By Joan Spínola -FOTORETOC-

By Joan Spínola -FOTORETOC-

Villa de Guadalcanal.- Dió el Sr. Rey D. Fernando a Guadalcanal a la Orden de Santiago , e las demás tierras de la conquista, e de entonces tomó por arma una teja o canal, e dos espadas a los lados como así hoy las usa.



miércoles, 11 de octubre de 2017

El mundillo de la jaula 8

El Chepa
Un Reclamo de Perdiz de Capricho y Caprichoso 8

Novena parte.-

En efecto, en el puesto del debut, no nos comimos una rosca, pero eso a mí, habiéndolo vivido totalmente embobado en el arte, la generosidad y galantería del que se destapara como todo un consumado campeón, me importó un rábano.
No sé si el debutante hubiera dicho lo mismo. Para mí lo realmente trascendente fue que aquel "novillero", del que yo era apoderado, saliera a hombros por "La Puerta del Príncipe", después de que viviéramos una tan magistral faena en tan vibrante y emotiva tensión, por lo incierto del lance, que miren ustedes por donde, es, precisamente "la quintaesencia", como ya he dejado dicho por ahí, de esta tan cautivadora como bella modalidad cinegética.
Ni a los tobillos le llegó el puesto que, aquel mismo día por la tarde, le diera al Tarta, aún habiéndose trabajado tan admirablemente las dos hembras y el macho, que le tiré. Tres perdices en un solo puesto es casi como para echar las campanas a vuelo tocando a gloria, y no fueron cuatro porque ni el tiro merecía una "vicaria" que, muy a última hora, allí se presentó como de "curioseo o excusandeo", y por lo mismo, más inexpresiva e insensible que si hubiera sido de escayola, por lo que El Tarta se debió sentir tan humillado y despreciado, que no le hizo “ni puto caso”. La ignoró absolutamente, y, claro, abatir una perdiz en un lance, rodeado de tan deprimentes y despreciables circunstancias, no es sino un vulgar y vil asesinato, y que, como tal, sólo puede ser cometido por el que es un desdeñable "pichinero", que no por un servidor de Dios y de ustedes, ya que siempre me jacté de ser, cuanto menos, un honrado pajarero.
A partir de aquel fin de semana, aún me quedaban tres fines de semana más, para los que pensé atrochar por mitad del barbecho (en cuanto al educando me refiero) y, cuanto
menos, sacarlo el Sábado o el Domingo, si es que no los dos días seguidos, dejándome de tantas recomendaciones y demás "chuminás de la Tía Carlota", ya que, cada vez, estaba más y más convencido de que lo del pájaro es algo tan sumamente aleatorio y enigmático, que hay que decir, humildemente, lo que ya dijera aquel eximio sabio: "sólo sé que no sé nada", o aquello otro de que “lo que sabemos es una gota de agua, siendo un océano lo que nos queda por saber”. Y así sólo tres puestos más le pude dar, en lo que quedaba de celo, al pigmeo y descalabrado saltarín, si bien, a la hora de la verdad, demostró ser ese codiciado y señorial reclamo por el que todo buen aficionado hubiera suspirado.
"Sólo en uno de ellos, no le pude tirar, cuya causa, por supuesto, no fue su falta de generosidad y buen hacer, ya que en el tal puesto”, como en los demás, "se trabajó el artículo" como sólo saben hacer los buenos. Y es que, claro, la tarde fue infernal y de lo más desapacible con aquel encañonado y raseado airazo, que sacudía las copas de los olivos como a marionetas desarticuladas.
No olvidemos, por otra parte, que uno de los mayores enemigos de la caza con el reclamo de perdiz es, precisamente, la ventolera, ya que las perdices del campo se suele amojonar al socaire de cualquier “recacha”, mata o peñasco, y además de que no hay manera de que hacerles abrir el pico, a ver quién es el guapo que las saca de su resguardo, para dar un paso adelante. A pesar de todo, el animoso Chepa no se vino abajo ni por un solo instante, sino que allí permaneció al pie del cañón, predispuesto, como los valientes, a lo que fuere, y demostrando lo bien puestos que los tenía.
Desde el mismo instante en que despojé la jaula de la sayuela, “salió de cañón” como el más bizarro de los líderes, aunque siempre haciendo alguna que otra oportuna callada, que aprovechaba para poner el oído, con ostensible gracia y astucia, esperanzado en oír la más pequeña y lejana contestación. En este puesto no tuvimos la suerte de oír ni una “pitá”, sin embargo, él no dejaba de insistir. Llegó hasta a "pichearse", como hacen los avezados campeones para levantar al “campo”, y la verdad es - y así lo confieso – que tan embobado quedé, que me dejó como con "la baba caída”.
Sin embargo, allí no había quien diera señales de vida.
Aquello era "el huerto de los callaos", que es como los castizos llaman a los cementerios. Aguanté, no obstante, como amojonado también allí en “el tollo”, por el sólo placer de oír a aquella delicia de joven reclamo, cuya actitud, por sí sola, bien podía ser capaz de ilusionar a un muerto.
En uno de los otros dos “puestos” puestos, sólo pude tirarle un macho que, por cierto, era todo un "cácarro" de los del colmillo retorcido, y que se pueden considerar como viejos con sus días prácticamente cumplidos y “todos sus agostos hechos”, sin embargo, ¡olé ahí los pollos "bragaos" y con señorío, para conseguir meterlo en la plaza!, ya que el viejo guerrero campesino, además de saber más que “Briján”, ante las insistentes llamadas de su hembra que, a lo lejos, no dejaba de reclamarle su presencia, si daba un paso hacia adelante ante el retador, daba dos hacia atrás a las llamadas de “la parienta”, hasta que, entre un sí y un no, se encaramó en lo alto de un peñasco, con la idea de hacerse visible a la una y al otro desde tal atalaya, pues, al parecer, no terminaba por decidirse en aquella lucha en que se debía estar debatiendo interiormente, dando la impresión que debía parecerle una cobardía imperdonable acudir a las llamadas de “la esposa”, sin antes "cantarle las cuarenta" a aquel intruso que, tan osada y temerariamente, había invadido su territorio, intentando, incluso, meterle las cabras en el corral.
Más de una hora se tiraron ambos contendientes en sus beligerantes y ardorosos retos, hasta que el "cácarro" de marras que, seguramente debería estar ya hasta “los mismísimos” de la pertinaz provocación del intruso jovenzuelo, aprovechó unos instantes en que la "parienta" dejó de llamarlo, para descolgarse de aquel risco y acudir, como un chispeante rayo, a aquel tan tozudo y comprometedor joven galán.
El recibimiento que le hizo El Chepa, de verdad, insuperable. Aún superior que el que le hiciera a la viuda de "Las Cochineras", a pesar de que la “pícara molinera” no tragara. Pero es que, una vez abatido el campesino, "cargó el tiro" con tal señorío que, como dicen los sevillanos, aquello fue "pa morí, compare, porque es que no se podía aguantá".
¡Qué maravilla de pájaro, Santo Dios!
El último puesto que le di en aquel su primer celo, ya fue "la repanocha", pues siendo el último día de la temporada, el campo estaba más que "jauleao y espigao", sin embargo, El Chepa, como si se hubiera convertido, por arte de magia, en algo así como en "un reclamo escoba", fue como barriendo los desperdicios que otros fueron dejando atrás. Y es que tres viudas "resabiás" en un solo puesto, son muchas viudas, y aún más a esas alturas del celo, para poder meterlas en la plaza.
Toda una valiosa joya de reclamo este Chepa, que había que guardar como oro en paño, para venideras temporadas, aunque - la verdad sea dicha también – una vez concluida la
temporada, el díscolo discípulo terminara con la cabeza – con perdón - de un Santo Cristo, coronado de espina, y que, junto a su joroba y a aquel su tipejo de cheposo enanoide, cierto es que, al que no lo conociera, seguro que le debía producir tanto asco como pena.
¿Quién lo diría, Señor mío!? ¡Hay que ver cómo, a veces, ser pueden dar equivocaciones, si es que no injusticias tan enormes en este “joío” mundo por la naturaleza!

Algo así como esos hombres o mujeres que, en tanto los unos presenta una estampa de armónica, viril y perfecta escultura, las otras son sexy diosas de belleza indescriptible, sin embargo, como personas, tanto los unos como las otras, son cadáveres que apestan y, consecuentemente, asquean hasta a los pedernales, estando en el extremo opuesto y muy por el contrario, esos también seres humanos, de uno u otro sexo, que presentando una figura que deja mucho que desear, por deformada, contrahecha o, sencilla y simplemente, por quedar un tanto al margen de los cánones que llaman de la belleza, sin embargo son cristalinos manantiales de dignidad humana por su comportamiento, por su inteligencia, por sus sentimientos, por su espirito de sacrifico, por su generosidad, por su tolerancia y, en fin, por todo ese admirable rosario de valores humanos y éticos que tanto subliman al ser humano.

©José Fernando Titos Alfaro
Nº Expediente: SE-1091 -12 

miércoles, 4 de octubre de 2017

Estadio Municipal El Coso

 .
El único acceso al campo, será por la puerta de entrada, ya que lo demás estará vigilado por la autoridad

El actual campo de fútbol del Guadalcanal conocido como “Estadio Municipal El Coso” fue inaugurado el 22 de Junio de 1969, desde que existe el equipo de fútbol del Guadalcanal con sus diferentes nombres hasta llegar al actual “Guadalcanal C.D.”, se han jugados los partidos en diferentes campos, siempre ubicados en torno a la zona del Coso. 
Para el partido inaugural se invitó al potente equipo del Sevilla Atlético (filial del Sevilla F.C), este partido que registró quizás la mayor entrada conocida hasta la fecha de aficionados locales y de los pueblos de la comarca, este partido el Gudalcanal C.D. con uniforme totalmente blanco, fue ganado uno a cero por el equipo visitante, pero los que peinamos canas y recordamos aquel partido, aquel magnifico equipo del Gadalcanal compuesto por míticos jugadores como Iribar (gran portero de Llerena), Vargas (Alanís), Pepillo, Morente, Joaquín, Rafalín, Juan Chulo (como potero suplente), Agredano, Capellán, Alonso, Llamazares y Paco, entrenados por Sandalio Corvillo, ex portero del equipo. 

El trio Albitral estaba compuesto por Pelito, Sr. Amigo (padre de nuestro admirado Vicente Amigo) y Armando. 
Como curiosidad las entradas tenían un precio de: 
Caballeros con asiento.- 15 pesetas 
Caballeros sin asientos.- 10      ,, 
Señoras y niños con asiento.- 10  ,, 
Caballeros y niños sin asiento.- 5 ,, 

Se repartieron gran cantidad de carteles en los bares y establecimientos de Guadalcanal y comarca, aun conservo uno en el que se puede leer “ Notas.- El único acceso al campo, será por la puerta de entrada, ya que lo demás estará vigilado por la autoridad”. 
Se empezaron a instalar vallas publicitarias para la colaboración de diferente establecimientos, colaboraron bares y tiendas con aportaciones económicas. 
La inauguración de aquel 22 de Junio a las 18,30 de la tarde contó con toda la directiva, el alcalde de la localidad D. Enrique Gómez-Álvarez Soriano, que tanto trabajó por las instalaciones deportivas de la localidad, vendiciendo las instalaciones el cura-párroco de la Iglesia de Santa María D. Manuel Barrera Cobano, tocó la banda de música de Guadalcanal por gentileza de Comercial Electrovira y Droguería Susi. 
El precioso estadio que pasó a ser uno de los más completos de la zona cuenta con gradas, vestuarios, servicios, bar y un maravilloso césped . 
En aquél mismo años se formó una nueva directiva Compuesta por: 
Presidente.- D. Rafael Rodríguez. 
Vice-presidente.- D. José Luís Barragan. 
Secretario.- D. Plácido Cote. 
Vice-secretario D. Joaquin Yanes Chaves 
Vocales.- D.Antonio Rodriguez (Repisa), D. José Romero Cote, D. Ernesto Pérez, D. José Merchán y D. José Cabezas. 
La mayoría de ellos formaron parte de diferentes directivas, colaborando en muchas tareas y siendo grandes impusadores del fútbol de nuestro pueblo, incluso algunos de ellos formaron parte del equipo en diferentes épocas como jugadores.
Es justo recordar el anterior estadio del Coso, ubicado donde ahora se encuentra la piscina y el polideportivo, allí se vivieron tardes de glorias que nos dieron tantos buenos y recordados jugadores de Guadalcanal, Capellán. Pepe, José María, Morente, Rafalin, Agredano, Llamazares, Paquito, Martínez I, Martinez II, Alfonso, Parra, Cartucho, Sardy, Padín, Fernando, Fortu, Sandalio, Pelito, Iribar (gran portero de Llerena), Pepillo, Juan… y tantos otros. 
Aquel año 68 el Guadalcanal Jugó en el verano un total de 22 partidos, cuatro de ellos fuera de su campo, con mágnificos resultados, entre ellos 12-1 al Pedroso, 4-0 al Llerenense que militó en 3ª división, 42 al San Fernando de Minas, 5-2 al Guadalquivir de Sevilla, 3-0 al Liceo Club de Alanís, empató a dos con el Cantillana que venía reforzado con jugadores de Sevilla que militaban en tercera divisió, 4-1 al equipo de la Base de Constantina o 9-2 a Berlanga que venia reforzado que jugadores del Llenerense y Azuaga. 
Igualmente se celebró el 7 de Julio el 9º partido de la temporada, que se anunciaba como “Gran revancha entre los potentes equipos de Selección “Los Rosales” (con jugadores de tercera división) y Guadalcanal C.F. (equipo mas destacado de la comarca), arbitrado por el Sr. Amigo, en esta ocasión ganó el equipo visitante por dos a cero, mismo resultado que se dio en el campo de Los Rosales, aun conservo el cartel de aquel partido, en el que se puede ver los precios de aquel año, entrada con asiento 12 pesetas, sin asiento 7 pesetas. 
Aquel año se jugó un partido frente a las Viejas Glorias, como homenaje a Pelito, los dos equipos formados en el centro del campo le hicieron un pasillo al hombre que fue todo en el equipo y recibió una gran ovación de los números aficionados que su unieron al homenaje, recuerdo que ya en el campo nuevo fui un domingo al fútbol y estaba Pelito de portero en la puerta, le pregunté que si también era su empleo en el club y me dijo: amigo Repisa, yo por este club he sido hasta “aguaor pa los jugadores”. 
El campo cumplió su último evento con el segundo trofeo cuadrangular de feria, proclamándose vencedor el Guadalcanal, tras vencer al Azuaga por tres cero, con goles de Moyano (2) y Capellán, este fue el último partido del campo del Coso y Moyano el autor del último gol. 
Recuerdo aquel campo que desde chico visité con mi tío Repisa con gran cariño, un campo desigual con inclinación hacia la fuente, lleno de piedras que los niños quitábamos antes de comenzar los partidos, era igual dice mi amigo el Chulo, los chinotes seguían saliendo, recuerdo aquel campo perimetrado con sogas, con el público casi tocando a los jugadores, a los de la directiva pasando con una manta por “el tendido de los sastres” y dando la voluntad, que por aquella época y por circunstancias, era escasa.


Rafael Candelario Repisa

miércoles, 27 de septiembre de 2017

El mundillo de la jaula 7

El Chepa
Un Reclamo de Perdiz de Capricho y Caprichoso 7

Septima parte.-

Desde que aquella tarde, aquella pícara y desvergonzada "perdigalla" quedara viuda y a sus anchas en la colina de "Las Cochineras", - que así se llamaba aquel paraje – aún faltaban cinco días para el Sábado, que no antes podía acudir allá, para el esperanzador debut del extremeño.
Se me hicieron una eternidad, si bien procuraba venirme a conformidad, pensando que eran, justamente, los días que los más doctos y avezados pajareros creen necesarios, para que estas viudas se encuentren en su justa sazón, por no decir que como “jigos jinchones” y con la miel en el culo, que era cómo el muy deslenguado de Pepiyo "El Calandria" solía expresar esta concreta madurez de las tales perdices.
Claro que, por otra parte, también sospechaba que aquella perdiz, por parecerme demasiado calentona y desahogada, nada de extraño podía tener que, durante esos días de mi espera, se ofreciera a cualquier “enjaulado” que por allí apareciera o a cualquier “campesino” que se le cruzara en el camino, incluso, aún yendo éste acompañado de su adorada esposa, pues no sería el primer perdigón bígamo que apechara con dos hembras.
Su osada actitud ante El Tarta y ante las mismas narices de su marido, me inducían, irremisiblemente, a tales sospechas.
Cierto que a la súbita explosión de mi escopeta y viendo a su esposo tan trágicamente con "las ruedas p´arriba" tan cerca de ella, se voló aterrorizada, sin embargo, no le importó volver, veloz y solícita, al rítmico y suave cuchicheo del “entronizado en el pulpitillo”, el tartamudo trovador, mientras estaba "cargando el tiro" o "haciéndole el entierro" al que terminaba de entregar su alma al Señor, aunque debemos confesar que, en esta ocasión y para que el demonio no se ría de la mentira, la que terminaba de quedar viuda, no acudió al “don juan” tan coquetona y provocativa, como se comportara hacía sólo unos minutos, sino que mirando para un lado y para otro, taimada y recelosa, y sacando un pedazo de cuello que ni el de una jirafa.
Cuando, al parecer, se pudo desengañar de que su marido estaba allí más muerto que "Tutankamón”, se "picheó" despavorida.
Ya no volvería a entrar en la plaza, pero tampoco dejó de dar la lata, por aquellas cercanías del pulpitillo, con su "cháchara", repitiéndose más que una cigarra. Tal vez, arrepentida y contrita, se dedicara a llamar a su esposo, allí muerto y más tieso que las alpargatas de un "regaor", después de haber intentado ponerle los cuernos de aquella manera tan descarada.
Aún sabiendo que allí ya estaba todo el pescado vendido, no obstante, seguí emboscado en el tollo durante un "ratejo" más, sin perder del todo las esperanzas en un nuevo lance, que de ninguna manera esperanzado a que volviera a entrar en la “plaza” la insolente putilla.
Algo, por otra parte, que tampoco deseaba, ya que mi primordial objetivo era, precisamente, dejarla con vida, para el debut del Chepa. De todas maneras la cosa estaba más clara que el agua, porque, después de que se "picheara" al disparo y por más que siguiera merodeando por allí, cantando más que una chicharra, bien sabía yo que, de momento, al menos, no volvería “a entrar al de la jaula”, así se lo mandara el Santo Padre de Roma.

Octava parte.-
Por lo pronto, tuvimos suerte en cuanto al tiempo, para el anhelado debut del pollo de Villar del Rey. El día no podía ser más bonancible. El azul del cielo, de limpio, parecía transparentarse, estando, a su vez, profusamente iluminado por un sol radiante a más no poder.
No importaba pues que la colina de "Las Cochineras" se encontrara a su buen tirón del pueblo, ni aún menos que fuera un paraje recóndito y apenas comunicado por un descarnado camino de bestias, ya que para eso, si caballo o burro no, allí tenía yo mi vieja Vespa que, por su mucha costumbre de rodar por veredas de tal catadura, “carrileaba” que era un encanto.
Tenía esta colina una amplia y afable ladera, sólo acosada, por rodales de salvaje y prieto matorral. Clareaba, por lo tanto, en alguna que otra “calvera” de riscales, mateadas por algún que otro desperdigado y humilde chaparro o retama de estrafalarios varetones, aunque lo más común era que lo fueran como por el moteado de endebles y salteados tomillos en deprimente indigencia. La cima estaba ocupada por los despojos de lo que, en un tiempo no muy lejano, fueran unas burdas cochineras de piedra, y de las que apenas quedaban los muros, aunque, en algunos tramos, totalmente derruidos, y en otros, “desportillados” y como a punto de sucumbir al menor soplo, en tanto que su entorno se encontraba sembrado de piedras dislocadas y en total libertinaje, delatando con descaro sus ruinas.
En el ángulo de una de las esquinas de estas ruinosas cochineras, cuyos muros aún se mantenían a cierta altura, tenía yo levantado - ya de antiguo - un amplio y cómodo “tollo”, que era el mismo en el que dejamos viuda a aquella osada y provocativa hembra, así que, para el debut del Chepa, sólo tuvimos que cambiar la ubicación del pulpitillo y, lógicamente, la tronera. Todo lo demás, tal cual.
Aunque, al parecer, todas las circunstancias nos eran favorables, sin embargo, una vez todo preparado, para que comenzara la función, tuve mis grandes dudas, y es que, al quitarle la sayuela al debutante, pude ver, totalmente descorazonado, que tenía la cabeza con las plumas dislocadas y hasta algo sanguinolentas, pues el muy díscolo y caprichoso
chepudo neófito, cuando en casa le puse la sayuela y la esterilla, para su transporte, se mostró como un poseso, pegando más saltos que un cigarrón enloquecido.
-De todas maneras.- Intenté conformarme.- pues si el muy bribón del extremeño me “las daba con queso”, allí estaba al desquite El Tarta, al que como precaución llevaba para sustituirle.
No llegamos a vernos, ni mucho menos, en tal emergencia, pues si bien, al quitarle la sayuela, permaneció, durante unos minutos, como momificado y sin reaccionar, por fin, comenzó a mirar como queriendo orientarse, hacia los distintos puntos cardinales, hasta que, levemente embolado, se dio una sacudida a guisa del que, de pronto, se estremece ante un repentino susto, y, sin encomendarse a Dios ni al Diablo, salió decidido “de cañón”, sonándome a divinidad aquellos animosos reclamos en el misterioso mutismo y soledad de aquellas solitarios parajes de las sierras de Guadalcanal.
Al instante se le, "puso al aparato" la tan esperada viuda.
Por lo ardiente y enamoradiza que demostró ser en “el puesto” en el que “las palmó” el esposo, esperaba que se nos presentara en “la plaza” a todo correr o a vuelo en menos de
un decir “amén”, sin embargo y sorprendentemente, los “chacharás” de contestación, rápidamente me pusieron de manifiesto que, muy por el contrario, comenzó a acercarse con exasperante parsimonia, demostrando en ello un atroz recelo y aún mayor prudencia.
El Chepa, entre tanto, parecía no caber en la jaula de gozo y felicidad, a la vez que no dejaba de entremezclar, con impresionante elegancia y maestría, reclamos, cuchicheos y
piñoneos. Hubo, incluso, un momento en que viendo que la dama no avanzaba al ritmo que le iban marcando sus requiebros, entreteniéndose en continuas paradas, para lanzar sus "chacharás" y más "chacharás", procuraba interrumpírselos, riñéndole con magistrales "guteos", con el objetivo de que se olvidara de sus cantos y siguiera avanzando. Y entonces, el que no cabía en el tollo era su amo.
¡Qué sabiduría, qué maestría y qué talento tan impresionantes los del examinando! Hasta lo indecible e insospechado llegaron a parecerme, llegando hasta agigantárseme, pensando que el que estaba demostrando tal sabiduría y talento era sólo y tan solo se un inexperto neófito.
Sin parpadear y absolutamente atento a través de la tronera y - ¿cómo no ? - en la más vibrante tensión, miraba y miraba entre los claros de los tomillos que rodeaban el pulpitillo, buscando la posición de la invitada, que no llegaba a ver, pero que intuía muy cercana.
En ello estaba, cuando, de pronto, veo que, dulce y enternecedor, el pequeño, pero egregio y galante trovador, después de lanzar dos o tres reclamos de embuchada, se embolaba, exultante de gozo y con el pico pegado a la esterilla, a la vez que, simulando el astuto engaño de ofrecer un exquisito bocado, con la ternura y delicadeza de una clueca, llamando a sus pollitos, comenzó a coclear a la hembra, que si yo aún no, él sí debería estar viendo por allí camuflada entre el clareo de la maleza.Los ojos se me salían de su órbita y las palpitaciones del corazón se me disparaban, mirando por acá y por allá en la más vibrante tensión, y fue entonces cuando apenas pude ver como relampaguear entre los matojos una huidiza sombra que se escurría sin saber cómo ni por donde. La cosa pues debía estar al caer de un momento a otro, viendo aquel impresionante y magistral recibimiento de aquel consumado maestro, que no neófito novato. Sin embargo, pasaban y pasaban los minutos, y la invitada no terminaba de dar la cara.
Y ahora sí, había momentos en que la podía ver a la muy desconfiada viuda con toda claridad y como jugando "a ratón que te pilla el gato", buscando el oportuno escondite tras este o aquel tomillo. Me daba la impresión que, en aquel su tan escurridizo “ratoneo”, lo único que pretendía era llevarse al inamovible galán tras ella, que de ninguna manera entrar allí de lleno en su busca, tal vez, pensando lo que allí “se podía cocer”, recordando la trágica muerte que, allí mismo y en muy similares circunstancias, le sorprendiera a su esposo, hacía sólo unos días. Y es que, al parecer, “la muy zorra”, además de serlo por calentona, parecía serlo también por astuta.
No hubo un solo instante, sin embargo, en que el examinando se pusiera nervioso ni se descompusiese. Su serenidad, por el contrario, fue en todo momento la de todo un avezado y consumado maestro. Su generosidad, toda corazón. Su porte, el de todo un caballero de pies a cabeza, y su mimosa galantería, la del más tierno galán de los que han sido, son y serán. No obstante, la dama no tragó. Por lo visto no se le había olvidado el puesto del Tarta, en el que tan trágicamente las palmó su esposo, y debía, estar, terriblemente, recelosa y "resabiá".
Me costó convencerme, pero cuando vi que, cansada de “ratonear” en torno a su pretendiente, sin conseguir llevárselo tras ella, intentándolo entonces pasando, en vuelos rasantes exactamente por encima de la jaula, fue cuando, definitivamente, entendí que allí no había nada que hacer. El pobre novato estaba siendo un juguete ante los caprichos de tan taimada y redomada "pajarilla", y más que decepción, sentí pena, por lo que, aprovechando uno de aquellos vuelos de tan astuta viuda, alcé y zarandeé los brazos con ostentación, para que me viera y, aterrorizada, se fuera de allí definitivamente “al quinto coño”, por no decir que a los mismísimos infiernos.
Aunque sin ningunas esperanzas de poderla abatir, aún permanecí en el tollo un rato más, con la idea de que todos nos tranquilizáramos y así poder dar el puesto por finalizado.
Todavía la muy bribona de la perdiz, aunque ya bastante más distanciada, aún siguió con su alocado y pertinaz "chachará", en tanto que el inocente e inexperto pigmeo seguía llamándola y llamándola con las esperanzas intactas.
Después de lo visto, ni me llegó a pasar por la cabeza que aquel "peazo" de campeón siguiera con aquella su fea costumbre de saltarse en la jaula, por lo que, una vez dado por concluido “mi puesto”, me salí del “tollo” y, todo tranquilo y confiado, me fui hacia él con la sayuela en las manos, chasqueándole los dedos mimosamente y como queriéndole expresar mi cariño y admiración, con aquella especie de "piñoneo" que producía aquel mi chasqueo de dedos, pero aquello de saltarse en la jaula, al parecer, por innato en el del Villa del Rey, debía ser imborrable, ya que, en sólo unos segundos, pasó a ser, del mejor, más generoso y más noble reclamo del mundo, al más saltarín de los cigarrones.

A modo de posdata, quisiera terminar diciendo que, menos mal, que todos los buenos pajareros coinciden en que el mejor puesto para un aprendiz es aquel en el que esté merodeando por sus alrededores una viuda. Yo, después de lo vivido en el primer “puesto” que le diera a mi Chepa, debo añadir que así debe ser en la mayoría de los casos, pero con sus excepciones, entre los que podíamos contar el que yo le terminaba de dar al liliputiense giboso en Las Cochineras.

©José Fernando Titos Alfaro
Nº Expediente: SE-1091 -12 

miércoles, 20 de septiembre de 2017

El Convento de San Francisco

Fundado por Enrique Enríquez, Comendador Mayor de León en la Orden de Santiago

Cuentan las crónicas que Enrique Enríquez, Comendador Mayor de León en la Orden de Santiago, tenia gran devoción a la Orden de San Francisco y deseaba fundar un convento para descanso de él y su mujer. Llegó a Guadalcanal en un viaje que hacía en 1489; agrandóle el sitio, y más, habiendo nacido y criándose en el pueblo su abuelo el Almirante Alonso Enríquez. Este, era hijo del Gran Mestre de la Orden de Santiago, D. Fadrique, y de una judía de Llerena llamada Paloma, que se vino a tenerlo a Guadalcanal en 1354, dónde se crió de incógnito hasta los veinte años, en que reconocido por el Rey, fue nombrado Almirante Mayor de Castilla. Fue bisabuelo de Fernando el Católico.
El fundador del convento trató el caso con el venerable Fray Juan de la puebla, cuya santa vida y virtudes tenían llena de satisfacción los Reyes Católicos, pues habiendo renunciado al condado de Belalcázar y de la Puebla de Alcocer se hizo franciscano creando la Provincia de los Ángeles, a la cual pertenecía Guadalcanal, alcanzando el beneplácito de Fray Juan. Gozoso el comendador, informó al Pontífice Inocencio VIII de la necesidad de la fundación por el interés espiritual de los fieles en la doctrina y ejemplar vida de los frailes, pidiendo a Su Santidad diese su bendición y le'fias apostólicas, concediendo el Papa la bula en 1491.
Dilatóse su ejecución por estar ocupado el comendador en la conquista de Granada y porque no se hacía mención de otra bula expedida anteriormente, en que se prohibía fundar nuevos conventos sin dispensas, por lo que recurrió el año siguiente al Pontífice español Alejandro VI, que dió bula en 1493, concediendo que para abreviar la fundación pudiese Fray Juan traer veinte frailes observantes de cualquier provincia de la Orden sin más, y con facultad para confesar y absolver de los casos reservados al Ordinario.
Se pidió licencia al Maestre de Santiago Alonso de Cárdenas, con lo cual se dió principio al convento en una ermita antigua de grande devoción, llamada Nuestra Señora de la Piedad, cerca de la villa, visitábanla devotos los vecinos de Guadalcanal con frecuencia. Era salida de buena recreación por estar en la ladera de un pequeño monte, cercada de huertas y arboledas, deleitable a la vista y al oído por la suavidad de cantos de diversas especies de sonoras aves.
Acabóse la fábrica de la Iglesia y demás viviendas, suficientes a los religiosos en la estrechez que acostumbraban. Fray Juan, que se hallaba en Belalcázar, envió a Fray Diego de Carvajal con otros religiosos para quede Santa María al convento con grande concurso de gente, y en este mismo día uno de Mayo, año de mil cuatrocientos y noventa y cinco, se tomó la posesión por el Guardián.
Quedó la Iglesia y convento según el espíritu de pobreza del siervo de Dios Fray Juan, que moriría diez días después. Los fundadores, D. Enrique y su mujer, disgustaron de lo estrecho y pobres edificios , desdijo mucho de lo magnánimo y grandeza de su ánimo; por esta razón no hicieron allí su enterramiento, como lo tenía determinado. Salió la Iglesia según la idea de la pobreza con discreción, muy fuerte de bóveda y paredes. En la entrada de la puerta estaban entre otros escudos las armas reales, a los lados del comendador mayor y su mujer dentro, en el portal de la iglesia, sobre un arco, se veía la imagen antigua de Ntra. Sra. de la Piedad. La huerta del convento era capaz, de gran recreación de árboles frutales y parras y abundantes hortalizas. Tenía una bella fuente muy copiosa de aguas claras, estaba en una grande arboleda de robles que compró el comendador. Daba madera con abundancia para edilicios y tablas para reparo del convento. Dióla con esa intención el fundador, y para que sirviese de adorno y hermosura y recreación religiosa a los frailes. En el medio de esta alameda permanecía una ermita en que hacían ejercicios como en los demás conventos de la Custodia de los Ángeles. Consta que el convento estaba a cuatrocientos pasos de la población.
Un sobrino de Fray Juan, Alonso de Sotomayor, cuarto conde de Belalcázar, después de enviudar, se hizo fraile con el nombre de Alonso de la Cruz, y profesó en San Francisco de Guadalcanal, vivió muy humilde cilicios y alambres y esparto rodeando su cuerpo, muriendo allí.
En los libros de visita de la Orden de Santiago que he consultado en el Archivo Histórico Nacional, se menciona el monasterio de San Francisco en 1498 y 1515. Consta; por diversas fuentes que tenía 24 frailes en 1595 y 50 en 1747. Tenía el evento un síndico para representarlo en el Concejo municipal y muchos bienes en capellanías y misas, siendo costumbre muy extendida el amortajarse con el hábito de San Francisco. A él perteneció la capilla de Santo Spíritus que, a modo de monasterio, existía donde hoy está el convento del Espíritu Santo. Entre los Guardianes, que eran los superiores de los frailes, tenemos a Fray Antonio Delgado en 1591 y Fray Pedro Guerra en 1784. En 1808 constan dos frailes naturales de Guadalcanal: Pedro Fontán y Sebastián Villate. No quiero dejar de citár aquí a Fray Manuel González, acaso extremeño de Guadalcanal, que, a mediados del siglo XVII, escribió "Guadalcanal y su antigüedad".
En 1814 la Junta Suprema de Extremadura para recaudar fondos en la guerra contra los franceses, incautó la plata; llevándose de San Francisco un cáliz con patena, dos diademas y un manojo de azucenas de San Antonio.
Por Real Orden, en 1821 se redujeron los conventos en la antigua provincia de Extremadura, y el de Guadalcanal se anexionó a Sevilla en 1833.
La Hermandad del Santo Entierro y Ntra. Sra. de la Soledad radicó desde su principio en este convento. Con la exclaustración de 1835 se suprimió el culto en el convento, y el día 31 de Diciembre de dicho año se trasladaron las imágenes a la Iglesia de Santa María. Es muy posible que las imágenes de San Antonio, y sobre todo la de San Francisco de Asís, atribuida ésta a Martínez Montañéz, existentes en Santa María, procedan del desaparecido convento.        -
El Diccionario de Madoz, refiriéndose a esto, dice: "El convento de frailes de la Orden de San Francisco extramuros, fue vendido por la nación y derribado totalmente por los compradores". La venta se haría entre 1836 y 1840, y para dar una idea al lector, diré que otro convento de San Francisco, parecido al de Guadalcanal, con magnífica huerta, se vendió en Extremadura por dos mil pesetas pagadas en veinte años.
En 4 de Octubre de 1854 se declaró una epidemia de cólera, y debido a las circunstancias aflictívas por que atravesaba la villa, el Ayuntamiento acordó la construcción de un cementerio al sitio del Prado de San Francisco. Se hizo la subasta el 10-12-1854 y el día 3 de Julio se bendecía, quedando así hasta hoy, pero dividido en tres patios. Al entrar a la derecha, el patio de San Francisco, a la izquierda el de San José; y atrás , de pared a pared, el de San Pedro. Y en este lugar tan bello y con tanta historia es donde descansan ahora nuestros mayores.

Dr. Antonio Gordón Bernabé.
Revista de feria 1987

miércoles, 13 de septiembre de 2017

El mundillo de la jaula 6

El Chepa
Un Reclamo de Perdiz de Capricho y Caprichoso 6

Sexta parte.-
Ese año, habían caído sus buenos chaparrones durante gran parte del Otoño, por lo que "la otoñá" se presentó esplendorosa, y, consecuentemente, también magnífico el llamado “El Celo del Rabanillo” o “Picailla” en los pollos de perdiz que, nacidos a finales de Primavera o primeros días de Verano, se encontraban en El Otoño ya “Igualones” o “Tomateros”, y que al tener perfectamente formado el collar y apuntándoles los espolones a los machos, no se distinguían de los padres prácticamente. Febrero, el mes llamado del “Pájaro” o del “Celo”, también se presentó ese año bastante lluvioso.
Los “yerbazales” crecían vigorosos, haciendo de las sierras de Guadalcanal, en donde estaban mis cazaderos, como una mullida y verde alfombra, bellamente moteada, a veces, por los primorosos y campestres macetones, que parecían ser los almendros en flor, así como otros muchos frutales tempraneros, en tanto que la arboleda silvestre, aún desnuda, comenzaba a difuminar el casi imperceptible verdor de los brotes reventones con los que se cubrían las ramas, anunciando, asimismo, las bucólicas albricias de la exuberante y primorosa Primavera de Andalucía.
“El Celo” pues se presentaba que ni a pedir de boca. Las perdices, ya “acolleradas”, habían inyectado en su siempre tan bravía sangre, los frescos y vivificantes jugos de hierbas de tan delicioso sabor para sus picos, como son, en especial, las cerrajas, las amapolas y los berros, así que estaban que destellaban vida y salud, a simple vista, por los cuatro costados. Lógico pues que durante los primeros días del celo, en particular, las campesinas entraran a la jaula, y que en tanto ellos (los machos) lo hacían como meteoritos desbocados, ellas (las hembras) lo hacían asimismo encendidas y sensuales, como rosas de la mañana. Sin embargo, yo, obsesionado en que el primer puesto que se le diera a aquel esperanzador como díscolo pollo de Villar del Rey, en el que tantos anhelos tenía puestos, no podía ser otro sin embargo, sino que además se dieran las específicas posibilidades de que, al menos, le entrara, a sus posibles reclamos, una viuda, más o menos, desesperada y necesitada de un amante, por lo que no terminaba de decidirme a sacarlo hasta dar con uno de estos “puestos”.
Entre tanto y sabiendo que “el celo” estaba que trinaba, me conformaba con "colgar" al “Dulcinea del Pedroso”, siempre en “el puesto de luz”, y al Tarta, en “el de la tarde” siempre.
Como, por otra parte, sólo podía salir a dar el puesto, debido a mis sacrosantas obligaciones de La Escuela, los Sábados y Domingos - que no las fiestas de guardar, puesto que el muy "puñetero" de Febrerillo ni una sola tenía en su calendario -me bastaba con los dos reclamos, aunque, bien sabía, muy a mi pesar, que ambos habían nacido con el maldito sino de ser, no más, de "vaquillas de media obrá", pues ni el uno ni el otro solían cumplir con la jornada completa que todo “puesto” requiere, pues muy mollar se tenía que poner la cosa, para que no se quedaran "en mitad de la estacá".
Por simple curiosidad y antes de meternos en harina en cuanto al primer puesto que le diera al pigmeo cheposo de Villar del Rey, no quisiera dejarme en la punta de mi bolígrafo la extraña peculiaridad y específico atractivo que, al parecer, tenían, indistintamente, cada uno de los dos Reclamos con los que contaba en aquellos entonces. Parecía que El Tarta, por su parte, le debía hacer bastante más gracia a las hembras que a los machos, con aquellos sus grotescos tropezones y tartamudeos, en especial, en los reclamos de cañón y en los “cuchicheos”, pues no había “puesto” que le diera, en el que no se le presentara en la plaza alguna de las féminas, en tanto que los machos, por lo general, se le solían retrancar a cierta distancia, quizás recelosos - llegaba a pensar yo - porque aquella tan anómala forma de cantar, les debiera parecer que no podía ser emitida sino por un individuo de muy sospechosa catadura, por no decir aquello otro de burlón y caricato. ¿Quién o qué era aquel tipo cantando de tan extraña manera….? ¿….un cachondo o un loco?
Era exactamente lo contrario que solía suceder con El Dulcineo, al que, a las primeras de cambio, en tanto que los muy guerreros campesinos le solían entrar como centellas encendidas, tal vez por parecerles, por el afeminado tono de sus cantos, un muy débil contrincante, las muy coquetonas damas, no es ya que no le llegaban a entrar en la plaza, sino que, si alguna le contestaba en la distancia, parecía haberlo hecho por equivocación, ya que, aún siendo insistentes y más que pertinaces las llamadas del que estaba en el pulpitillo, debían parecerle, por amaneradas en su tono, las de un fulano que, al menos, había que poner en cuarentena en eso de su virilidad, por lo que, lógicamente, no volvían a abrir el pico.
-Nada de extraño.- Me decía.- pues si en lo del Tarta tengo mis dudas, en lo del “Dulcinea”, por el contrario, la cosa está más clara que el agua.
Y es que el tono en los distintos cantos del “Dulcineo” del Pedroso delataba, a todas luces, a uno de esos que, unos llaman "los de la acera del frente", en tanto otros los califican como "los que pierden aceite" y todos, en todo caso, sencilla y simplemente, "mariquitas", “sarasas” o los de “la cáscara verde”. Y tanto era así, que todos y cada uno de sus diferentes cantos, parecían ser emitidos por la garganta de la más delicada y femenina de las pajarillas. Y, claro, lesbianas en el misterioso mundo de la perdiz, aunque pocas, pero haberlas, haylas, llegando, incluso, a tener su propio y específico apelativo, cual es el de "vicarias", pero en eso otro de los "gays", estoy totalmente seguro que ni a un solo pajarero le he oído nunca que haya conocido jamás a un perdigón de tal calaña.
Lógico pues - digo yo - que ante tan femenina llamada, no acudiera ni una hembra, que de tal se jactara, y sí, por el contrario, los machos, si es que, asimismo, lo eran en toda su integridad, bien esperando encontrarse con una coqueta señorita que clamaba enloquecida, pidiendo desfogarse con un valiente galán, o bien viendo en él un intruso que, por la debilidad de su voz, les iba a durar menos que un caramelo en la puerta de una Escuela.
Decía que sólo podía contar con los fines de semana, para salir al "colgar" el pájaro, pues bien, el segundo Domingo que saliera, después de que se abriera la veda, sucedió que en “el puesto de la tarde” que le diera al Tarta, tan pronto como “saliera de reclamo por alto”, se le vino a vuelo una collera.
Esto de que las perdices se le venga al del pulpitillo a vuelo, suele suceder con cierta frecuencia, pero, en este concreto caso, me pude dar cuenta que el macho había acudido allí, materialmente arrastrado por su hembra, porque tan pronto se posaron cercanos al pulpitillo, contrario a lo que se podía pensar, la iniciativa la llevaba, totalmente, la "parienta".
Jamás vi infidelidad más descarada y desvergonzada, pues en tanto que la fémina, relegando a un muy segundo lugar a su esposo, y olvidándose, absolutamente, de él, intentaba avanzar, con provocativo y afectado coqueteo, hacia el que la requebraba desde el pulpitillo, el despreciado y “carnudo” marido, lejos de echarle en cara, hecho un basilisco, aquella su desahogada y putesca infidelidad, o, incluso, llamarla al orden con alguna que otra “regañina”, el muy “calzonazos” intentaba interceptarle el paso, bien en actitud de sumiso suplicante, o bien haciendo ante ella galantes arcos, arrastrando el ala por el suelo cual bizarro y varonil gallo, y embolándose como queriendo lucir ante ella sus mejores galas de macho.
No era la primera vez que, en mi ya larga vida de aficionado a la jaula, pudiera contemplar tan humillante escena, aunque, desde luego, jamás con tan evidente patetismo, tanto por la descarada desvergüenza de ella, como por la actitud de desesperado y sumiso "cornudo" de él. Yo de todas maneras me quedé hecho una pieza. Llegué a pensar, incluso, que, después de la vergonzosa humillación que estaba sufriendo aquel pobre "cabroncete", abatirlo además, ya era "demasié". Y es que eso de que "después de cabrón, apaleado".... ¡manda cojones! Pero, claro, por otra parte, pensaba también que aquella tan desahogada y ardiente "perdigalla", podía ser la viuda soñada, para que mi liliputiense tuviera la más anhelada oportunidad, para que su primer puesto pudiera ser de los de bandera, por lo que, mandando al garete aquella mi compasión por el de los cuernos, viuda dejamos a su tan infiel compañera, aunque, la verdad es, que muy a pesar mío.
Jamás pude saber si también lo había sido a pesar del Tarta, porque yo nunca se lo pregunté, ni él me lo confesó nunca jamás tampoco.

©José Fernando Titos Alfaro 
Nº Expediente: SE-1091 -12  t

miércoles, 6 de septiembre de 2017

Poeta en Guadalcanal

Una visión foránea de López

El religioso alemán Johann Faber había dicho: "Cada vida humana en particular, no es nada menos que una revelación de Dios”
Aquí queremos rememorar la vida un ilustre guadalcanalense que floreció en el pasado siglo en la bella ciudad serrana, hoy relegado al olvido. Nos referimos al ilustre poeta y dramaturgo, Adelardo López de Ayala. Así estudiaremos tres facetas de su vida, como hombre, como poltico y corno literato.
El Hombre,-
Los acontecimientos históricos y políticos enmarcaron su vida, fueron en primer lugar la Regencia dé María de Borbón, madre de Isabel II hacia el año 1833. Las guerras carlistas que terminaron con el Convenio de Vergara, firmado entre Espartero y maroto en Agosto de 1839. El comienzo del reinado de Isabel II en 1845. Este reinado  se caracteriza por la agitación revolucionaria permanente, por las intrigas cortesanas y las sublevaciones del Ejiército en varias ocasiones que terminaron en la batalla de Alcolea, ganada por el general Serrano y que destronamiento de Isabel II. Se proclama rey a Amadeo I de Saboya, que al poco tiempo abdica y se instala la 1ª  República en 1873, hasta que Martínez Campo proclama en Sagunto la restauración monárquica en la persona de Alfonso XII. Es un período de luchas turbulentas y fratricidas que arruinaron a España y la llevaron a su más extrema postración y al empobrecimiento, lo que hizo que cayera exangüe a los pies de Europa.
El nacimiento y la muerte son los dos acontecimientos más importantes en la vida de cualquier hombre. y en este ambiente histórico, nace en Guadalcanal nuestro poeta el día uno de Mayo de 1828, de familia acomodada, y muere en Madrid el día 30 de Diciembre de 1879, a los cincuenta, y un años de edad.
Estudia en la Universidad de Sevilla, con completo aprovechamiento y al final de éstos se traslada a Madrid y comienza a trabajar como redactor en el periódico "El Padre Cobos". Este 'periódico era el órgano de "La Unión Liberal" y él dio al mismo el prestigio literario y político que tuvo, debido a su talento para triunfar posteriormente.
El político.-
Redactó el manifiesto de la revolución de Septiembre y al triunfar ésta el 19 de Septiembre de 1786, fue nombrado Ministro de Ultramar, cargo que  desempeñó en  varias ocasiones. Fue presidente del Congreso en dos legislaturas, en las de 1878 y 1879, donde demostró su rectitud de criterio, su facilidad de improvisación y su equidad para conducir los debates y su sentido patriótico y ecuánime. Siendo presidente del Congreso, interviene activamente en el ruidoso pleito a instancia de las Autoridades de Alanís y un grupo de labradores de esta localidad y la Sociedad de Minas y Fábrica de Hierros de El Pedroso, entidad que había subastado la finca "El Robledo" que estos agricultores usufructuaban, logrando que dicha subasta se suspendiera indefinidamente.
El lierato.-
La época romántica a la que perteneció, la caracterizan 1os escritores Mesonero Romano y Larra, en el aspecto político social. El Duque de Rivas, Espronceda y Zorrilla, en la poesía típica, del momento. En el drama Martínez de. la Rosa y Hartzenbusch. No obstante,. el poeta Bécquer y Larra, se pueden considerar hoy como representantes de aquella época en las vivencias posteriores.
En cambio, el realismo literario domina la segunda mitad del siglo XIX, introduce una representación de la nueva sociedad liberal consolidada en la transformación de la alta comedia, que tiene en Adelardo López de Ayala su más grande innovador. Modifica el estilo al uso llevando el drama y a la comedia una concepción más realista, más humana y social. Costa campea en el ensayo y el novelística Galdós, que después representaron a la España de la Restauración.
El mayor éxito de López como dramaturgo fue en "El tanto por ciento" y "Consuelo". Otras suyas fueron "El Tejado de Vidrio” “Un hombre de Estado" y "El nuevo D. Juan", pero las más humanas so “El tanto por ciento" y "Consuelo”, donde el sentimiento humano y estético brillan con toda intensidad. La variedad y profundidad de su pensamieto, la delicadeza del entendimiento que campea en estas obras, lo profundo y sano de su idea moral y lo castizo y primores que las revisten y engalana, dan idea de la profundidad de pensamiento. Ello le llevó a considerar como uno de los dramaturgos de más talla de aquel momento..
Aquí está reflejada la personalidad auténtica de López de Ayala y a no ser por sus obras literarias, al poco tiempo de su muerte, nadie hubiera recordado al político, ya que la gloria política es flor de un día.
Como poeta también brilló a gran altura, he aquí unos ejemplos de su poesía.
¿Quién no guarda un gemido del pasado?
¿Quién no llora algún bien que ya no existe?
¿Quién no tiene un corazón llagado?
Y ¿quién no tiene una memoria triste?
Tu vanidad no me argulla,
Si te ofrezco poca cosa.
¿Quién tuviera un alma hermosa
Para dársela a la tuya?
La música es el acento,
que el mundo arrobado lanza,
cuando al dar forma se alcanza
a su mejor pensamiento.
Es la flor del sentimiento,
presentimiento suave,
es todo lo que no cabe
dentro del lenguaje humano.
He aquí la personalidad humana y creadora de este andaluz de la sierra sevillana, en la que los pueblos que la integran han dado al acervo cultural de Andalucía muchos hombres famosos que brillaron con luz propia, en las letras, en la milicia y en otras ramas del saber.
Unos conocidos y otros no. Yo quiero ofrecer este trabajo al pueblo hermano de Guadalcanal, y en la distancia que sirva como florecillas silvestres de esta serranía para depositarlas siquiera un momento, al pie de la tumba lejana del ilustre vate.

Carlos Lora
Revista de feria 1985

miércoles, 30 de agosto de 2017

El mundillo de la jaula 5

El Chepa
Un Reclamo de Perdiz de Capricho y Caprichoso

Quinta parte.-

Y el feliz y anhelado día de la apertura de la veda de “la caza del pájaro” llegó, pero, de momento, el extremeño quedó a la espera de los días de mayor celo y siempre al acecho de las mejores y más propicias condiciones de todo tipo, que un puesto puede ofrecer, para el debut de un catecúmeno.
Mucho y bien han escrito conspicuos y sabios pajareros sobre "el cuándo", "el cómo", "el cuánto" y "el dónde" se debe cazar a un pollo de un celo, aunque cierto es que no siempre yo estuve en total acuerdo, por lo que, de todo lo que han dicho, siempre procuré espigar lo que está más acorde con mi propio saber y entender, formándome así mi personal doctrina sobre el particular, y que siempre procuré seguir al pie de la letra.
Expongamos pues, aunque sólo sea a vuelapluma, lo de los unos, lo de los otros y lo de mi propia cosecha.
En lo referente al "cuando", hay puntos en los que la coincidencia es unánime, como el que el tiempo sea de lo más bonancible y sereno, estando entre sus más apetecibles características el que sea luminoso y, en especial, exento de ventolera. Sin embargo, en tanto que unos opinan que da igual que sea en “el puesto de alba”, en “el de luz” o en “el de la tarde”, otros optan sólo por “el puesto de alba”, argumentando que, a esa tan bucólica hora del amanecer, las campesinas se revuelan desde los encames a los comederos, no sin antes saludar al nuevo día con eufóricos y alegres reclamos, convirtiendo al campo en un jubiloso gallinero, por lo que, apestando a cadáver tenía que estar un examinando, para no contagiarse de tan campestres y jubilosas albricias y no entrar de inmediato en el bullicioso y alegre juego de tan festiva algazara.
Parecen razones de peso, pero...¡cuidado! que no hay que abusar, porque ni así, todo el monte es orégano, por lo menos, para mí, ya que siempre fui un educador bastante exigente que, aunque lejos, muy lejos de aquella terrible educación espartana a sus futuros guerreros, aún siendo niños, de meterles un gato con las uñas aferradas en la barriga, con la idea de que si, al tirarle del rabo al felino, al menor grito de dolor, el examinando fuere desechado en el acto, tampoco fui muy adicto a ponerles las bolas de billar como, según dicen, se las ponían a no sé qué rey.
Quiero decir con esto que “el puesto de alba”, podía ser, por cómodo y favorable, bastante recomendable, pero... ¡cuidado que no hay que pasarse! Como arranque a la larga carrera que le espera al posible futuro Reclamo, le puede venir de perlas, pero sin abusar. Y es que además, es tan rápido este puesto, que la quinta esencia de esta tan sugestiva modalidad cinegética, cual es la tensa incertidumbre del lance, por lo laborioso, precisamente, que suele presentarse, por lo común, en los distintos “puestos”, puede quedar muy en segundo lugar en estos “puestos de alba”, por lo que el educando, acostumbrado a tales comodidades, puede que no quede lo suficientemente preparado, para cuando la cosa pinte en bastos.
Hablar sobre "el cómo", por el contrario, es tan sencillo como poco complicado. Y es que aquí no caben polémicas ni discusiones. Basta decir que como mandan los santos cánones de esta bellísima y, a su vez, tan sumamente frágil cacería, y que podríamos condensar diciendo que abatiendo al invitado en el lugar adecuado y en el momento preciso, o sea, siguiendo, rigurosamente, las órdenes que, inequívocamente, va dando el del pulpitillo que, en definitiva, es el cazador, y, por lo tanto, el que sólo puede ordenar y mandar.
Desobedecer alguna de estas órdenes, puede tener consecuencias tan fatales como imprevisibles, porque si ya, en un reclamo hecho, puede hasta llegar a crearles un terrible e incurable resabio, pues ya se pueden imaginar lo que puede suponer en un novato y frágil educando. Cuanto menos, por frustrados, quedaran atrozmente resentidos para posteriores “puestos”, si es que no muertos en vida. Dicho de otra manera, que puede que se acabe diciendo aquello de que "aquí se acabó la presente historia, amén Jesús".
No hay que olvidar - vuelvo a decir - que, “dando el puesto”, el verdadero cazador es el Reclamo, en tanto que el amo pasa a ser su escudero. Escudero este que si, en todo caso, ha de ser fiel y obediente servidor a la órdenes del amo, en este caso ha de serlo especialmente, ya que el caballero al que sirve, por meticuloso y exigente, puede quedar
terriblemente afectado si se le desobedece en cualquiera de sus órdenes o mandatos, y siempre, claro está, en mayor o menor medida, según la importancia o trascendencia de lo que fuere ordenado y no obedecido. Ya digo este tan singular y sensible caballero puede quedar en tal depresión o decepción, ante lo que para él debe ser tan humillante e imperdonable desobediencia, no haciendo las cosas que él manda y cómo las manda, que puede quedar para "el arrastre" por los siglos de los siglos.
En cuanto a eso otro de "cuántos puestos" se le deben dar a un imberbe aprendiz, también difieren en mucho los distintos doctores pajareros. Unos dicen que cuantos más, mejor.
Algunos que sólo moderadamente. Y los más que tan sólo dos o tres puestos en circunstancias muy favorables, y a esperar el celo siguiente. Dicen éstos, al respecto, que atracar a un jovenzuelo de cualquiera de los placeres de la vida, puede dejarles ahítos y asqueados por lo poco avezados que en ellos están. Y yo digo que, como elegante y bonita frase, no está mal, pero que, para frase bonita y elegante, en cuanto a esto en lo que estamos, ya tenemos aquella de "in medio, virtus",que ya dijeran los grandes sabios de la antigüedad.
Y ya, por fin, vengamos a “aquesto” otro del "donde". Por lo obvia que es la respuesta, parece que la pregunta es una "perogrullada", sin embargo, la cosa tiene sus "intríngulis".
Lógicamente que el lugar debe ser de lo más propicio en cualquiera de los sentidos: que no esté "jauleao"; que sea tranquilo, recogido y silencioso; que sea mínimamente propicio a inoportunos visitantes, ya del género racional o del irracional, al margen de las buenas o malas intenciones que puedan llevar; y, en fin, a otras muchas más indeseables circunstancias que, por sabidas por todos, paso de largo.
Antes de seguir adelante y aunque sólo sea a manera de inciso, sí quisiera decir, en cuanto a eso de "los inoportunos visitantes, ya del género racional o irracional", que, en mi ya larga vida de pajarero, me han entrado en la misma ”plaza” - de entre los racionales - desde el ciclista de montaña, vestido a lo "Induráin", o el ávido buscador de espárragos trigueros, hasta el que, dándoselas de cazador y vestido, como tal, de punto en blanco, se ha presentado, escopeta en ristre, en busca del cantor.
Y entre los irracionales, desde la andariega liebre o el juguetón conejillo o, incluso, el despistado "vareto", por mencionar algunos de entre los inofensivos y nada peligrosos, hasta maese zorro, la taimada culebra, la alada rapaz o el omnívoro "cochino navajero", entre los peligrosos y de muy malas intenciones.
Disquisiciones al margen, retornemos a todo esto de los primeros pasos de los educandos, por ser lo que yo me traía tan cuidadosamente entre manos por aquellos entonces, con miras a aquel pollo que, a pesar de ser "el de la triste figura",(no sólo por sus locas actitudes, sino también por su desaliñado tipo) yo vaticinara como todo un futuro y muy famoso caballero andante, al que hasta el muy valeroso y aguerrido Amadís de Gaula se le podía quedar a la altura de los tobillos.
Para la elección del lugar del primer puesto del Chepa, sólo tenía clara una cosa, amén de las ya antedichas bonanzas y otras de menor importancia. Se trataba de algo en lo que siempre estuve totalmente de acuerdo con todos los buenos aficionados. El de colocar el tollo dentro de la circunscripción en la que se moviera una viuda, después de que la tal pasara cuatro o cinco días de haber perdido su marido, en el tan desgraciado revés, cual es el de acudir, arrastrado por los malditos celos, a algún trovador que, desde un pulpitillo y con la desvergüenza de hacerlo dentro de su propio territorio, requebrara a su amante.
Las razones para pensar en el puesto de un novato en un territorio así, caen por su propio peso, pues ¿qué se puede esperar de una pobre viuda que, después de haber probado los inefables placeres del amor, llevara ya unos días a dieta total...? Pues que debiera estar que se saltaba las paredes por encontrar un novio, por lo que pocos requiebros debía necesitar, para acudir, con las bragas en las alas, al galán que no deja de “tirarle los tejos”.
Que lo que digo es una cruda y palpable realidad, lo prueba el hecho, que yo mismo pudiera vivir en cierta ocasión, en la que saliera a probar un pollo en una circunscripción en la que sabía que había una de estas viudas que, desesperada y "como
loca perdía", buscaba un nuevo esposo.
El examinando de marras, una vez que se vio despojado de la sayuela, allá en lo alto del pulpitillo y ante los bucólicos parajes de aquellos campos, intentó escapar a ellos, buscando, enloquecido y como un poseso, una posible salida en la jaula.
Sólo unos minutos le fueron suficientes, para desengañarse de que lo que pretendía era absolutamente inviable, y entonces rompió a dar contundentes y alocados saltos contra la cúpula de su prisión, expuesto a dejarse los sesos pegados en la tal en uno de ellos. Y, entre tanto, la pobre viuda, aún estando totalmente ajena e ignorante de que no lejos tenía un galán que se estaba debatiendo a muerte por escapar de su celda, por allá divagaba, pertinaz e incansable, con sus desesperadas cuitas de amor en el pico. Pero el decepcionante galán, sorprendentemente, cuantas más cuitas de amor oía, más y más eran los alocados saltos que pegaba. Tanto era así, que, a cada salto que daba, el aire de sus pulmones, lógicamente, se comprimía, por lo que tenía que buscar salida por la vía natural de la garganta, en la que, al rozar las cuerdas bucales, producía como una especie de quejido perdiguero. Fue más que suficiente, para que la ardiente viuda acudiera al simple sonido de estos no pretendidos ni buscados "quejíos" de dolor del insolente y cobarde galán.
El desenlace de este sainete, mitad patético, mitad grotesco, mejor es que no lo cuente, porque, de todas maneras, se prestaría a polémicas, así que dejémoslo a la libre imaginación y fantasía de cada "quisque", ya que en tal encrucijada, es la salida más airosa que, de momento, se me ocurre. ¿Qué os parece? 

©José Fernando Titos Alfaro
Nº Expediente: SE-1091 -12 

miércoles, 23 de agosto de 2017

Capilla de Santiago.

Construida en la Baja Edad Media a raíz de la conquista de Fuente del Arco por la Orden de Santiago.


La primera vez que los cristianos llegan a nuestra zona en 1088, conquistan Reyna y Fuente del Arco al mando de Alfonso VI, rey de Castilla y León y en previsión de la conquista de Guadalcanal, las tropas acampan entre lo que hoy conocemos como “el Cerro de Santiago” (algunas caballerías fueron amarradas allí mientras llegaba el combate) y el “Cerro del Diezmo” (situado frente al camino de “los Merinales”)llegando hasta lo que se conoce como “Puerto de Llerena” (Guadalcanal), pero viendo la extraordinaria e importante fortificación que era, no presentó batalla, da marcha atrás procurando asentar la conquista (levantó una especie de cerca en el cerro de Santiago con unas vigas de maderas a modo de columnas para sostener el techo de cañas y las maderas que lo cubrían), no fue suficiente porque en 1096 la comarca pasa otra vez a manos del Islam. (Notas extraídas de “El estudio de Las Comunidades de Villa y tierra de la Extremadura Castellana” de Gonzalo Martínez). 
En 1188, un siglo después, se repite la historia con Alfonso IX rey de León; conquista Llerena, Reyna y Fuente del Arco pero no pudo conquistar Guadalcanal por ser gran fortaleza fortificada; antes de finalizar 1198 vuelven de nuevo a recuperarlo los moros que, para que no se vuelvan a producir tales hechos, Yacub Ben Yusuf, rey taifas de Badajoz, mandó fortalecer con nuevas torres albarranas y murallas toda las alcazabas, incluidas Reyna y Guadalcanal para evitar nuevas conquistas cristianas.
En 1241 se conquista Fuente del Arco al fin y tras su repoblación definitiva en 1270, se levanta una ermita de origen muy humilde por la Orden de Santiago en el cerro que a partir de ese instante llevará su nombre (“Cerro de Santiago”) al cargo de un simple ermitaño que solo estaba encargado de reparar la estructura y conservar el escudo de la Orden y el cuadro del Apóstol Santiago (hoy día desaparecido). A partir de 1501 la ermita adquiere cierta advocación religiosa mediante orden ejecutada por el Prior de San Marcos de León, García Ramírez (el mismo de la ermita de la virgen del Ara), con la finalidad de garantizar la salvación de los hermanos a través de actos piadosos, la práctica de la religión y una misa al año el día del santo (25 de Julio).
Hacia el verano de 1790 se reedificó por medio de limosnas de los vecinos de Fuente del Arco, la ermita no tenía ni tuvo nunca algún tipo de rentas, ni ermitaño que la regentara pues desde sus inicios siempre ha pertenecido a las posesiones de la iglesia pues así lo quisieron los maestres de la Orden; a partir de entonces sirvió para procesiones de letanías y rogativas a celebrar el día del Santo.
Casi a finales del siglo XVIII el rey Carlos III ordena mediante Real Cédula (03/04/1787), que “por motivos de salud se deje de enterrar en el interior de las parroquias los cadáveres y que se creen cementerios fuera de los pueblos”; dicha orden en Fuente del Arco no se llevó a efecto porque los vecinos exponían como motivo “el no separarse de sus fieles difuntos” como recoge Don Juan Josef de Alfranca y Castellote, oidor visitador en el Interrogatorio de la Real Audiencia de Extremadura de 12/13 de Febrero de 1791, en el cual explica “lo dañoso a la salud del aire fétido que se respira en Fuente del Arco”.
A partir de este año de 1791, pasó el lugar de ser considerado ermita a la categoría de capilla y Pascual Madoz lo recoge en su obra “Diccionario Geográfico Estadístico Histórico” publicado en Madrid el año 1850 Tomo VIII, e insiste en que Fuente del Arco no tiene cementerio pero si un lugar para tenerlo; no es hasta el bienio 1854/1856 cuando a consecuencia de una epidemia de cólera mórbido, no se empieza a construir el cementerio en el “cerro de Santiago” por orden del Gobierno de la Provincia, siendo los alcaldes José Pablos el que inició las obras en 1854 y Juan Calle el que las terminó en 1856. Desde esa fecha el lugar pasó a ser el cementerio del pueblo que a consecuencia de innumerables reformas y derrumbes lo que mejor se conserva son los restos de esta ermita y un muro en el lugar conocido como “cementerio viejo”. 

Febrero 2008 
Revista cultural La Jayona

miércoles, 16 de agosto de 2017

El mundillo de la jaula 4

El Chepa
Un Reclamo de Perdiz de Capricho y Caprichoso

Cuarta parte.-

La llegada a la terraza del Chepa - que es cómo yo empecé a llamar al corcovado de Villar del Rey, desde el primer momento - fue toda una bendición, si bien es cierto que el apático e insolente neófito de Medina Sidonia, no debía pensar lo mismo, pues consiguió definitivamente que lo mandara al "carajo", sin ni siquiera esperar a darle una
oportunidad en la ya inminente apertura de la veda, ya que el muy "saborío", como resucitado de su desesperante apatía por el muy cantarín y revoltoso extremeño, no hacía sino “alambrear” y "hacer la carrucha" con tal tozudez, que, al sumarse a lo "malage" que ya era de por sí, se me hizo insoportable de todas a todas. Sin embargo, allí estuvieron al desquite El Tarta y El Dulcinea del Pedroso, que aunque nopasando de mostrarse medianamente voluntariosos, entraron en el juego del exultante y animoso giboso, y así la terraza, de ser un lúgubre y luctuoso velatorio, comenzó a transfigurarse en un jubiloso guirigay de gallinero.
Viviendo con el anhelo que estaba viviendo aquella tan entusiasta algazara de mis pájaros en la terraza, no veía la hora de la llegada del feliz advenimiento de la apertura de la veda “del pájaro”, de la que sólo faltaban unos días. No fueron sólo albricias, sin embargo, lo que recibiera durante esos días de vísperas, pues el muy bribonzuelo del extremeño de Villar del Rey, para no hacer la gracia completa, me confirmó de forma totalmente inapelable y sin opción al menor de los equívocos, lo que de él me dijera, tan sincera y honradamente, su antiguo dueño. En efecto, el muy bribón, a pesar de que, al parecer, estaba hecho de caoba, se solía mostrar la mar de inquieto, de saltarín y de desagradecido, así como muy poco sociable y casi intratable. Era, en una palabra, huraño y esquivo como él solo. No aceptaba, no ya mi presencia, a pesar de mi presta predisposición a mimarlo siempre con las más cariñosas carantoñas, sino que casi tampoco la de criatura alguna, que no perteneciera a su especie perdiguera.
Ni siquiera la de la cariñosísima y apacible perrita de mi entrañable hija Pepita Adoración, cuando acudía a tumbarse plácidamente en la terraza a tomar el siempre tan clemente solito del Otoño. De todas maneras esto de la perrita podía tener su explicación, porque un perro y una perdiz jamás hicieron “buenas migas”, pero es que era ver moverse, más o menos cercano a su casillero, algún mirlo o paloma del cercano Parque de Los Príncipes, y se descomponía. No parecía sino que veía a mismo Satanás en ellos. Y así se ponía a “alambrear”, llegando, a veces, a picotear los alambres de la jaula como con rabiosa desesperación, si es que no a dar saltitos hasta llegar a chocar la cabeza, en algunos de ellos, contra la cúpula de jaula con cierta contundencia. Algunas veces, incluso, se ponía a "hacer la carrucha", siguiendo con el pico el abovedado de su celda con tal terquedad, que llegaba a perder pie y a caer sobre el asiento, después de dar la voltereta de un malabarista.
Inadmisibles de todas a todas, estas "pichinerías" en un enjaulado que parecía tener madera de la buena, para llegar a ser todo un campeón, ya que tal actitud sólo es propia de los que llevan camino de ser unos despreciables maulas, o si no, que se lo pregunten al del Medina Sidonia.
Es que, incluso, llegaba a más, pues si algún hogareño e inofensivo gorrioncillo se le posaba en el comedero, para robarle - y siempre en la actitud del más timorato y receloso de los furtivos - algún grano de trigo o cañamón, le caía tan mal, que si lo acepta, era porque no tenía otro remedio, queriendo, a su vez, comérselo a picotazos.
Lógico pues que el que se mostrara tan poco sociable, tan cascarrabias y tan desconfiado y huraño, me cayera peor que una patada en "los mismísimos", y que, incluso, me trajera a "maltraer". No obstante, siempre acababa por venirme a conformidad, pensando que, con el pasar de los días, se iría acostumbrando a convivir con todos aquellos lugareños que su sino le tenía destinados, poniendo de manifiesto, donde fuere y ante el que fuere, la bizarría, la nobleza y la generosidad de las que, paradójicamente, solía hacer gala estando a sus anchas y sin incómodos testigos o visitantes, lanzando al aire con cautivadora galanura sus reclamos de cañón, así como sus rítmicos y acompasados “cuchicheos”, sus piñones, pitas o titeos.
No terminaban aquí mis preocupaciones, pues me perseguían otras bastante más inquietantes y de mucho mayor alcance y trascendencia, porque, claro, era evidente que el pollo de marras estaba hecho todo un valiente y apuesto gallito, habiéndose erigido, asimismo, en el arrogante y engreído capitán de la reunión - así que, indiscutiblemente, allí había madera y de la buena - pero aún quedaba la valiosa y artística talla que en ella se pudiera esculpir. Quiero decir que las verdaderas actitudes y virtudes que el neófito pudiera tener, donde realmente tenía que demostrarlas era en el campo y sobre el pulpitillo, por ser la hora de la verdad, a modo y manera de cuando el torero toma la espada para la muerte del toro. No olvidemos además, que una cosa es predicar y otra, muy distinta, es dar trigo.
Mis dudas, bajo este concreto aspecto, llegaban a agigantarse cuando pensaba en las más que vituperables actitudes del pájaro ante la simple presencia de su amo y de cualquier otro visitante, y así mis sospechas de que en el campo se mostrara igual de antipático e insociable, por no decir que igual de "gilipollas", ante la sola presencia de algún que otro bulto, más o menos, sospechoso, de los muchos que se nos podrían presentar “dando el puesto”, como bien podría ser una simple oveja, una vaca o una yegua, si es que no una simple liebre o un pobre conejo, y ¿para qué decir, si el sospechoso visitante era un zorro o una rapaz?
Era esto algo que no quería ni pensarlo, por lo que cuando acudía a mi mente, lo solía rechazar como una mala tentación.
Y es que, como por otra parte, me encontraba tan "escaecío" de buenos reclamos y ya en las mismas puertas de la apertura de la veda, el solo pensar que éste también me pudiera dar con la puerta en las narices, me ponía a temblar. Porque, claro, El Tarta y El Dulcineo, sí, mientras las circunstancias no fueran muy desfavorables, solían tener la suficiente vergüenza torera como para "dar la cara" con cierta dignidad, sin embargo, teníamos el problema que, cuando se presentaba alguno de los muchos contratiempos que acechan a esta tan delicada modalidad cinegética, ya los teníamos en el pulpitillo convertidos en auténticos mochuelos, si es que no perdiendo el culo por escapar de la jaula, y al dueño, entre tanto, allá en el tollo sobre el catrecillo, cabeceando, la soñolienta modorra que, necesariamente, tiene que acarrear el estar esperando a que cante una alpargata, si es que no echando fuego por los ojos con “el cabreo” de un elefante.

©José Fernando Titos Alfaro
Nº Expediente: SE-1091 -12

miércoles, 9 de agosto de 2017

Descubridor de “Birú”

Hernán González Remusgo de la Torre

Nacido  en Guadalcanal (España) en el año 1513 y fallecido el 6 de Octubre de 1573 en la Ciudad de los Reyes (actual Lima) Perú, está enterrado en la capilla de Nuestra Señora de la Gracia San Agustín (1) fundada por el  P. Agustín de la Santísima Trinidad (2),  en la ciudad de  Lima, hijo de los también Guadalcanalense Francisco González de la Torre Remusgo, casado según carta dotal el 29 de diciembre de 1550 con Juana Cepeda Villarroel, fruto de este matrimonio nacieron Mencía de Cepeda Villarroel González de la Torre, María Juana Cepeda  González de la Torre, Francisco González de Cepeda y Mariana Cepeda  González de la Torre, se le atribuyen varios hijos más extramatrimoniales, en la probanza Hernán Gonzalez declara tener 10 hijos, 7 mujeres y 3 varones, caso muy normal en el siglo XVI en los hombres insignes.
Méritos y servicios, entre otros datos consta que tomó parte de varias expediciones con el adelantado Don Francisco de Pizarro con el que fue descubridor y y pacificador de Perú, por cuyos servicios el virrey D. Hernando de Mendoza, marqués de Cañete,le concedió carta de hidalguía y escudo de armas. (3)
Familiar del Santo Oficio, vecino feudatario de Lima (Perú) de la que fue Regidor perpetuo y en 1536 alcalde de la misma, Encomendadero de Pachacamac, el Señor de los Milagros: una trayectoria milenaria ; Señoríos,  ... (4)
Este conquistador nativo de Guadalcanal  fue descubridor del Perú, como así consta  en un acta de Valladolid firmada por el rey Emperador D. Carlos I
 "....vos, Hernán González Remusgo de la Torre, vecino e regidor de la ciudad de los Reyes, que es en la Provincia del Perú, que es en las nuestras Indias del mar Océano, y natural de la villa de Guadacanal, nos ha sido fecha relación, que podrá haber veinte años poco más o menos, que con deseo de nos servir, pasaste a las dichas nuestras Indias y vos hallaste en el primer descubrimiento de la dicha provincia del Perú, y después tornaste a ella con el Adelantado Don Francisco Pizarro.
Así mismo, el citado Emperador con esa misma fecha, le concedió el siguiente escudo de armas para su gloria y generaciones venideras:
… A D. Hernán González  Remusgo, vecino de los Reyes (Perú)
Escudo mantelado, 1º,en campo de azur, una banda de plata, cargada con una cotiza de gules y acompañada de dos estrellas de oro , una a cada lado, 2º en campo de sinople, un tigre al natural y el mantel de oro, con unas peñas al natural, con un roble de sinople, puesto en ondas de agua azur y plata, y un lagarto que sube de agua  y trepa a las peñas, bordura de gules, con ocho bezantes, cuatro cuatro de oro y cuatro de plata. (5)
Yo el Rey
Dada en Valladolid a 3 de Febrero de 1537.
Hernán González Remusgo de la Torre no figura en la primera expedición exploratoria de Pizarro al Perú en noviembre de 1523, según Pedro Cieza de León en " Crónica de Perú”, Tercera Parte, Capítulo XVI, por lo que debió haber formado parte de la expedición de Pascual de Andagoya en 1522. Esto resulta coherente con la relación precedente ante Carlos I. La expedición de Andagoya llega a Chochama al sur de Panamá, donde los nativos se refirieron a gente del "Birú" (6). Siguió hacia el sur explorando al río Ancasmayo, limite norte del imperio incaico, actualmente río Mayo cerca de la actual ciudad de San Juan del Pasto, Colombia, en cuyo manglares se cayó del caballo (7), Por este accidente se dio por terminada la expedición. Andagoya volvió con tesoros e indios quichuas y aymaras, destinados a servir de guías e intérpretes. Hizo dibujar cartas geográficas donde se puntualizan con precisión : el Río San Juan y la provincia del Birú, perteneciente al cacicazgo del Chimú. En su relación a Pedrarias, Andagoya dice "... de esta provincia se tomó el nombre de Pirú, que de Birú se corrompió la letra y ahora le llaman Pirú" Conforme "Perú". (8).
La fecha de nacimiento de este conquistador no resulta clara. En la Probanza de Méritos del conquistador Mencio Serra Leguizamón, fechada en Lima el 8 de enero de 1562, firma con testigo Henan Gónzalez de la Torre, declarando 48 años de edad, andaluz. No figura su segundo apellido Remusgo y su fecha de nacimiento en 1514 es incoherente con la Disposición de Armas de Carlos V, precedente. En un trabajo sobre los emigrantes de Guadalcanal a Indias figura Fernando Gonzáles Remusgo de la Torre. "...regidor de Lima, tras el que aparecen varios parientes en el virreinato..." . Por lo que Henan González de la Torre puede ser un pariente del descubridor. (9)

Notas.-
(1) La Orden de San Agustín en el Archivo del Arzobispado de Lima 184. IX:1 1689. Lima. Autos seguidos por fray Agustín del Molino, religioso de la orden de San Agustín, para redimir un censo de 4,950 pesos de principal que tenía impuesto sobre una charca en el valle de Bocanegra, a favor de la capellanía que fundó doña Juana de Cepeda. 3f.
La orden religiosa de sacerdotes mendicantes de San Agustín, fundada en 1256 en base a las reglas monásticas creadas por ese santo, no estuvo presente en la conquista del Perú junto a las huestes de Francisco Pizarro, como sí lo hicieron los padres dominicos, mercedarios y franciscanos. Los primeros de ellos por expreso mandato de los reyes de España. Recién en 1546, once años después de la fundación de Lima, decide el provincial de la orden radicada en Castilla, fray Francisco Serrano, enviar al Perú a miembros de esta organización religiosa, debido al éxito que habían tenido en la conversión de los indígenas durante la conquista de México. Así en 1548 se embarca para cruzar el Atlántico, como adelantado de esa congregación, fray Agustín de la Santísima Trinidad, con el fin de preparar la llegada de doce de sus compañeros que venían a establecer el convento de esa popular orden en la capital del Virreinato del Perú. Durante la travesía, este seguidor de la orden establecida por el obispo de Hipona, hizo amistad con Juana de Cepeda que venía a contraer nupcias con el rico encomendero limeño Hernán González de la Torre, ex-regidor de Jauja, regidor de Lima desde 1536 y su accidental alcalde, en ese año y en 1538, debido a la ausencia del titular Hernando Montenegro. Ya en Lima los recién casados alojan al sacerdote agustino en su casa y le hacen donación de unas viviendas vecinas a la suya, ubicadas en un barrio extremo de la ciudad, sobre el camino que en esa época conducía al puerto del Callao.
El 1o. de junio de 1551 hacían su entrada solemne a la Ciudad de los Reyes los doce padres agustinos, que en su mayor parte pertenecían al convento de Salamanca, según escribe fray Ignacio Monasterio, para instalarse en los edificios que les habían cedido los esposos González de la Torre y que poco después los diligentes padres ampliaron con la compra del solar de Juan de Morales, en la esquina de las actuales calles de Pregonería con Belaochaga (Emancipación con Rufino Torrico). Ahí el alarife Esteban de Amaya les construyó, a partir del 19 de julio de 1554, su casa conventual en lo que hoy vendría a ser la parroquia de San Marcelo. En 1561 encomiendan al mismo alarife la construcción de su primera iglesia para la cual el carpintero Cristóbal López hizo primero los techos de alfarjes y artesonados, luego al año siguiente el coro y después, a pedido de fray Agustín de la Santísima Trinidad, la talla de la imagen en bulto de Nuestra Señora de la Gracia, convertida en la titular de dicho convento.
En la noche del 8 de julio de 1573 se mudan sigilosamente los padres agustinos, de su primitivo convento vecino a la actual parroquia de San Marcelo, a los solares que hasta hoy ocupan en la esquina de las calles San Agustín y Lártiga (Camaná con Ica) y que en secreto habían comprado debido a la oposición de los vecinos padres dominicos y mercedarios, quienes argüían que los conventos estaban demasiado cercanos entre sí, impidiendo su normal desenvolvimiento religioso al servicio de la comunidad.
El 31 de diciembre del año siguiente se muda la Universidad de San Marcos del convento de Santo Domingo, en donde se había fundado en 1551, al recientemente abandonado convento agustino, para a su vez abandonarlo, el 25 de abril de 1577 -día de San Marcos- e ir a ocupar el edificio que había sido la Casa de San Juan de la Penitencia, para las hijas mestizas de los conquistadores, frente a la plazuela de la Inquisición, actual plaza Bolívar, en los terrenos donde hoy se levanta el Congreso de la República.
(2) El padre Agustín vivió miserablemente en Lima, junto al Mercado, hasta que recibió un donativo de doña Juana de Cepeda y su marido don Hernán González  Remusgo de la Torre para que erigiese una capilla con la advocación de Ntra. Sra. de Gracia en el terreno que luego se edificaría la Iglesia de San Marcelo (hoy esquina de las calles Rufino Torrico y Cuzco), y allí murió antes de ver a los doce integrantes de la primera barcada que arribó al puerto del Callao a finales de mayo de 1551; nada más llegar se presentaron al virrey con las cédulas de la autorización real, y se instalaron en unas casas que adquirieron junto a la del padre Agustín y la capilla de la Virgen de Gracia. Aunque el primer agustino que llega al Perú, el P. Agustín de la Santísima Trinidad, con la finalidad de preparar hospedaje a los fundadores, y que debió desembarcar en 1548, no tuvo la dicha de recibir a sus hermanos, se acepta unánimemente por los historiadores que los Religiosos de dicha Orden llegaron a este país en 1551. Eran doce y, después de embarcar en Sanlúcar, llegaron a Lima el 1º de Junio. Se alojaron en una de las casas de nuestros bienhechores, el matrimonio de Hernán González de la Torre y Juana de Cepeda, cerca de lo que hoy es Parroquia de San Marcelo y que, durante 22 años, constituirá el primer convento en la Capital del Virreinato del Perú. La fecha fundacional de esta Provincia agustiniana que abarcó los límites del Perú y Bolivia, será el 19 de setiembre de 1551. A los 12 fundadores se uniría el P. Juan Estacio, exprovincial de la de Méjico y confesor del Virrey Don Antonio de Mendoza y el P. Juan de la Magdalena. El P. Estacio fue elegido Provincial, pero la dependencia de la Provincia de Castilla continuaría por unos años. Este Capítulo de 1551 nombró Prior del Convento de Lima al P. Andrés de Salazar. En el segundo Capítulo, el de 1554, se acepta el Convento de Huamachuco y se nombra por Prior al P. Juan de San Pedro. El tercer Convento, situado en Trujillo, será reconocido en el Capítulo de 1560; pero en el trienio 1557-1560, ya se han puesto a caminar los Conventos de Conchucos, Laymebamba, Cuzco y Paria, aceptados jurídicamente en el Capítulo de 1560. Cuzco será uno de los principales conventos. Conchucos y Laymebamba pasarán a sacerdotes seculares; Paria pasará también, pero la Real Audiencia de los Charcas le reintegró a la Orden.
(3) M. y P. Escudos y Arboles Genealógicos,89.
(4) Escrito por María Rostworowski de Díez Canseco pagina 106  
(5) Fuente : Nobiliario de conquistadores de Indias por Antonio Paz y Melia. 
(6) La  etii mología del topónimo "Birú"  (Perú) es variable y sujeta a algunas interpretaciones históricas.
(7) Según Fernando de Montesinos, " Memorias Historiales de la Conquista y Anales del Perú”.

(8) Hugo Bunge Guerrico, Buenos Aires 1956.
(9) Rasgos Socioeconómicos  de los Emigrantes a Indias. Indianos de Guadalcanal: Sus actividades en América y sus legádos a la Metrópoli, Siglo XVII (javier Ortiz de la Tabla).

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