ruinas, unas calle, una placa en la fachada del Ayuntamiento conmemorativa de un homenaje que le hicieron las armadas Norteamericana y Española el 6 de Septiembre del 1964 y poco más.
- Hombre que a su nación da gloria, es tan agradecido como agua que al mar riega.
-Apostilló Sancho- 
Ya pasada la hora del crepúsculo y cuando las campanas de la iglesia de Santa María de la Asunción llamaban a los fieles a la última  misa del día, terminaron su recorrido nuestros tres protagonistas en el Pilar de la Cava, cerca del Jurado, lugar donde tal vez estuviese el Mesón del Toro en el siglo XVII, para mayor gloria de nuestra santiaguista Villa de Guadalcanal.

(13) Convento del Espíritu Santo, este convento de religiosas fue fundado por un hijo de la localidad afincado en América, para cuya erección destinó de su hacienda la cantidad de 80.000 pesos de plata. Tomó esta advocación el nuevo cenobio, precisamente, por levantarse junto al hospital que, con este nombre, fundara el presbítero don Benito Garzón en 1511. La capilla que aneja a este convento se labró, aunque ha sufrido algunas reformas, aún conserva huellas del tiempo de su edificación, especialmente en el altar mayor, en cuyo banco se halla el retrato del patrono y la leyenda.
El edificio está construido en mampuesto y ladrillo revocado. Posee planta de cruz latina, cubriéndose la nave y el presbiterio de bóveda de cañón con lunetos y fajones y media naranja en el crucero. La portada situada a los pies es de vano adintelado entre pilastras y entablamento con frontón recto. El retablo se decora con pinturas de Pentecostés, la imposición de la casulla a San Ildefonso, Santa Catalina, la Coronación de Nuestra Señora, la Natividad del Señor y la Natividad de la Virgen. Del tiempo fundacional prevalece, también, un patio de ordenación toscana en el interior de lo que fue convento de las comendadoras del Espíritu Santo. Fue desde l903 de las Hermanas Misioneras de la Doctrina Cristiana.
(14) Humilladero de la Cruz del Abad Santo.- El vecino de esta villa Rodrigo Mata, difunto, ordenó en su testamento a su mujer Catalina Ramírez a quien nombró por albacea y heredera universal de sus bienes, que erigiese un Humilladero al sitio llamado de la Cruz del Abad del Santo, consistente en un templete con cuatro postes, en cuyo frontal debería figurar el misterio de la Quinta Angustia, para la que destinó el testador 10.000 maravedíes. Como aún no se había ejecutado dicha voluntad, la visita pidió el testimonio  a Catalina Ramírez y ordenó al alcalde don Juan Sánchez de Bonilla que cumplimentara esta disposición a la mayor brevedad posible.
Comprendía este conjunto, un huerto de aproximadamente una fanega de tierra, una pequeña vivienda, la capilla o ermita del Cristo y un templete con una fuente en el centro, terminada con azulejos de estilo trianeros de finales del  siglo  XVIII.
En resumen, una edificación iniciada en el siglo XV y catalogada en 1770 y que fue vendida en su conjunto por cien mil pesetas, apenas 600 € actuales, que sin control alguno fue transformada, la puerta principal tapiada por su nuevo dueño, utilizándola como granero y la huerta cultivada.
En este lugar se celebraba la tercera semana de Septiembre  o veintiún días después de finalizar la feria y una semana antes de la romería de Ntra. Sra. de Guaditoca,  la velada del Cristo, que luego pasó su celebración a la plaza de España de la localidad por  acuerdo de la hermandad y la corporación municipal.
(15) La Cruz del Aceite es una de las paradas procesional en las romerías de la patrona de Guadalcanal que se celebra los últimos sábados de Abril y Septiembre.
Llamada así ya qué durante la edad media era sitio de parada de los peregrinos y transeúntes que venían por el camino de su mismo nombre y se dice que allí ofrecían a la Virgen de Guaditoca aceite como ofrenda para proseguir el camino con su bendición.
(16) La ermita o santuario está erigido en honor a la patrona del pueblo Ntra. Sra. De Guaditoca. Dista 11 kilómetros de la población, y está situada en el extremo noreste del término municipal. El Santuario fue construido en el año de 1647 y la decoración arquitectónica esta ejecutada a base de elementos del Toscano. Iglesia de una sola nave construida en 1647 y a la que se le añadió en 1718 un camarín. Son de destacar las pinturas del maestro Llerena, Juan Brieva, del siglo XVIII.
El Santuario antiguo del Siglo XIV se levantó en término de Azuaga y D. Enrique Infante de Aragón, Gran Maestre de la Orden de Santiago, cedió a Guadalcanal, el día 10 de Abril de 1.428, parte del término de Azuaga. Hubo debates y contiendas entre ambas villas, por lo que el Gran Maestre nombró jueces, que dieron sentencia aclaratoria el 20 de Noviembre de 1.469, a favor de Guadalcanal, siendo posteriormente confirmada por los Reyes Católicos en el año 1494.
Don Alonso Carrasco de Ortega, descendiente de los conquistadores de Extremadura, y su esposa Doña Beatriz de la Rica, mandan levantar un nuevo Santuario. Comienzan las obras en 1638 y se terminan el 1647.
Las pinturas del Santuario fueron realizadas por el pintor Brieva de Llerena, en 1800. Fue ayudado por su hijo. Los azulejos de reflejo metálico del altar mayor, son de 1913.
Hasta el 24 de mayo de 1792 no se instituyó la romería anual. Antes la Virgen sólo venía al pueblo en casos excepcionales de calamidad.
En 1718 se hizo el camarín, terminándose en mayo de 1719. En el testero hay un mural de la Virgen tal como la vestían en el siglo XVIII. Junto a ella está la Virgen con el Niño, San José, San Joaquín y San Ignacio. En el muro de la derecha hay una pintura, posiblemente el Marqués de San Antonio.
El Niño Bellotero data de 1300.
El 4 de septiembre de 1722, Felipe V otorgó por Real Cédula, firmada en Balsaín, el Patronato y Administración del Santuario de Guaditoca, a favor del Sr. Marqués de San Antonio y Mira del Río, Don Alonso de Ortega y Toledo.
(17) La iglesia de Santa Ana, ésta iglesia es de estilo mudéjar y fue erigida entre finales del siglo XV y principios del XVI, siendo posteriormente ampliada y transformada en el XVIII. De una sola nave, está situada en un altozano desde el que domina buena parte de la población. Fue declarada Monumento Histórico-Artístico de carácter Nacional en 1979, en la actualidad Bien de Interés Cultural, y son de destacar sus capillas y retablos de los siglos XVII y XVIII. Desacralizada, tras labores urgentes de restauración en 1997-1999 y de posterior adaptación, se halla dedicada a Centro de Interpretación. A la primera etapa corresponden la planta rectangular de una sola nave con arcos transversales, el pórtico exterior, con tres arcos apuntados enmarcados por alfices sobre pilares ochavados, y la torre-fachada de tres cuerpos rematada por chapitel situada a los pies. A la segunda etapa corresponde la decoración de las portadas laterales, adinteladas con pilastras adosadas y flanqueadas con frontón recto partido con hornacina central, y la cubierta de la capilla mayor, de bóveda semiesférica, al igual que las cuatro capillas adosadas en los muros laterales.
(18) Pedro de Ortega Valencia, nació en Guadalcanal sobre el año 1520, y falleció en tierras del nuevo mundo sobre 1598, uno de los muchos guadalcanalenses que emprendieron la aventura del nuevo mundo y se enrolaron en un navío camino de lo desconocido,  fue un explorador y experto militar. Casado con Isabel Hidalga, tuvo dos hijos, Jerónimo y Pedro, el primero le acompañará en su viaje.
Formó parte de las expediciones de Álvaro de Mendaña, bajo el reinado de Felipe II en una de ésta expediciones en su aventura del 1 de febrero de 1568 descubren  las Islas Salomón. En dicha expedición participó Pedro Ortega Valencia, como Mariscal de Campo, que daría nombre a una de esas islas como Guadalcanal, el pueblo donde había nacido.

Rafael Candelario Repisa
Guadalcanal, Noviembre, 2017

miércoles, 31 de enero de 2018

El mundillo de la jaula 16

El Chepa
Reclamo de Perdiz de Capricho y Caprichoso 16

Capitulo 20
Me había encontrado casualmente, por las calles de Sevilla, con un viejo amigo de andanzas de caza, que, por ser montero, por esencia, y pajarero, por accidente, y yo, por el contrario, pajarero, por esencia, y montero, por accidente, solíamos coincidir sólo en alguna que otra cacería, aunque de tarde en tarde, y hasta de turbio en turbio.
Me invitó a tomar un cafetito en grata compañía. Era por  esos días en que, en tanto las monterías se encontraban dando sus últimos coletazos, la cacería del pájaro terminaba de empezar. Mientras tomábamos nuestro humeante café, me desbordé contándole grandezas de mi Chepa. El también me habló apasionadamente de sus monterías.
Estando a punto de dar por finalizada aquella nuestra casual y amigable reunión, me salió diciendo que le encantaría darle un puesto al que, según yo, era tan extraordinario y fenomenal reclamo. Que llevaba ya un par de años siendo el Presidente de un coto que, por encontrarse tan escondido y que por estar exclusivamente dedicado a la caza mayor, en eso de las perdices estaba, prácticamente, virgen. Que se encontraba allí, como coronando el afamado y enorme coto de Las Jarillas, y que para llegar a él, había que atravesar este enorme coto de punta a punta.
-¿El Cubillo...?.- Le interrumpí de súbito.
- Sí. El mismo. ¿Lo conoces?
-¿Cómo no?.- Le contesté.- Allá en el término del Pedroso.
El Cubillo no es que sea Las Jarillas, pues es infinitamente más pequeño, pero bajo el punto de vista puramente cinegético, tampoco le va a la zaga. ¡ Soberbio coto, sí, señor!
Hace unos años estuve monteando en él. Fui invitado por un buen amigo, al que, a su vez, le unía una gran amistad con el dueño, que, por aquellos entonces, vivía en Cazalla de la Sierra.
Por cierto que, al rastreo de la rehala, junto al voceo y "hucheo" de los perreros, menudo revuelo de perdices se armó por aquellos “montarrales”. Desperdigadas por acá y por allá en plena montería, aquello era un gallinero.
-Cierto.- Ratificó.- ya que sigue siendo exactamente igual.
¿Te parece bien que vayamos para allá con los pájaros, aunque sólo sea un día?
-¿Y tú qué tal estás de reclamos?
-Mal.- Me contestó con sequedad y como poniendo cara de asco.- Ya sabes que a mí, esto del pájaro, es cosa que no me apasiona en demasía. Me gusta, sí, pero sin pasarme en demasía de la raya.
-¿Entonces...?
-Ya te lo he dicho.- Acudió a contestarme decidido.- Me has dicho tantas y tan extraordinarias alabanzas de ese tal Chepa, que me has puesto los dientes de a vara. Aunque sólo sea por ver tan excepcional campeón, me gustaría darle un puesto.
Entendí entonces que la cosa iba en serio, y me quedé un tanto pensativo e indeciso. Y es que eso de prestar mi Chepa…..era algo que me ponía a parir.
-¿Los dos en el mismo puesto, no?.- Le salté diciendo, de pronto, como procurando curarme en salud.
-Como quieras.- Me contestó con poca convicción.- Pero, claro, dos en un mismo puesto, siempre supone una gran incomodidad, ¿no crees?
-¿Cuándo?.- Le pregunté convencido y sin pensármelo más.- Eso sí, debes tener en cuenta que ha de ser un Sábado o un Domingo. La Escuela no me permite que pueda ser otro día.
-Pues...- Se quedó mirando al techo y como echando cuentas, y, al fin, me contestó.- Hoy es Miércoles, pues el Sábado próximo.
¿Te parece bien?
-Si Dios quiere, se dice.- Le bromeé.
-Por descontado.- Aceptó, amigablemente, mi broma.- Te llamaré el día anterior para concretar.
En efecto, el Sábado me recogió a horas bastante tempranas en su Land Rover, e endilgamos en busca del Cubillo.
Mi anfitrión, contando con El Chepa para uno de los puestos, llevaba sólo un pájaro, del que me dijo que ya tenía sus años y que, sin ser un fuera serie, tampoco era un mochuelo. Que solía comportarse aceptablemente, y que, por lo menos, le servía para matar el gusanillo cada celo.
Yo llevaba al que había sustituido al Tarta que, como bien sabemos, murió, heroicamente, en acto de servicio, y al Dulcineo, que ya iba teniendo sus años también.
A la altura de Cantillana, el día comenzó a apuntar, instante en el que, dejando la carretera que, en Lora del Río, se bifurca para Córdoba y para Constantina, tomamos el desvío para El Pedroso.
En su inicio, empezaron a aparecer las primeras estribaciones de la sierra, y que, conforme íbamos ascendiendo en aquel nuestro constante serpenteo, se iban haciendo más y más indómitas y montaraces. Su belleza en aquel dulce amanecer me parecía indescriptible, pues aquel tan indómito oleaje de monte, pinos y encinas parecían, a través de tan tenue luz, como monstruosos gigantes, que aún seguían durmiendo como en cuclillas. Cuando tomamos el descarnado carril de Las Jarillas, el culebreo, en nuestra ascensión, se hizo constate, en tanto que el matorral se iba haciendo más salvaje y primitivo. Algunos parajes, en especial, me llegaron a dar la sensación de que, por selváticos y prietos de maleza, debían tener jabalíes como toros, si es que no "venaos" como elefantes. En uno de estos apretados matorrales, por cierto, pudimos ver emboscarse una cochina, conduciendo una camada de cinco o seis rayones que me dieron la sensación de ser un grupo de atemorizados y sumisos presos con aquel su pijama de carcelarios.
En algunos tramos los conejos se nos cruzaban por el carril como relampagueantes y fugaces sombras, en tanto que, durante todo el camino, los pajarillos forestales jugueteaban retozones en las jaras que crecían, en total libertinaje, en las cunetas del carril y que casi rozaban las ventanillas del coche a su paso. En más de una ocasión también, pudimos ver algunos pegujales de ciervas que, relativamente cercanas y con la cabeza enhiesta y en tensión, miraban el paso del coche que roncaba serpenteante, perseguido por una nubecilla de polvo. Ya bastante encumbrados, unos “varetos”, tres o
cuatro, cruzaron el carril de un salto y como relámpagos, y casi rozando el Land Rover, al ser sorprendidos, tal vez, en plácido sesteo, tras cualquier denso borbotón de matorral de los muchos que escoltaban el carril.
Nuestro día de cacería no podía empezar más campero y delicioso, acomodados tan plácidamente en tan seguro vehículo y embebidos en las inefables bellezas de tan asilvestrada naturaleza en el siempre tan grato amanecer de la sierra, y que a mí, en particular, siempre me llenaron todos y cada uno de los rincones de mi corazón de campero.
Espeluznantes barrancos, con la cabecera más o menos cercana al carril, se descolgaban bravíos ribeteados de lujuriosas adelfas, en tanto que las abulagas y las coscojas, como arropadas por ellos, eran las reinas y señoras de sus abruptas laderas, en las que la luz del sol parecía chorrear.
Aquellos tan jubilosos augurios, no fueron, sin embargo, el anuncio del feliz día de pájaro, que íbamos soñando, y es que, quizás, nuestro sino, aquel día, estuviera marcado por aquello que se dice de los gitanos que nunca quieren buenos principios para sus hijos, pues el día, en cuanto a lo meramente cinegético, fue una total y amarga decepción, por lo que me limitaré a escribir como una reseña a vuela pluma de él, y aquí se acabó la presente historia.
El accidental pajarero optó por el puesto de luz, para disfrutar de aquel excepcional campeón que, ante mis apasionadas loas, allá en la cafetería de la Calle Sierpes, tantas cosquillas le debieron hacer. Le ayudé a montar el tollo, si bien es cierto que, más que por la ayuda en sí, lo fue por la solapada intención de aprovechar tan oportuno momento, para irle recordando hasta la saciedad y siempre un tanto temeroso de dejar aquella joya en sus manos, las mil y una recomendaciones de un obseso, que quiere evitar a toda costa cualquier posible daño, físico o psíquico, en un reclamo que vale las Minas de Potosí.
El paraje elegido bien podía ser el soñado por el más visceral de los pajareros. Una especie de hondonada, suavemente alomada, que, entre retamas y chaparros como anárquicas macetas de adorno, verdegueaba a guisa de un idílico rincón del paraíso. Lugares estos muy querenciosos, por otra parte, para las bravías perdices de la sierra, ya que, por lo general, son muchos más amantes de los parajes no demasiado encabritados y, más o menos, despejados, que de los que son una enmarañada jungla de promiscuo y espeso matorral, por la obvia razón de que, además de que en ellos suele haber menos depredadores, siempre tendrán mayores posibilidades de poder ver algún posible peligro y asimismo, "coger el olivo", para escapar de él. Así se lo dije a mi anfitrión, con la idea de infundirle más esperanzas y gozo. Le deseé, por fin, suerte, y allá endilgué en busca de otro paraje en el que ubicar mi tollo. Procuré quedarme, con toda intención, lo suficientemente cerca como para poder oír los posibles disparos que pudiera tirar, sin que me dieran lugar a equívocos, y así poder gozar a su par, imaginándome e intuyendo cada una de las faenas del Chepa, en cada uno de los diferentes lances.
En el siempre solemne silencio de la sierra, los disparos, como a intervalos cronometrados, llegaron a mis oídos con tal nitidez que, a pesar de mi prudencial distancia, no parecía sino que eran disparados a sólo a escasos metros de mis pies.
Seis llegué a contar, y yo, entre tanto, que no cabía en el pellejo, allá acuclillado en mi tollo, imaginándome, más que lo que aquel amigo cazador pudiera estar gozando, que El
Chepa, lejos de dejarme por embustero, le estaba demostrando, "in situ", todo cuanto yo le había predicado de él y, hasta, tal vez, en más alto grado.
¿Mi puesto...? ¡ Coser y cantar! Le debí pisar el terreno de lleno a una collera y, como además, el cazadero estaba virgen, allá se me presentó el matrimonio a la carrera, a los primeros reclamos del “Dulcinea del Pedroso”. Ya digo, aquello fue un "decir amén", por lo que “El Dulcineo” no tuvo que sudar en su trabajo ni tanto así, sin embargo, una vez abatida la fácil collera e intentó buscar un nuevo lance, el campo empezó "a pintar en bastos", por lo que el del pulpitillo, siguiendo su habitual actitud, echó marcha atrás y que allí cantara mi abuela, creí entender que me decía. En esta ocasión, no obstante, no me pesó, pues me facilitó aún más que, relegara, definitivamente, a un muy segundo lugar nuestro puesto, y así pudiera concentrarme más y mejor, soñando en el del Chepa.
-¿Qué...?.- Me apresuré a preguntarle a mi anfitrión, tan pronto le vi asomar en busca del coche, junto al que yo ya le esperaba, viendo que su actitud, lejos de la que yo me esperada, era, sorprendentemente, la de un hombre alicaído y apagado. Como habrás podido comprobar.- Insistí anhelante.- el pájaro no es un cualquiera, a pesar de lo que, a primera vista, pudiera parecer, con esa su deprimente estampa de descalabrado enano “azurrunado”.
-Calla, hombre, calla.- Reaccionó, llegando a mí, aunque aún cabizbajo y como avergonzado.- El pájaro, sí, toda una figura de lujo, pero el que ha sido un auténtico maleta he sido yo. Siento una tremenda vergüenza el tener que confesártelo, que es, inconcebible, el que un tío, que maneja la escopeta y, aún más, el rifle, como tú sabes que yo los manejo, y que está harto de abatir bichos imposibles, haya tirado siete perdices, "al parandón", y se me hayan ido prácticamente todas...
Eso… eso es algo que no tiene nombre! Cobrar, cobrar…sólo he cobrado una que, por cierto, dejé fulminada. Las seis restantes que he tirado se me han ido a criar, aunque bien es cierto que dos de ellas escaparon a trancas y barrancas, después de que las tumbara el tiro y se dejaran un plumerío de mil demonios en el suelo.
-¿Qué me dices...?.- Exclamé como creyendo que me estaba bromeando.
-Lo que te digo.- Ratificó, sin levantar los ojos del suelo y como compungido.- ¡Te juro. Alzó la voz!, de pronto, y, como terriblemente enrabietado.- que no volveré a colgar un pájaro en mi puta vida, pues tengo tal “cabreo” que estoy hasta por cagarme en la madre que me parió!
Quise animarle, disimulando lo que pude y procurando quitarle, por supuesto que un tanto farisaicamente, hierro a la cosa, pero era tal su decepción y aún más el enfado que tenía encima, que aquello era, poco menos, que lo de la cuadratura del círculo.
Y aquello acabó como según dicen que acabó el rosario de la aurora, pues, estando en pleno día, cogimos el Land Rover, y, marchando, que es gerundio, hacia Sevilla, y con el rabo entre las patas.
No hubo manera de poder convencer a tan abatido cazador, para que nos quedáramos para el puesto de la tarde. Le tiré por todos los sitios posibles, pero que si quieres arroz, Catalina. Por cierto que, cuando le dije, ya como última opción, que allí había parajes como para repetir un nuevo puesto de otras seis o más perdices y, por supuesto, con El
Chepa, al que no le importa repetir, el buen hombre casi se me enfadó, diciéndome que qué es lo que pretendía con ello, humillarle aún más de lo que estaba...? Que nos podríamos ver tan amigablemente, como hasta entonces, y siempre que a mí me diera la gana, pero que, por favor, no le volviera jamás ni a mencionarle siquiera la cacería del “pájaro.“

©José Fernando Titos Alfaro

Nº Expediente: SE-1091 -12 

miércoles, 24 de enero de 2018

Un hidalgo en Guadalcanal 3/4

Sancho aplicando uno de sus refranes
Visita de D. Alonso de Quijano a nuestra villa
Tercera parte

Tercera parte de esta historia ficción está estructurada en la visita ficticia de D. Quijte de la Mancha y su fiel escudero Sancho Panza a Guadalcanal, a través de estos dos personajes y mezclando el Guadalcanal actual con la villa Santiaguista del siglo XV a  finales del XVI, hacemos un recorrido por las principales calles y visitamos los monumentos de la villa, acompañados por nuestro paisano el noble D. Esteban de Millán y Aguilar que tal vez fue noble en aquella época y perteneció al Concejo de la Villa.
A mi amigo Ignacio Gómez Galván, que mantiene viva con su fundación la historia y literatura de nuestro pueblo, me he permitido la licencia de tomar algunas notas de su libro “Cervantes en Guadalcanal”.

Una vez en llegados a la Plaza, el primer edificio que encontraron fue el Ayuntamiento de la villa (7), construido  en 1910, es decir hace más de un siglo. A la derecha del edificio consistorial encuentran la  Capilla de San Vicente, del siglo XVIII (8), siguió el mismo camino  en el proceso de desamortización y es ahora sede de una peña futbolística y un bar, ha sufrido obras sin control y actualmente solo queda la estructura para recordar mejores tiempos urbanísticos.
Y por fin, los excursionistas llegaron a la Iglesia de Santa María de la Asunción, (9) y la torre (10) (inacabada y durante muchos años protegida por unas extrañas lona disfrazar su mal estado), quedando los visitantes maravillados por el conjunto arquitectónico y visitando detenidamente su interior, sus capillas y sacristía.
-Creo que es hora de yantar y descansar nuestras posaderas, D. Esteban, no está acostumbrado mí amo a cabalgar y descabalgar sin encontrar enemigo que vencer o doncella que rescatar y a mi humilde persona le protestan las tripas ruidosamente.
 -Comentó Sancho con voz ronca y seca-.
-Naturalmente, amigo Sancho, el reloj de la torre acaba de darnos la bienvenida con sus campanas y nos marca la 1 de la tarde, una hora después del ángelus y hora de comer un tente en pié, en este mesón de enfrente que en tiempo fue casa de nobles.
-Pues ya tardamos, que oveja que bala, bocado que pierde -contestó Sancho-
-He de  decirle D. Esteban que hasta lo visto tienen una maravillosa villa, limpia blanca de paredes y de personas nobles, no es menos cierto que no he hallado enemigo que batir ni moza que reprende.
Comentó D. Alonso de Quijano con una voz queda desgastada por batallas inacabadas y platos vacíos en su cabalgar por la piel de toro.
El muerto que vos matáis, goza de buena salud.
Apuntó Sancho con una gran sonrisa y sujetando la panza que ruidosamente protestaba por la ausencia de alimento.
Apenas una hora después, se reunieron los tres compañeros de viaje en la fuente de la plaza que igualmente conoció tiempos mejores cuando generosamente saciaba la sed de la población con sus tres caños y ahora desviada de su curso para el aprovechamiento de la mismo.
-¿No ha de hallarse cada cosa en su sitio en esta villa?, iglesias sin culto, fuentes sin agua, hidalgos sin caballo, torres  inacabadas…,
-Curioso, curioso, reflexionaba Sancho cuando trataba de subir a su amo sobre el escuálido corcel.-
Inmediatamente tuvo que cambiar el criado de pensamiento al ver a D. Esteban de Millán montado sobre hermoso caballo árabe y entonces comentó para sí mismo:
-Caballo brioso, alforja en ristra, camino largo y poco descanso preveo para ésta tarde de primavera.
Abandonaron la plaza y por la calle López de Ayala  ascendieron pueblo arriba, no sin hacer una breve parada para ver la casa rectoral (11) y el antiguo Hospital de los Milagros (12), que después varios usos, es utilizado en la actualidad como sede de Caritas, éste antiguo hospital data de finales del siglo XV.

(7) Tal y como conocemos el Ayuntamiento parece que no es el edificio inicial proyectado, ya que estaba previsto inicialmente un edificio anexo al principal para escolares y servicios municipales, gracias a la desestimación  de este proyecto se pudo construir el actual paseo del Palacio sobre la antigua escombra.
 (8) Capilla de San Vicente, es un edificio del siglo XVIII, con una planta de Cruz Latina, una sola cubierta de bóveda de cañón y lunetos y media naranja en el crucero,  su alero mudéjar aun conserva la madera original, de estilo difundido por Extremadura, fundada por la orden Dominicana, relaciona su historia con esta orden y la Hermandad del Rosario de la Aurora que fue autorizada en 1851 para su ubicación y finalmente cae en decadencia y se disuelve en 1.914, cerrada al culto definitivamente en  1917 y destrozado todo su patrimonio mueble en 1936 a consecuencia de la guerra civil.
Es tal vez el edificio que más intentos de cesiones y compra venta sufrió en los siglos  siglo XIX y  XX,  la primera referencia encontrada data de 1854, el alcalde de la villa Miguel Ramos Lobo propone ante el gobernador eclesiástico de Llerena la cesión de las capillas de San Vicente y los Milagros, “que son innecesarias para el culto y no son en razón de su proximidad a las parroquias de Santa María y San Sebastián, sino por los muchos templos que hay en la población”, para construir la nueva casa consistorial, finalmente este primer intento fracasó y las dependencias municipales se construyeron en las ruinas del antiguo palacio de los comendadores Santiaguistas .
Ya en el año 1923 el párroco de la localidad Pedro Carballo Corrales, con el beneplácito del Arzobispado de Sevilla Eustaquio Ilundáin y Esteban inicio un proceso de venta y que gracias a la intervención de Antonio Muñoz Torrado con el inicio de un informe histórico sobre el citado edificio, y con la colaboración de la Hermandad del Rosario de la Aurora.
(9) La Iglesia de Santa María de la Asunción, presidida por una bellísima portada, de espléndida composición, en la iglesia en la que persisten numerosos elementos del goticismo decadente, da acceso al templo mayor de Guadalcanal, asegurado el dominio cristiano de la villa e iniciado el desbordamiento de su población, las murallas que la circundaban perdieron su originaria finalidad. Esta circunstancia, sin duda, hizo que se levantara el muro norte de esta iglesia sobre parte del sistema fortificado, como se colige por la misma extraña orientación de dicha fachada y por el arco de herradura que describe la puerta de la sacristía, de feliz aprovechamiento, esto ocurría en las postrimerías del siglo XIII.
Por su arquitectura, Santa María obedece en gran parte a la corriente mudejárica propia del tiempo de su construcción y al gusto que se prodigó en esta zona de la Sierra Norte sevillana, en la que el gótico de los vencedores y el almohade de los vencidos trataron de imponer sus fórmulas arquitectónicas, construida con arcos transversales, siendo apuntados los del centro, éstos descansan sobre pilares cruciformes, que, salvo el alicatado de la parte inferior, no ha sufrido modificación alguna, pues hasta el sencillo capitel de caveto que poseen abonarían por su antigüedad. Pero aquí en donde a los cristianos interesó sobre manera plasmar su estilo, esto es, en el presbiterio, los alarifes locales lograron imponer su arte, ejecutando la bóveda ochavada, con espléndida crucería en abanico, tramo previo sexpartito, nervio de espinazo decorado con dientes de sierra e impostas de cabezas de clavos. Pertenecen, también, a este período constructivo los capiteles de los baquetones en forma de tronco de pirámide invertida con figuras de gran tosquedad, un decorado de estrellas próximo a la escalera del coro y algunos ventanales, destacando el que se encuentra oculto por el retablo mayor y el que vemos al lado de la Epístola, formado por un óculo central y dos arcadas unidas por un parteluz.
(10) Preside el conjunto edificado la inacabada torre de Santa María, atalaya en la que el vencejo lo mismo vela el cadáver del verano a la hora de la siesta, que, a la del ángelus, ronda por las arista dejando por el aire su alada algarabía. La torre data del siglo XVI, construida  y no terminada con las aportaciones durante los años 1556/58  a petición del Concejo de la villa por el administrador de las minas de plata de Guadalcanal Sr Ortiz de Zárate sobre los restos de la muralla que tuvo carácter militar y pertenece al estilo románico, si bien con alguna influencia gótica en los adornos de los arcos conopiales del último cuerpo de campanas. Está construida sobre un dado de aparejo irregular a base de ladrillos, conservó las almenas hasta el siglo XVIII.
(11) Este edificio que se encuentra frente al antiguo hospital de los Milagros, muy vinculado a la historia de Guadalcanal, fue vendido en parte a un vecino que posteriormente lo habilitó para vivienda, esta edificación fue la antigua casa solariega de la familia Ortega, de la que procede Pedro Ortega Valencia, ilustre personaje del pueblo y descubridor en el Pacifico de la isla que bautizó con el nombre de la villa, posteriormente por donación de la marquesa de San Antonio pasó a la administración y propiedad de la parroquia de Nuestra Sra. de Santa María de la Asunción, con la clausula de “Se donaba para su perpetua memoria de la benefactora”, así fue durante varios siglo, utilizándose como casa rectoral  hasta el citado año fue expoliada y vendida parcialmente.
La parte vendida era la más interesante y de mayor valor,  por su artesanado y arquitectura, en su en su interior hay un patio de dos pisos con arquería y un vestíbulo  revestido de  azulejos sevillanos tipo cuenca, de bellísimos bordados y vidriados, procedentes de la iglesia de Santa Ana, catalogados en la primera mitad del siglo XVI y difícil de valorar  económicamente en la actualidad, por ser incontrables en esta época.
 (12) En la calle López de Ayala se encuentra el Hospital de los Milagros, también conocido como hospitalito.
Edificio con portada de principios del siglo XVI compuesta por vano de arco carpanel con arquivoltas decoradas y una hornacina sobre el alfiz que la enmarca.
Se conjetura que su fundación pudo ser a finales del siglo XV. A finales del XVIII aún estaba en funcionamiento.
En él estuvo instituida la llamada Escuela de Cristo y también radicó la Hermandad de la Veracruz.
Su fachada ha sido remodelada en el año 2008 por un Taller de Empleo dejando al descubierto su piedra original.
4ª parte el 7 de Febrero 2018
  
Rafael Candelario Repisa
Guadalcanal, Noviembre, 2017