By Joan Spínola -FOTORETOC-

By Joan Spínola -FOTORETOC-

Villa de Guadalcanal.- Dió el Sr. Rey D. Fernando a Guadalcanal a la Orden de Santiago , e las demás tierras de la conquista, e de entonces tomó por arma una teja o canal, e dos espadas a los lados como así hoy las usa.



miércoles, 6 de diciembre de 2017

El mundillo de la jaula 12

El Chepa
Un Reclamo de Perdiz de Capricho y Caprichoso 12
  
Capitulo 15 
El que se cierre el periodo hábil de cacería de esta apasionante modalidad cinegética de la caza de la perdiz con reclamo, no quiere decir que sus aficionados se tengan que poner a sestear, si es que no a vegetar, (sólo, claro está, bajo el aspecto cinegético) como, en este sentido y en tales circunstancias, les sucede a los cazadores de las demás modalidades, ya que los aficionados al Reclamo de perdiz tenemos el específico e intransferible privilegio de mantener, nuestros anhelos, nuestras esperanzas y nuestras complacencias de pajareros de forma permanente y tan intactos, como estando en plena actividad cinegética. Y es que en esta tan sugestiva y quijotesca modalidad de caza, los tiros sólo son, como mucho, - ya lo he dicho - sólo la guinda que adorna el pastel, que ni mucho menos el pastel en sí.
Para los aficionados “al pájaro”, una vez cerrada la veda, la simple preparación de los terreros - por mencionar el más inminente quehacer en esta incipiente inactividad - y el poder contemplar a sus reclamos “tomando tierra” con sus electrizantes estertores de alas y el inefable placer que deben sentir - tanto que se les puede oír gemir de gusto – bañándose en ella, ya es toda una deliciosa bendición. Desde este punto, hasta que, anunciando la proximidad de un nuevo celo, se les vuelve a sacar de los terreros, para recortarlos y meterlos, un año más, en la jaula, vayan ustedes echándole hilo a la cometa
en eso de los gratos placeres del pajarero, observando a sus reclamos, contemplándolos y cuidándolos como si fueran delicadas e valiosas joyas.
Todo el que piense lo contrario o, incluso, no llegue a comprender cuanto termino de decir, creo que sólo se debe a que son unos consumados ignorantes de la tal modalidad cinegética, porque, claro, ¿cómo se puede entender o amar lo que no se conoce? ¿Y qué decir de los que, atrochando por donde pueden, que no por donde deben, dedican esas "lindezas", tanto a la tal cacería en sí, como a sus seguidores, que, por irrespetuosas y hasta, en algunas ocasiones, por tan malintencionadas y ofensivas, resultan tan hirientes como humillantes....?
Yo a todos estos les diría lo que el extraordinario pajarero, Don Ignacio Escavias de Carvajal, escribe en su delicioso libro "Cómo Cazar la Perdiz con Reclamo", con esa delicadeza, con ese respeto y con esas tan buenas maneras de decir las cosas, tan propias siempre de un hombre que, en eso del “arte del bien decir”, lo es de los pies a la cabeza.
“El conocimiento por parte del aficionado.- Escribe Don Ignacio.- de cuanto significan todos los cantos de su “reclamo según sus tonos y circunstancias: el saber “interpretar debidamente las actitudes que adoptan en cada “momento, el dominar y conocer los secretos de este o “aquel puesto con sus muchas peripecias, que son el hilo, “raíz e historia de un desenlace, son de un placer y de una emoción", que no podría comprender jamás quien ignora “este mundo de la caza de la perdiz con reclamo.

Capitulo 16
En pleno verano y después de estar, nada menos, que doce años a mi lado, se me murió mi entrañable e inolvidable Chepa, como creo que ya he dejado dicho por ahí.
Sería pues prácticamente imposible el que yo fuera recordando en esta su biografía, una por una, las heroicas y memorables gestas que librara este excepcional “pájaro de perdiz” durante tantos años, por lo que tendremos que limitarnos sólo a espigar en ellas algunas de las más vibrantes y emotivas, así como a alguna que otra anécdota que, en tan largo tiempo, tuviera que vivir.
Efectivamente, he de adelantar que este excepcional reclamo consiguió por fin y definitivamente, todo un excelente Doctorado, con un "Sobresaliente cum Laude", que no ya un simple "Bien" o "Notable", en el adecuado y preciso celo en que se debe conseguir, es decir, en el "tercero".
La decisión para otorgarle el tan merecido y encomiable Doctorado, tuvo lugar ya en los inicios del mencionado celo y en un puesto de bandera, en el que tuvo que debatirse con un bando de "monjes". (“Torá” le llaman en algunos lugares a estas pequeñas comunidades de monjes marginados). Imperdonable, por otra parte, que este tan memorable puesto pueda quedar en el aire y sin que quede en letra impresa para orgullo del Chepa y de su amo y para admiración de todos los pajareros de bien y envidia de todos los demás de los siglos venideros.
Para entendernos mejor ya desde el principio, creo que debo explicar qué es y en qué consiste eso de "los bandos de monjes”, (a los que en algunos lugares llaman “torás", y en otros, no sé qué) por si alguno de nuestros amables lectores no tiene una idea, más o menos, real de lo que, en realidad, son estos bandos de los tales fulanos, y que para no dar lugar a equívocos, lo vamos hacer copiando lo que de ellos se dice de la prestigiosa Enciclopedia de la Caza de Jorge Palleja.
Se escribe en esta Enciclopedia sobre el particular lo siguiente: No tardan los pollos de perdiz en usar y abusar de su superioridad sobre los hermanos, con pujas de galleo que dan lugar a continuas reyertas entre ellos, consiguiendo hacerse el amo del cotarro a fuerza de picotazos, el más valiente y vigoroso de ellos, logrando así "la jefatura del bando o compañía". Una vez que el padre, el antiguo jefe, entrega la tal jefatura , emite un ajeo o canto de gallina, abandonado "la compañía" para ir a refugiarse a otro bando. Si el gallito de este bando no lo recibe, de nuevo vencido, tendrá que irse a una "torada" o bando de monjes, uno de tantos bandos vergonzosos formado por machos vencidos y cobardes, que fueron expulsados de su "compañía”.
Pues bien, uno de estos vergonzosos bandos, formado, nada menos, que por siete de estos monjes, fue el que se nos presentó, sorprendentemente y sin pretenderlo, aquella tibia mañana de Febrero, precisamente, en el que fuera un “puesto” muy conocido por aquellos lares por lo querencioso que era para las campesinas, y - qué miren ustedes qué puñetera coincidencia - se encontraba en un lugar que se llamaba “La Tebaida”.
Era este un “tollo” de piedra, que se encontraba casi en la base de un montículo de prieto matorral y ante el que se extendía un terreno de labrantío, que llaneaba como en amplias y suaves olas y que, ese año, estaba sembrado de trigo, y que, a esas alturas del Otoño, verdegueaba vivificante y lujurioso, aunque en las crestas de la olas del terreno alomado, clareaba levemente como el que comienza a quedarse calvo.
Caminaba a su encuentro con mi Chepa a las espaldas, y escopeta y demás bártulos al hombro, espejeando anhelos y esperanzas, que se me agigantaron cuando, aún a cierta distancia, pude intuir que aquel puesto aún estaba virgen. En efecto, cuando llegué a él, pude comprobar que ningún otro pajarero se me había adelantado, y eso siempre es bastante positivo, lo que no quiere decir que, el que un puesto esté ya dado, siempre sea un contratiempo tan decisivo, como para no divertirse en él, cazándolo de nuevo, e, incluso, en una tercera vez. He de confesar al respecto y como inciso, que yo he dado puestos con excelentes resultados, cuyo “tollo” tenía pulgas de lo usado que estaba.
El día, como ya he apuntado, transcurría sereno y templado, si bien el sol parecía jugar al escondite, escondiéndose y volviendo a aparecer entre retozones nublos que parecían vellones de algodón.
Retocando “el tollo” me encontraba, con El Chepa ya “entronizado” en el pulpitillo, aunque, lógicamente, aún encapillado, cuando le oigo que, de improviso, comenzó a reclamar como de buche. Era la primera vez que lo hacía en esas circunstancias, así que, un tanto sorprendido, miré instintivamente hacia donde estaba, al tiempo que pensaba, que por lo visto, el enano parecía venir ese día que escupía por un colmillo. Me pude apercibir, sin embargo, que la cosa no era para tanto, porque, claro, las perdices estaban
cantando por aquellos labrantíos y matorrales, y a ver cómo se podía contener el fogoso Chepa a la tentación que debía sentir al escuchar a las campesinas y más estando oliendo el bucólico aroma de la sierra, que no viendo por estar aún en la oscuridad de su cárcel bajo la “sayauela”.
Una vez más - y no me cansaré de repetirlo - cuando le quité la sayuela, tuve que salir hacia “el tollo” que escarbaba, si es que no quería que se desnucara en uno de los saltos.
Quiero recordar que era el primer “puesto” que le daba ya en el tercer celo.
Sólo unos instantes le bastaron al Chepa para liar la de Dios. Todos aquellos parajes parecían un gallinero en revolución, y yo, entre tanto, más ancho que largo. ¡Qué felicidad tan inefable allá sentado tan plácidamente en mi silletín, oyendo las campesinas “patirrojas” cantar en la solemne soledad de la sierra, y como haciéndose eco de mi reclamo!
¡Algo realmente indescriptible!
Observando a través de la tronera, pude distinguir, allá a lo lejos, en uno de los clareos de la sementera, una collera, plácidamente careada. Por lo visto, no estaban por la labor,
pues, sin prestarle la menor atención al del pulpitillo, se fue alejando paulatinamente, hasta que la perdí de vista. Fue en esos instantes precisamente, cuando la función, que nos esperaba, se empezó a cocer, pues, en tanto que yo, un tanto distraído, observaba por donde se me había perdido de vista la collera del labrantío, me pude apercibir de que el trovador, ahogaba de repente unos reclamos y, rebajándose, comenzó a reclamar de embuchada.
-¡Esto ya está aquí!.- Pensé como sorprendido de súbito.-
¡Algún campesino debe estar acercándose de "callandillas"
¡ El muy hijo puta, pues no ha dejado escapar ni una sola "pitá"!
Agucé oído con toda atención, a la vez que busqué al posible visitante con ojos ávidos a través de la tronera. Ver, de momento, no, pero sí pude oír como un tímido y casi imperceptible “curicheo”, allí, prácticamente, pegado a mis pies. Y he aquí que, inesperadamente, empecé a ver, sobresaliendo entre el verde trigal, en cuya linde se alzaba el pulpitillo, cabezas y más cabezas de los que, indecisos y como despistados, parecían ponerse de puntillas para salir en una foto, al tiempo que acudía a la plaza, inesperadamente y repentizando una carrerilla, el que “cuchicheaba” casi pegado a mis pies. Al parecer, era éste como "el abad o padre prior" de aquella tan extraña procesión de monjes. Debió acudir después de ordenar a sus súbditos que esperaran allí, en tanto él se acercaba a ver qué era lo que pretendía aquel impaciente e intruso predicador allí en el púlpito. Entró como temeroso y en clara actitud de paz, mirando al intruso con el cuello de a metro y como diciéndole: “Pero bueno, ¿a qué viene esto?"
¡Bastantes peleas y humillaciones hemos sufrido ya, como para enzarzarnos ahora en una nueva reyerta"!
No le dio tiempo a mucho más, pues viendo que El Chepa lo estaba recibiendo, transfigurado, como de costumbre, en una tan farisaica como amorosa clueca, allá quedó panza arriba y sin decir ni "mu".
A la explosión del tiro, sólo algunos de los acompañantes se volaron, pues pude ver que, por lo menos, dos ni se coscaron, quedando allí inmóviles y mirando aún más despistados de lo que ya lo estaban, y como sin saber por donde había sonado aquel tan extraño e inesperado trueno. Daban la sensación de encontrarse a la espera del "Padre Abad", pero que, viendo que ni se movía, aún estando tan cerca, comenzaron a inquietarse un tanto.
Haciendo la "mortuoria" estaba el trovador, cuando uno de ellos se adelantó con pasos “quedos” y recelosos, entrando en la plaza, seguramente que en busca del jefe, aún más desangelado y pío que entrara el prócer. El primer sorprendido fue el propio trovador que, rápidamente, se vio como obligado a transformar aquel su fúnebre responso, en el que le estaba haciendo “la mortuoria” al Prior, por el de las albricias de un nuevo y jubiloso recibimiento de emergencia, por lo que no tardó en llegar lo que, en tales circunstancias procede: un nuevo disparo y otro difunto más que se apuntaba en el libro de los caídos en este guerra.
Con los dos cartuchos de la del "dieciséis" disparados, y viendo “correrse” entre el monte, que no volarse, al que estaba en compañía del recién caído, aproveché para recargar la escopeta con nuevos cartuchos, por supuesto que con toda premura y no menos tacto. Casi no me dio tiempo, pues El Chepa, de nuevo, tuvo que olvidarse de la "mortuoria" del segundo abatido, para ponerse con toda urgencia a recibir a un nuevo visitante.
Y así, una vez que los seguidores de aquella especie de secta se cercioraron de que el jefe y el que, seguramente, debía ser el segundo de a bordo, junto al asistente, estaban más muertos que el tatarabuelo de Nefertitis, los restantes fueron entrando al patíbulo, uno tras otro, como sumisos dolientes en llorosa comitiva, y, entre tanto, El Chepa, como loco, sin saber si dedicarse a cantar responsos en las "mortuorias" o ponerse a recibir a los que iban llegando.
Siete, fueron siete los caídos, y a todo esto casi en menos que canta un gallo corralero. Estaba casi seguro, por otra parte, que los siete eran machos, cosa que, por más que lo pensaba, no me lo quería creer, aunque cierto era que, en alguna que otra ocasión, había oído comentar a algún amigo pajarero, que existían unos bandos como de machos amariconados, que cuando se tenía la suerte de pisar el terreno de alguno de ellos y se le mataba al jefe, allí se armaba la de “la mundial”.
Tenía todavía algún tiempo por delante, para seguir dando “el puesto”, pero estaba que no vivía por escapar del “tollo” para satisfacer mi ávida curiosidad, cerciorándome de lo que, realmente, era aquello. Tanta curiosidad tenía por comprobarlo que, cuando, por fin, me decidí dar por concluido “el puesto”, casi me olvidé que, estando El Chepa en el pulpitillo, lo primero que había que hacer y con toda premura además, era acudir a ponerle la sayuela, si es que no quería que se descalabrara, dando saltos y “alambreando”, conforme me veía acercarme a él.
Efectivamente, cuando los tuve en mis manos y pude ver los "peazos" de espolones que todos y cada uno de ellos lucían en sus patas, se me despejaron todas las dudas. En efecto, todos eran machos, formando una de esas vergonzosas toradas de monjes, con la que yo jamás había dado, y que, en aquella ocasión, fui a dar con una de ellas, precisamente, en "El famoso Puesto de “La Tebaida", conocido por “el puesto del Sacristán”. Y...¿dónde mejor - digo yo - para que acudiera a él una comunidad de “monjes”, ya que de alguna manera olía a Iglesia?
A guisa de posdata quisiera dejar reflejada en esta Biografía del Chepa un “puesto” de muy similares características, y en el que también entregaran su alma a Dios una comunidad de “monjes”, que diera mi gran amigo Antonio Moyano a un magnífico “pájaro” al que, por haberlo comprado allá por los predios de La Iglesia disidente de “La Santa Faz” en El Palmar de Troya, lo bautizara con el nombre de “El Papa Clemente”, porque así se llamaba El Jefe espiritual de la tal Iglesia disidente. Por cierto -¡Qué coincidencia tan curiosa! – el aguardo era un viejo tollo de piedra, conocido entre los pajareros con “el puesto del Cura”.
Este puesto mío con El Chepa, también se trataba pues de un muy conocido aguardo y, asimismo, se dio la puñetera coincidencia, como para que en él, además de que entregaran su alma a Dios un bando de “monjes, de que se le conociera como “El Puesto del ”Sacristán”, (como ya he dejado dicho) el que sin llegar a la categoría, en eso del nombre, del que diera mi amigo Moyano, en eso otro de la renta conseguida, sin embargo, no le fue a la zaga.
Tal anécdota quedó expuesta en mi Libro: “Anecdotario del mundo del Reclamo de Perdiz”, y hasta puede que en algún que otro también, como es posible que sea en el de “El mundo del Reclamo”.

©José Fernando Titos Alfaro
Nº Expediente: SE-1091 -12

miércoles, 29 de noviembre de 2017

Bassin, el hereje de Guadalcanal 2/2

Precesión Auto de Fe 1560
Capítulo IV del libro “El legado de Palium Virginis”

Segunda parte del resumen del capítulo de mi libro inédito “El legado de Palium Virginis” (primera parte publicada en este blog 15 de Noviembre de 2017.

Este capítulo está construido en la historia y referencias a la cita de un libro que leí hace tiempo sobre los herejes de Sevilla que fueron quemados vivos en el Prado de San Sebastián en la vísperas de la Navidad del año 1560, en la relación de herejes consta un tal Bassin Khadel Kashan (Joaquín de Atalaya), nacido en Guadalcanal sobre el año 1520. Fundada sobre hechos y lugares reales de la época, bien le pudo suceder a nuestro paisano por su condición de mozárabe y arriero.

Poco después cruzaron el único puente que había de madera en varias leguas para cruzar el gran río, llegaron a las murallas y entraron por la Puerta Real a la villa. Uno de los escuderos de D. Luján acompañó a Nicolasillo al barrio del gremio de los alfareros de Triana y tras entregarle una taleguilla con monedas al maestro alfarero Pedro Jaramillo y un escrito de D. Luján se dirigió al zagal indicándole con voz ronca y autoritaria,
- Este es tú nuevo amo y hogar, procura no defraudar a mí señor o yo mismo te ajustaré cuentas.
La vida de Nicolás con apenas catorce años había tomado un nuevo e inesperado giro, era tratado como uno más de la casa del maestro Pedro enseñándole un oficio, cerca de nuevo de su padre que se hallaba pendiente de ser juzgado y gracias a la gestión de D. Luján con su amigo el juez inquisidor D.Pedro Solsona podía visitarlo una vez a la semana llevándole un poco de comida, mucho cariño y esperanza, así, todos los días primero de semana lo esperaba un viejo carcelero en una angosta puerta lateral junto al río de difícil acceso y escasa vigilancia para introducirlo por los oscuros y angostos pasillos que conducían hasta la celda del reo.
Pasaron más de dos años y seguían las interrogaciones, torturas y vejaciones, por el proceso iniciado contra Joaquín de Atalaya y muchos presos más acusados por la Santa inquisición en las cuadras de la Torre de san Jerónimo en el ala este del castillo. 
Nicolás convertido ya en joven alfarero, se reunió con su madre y hermanos en el verano del 59, de nuevo gracias a la intersección de su tío D. Luján y vivían agrupados en una modesta casa choza de barro y paja cerca un arrabal llamado “El Tardón” a unas cien varas del castillo.
El 25 de septiembre del año 1559 con motivo de los fastos organizados en honor al nuevo rey D. Felipe, se organizó un Auto de fe en la plaza de San Francisco, esta que salió desde el Convento de San Pablo, baluarte y cuartel de los servidores de la fe y terminando en el Prado de San Sebastián, donde fueron quemados junto con otros condenados varios frailes del convento de San Isidro del Campo, entre ellos Fray Cirilo valedor en la primera época de internamiento del reo Joaquín de Atalaya.
En un frío martes de 12 de diciembre de 1660, fueron visitados por el Inquisidor D.Pedro Solsona y D. Luján en su modesta casa Nicolás y Teresa, (su paciente madre), siendo informados del veredicto de condena a muerte de Joaquín acusado de suministrar y portear textos prohibidos que incitaban a la herejía y ser poseedor de un gran secreto no confesado contra la estabilidad y buena moral de la única y verdadera fe.
El 21 de diciembre fue anunciada por las campanas, sermones, plegarias de todas las parroquias, pasquines pegados en sus puertas y las de otros lugares públicos de Sevilla y muchas leguas de alrededor el Auto de Fe a celebrar el día siguiente en el que serian ejecutados los llamados herejes de Sevilla. Aquella noche la procesión salió del convento de San Pablo hasta la Plaza de San Francisco, los frailes portaban la exuberante cruz verde de madera que presidiría encima del gran tablado construido para albergar a nobles, hijos-hidalgos, inquisidores, clérigos y cabildo de la ciudad, estos, vestidos con sus mejores galas para mejor gloria y realce del evento a celebrar el día siguiente. A esa misma hora, otra procesión, esta más humilde llevaba otra cruz al quemadero del Prado de San Sebastián, el lugar por la gran cantidad de haces de leñas apilados y custodiados por los hombres de orden de la Santa Inquisición, presagiaba que al día siguiente tendría un gran acto para depurar Sevilla de herejes y ateos con un castigo ejemplar.
En aquellos días, Sevilla se encontraba abarrotada de gente de todas las clases sociales procedentes de cercanos y lejanos lugares, que buscaban los cuarenta días de indulgencia, estos, dormían en soportales de iglesias y parroquias, casa labriegas y cualquier otro sitio que sirviese de cobijo para mitigar aquel frío que invadía la ciudad y la peligrosidad nocturna de asaltos, los víveres empezaron a escasear a pesar de que los forasteros venían previstos de animales, frutas y otras viandas, la gran cantidad de basura acumulada aumentaron los malos olores, enfermedades y el aire se hacia irrespirable, durante el día todo era distinto, el bullicio llenaba las calles y las tabernas del puerto y los tratos y truques eran visibles en cada esquina o plaza.
Aquel martes del invierno del 22 de diciembre, día de San Demetrio amaneció gélido, el cabildo de la ciudad había vetado carruajes y caballerías en el interior de la muralla para evitar y controlar mejor que el gran tumulto de gente colapsaran el paso de la comitiva, gente que se desperezaba al lado de calderas y candelas mantenidas durante toda la noche para evitar el frío y la negrura de la noche, carrillos de mano a semejanza de puestos ofrecía por unas monedas buñuelos, pastelillos, masa frita, calderillos de hidromiel, leche mezclada con esencias y otras viandas para saciar a los transeúntes que se aglomeraban en plazas y vías de transito.
Más mediada la mañana, la muchedumbre se dirigía a las abarrotadas iglesias y capillas a recibir los cuarenta días de indulgencia junto con los gratuitos panes y peces arenques, como eran de rigor, prometidos durante días desde los púlpitos para el ansiado día de Auto de Fe. 
Por fin, inicio su marcha la solemne procesión desde la puerta principal del castillo de San Jorje en el populoso barrio de Triana con más de 70 condenados, más de trescientas varas por delante en ceremoniosa comitiva hasta llegar a la plaza de San Francisco, en la plaza de San Pedro se uniría a la comitiva los frailes dominicos, después bordeando la de Pajarería para hacer los preliminares del camino más largo, continuaba el séquito cada vez más numeroso con la incorporación de frailes, clérigos de las parroquias cercanas y todos ellos escoltados por los soldados de fe, enzarzando el desfile victorioso y de gran colorido.
El retumbar de los tambores de los alabarderos y el confuso clamor que iba llegando del gentío anunciaban cada vez más cercano el momento de aquel apocalipsis, por fin el gran río, las barcas que componían el puente temblaban ante los pies de la comitiva, abierta por una decena de soldados a caballo, único grupo que eran autorizados a llevar sus cabalgaduras, el resto de la comitiva lo hacía a pie, si exceptuamos los condenados más significados que iban montados a horcajadas en famélicos jamelgos llevados del ronzal por moriscos a modo de escuderos ataviados con turbantes para formar jinete y escudero el más experpéntico cuadro que cualquier pintor realista pudiera pensar, allí entre ellos, se encontraba Joaquín de Atalaya, montado en su viejo amigo, su rucio Canastero, con las manos atadas atrás, muy menguado, apenas pasaría cuarenta kilos, en lamentable deterioro físico, resto de hambres y torturas, barba y pelo largo, cubierto su cuerpo de resto de trapos de lo que fueron las calzas y el jurón con los que fue detenido, aun así, le quedaba la mirada limpia y altanera de aquel orgulloso arriero que había salido con su hijo de Guadalcanal aquella primavera del 57.
Detrás la gran cruz verde y tras ella el enorme séquito formado por los justicias de hijosdalgo y de plebeyos, nobles, clero mayor y nobleza de visitantes invitados a los fastos, todos ellos lucían su mejores armas, sombreros adornados y galas, dando colorido a aquella comitiva de hombres ilustres que contrastaban con los miserables ropajes, gorras o caperuzas de la gente humilde encaramadas en balcones, azoteas, bohardillas, poyetes o muros y que se destocaban ante el paso de la gran cruz, entre ellos, embullidos por la multitud, la familia de Joaquín asistían al último acto de aquel “circo romano”.
Seguidos por otro grupo de simples condenados, estos pintados con aspas o medias aspas, condenados, a pie, descalzos y semi desnudos que eran objeto de los insultos, junto a ellos los pocos frailes que restaban vivos del monasterio de San Isidoro.
Vejaciones, insultos, canciones alegóricas y fruta podrida arrojadas por los buenos cristianos que apenas le dejaban espacio para abanzar hacia el patíbulo redentor hacían más angosto el camino. Seguían a estos condenados unas figuras de cartón que presentaban burdamente a los herejes huidos, pero que habían sido juzgados y condenados y serían igualmente pasto de las hogueras, así como unas cajas de huesos y restos de los que durante el periodo de interrogatorios habían sido llamados por el Señor o Satanás que igualmente serian quemados como último acto de pureza y salvaguardia de la fe llevada por la Santa Inquisición.
Cerrando la gran comitiva acompañados por los soldados de cristos con alabardas y arcabuces iban los inquisidores, oficiales seculares y los llamados familiares del Santo Oficio, entre ellos con la mirada perdida y sintiéndose observados con sus lujosos ropajes D. Pedro Solsona y D.Luján de Atalaya.
Por fin la siniestra comitiva llegó al Prado de San Sabastián donde dos púlpitos atestados y abundantes hogueras alimentadas de leña apilada a su orillas, esperaban a los actores principales de aquellos actos. Subido en uno de los púlpitos un fraile de la Orden de los Predicadores que una vez que las masas sucumbieron en un intrigante silencio iria leyendo una a una las sentencias de los condenados en orden de mas livianas a las mas graves para permanecer en actitud atenta a los asistentes.
Después de mas de una hora de despachados castigos mas veniales y cuando la multitud pedía a voces sentencias ejemplares, el dominico que ocupaba la parte central del púlpito tranquilizó a la masa y empezó a leer los pecadores que más habían ofendido a la santa iglesia, empezando por los monjes jerónimos de San Isidoro incluido su prior fray Dámaso Alcolea y siguiendo por otros condenados como Joaquín de Atalaya, acusado de suministrar y portear textos prohibidos que incitaban a la herejía y ser poseedor de un gran secreto contra la estabilidad y buena moral de la única y verdadera fe, los docctores de mala praxis Edigio y Constantino y el arriero de Guadalcanal, fueron quemados en la hoguera del prado de San Sebastián aquel frío día 22 de diciembre de 1560, otras gentes acusadas de actos horribles contra la fe por el tribunal de la Santa Inquisición, las monjas Dorotea Cháves, y Dolores Atienza, Leonor Núñez por practicar la brujería y medicina esotérica que fue viuda de Gonzalo de Rivera y sus tres hijas mayores, el ingles Nicholás Burton que proclamó su ateísmo en bodegas de Sanlucar y en las tabernas del multitudinario puerto de Sevilla y a otros ciudadanos que tuvieron la mala suerte en su vida de cruzarse con la inquisición.
También se quemó en aquel acto la esfinge de cartón de Juan Pérez huido pero condenado a la hoguera por el santo tribunal y los huesos de los que no aguantaron las torturas como Juana Bohórquez el portugués Joao Pereyra.
Mediada la tarde, poco a poco los actos ejemplares tocaban a su fin, entre vitores de los buenos cristianos que empezaron a abandonar lentamente el Prado de San Sebastián. La masa se dirigió entre las angostas calles que rodeaban la casa del Almirantazgo y La Puerta de Jerez calle Génova arriba para entrar por la Puerta del Perdón y el patio de los naranjos a la Catedral de la Sede de Santa María de Sevilla y oír la misa última de la tarde.
Dos fechas después, día de la Natividad del Señor, un sirviente de D. Luján se presentó en la modesta casa de los Atalaya con un carro tirado por dos acémilas, la familia de Joaquín al completo emprendieron en él su regreso a Guadalcanal, tras varios días de penurias y frió llegaron a la villa entrando por la puerta del Jurado, se establecieron en extramuros en un pequeño huerto con vivienda que poseía la familia de Bassin, el hereje de Guadalcanal en el camino del Convento de San Francisco y Nicolás empezó a trabajar en la calle Olleros junto a su tío abuelo Kayden Abdel Rahim ayudándole en la alfarería y haciéndose cargo de la misma a la muerte de este.

Rafael Spínola R.

miércoles, 22 de noviembre de 2017

El mundillo de la jaula 11

El Chepa
Un Reclamo de Perdiz de Capricho y Caprichoso 11

Catorceava parte.- 
Durante el segundo celo, tuve al Chepa al pie del cañón todos cuantos días podía salir a colgar, que, como ya tengo dicho, sólo podían ser los fines de semana, y siempre con permiso, claro está, de su majestad “doña atmósfera”. Para ello decidí que sustituyera al “Dulcineo” en el puesto de luz del Sábado, y al Tarta en el de la tarde del Domingo. En este sentido pues, dejándome de recomendaciones y demás zarandajas de los “sabelotodo” en esto de los catecúmenos, rompí con todos sus cánones.
El campo, ese celo, estuvo fatal desde principio a fin, por lo que fueron muy pocas perdices las que pude tirar. No me importó en absoluto, pues para un pajarero de mi filosofía, esto de matar perdices en el puesto, no pasó nunca de ser, cuanto más, la guinda que adorna el pastel. El auténtica pastel para mí fue siempre disfrutar de la Naturaleza, al ritmo de la emotiva tensión del siempre tan incierto desenlace de cada lance, culminado con éxito o no, y, por descontado, viendo el comportamiento de los reclamos, siempre y cuando, claro está, éste comportamiento fuere, al menos, aceptable, como, en este concreto celo me sucediera, pues si bien, tanto “El Dulcinea del Pedroso” como el Tarta fueron más "vaquillas de media obrá" que nunca, por lo poco que se “les corrían las campesinas” y las muchas dificultades que ofrecía el tiempo, El Chepa, por el contrario, en todos y cada uno de los puestos que le daba, demostró, inequívocamente, que, en efecto, llevaba todas las papeletas para ser un "fuera-serie". Y digo esto de que "llevaba todas las papeletas”, porque todos sabemos que, por lo general, hasta el tercer celo, un reclamo no nos garantiza lo que, realmente, lleva dentro y ya para toda la vida, por lo que, no antes, no debemos ilusionarnos en demasía, y asimismo, irnos un tanto de ligeros, para entregarles las credenciales. Y es que, como decía aquel viejo y sabio pajarero, maestro mío, llamado El Tío Bastián, " hasta el tercer celo, un pájaro no está fuera de “culero".
No fueron demasiados interesantes ni atractivos los puestos que di en ese celo, no obstante, sí quisiera detenerme en un puesto de mañana, que le diera a este fenomenal y muy despierto alumno - miren ustedes por donde - allá por nuestros ya conocidos parajes de "Las Cochineras".
Ese día, por contra a aquel espléndido día, desbordado de luz y bonanza, y que podríamos recordar como el de la infiel y redomada viuda, fue un día de cielo cenizoso y “panzaburrero”, aunque sereno, si bien, por la tarde, se le acentuó una neblina, un tanto “meona”, con aquel su menudo y casi imperceptible chirimiri, y que, no por tratarse de una tan suave lluvia, dejara de poner a uno como una sopa, así como para poner a gotear las ramas de los chaparros.
El Chepa, como siempre, tan pronto se vio despojado de la sayuela, salió con aquellos sus "engallaos" reclamos de cañón, que, por lo común, solían ser de siete u ocho golpes, y que, por la virilidad y bizarría que en ellos ponía, parecía inverosímil que pudieran escapar de aquel cuerpo tan menudo del liliputiense, como ya he dejado dicho por ahí en alguna que otra ocasión.
No tardó en "ponérsele al aparato" un macho, con vozarrón como enronquecida por el tabaco, por allá perdido entre las jaras de la ladera de una repinada colina, que se alzaba, justamente, frente al apacible corono en que tenía ubicado el tollo. La beligerante porfía de retos y “contrarretos” no se hizo esperar, y en ella comenzaron a pasarse minutos y más minutos, entre "un me acerco y un me retiro" del enronquecido campesino. Lógicamente, no tardé en sospechar que el puesto iba a transcurrir como la mayoría de los que, a esas alturas, ya llevaba dados: "mucho cantar, pero poco acudir". No fue así, sin embargo, pues cuando más desanimado me encontraba, ya que el campesino parecía haber hecho mutis por el foro, al no contestar a los insistentes “reclamos, cuchicheos y piñoneos” del trovador del pulpitillo, pude ver, de repente, al muy cantarín trovador del Chepa que, embolado y “enmoñado”, dejaba escapar unos apagados reclamos de embuchada.
-Ya está aquí el muy cabrón del retrancón, después de haber entrado de "callandillas".- Me dije, a la vez que me apresuraba a buscar con avidez al posible visitante, a través de la tronera, entre el clareo de la maleza que rodeaba al “entronizado” trovador. Sólo unos instantes después, pude ver, no a uno, sino a tres invitados, que por allí merodeaban un tanto recelosos. En efecto, se trataba de un macho con dos hembras.
El bígamo, ante la insistente y engañosa invitación del fariseo, se coló en la plaza, “curicheando”, engreído y amenazante, comenzando a darle vueltas al pulpitillo, buscando decidido el lugar más estratégico por el que encaramarse al retador y osado intruso, con las malas “jindamas” de asarlo a picotazos. Las hembras, entre tanto, como meras observadoras y en su papel de simples comparsas, allí permanecían al margen, sobre una praderilla de margaritas silvestres que, estando en su esplendor, daban la sensación de ser un apretado servicio de huevos fritos de codorniz sobre un verde y limpio mantel. Sentí la tentación, por la muy adecuada posición que tenían las dos pajarillas, de dispararles con la idea de hacer una carambola. Tentación en la que no caería, porque además de que siempre fui un gran enemigo de tales “pichinerías”, en aquella ocasión, se me estaba ofreciendo en bandeja de plata, una de las más codiciadas oportunidades, para poder analizar la verdadera valía de aquel empollón examinando, intentando cautivar y rendir a sus pies, nada menos, que a dos damas por separado, una vez que quedaran viudas, abatiendo al bígamo amante.
Fue, exactamente, lo que sucedió. Olvidándome totalmente de las amantes, esperé, con la escopeta ya encarada, a que el bígamo apareciera de detrás del pulpitillo, en una de sus vueltas. Le centré entonces el punto de mira en uno de los costados, y quedó fulminado y sin mover ni una sola pluma.
Las hembras, lógicamente, a la explosión del tiro, se volaron despavoridas. Viendo que el común esposo no acudía a ellas, comenzaron a llamarlo a lo lejos y como a porfía. Sus llamadas, ya de por sí tan desesperadas, llegaron a hacerse realmente patéticas, al comprobar que el amante, no ya sólo no acudía a su lado, sino que ni siquiera les contestaba. Y, entre tanto, el intruso galán, tras "una mortuoria" como de emergencia al recién abatido, acudía a lanzarles requiebros y más requiebros, con desbordada euforia y galantería, a las que tan fieles esposas parecían ser, reclamando al común esposo con aquellas tan sentidas y desesperadas cuitas de amor, y, por descontado, sin hacerle “ni puto caso” a aquel osado galán, que se les colara en su territorio como de matute, por más que el susodicho no desistiera ni se desanimara ante tan evidente desprecio y aún más descarado despecho.
Ninguna de las dos tuvo, por el contrario, la simple curiosidad de acercarse por allí por donde vieran, por última vez, a su común esposo, aunque sólo fuera con la intención de poder saber algo del desaparecido, si es que no, atraídas por la amorosa serenata del juglar.
En constante movimiento e, incluso, en desesperadas “volatas” rasantes de acá para allá, aunque siempre a más que prudencial distancia, no desmayaron en aquella su desesperada cantinela durante toda la santa tarde. Yo, por mi parte, sin embargo, tampoco llegué a perder en ningún momento las esperanzas de un posible lance, ni aún viendo que el día estaba dando las últimas “boqueás” con la noche ya en las mismas puertas. Y es que no era para menos, viendo el entusiasmo y la sabiduría con que aquella preciosidad de pollo de dos celos estaba intentando trajinárselas.
Si es que aún no lo tenía claro, esa tarde me quedó absolutamente despejado que la astucia más taimada es algo inherente a la propia naturaleza de toda fémina, pues ambas
esperaron a que el día estuviera entre dos luces, para acercarse a ver, protegidas por la penumbra del anochecer, lo que había pasado con el esposo, y fue entonces cuando apenas si pude ver a las dos damas relampagueando entre la maleza que rodeaba al pulpitillo, como dos misteriosas y escurridizas sombras. ¡Qué bien sabía yo que, tarde o temprano, tenían que acudir allí adonde vieran por última vez al amante! ¡Qué recibimiento el del Chepa! ¡Ya no sabía qué hacer, aún estando haciendo encaje de bolillo en su recibimiento! Tuve la oportunidad de tirar a una de ellas a la carrera y como a traición, pero...¿para qué...? No merecía la pena, además de que no estaba donde ni cómo debía estar. A partir de ese momento y con la noche, prácticamente, encina, la perdí definitivamente de vista y ya nunca jamás se supo de las apenadas y fieles viudas.
-Si este excepcional reclamo.- Me dije en esos entonces, a la vez que salía del tollo.- no ha reventado en el largo y arduo puesto que ha dado durante toda la santa tarde, ya no
reventará jamás. Con la poca cosa que es.- Pensé.- y los "peazos de güevos" que tiene el muy bribón. Fue este un puesto como para quedar grabado en el alma de cualquier aficionado por los siglos de los siglos, amén.

©José Fernando Titos Alfaro
Nº Expediente: SE-1091 -12

miércoles, 15 de noviembre de 2017

Bassin, el hereje de Guadalcanal 1/2

Castillo de Triana
Capítulo IV del libro “El legado de Palium Virginis”

Primera parte del resumen del capítulo de mi libro inédito “El legado de Palium Virginis”

Este capítulo está construido en la historia y referencias a la cita de un libro que leí hace tiempo sobre los herejes de Sevilla que fueron quemados vivos en el Prado de San Sebastián en la vísperas de la Navidad del año 1560, en la relación de herejes consta un tal Bassin Khadel Kashan (Joaquín de Atalaya), nacido en Guadalcanal sobre el año 1520. Fundada sobre hechos y lugares reales de la época, bien le pudo suceder a nuestro paisano por su condición de mozárabe y arriero.

Bassin Khadel Khasan mozárabe converso hijo de una familia media de moriscos que vivía en la calle de los Olleros, en el barrio de los gremios de la villa y con el nuevo nombre cristiano de Joaquín de Atalaya, salió de Guadalcanal por la puerta del Jurado, apenas 20 leguas le separaban de su destino, el Convento de San Isidoro del Campo de Sevilla, aquella mañana soleada de Abril del año del señor de 1557 con su hijo Nicolás, el pollino Canastero y la reata de mulos.
Joaquín creyó conveniente que le acompañara su hijo mayor Nicolasillo, tenía que hablar con él de un asunto muy importante, un secreto de familia.
- Nicolasillo tú eres mi hijo mayor, nuestra familia ha heredado un secreto que se nos ha dado en custodia, algún día tú serás el depositario, para ello nunca debes vender el huerto del camino de San Francisco.
- No es el momento de darte más detalles, tendrás que estar ojo avizor por si me pasa algo.
Transportaban un par de tinajas de vino en cada serón de doble seno de sus acémilas excepto en dos de ellas que estaban destinadas a la carga de vino “ojo de gallo” de Constantina que producían los frailes de la Orden San Basilio y debían cargar en el Convento del Tardón. 
Al llegar a la vecina localidad después de dos jornadas de sol habían recorrido 8 leguas y 160 varas por un camino de retamas, alcornoques, viñedos y olivos, al llamar a la puerta del convento les recibió un fraile de avanzada edad, rechoncho, con la cara inexpresiva y redonda en la que se le dibujaba una sonrisa permanente.
- A la Paz de Dios Joaquín y la compaña, ¿que de bueno os trae a esta humilde morada del señor?
- La Paz del señor sea con vuestra merced fray Modesto, nos dirigimos a la ciudad de Sevilla y venimos a completar la carga.
El fraile de la sonrisa permanente los hizo pasar con su numerosa prole de bestias a un patio interior y les ofreció agua fresca del pozo, 
- El sol ya hace justicia a la hora primera y tendréis sed, (les comentó fray Modesto). Acto seguido abandonó el patio con un andar poco armonioso, casi saltarín dejando a padre e hijo embelesados en el bonito artesanado y abundante arbolado florecido de frutales varios del patio principal del convento.
No pasó a penas un cuarto cuando volvió fray Modesto y otro fraile más joven, barbilampiño, larguirucho, de mirada huidiza y una altura poco común con una bandeja llena de viandas, entre ellas dos grandes rebanadas de pan de cereal blanco untadas de aceite y arrope, fruta confitada, un cuartillo de vino para el adulto y un jarrillo de leche con miel para el zagal, comentándo el fraile de la sonrisa eterna:
- Mientras hacéis honor a este manjar que os ha traído fray Miguel nos llevamos las dos acémilas a la bodega interior para cargarlas.
- Cuidado fray Modesto, Pajera la torda es cabezona como un pollino sin domar, lleve delante a la Lovera es vieja y dócil (Repuso el arriero).
Una vez devueltas las caballerías con su correspondiente carga, emprendieron la marcha con la intención de acometer una nueva jornada para llegar a Cantillana, visitar a un familiar y reponer fuerzas, ellos y bestias. Por fin a primera hora de la sexta jornada cuando el sol se ofrecía por el horizonte, cogieron el camino de la margen izquierda del Guadalquivir, un paisaje totalmente distinto al anterior les acogía en dirección a Sevilla, grandes valles de frutales esplendidos y cereales a punto de cambiar su intenso color verde por el amarillo que anunciaba su próxima siega.
Tras una intensa jornada montados en Canastero encabezando la partida, llegaron a las murallas de Sevilla, el zagal se impresionó por la majestuosa imagen de la Torre Mayor que se alzaba altanera por encima de las murallas, 
- Nicolasillo, bordearemos los muros de la ciudad para evitar el pago del portazgo y salvar posibles menguas de la mercancía, le comentó su padre.
Caminaban paralelos al río entre un espeso arbolado que conducía a Córdoba camino del Convento de San Isidoro, cuando apenas quedaba medía legua para llegar a su destino y descargar el buen liquido preferido por el mítico dios Baco fueron abordados por un grupo de hombres a caballo custodiando un carruaje. 
En el carruaje negro con el escudo inquisitorial iba un representante de la iglesia, arropado por una túnica púrpura a pesar del calor, bajo, enjuto y de edad avanzada del convento de San Pablo, acompañado por cinco caballeros en briosos corceles pertenecientes a la Inquisición, púlcramente vestidos y de modales toscos que contrastaban con el sencillo hábito, voz tenue y educación del clérigo, les cortaron el paso espadas y estiletes en mano, después de unos segundos confusos y silencios cómplices, el monje de hábito raído y túnica púrpura bajó lentamente del carruaje con un pergamino en la mano que entregó Joaquín de Atalaya para que lo leyese, estando éste en romance y no entendiendo la lengua el modesto arriero se lo devolvió al fraile con una leve inclinación de cabeza.
- Vuestra merced perdone excelencia, mi escasa cultura no me permite leer tan conciso escrito.
- No te preocupes hijo, contestó el anciano fraile, yo te resumiré… 
- Queda confiscada la mercancía y estás detenido en nombre de la Santa Inquisición por tenencia de libros impíos y prohibidos y portador de un gran secreto que inducen a la herejía a los buenos cristianos de fe.
- Todo será más fácil para ti y tu retoño si nos los entregas voluntariamente, ya habrá tiempo para que nos diga ese secreto tan guardado.
El arriero quedó perplejo por tal acusación y armado de valor contestó a los asaltantes con un escueto,
- Perdonen, soy un pobre arriero que transporto mi mercancía desde Guadalcanal y Constantina para el Convento de San Isidoro y un fiel cristiano convertido.
Con una mirada incisiva pareció el clérigo dar una orden a los jinetes y estos sin mediar palabra alzaron sus espadas y comenzaron a romper con furia las tinajas y derramar el líquido elemento, las mulas empezaron a correr despavoridas, de una de las tinajas salieron varios paquetes envuelto en piel curtida de oveja que los hacía impermeable y conteniendo cada uno de ellos varios libros “prohibidos”.
Instantes después, Bassin Khadel Khasan (Joaquín) se encontraba maniatado y arrastrado por un caballo en dirección a los calabozos del Castillo de San Jorge de Triana, las acémilas esparcidas y algunas heridas de muerte por las inmediaciones del lugar y su hijo Nicolasillo abandonado a su suerte, llorando y montado en Canastero sin saber qué dirección coger, fue el rastro que dejaron en aquel espeso bosque..
Pocas horas después se encontraba el reo en los sótanos del Castillo de Triana, éste que en tiempos fue un bastión de construcción cuadrangular y sirvió para la defensa del barrio de las embestidas morunas, ahora era utilizado por la Inquisición como cárcel y salvaguardia de la religión.
Dos días más tardes el zagal fue encontrado por Ignacio Monfote un arriero, vagando por la zona con su pollino del cabestro, éste le reconoció como hijo de Joaquín, pues se cruzaron en repetidas ocasiones ambos arrieros en los alrededores del barrio de extramuros de San Bernardo. Después de recoger la mitad de la reata de mulos que merodeaban por los alrededores, aprovechándose de la abundante hierba y el agua cercana del Guadalquivir, trató de enterarse por lo sucedido al padre zagal y a la carga, Nicolasillo estaba tan asustado que no acertó a articular palabra, solo sollozaba y preguntaba por su padre.
El arriero se aprovecho de las circunstancias y se apodero de los mulos, dejó a Nicolás a buen recaudo en el Mesón de las Choperas del citado barrio de San Bernardo propiedad de un amigo de su padre, allí fue acogido en las cuadras trabajando para conseguir comida y techo de sol a sol.
Acercándose los menguados días de invierno, una tarde un hidalgo con escolta y vestido al estilo de la más selecta nobleza en paños finos y seda con sombrero a modo de tocado, entró con gran lozanía al mesón, se identificó ante el mesonero como D. Luján recaudador de la Hacienda Real de las Españas y preguntó por un zagal llamado Nicolasillo y que se comentaba que lo tenía de mozo en las cuadras. Martín de los Gazueles, el mesonero, un hombre de edad avanzada y abundantes arrugas, gordo, de aspecto desaliñado y la cara picada por la viruela, abrió su gran boca con una fingida sonrisa en la que apenas se le apreciaban dos o tres dientes someros y se dirigió al visitante, no sin antes hacer una reverencia.
- Maese recaudador, le juro por la cruz de Cristo y la gloria de nuestro magno rey que le deseo muchos años y ventura que yo pago mis impuesto y que al zagal lo recogí por mayor desgracia de su padre y lo trato como a uno más de mis hijos.
- Déjese de pamplinas, haga traer a mi presencia al muchacho y póngame un jarrillo de buen vino tinto de Guadalcanal (respondió el visitante).
Segundos después se encontraba delante del caballero un chico de altura superior a su edad, ojos negros vivos e intensamente penetrantes, aspecto desaliñado y ropa sucia y raída.
Nicolasillo se postró ante el distinguido señor y dijo con voz queda:
- Pa… padre, que hace Vd. de esa guisa vestido de caballero, yo le hacia por las noticias que traen los arrieros encarcelado o algo peor.
- Pero hombre, yo soy D. Luján de Atalaya, tu tío y a la postre, hermano gemelo de tu padre, que Dios bienaventurado y justo le ayude por la atrocidad cometida contra nuestra fe y las normas de la santa iglesia.
D. Luján ante la sorpresa del muchacho, tomó de forma pausada el jarrillo, refrescó su garganta con el preciado líquido y soltó una sonora carcajada.
- Levántate, coge tu atillo y acompáñame a Sevilla.
El mesonero que estaba pendiente de lo que sucedía a mediana distancia de sus ojos, alzó la voz y trató de entrar en la conversación.
- D. Luján yo no pondré ningún inconveniente de que le acompañe Nicolasillo, pero comprenda vuesa merced, con todos mis respetos, llevo varios meses dándole comida y cobijo al zagal y creo que merezco al menos unas monedas para resarcirme de los gastos, el chico es de buen comer y poco desarrollo en el trabajo.

El caballero sin dirigirse a Martín sacó de la faltriquera del jubón dos monedas de diez maravedíes se las tiró al suelo y le dijo que se considerara pagado, sin reacción por los asistentes a la conversación el séquito salió del mesón y el muchacho fue a las cuadras a cogió el atillo, su inseparable Canastero y siguió la comitiva a corta distancia hasta Sevilla.

Rafael Spínola R. 

miércoles, 8 de noviembre de 2017

El mundillo de la jaula 10

El Chepa
Un Reclamo de Perdiz de Capricho y Caprichoso 10

Doceava parte.- 
Sacar los pájaros de los terreros, para recortarlos y para meterlos, de nuevo, en la jaula, siempre fue para mí algo así como un rito, como una sagrada liturgia, ya que siempre lo
hice casi con la unción y reverencia de una religiosa ceremonia.
Ese día que, por tradición, suele ser uno de los primeros días de Diciembre, es una fecha que anhelo de tal grado, que la espero como un santo advenimiento, pues al margen, de que me indica, jubilosamente, que el celo está próximo, me ofrece la muy grata ocasión de poder contemplar a mis reclamos, un año más, en sus jaulas sobre sus respectivos casilleros adosados en la pared, como de exposición, y así como poder observarlos, cómo, cada día, van encelándose al ritmo que les va marcando el paulatino enrojecimiento de sus picos, junto a la mayor asiduidad y vigorosidad de sus cantos, después de haber estado tanto tiempo aletargados y mudos en sus terreros.
Ese año, sin embargo, tenía mis recelos, pensando en que "el enano saltarín", no por enano, lógicamente, sino por saltarín, lo siguiera siendo una vez en la jaula. Preocupación esta mía que, basada en ese tan vituperable vicio - tan odiado por mí, por otra parte - lo estaba, a su vez, en las horrorosas consecuencias que le acarreaba de estar, permanentemente, descalabrado, y que se me hacían aún más preocupantes, pensando en las que le podían acarrear, con la patética posibilidad de poder quedar fulminado en uno de sus saltos, que no sería el primero, que así se suicidara, ya que han sido muchos los alocados desaprensivos que han tenido que ir "a comer malvas (que no berros) al tétrico huerto de los callaos", a consecuencias de tal desaguisado.
Alguien me aconsejó que lo metiera en "una jaula de castigo", que por ser bastante más pequeña, que las normales, daba muy pocas opciones a tan nerviosos y díscolos pájaros, para moverse y, aún menos, para saltarse, ya que la cúpula de las tales jaulas la tienen, prácticamente, pegada a la cabeza.
-¿Y adónde encuentro yo esa jaula para este pájaro, en concreto...?.- Le repliqué.- Tendría que ser la de un grillo, pues es tan pequeño que, más que un pájaro de perdiz, parece una cotolía. Si por añadidura, está recién recortado o tonsurado, pues entonces, ya sin sus plumas más largas, como son las remeras y las timoneras, más que una vulgar totovía, lo que debe parecer es una pelotita de "ping-pong", revestida de plumón y con una postiza cabeza de perdiz.
-Pues entonces.- Me insistió.- adapta una esponja a la cúpula de cualquier jaula, para que, cuando se bote, le amortigüe el golpe y, por lo menos, no se pueda herir. En estos casos, además.- Me explicó.- suele suceder que estos tan sádicos pájaros, cuando ven que no sienten el menor dolor, al chocar con tan mullida y suave cúpula, sino que, por el contrario, lo que perciben es como una grata sensación de suave caricia, suelen desistir de tan inexplicables e inconcebibles sadismos.
Me lo pensé, y opté por lo segundo, ya que me pareció una medida bastante más humana, además de infinitamente más pedagógica y razonable.
¿Qué es lo que sucedió, no obstante...? Que, inesperadamente, aparecieron los imponderables, que, en este particular mundillo del pájaro, no parece sino que están al acecho siempre y por doquier. Pues que, al día siguiente de meterlo, en tan amañada jaula, cuando acudí a reponerle el comedero y a cambiarle al agua, pude ver, con gran estupor, que había pedazos de esponja, más o menos menudos, hasta en el más impensable y perdido rincón de la terraza. El muy sádico del "pequeño saltamontes" se había entretenido en picotear, con tal saña y aún mayor contundencia, aquella tan mullida cúpula, que yo le colocara a su jaula con tanto mimo, que ni la bomba atómica que le hubiera caído encima.
Cuando le conté a mi sabio asesor el sorprendente incidente, se me quedó haciendo cruces. Cuando reaccionó, apenas si me pudo decir que, además de lo “chiquitajo” y menudo que era, - según yo le tenía dicho -vaya una mala leche que debía tener el muy pendón del enano.
Yo, por el contrario, me tomé la cosa a broma y así, más fresco que una lechuga y en tono jocoso, no se me ocurrió decirle otra cosa, sino que, efectivamente, el muy bribón del pájaro debía ser algo parecido a aquel tan legendario Pancho Villa del famoso corrido mejicano. Aquello de "chiquito pero matón".
  
Treceava parte.-
Los cazadores, en general, desde sólo Dios sabe qué tiempo, venimos cargando con "El San Benito" de que somos los más mentirosos del mundo. Puede que, si no en todos, en algunos casos sea verdad, porque cuando el río suena…….Pero es que, en este nuestro mundillo de la escopeta, a veces, se presentan casos que, aunque más reales y verdaderos que el sol que nos alumbra, difícilmente se los puede tragar ni un hipopótamo. Y es que superan a la realidad. A uno de estos tan anómalos y enigmáticos casos, precisamente, es al que quiero venir ahora, y que, obviamente, hace referencia - ¿cómo no? - a nuestro biografiado.
Verán ustedes: El Chepa, a pesar de aquel pundonor, generosidad y excelentes maneras que demostrara tener en los puestos que se le dieran de principiante, seguía teniendo, no
obstante y ya de camino al segundo celo, la mollera más dura que un pedernal en eso de su mala educación, falta de respeto y feo comportamiento de saltarse en la jaula y “alambrear” ante cualquier visitante, aún siendo el tal visitante su tan cariñoso amo y señor. Pero héteme aquí que, un día, viendo que el tan bonancible solito de los primeros días del Otoño no llegaba a los casilleros, allá colgados en las paredes de la terraza, decidí descolgar las jaulas de ellos y ponerlas en el suelo, donde el tan templado y acogedor sol otoñal de Andalucía daba de lleno, y ante el que - dicho sea de paso – en tanto que El Tarta y El Dulcineo se ahuecaron como una piña, tan pronto sintieron en sus plumas la grata templanza del astro rey, el muy cabezota del Chepa por pocas si se queda en el sitio en uno de sus saltos, tal vez, porque, al verse, de pronto, junto a los pies de su amo allá en el suelo, se le agigantara mi figura de tal guisa, que le pareciera la del más monstruoso de los míticos y peligrosos gigantes.
Procurando evitarle que siguiera dando tan peligrosos saltos, escapé de allí como un cohete, teniéndome que buscar una especie de escondite, para poder seguir observando a todos mis Reclamos, que no sólo al díscolo Chepa, viéndolos gozar, a su vez, tomando tan plácidos baños de sol. En ello estaba, cuando mi primorosa hija Pepita Adoración - todo un ángel de Dios con sus cuatro añitos - se coló como de “rondona” y sin que yo me apercibiera de ello, metiéndose en el mismo cogollo de aquella reunión de los que tomaban el sol tan felizmente, y cuál no sería mi sorpresa, cuando veo que, de repente, el muy insociable Chepa, embolado y todo galante, se empezó a pavonar, con dulces “cuchicheos”, cariñosamente engarzados en el pico, ante la angelical visitante, a guisa del que desde el pulpitillo, está “recibiendo” a la campesina, que termina de entrarle en la plaza.
Se me pusieron los pelos de punta. No me lo quería creer.
¿Cómo podía ser cierto aquello que yo estaba viendo...? 
¿No sería una extraña visión de la enfermiza imaginación de un visionario...? ¡Imposible que aquello pudiera ser verdad! ¿El incorregible Chepa pavoneándose, tan galante y delicadamente, ante una tan improvisada visitante que, para “mayor INRI”, en vez de presentarle la cara, le presentaba los pies, por lo que, más o menos, como yo, sólo unos instantes antes, le debería parecer un descomunal y monstruoso gigante.....?
Bien sabía yo, sin embargo, que esta dulce y angelical hija mía, desde que fuera concebida en las entrañas de su santa madre, parecía espejear una gracia especial ante los animales de compañía, pero lo que yo no llegaba a comprender era cómo estos podían llegar a sentirse así, sin más, y aún menos, por un tan huraño perdigón. ¿No sería aquello sólo una misteriosa casualidad...? 
¿Y por qué no el insondable capricho de un perdigón tan caprichoso y de tan extrañas y, a veces, hasta tan inconcebibles reacciones....?
Sin saber qué pensar, ni qué hacer, llamé a la niña a mi lado y, siguiendo allá en mi escondite, volví a mandarla hacia los pájaros, y el enigmático Chepa que, había comenzado a “alambrear”, como con desesperación, cuando se le retiraba la que, al parecer, tan dulce visitante le había sido, al ver cómo se le acercaba de nuevo, volvió a recibirla “enmoñado” y titeando con inefable dulzura y mimo.
Fue entonces, cuando cerciorado definitivamente de la patente realidad de tan inesperado y sorprendente hecho, acudí a mi adorable hijita y, olvidándome por completo del pájaro, la estreché emocionado entre mis brazos y, apretándole mis labios en la frente, le di un beso tan sentido como “restallón”.
-¡Hija de mis entrañas.- Suspiré.- qué gracia no te habrá dado Dios, que hasta el endemoniado del Chepa, se ha rendido, con impresionante y delicada ternura a tus pies!
Y ella se limitó a sonreírme con la angelical dulzura de un querubín, intuyendo en mis palabras, que no comprendiendo, el más dulce y primoroso de los piropos de un padre, en tanto que el pigmeo, aún estando yo presente, allá seguía con su cautivador pavoneo.
Terminaba de descubrir el antídoto del veneno que parecía tener El Chepa, en especial, con los humanos. ¡Cuántos botes y “alambreos” le evitaría en adelante, con mi angelical Pepita
Adoración, pues cuando tenía que visitarlo, bien por el simple placer de estar un ratito junto a él, bien para reponerle la comida o el agua, o bien, incluso, para ponerle o quitarle la sayuela durante el celo, allí tenía a mi lado a mi providencial secretaria que, mientras fue pequeña, tenía que llevar de la mano o en brazos, y que, conforme fue creciendo y haciéndose mayor, cediéndole todos mis poderes, para que me sustituyera en todo cuanto podía sustituirme en los cuidados que había que prodigarle al Chepa.
A pesar de todo, he de confesar que, como la mágica hada no podía estar siempre al desquite, como, por ejemplo, cuando iba a darle el puesto, por lo que todos y cada uno de los celos, el tozudo del Chepa terminaba con la cabeza descalabrada y hecha, por ende, la de un “ecce homo”, pues tanto, al descapillarlo, para empezar “el puesto”, como al acudir a encapillarlo, cuando lo terminaba, el muy tozudo y caprichoso Chepa daba la sensación que necesariamente tenía que saltarse, ya que de lo contrario exploraría como un ciquitraque.

©José Fernando Titos Alfaro
Nº Expediente: SE-1091 -12

miércoles, 1 de noviembre de 2017

El oro de Guadalcanal

El aceite de oliva virgen, es la base fundamental de la Dieta Mediterránea

La Sociedad Cooperativa Andaluza San Sebastián es quizá la empresa más emblemática que nos queda en Guadalcanal,  la regresión de su población y su industria, junto con el abandono del cultivo del cereal, quedando solo algunas hectáreas testimoniales y pequeñas huertas que mantienen sus hortelanos como una producción de autoconsumo, hace que los agricultores se dediquen casi en pleno a la olivicultura, bien es cierto que la superficie total agrícola del municipio es de 27.315 hectáreas de las que solo 4.273 hectáreas de olivar, lo que supone aproximadamente el 20% de su superficie total, hay grandes latifundios dedicados a cotos, algunas fincas de montanera y mantenimiento de ganado u otras actividades menos productivas, es por ello por lo que el cultivo del olivar ocupa el sector principal del municipio, que constituye una de las principales fuentes de ingresos para muchas familias.
Actualmente hay dos almazaras principales, la Cooperativa Olivarera Andaluza San Sebastián, con su aceite Sierra de Guadalcanal como gran baluarte y la S.A.T, Virgen de Guaditoca.
La situación de Guadalcanal, un municipio situado al norte de la provincia de Sevilla, localizado en un valle formado por la Sierra del Viento al norte y la Sierra del Agua al sur, en pleno Parque Natural de la Sierra Norte, donde se encuentra la mayor plantación de olivo su situación privilegiada, una región de montañas de poca altura y forma parte de las Reserva de la Biosfera de la UNESCO.
Este año una de esas dos almazaras, Cooperativa Olivarera Andaluza San Sebastián, está de celebración pues se cumplió 50 años el año de la primera producción de aceite. Se constituyó en 1966 con 17 socios fundadores, entre los que se encontraban Víctor Jaurrieta, un vasco asentado en Guadalcanal desde 1940, que fue uno de sus grandes impulsores.         
Por entonces existían en el municipio cinco molinos particulares y algunas almazaras en grandes fincas, esto junto con otros productores de la zona que compraban producción, hacía una dispersión de precios y algunos productores se pusieron de acuerdo para luchar por un precio justo de la aceituna. Ése, junto al objetivo de crear aceite de calidad, es uno de los grandes retos de la cooperativa hoy día, que tiene más de 500 socios activos, lo que corrobora el crecimiento que se ha producido.
Con el objetivo que se sigue manteniendo hasta la actualidad: la molturación de sus aceitunas y posterior comercialización de sus mejores aceites de Oliva Virgen Extra, es el producto bandera de esta cooperativa que cada año envasa entre 150.000 y 200.000 litros. Se trata de un aceite virgen extra obtenido por molturación de las variedades Pico Limón, de la que procede el 75% del total, y de otras variedades como Manzanilla, Lechín o Zorzaleña.
            El resultado es un aceite de oliva, de color amarillo oro, verdoso, frutado, suave, con sabor dulzón con notas a frutas maduras como tomate y almendras, poco amargo y poco picante. Es ideal aliños de sabor suave en todo tipo de ensaladas, para dar un toque a las carnes de la zona, los pescados blancos y verduras cocidos. Puede ser también usado en postres dulces y mayonesas y unas exquisitas tostadas para el almuerzo, es de efecto laxante y estimula la mineralización y fijación del calcio en los huesos y es el que más vitaminas A, D, K y E aporta.
Según un afamado cocinero, el aceite de oliva virgen, es la base fundamental de la Dieta Mediterránea, ideal en crudo para aderezo de ensaladas y salsas, para untarlo en pan tostado, para condimentar alimentos cocidos y a la plancha; en las frituras es el que mejor conserva las cualidades de los alimentos. Está recomendado por la Organización Mundial de la Salud, como preventivo de las enfermedades cardiovasculares, reduce el colesterol, ayuda a bajar la tensión arterial, previene la formación de cálculos biliares, protege al estómago de úlceras y tiene un suave. 
“Nuestros aceites son de gran calidad, ya que proceden de la variedad pico limón, una aceituna autóctona de la zona, que sólo se encuentra en la Sierra Norte de Sevilla y en el sur de Badajoz”, comenta Juan Ventura, presidente de la cooperativa. "Es afrutado y con un gran aroma", añade. De hecho, la calidad de este aceite ha sido premiada en distintas ocasiones. En las campañas 2008-2009,2009-2010, 2011-2012 y 2012-2013 obtuvo el primer premio al mejor aceite de oliva virgen extra de las sierras de Sevilla, otorgado por la Diputación.
Este 50 aniversario es muy especial para la cooperativa, que en 2018 espera seguir creciendo “con la fusión con la otra almazara del municipio, la S.A.T, Virgen de Guaditoca” , comenta el presidente  del Consejo Rector Juan Ventura.
La Campaña que está a punto de comenzar, debido a la sequía y otros factores, la cooperativa espera recoger 6 millones de kilos de aceitunas, frente a los 9 millones del año pasado, aunque la producción será menor por estos factores y, la vecería de la aceituna será de mayor calidad.
Las actividades conmemorativas de este 50 aniversario se iniciaron el pasado 9 de diciembre del año pasado, con la asamblea general de socios y las  XXIV Jornada de Olivar de Asaja Sevilla, celebrada en este municipio. Pero además, en Navidades se han estado organizando encuentros olivareros con los escolares del CEIP Nuestra Señora de Guaditoca para darles a conocer la importancia del aceite en general y poner en valor el aceite Sierra de Guadalcanal en particular. Estos encuentros han continuado también a partir de enero con alumnos del IES Sierra del Agua de Guadalcanal y con otros sectores como la asociación de Mujeres, Hamapega. También se han convocado distintos concursos: uno de pintura para escolares de Infantil y Primaria, uno de pintura y literatura para Secundaria y uno de pintura y fotografía para público general. Todas estas actividades tuvieron su colofón final el día 1 de abril con una gran fiesta en la que se harán la entrega de premios y se rendirá homenaje a personas de referencia en el sector olivarero.
Por último y a título de comentario, pienso que aún queda dar un gran paso, tenemos el producto y  la calidad necesarios para abrir mercado y posicionar el aceite en ese mercado, el primer paso, la producción está conseguida pero la rentabilidad del producto está en sacarle beneficio a la transformación, esto solo se consigue abriendo mercados, posicionando el aceite envasado y consiguiendo la mayor venta de este “oro líquido” envasado.

 Premios.-

-Premio de la Diputación de Sevilla al mejor Aceite de Oliva Virgen Extra de las Sierras de Sevilla. Campañas 2008/2009- 2009/2010- 2010/2011- 2011/2012- 2012/2013.
-Premio a la calidad del Aceite de Oliva Virgen Extra de la Sierra Norte de Sevilla y Campiña Sur de Badajoz. Campaña 2006/2007.
-Premio a la mejor presentación del Aceite de Oliva obtenido en la
provincia de Sevilla. Campaña 1999/2000.
Rafael Spínola R.

miércoles, 25 de octubre de 2017

El mundillo de la jaula 9

El Chepa
Un Reclamo de Perdiz de Capricho y Caprichoso 9

 Décima parte.- 
Después de que, en aquellos “sus puestos” de catecúmeno, el neófito jorobado demostrara tener madera, como para poder tallar en ella todo un impresionante campeón, estaba yo con mi Chepa como "Mateo con la guitarra". Por eso, cuando me ponía a observarlo allá en la terraza (por cierto que, siempre, como un furtivo, porque cualquiera daba la cara de lleno) y le veía aquella su cabeza de Nazareno camino del Calvario, sentía que el alma se me caía de cuajo. No llegaba a explicarme - de verdad de la buena - que un pájaro tan honesto, tan noble, tan generoso, tan valiente y con tanto arte y sabiduría sobre el pulpitillo, fuera tan poco sociable, tan poco agradecido, tan esquivo, tan caprichoso y tan "malage" ante la presencia de cualquier visitante allá en la terraza, incluido el amo que tanto lo mimaba y lo cuidaba. Es que hasta la comida se la tenía que echar como a traición, si es que no quería que el muy descastado se pusiera a "alambrear" o "hacer la carrucha" como enloquecido, si es que no a dar saltos como poseído por el Demonio. De donde le pudiera venir aquel atroz e inconcebible resabio, fue un misterioso secreto que el pobre del Chepa se llevaría a la tumba, después de estar, nada menos, que doce años a mi lado.
Una vez cerrada la veda, solía mantener a mis reclamos aún en la jaula hasta, más o menos, finales de Marzo o primeros de Abril, en que los metía en los terreros, aunque siempre supeditado a que los temibles calores de estas sureñas tierras de España empezaran a asomar, cuanto menos, las orejas. Sin embargo, pensé que, ese año, para que el que ya era mi adorable Chepa no terminara por descalabrarse, golpeándose contra los alambres de la cúpula de la jaula, meterlo en su terrero cuanto antes, si es que a sus compañeros no, donde, seguramente, por tratarse de un aposento mucho más espacioso y, a su vez, con un asiento lleno de mullida arena, se debería sentir infinitamente más cómodo y seguro, por lo que dejaría de dar botes e, incluso, aún dándolos, sin el peligro de romperse la cabeza, como el que tenía en la jaula o, cuanto menos, sabiendo que sería muchísimo menor que el que tenía con los alambres de la jaula.
Dicho y hecho, así que cogí mi coche, y según era mi costumbre, allá endilgué hacia la sierra en busca de un cristalino arroyo de aséptica y mullida arena.
Acerté plenamente, pues el saltarín, aunque tan desconfiado y arisco como siempre, teniendo en el terrero espacio suficiente para moverse y así desahogar aquel su terrible nerviosismo, pues, cuando el caso lo requería, corría para un lado y para otro con el apremio del que intenta escapar de un fuego, pero nunca llegaba a saltarse, por lo que,
a los no muchos días, su cabeza estaba curada y cubierta de nuevas plumas que, junto al aseo que le permitían sus baños en tan limpia arena y una vez concluido “el despelecho”, su estampa era, cierto que no la de un “Adonis” o la del aguerrido guerrero que era, pero sí la de un gracioso figurín de exposición.
Lo del “despelecho” de este auténtico capricho de reclamo tan caprichoso, por otra parte, - que tarde o temprano tenía que llegar - era algo que me tenía en vilo, pues bien sabía yo que, siendo tan peligroso en cualquiera de los celos, lo era, especialmente, en el primero, así que, siendo yo tan meticuloso en todos y cada uno de los cuidados que mis reclamos requerían, ese año, debido al Chepa, me extremé en ellos, por lo que tanto El Tarta como El Dulcineo y, en especial, El Chepa, en cosa de un mes o así, estaban que ni recién esculpidos por la mágica mano del escultor de La Venus de Milo.
Efectivamente, el futuro campeón, en concreto, una vez “despelechado” y con aquel su renovado plumaje, espejeando limpieza y salud, y la cabeza sin la más leve cicatriz, parecía de mejor familia. Por fin, lo pude ver, desde que me lo regalaran, vestido con sus mejores galas y en toda su integridad. Su semblante, incluso, parecía ser el del que ya es "gente mayor", en tanto que los espolones de sus patas daban la sensación de haberse hecho más varoniles. Seguía siendo demasiado menudo, sí, pero muy proporcionado, si bien la cola, debido a la joroba, en vez de ser levemente inclinada hacia el suelo, como en los demás perdigones, la tenía casi en vertical, y que, al tener además las plumas un tanto abiertas, lo hacían aún más elegante y "engallao", recordando la de un pichón, cuando, cortejando a una dama, le arrastra la cola. La giba, asimismo, al contribuir a que su pequeño cuerpo fuera más redondeado y recortado, parecía menos corcova en aquel su conjunto de pelotita de plumas, sino que quedaba como perdida en ella. Lo único que, en su conjunto, le resultaba un tanto desproporcionado, era la cabeza, ya que a guisa de lo que suele suceder en los enanos, en especial, del género humano - que yo sepa por lo menos - tenía en él las medidas de los de estatura normal, que no la proporcionada a su estatura, por lo que daba la sensación de tener toda una señora cabezota.
La cabeza del Chepa pues, además de desproporcionada a su cuerpo, tenía las características de los que son auténticos líderes en el mundo de la perdiz en general, es decir, bellamente redondeada, pico de gorrión y amplios listones blancos, arqueados sobre las sienes y los ojos.
Estaba totalmente seguro que este pollo, después de haber roto como lo había hecho en sus distintos puestos de neófito, llegaría a ser un afamada figura en el mundo del Reclamo, pero, claro, después de que en mi ya larga carrera de aficionado, pudiera comprobar, en más de una ocasión, por cierto, el más estrepitoso fracaso en el segundo celo e, incluso, en el tercero, de pollos que en el primer celo se habían destapado como fenomenales reclamos, no era yo, precisamente, el que me atreviera a poner la mano en el fuego por el pigmeo, y aún menos, pensando en lo desconsiderado, lo desagradecido y lo poco cortés que era, no sólo ante su dueño y señor, sino ante cualquier otra visita que se le pudiera presentar, fuere quien fuere, donde fuere y cuando fuere.

Onceaba parte.-
 No sé por qué, pero siempre que oigo maullar a mis reclamos, suscitan en mí como un profundo sentimiento de melancolía, tal vez porque me contagien la propia morriña, precisamente, que, tal vez, quieran expresar ellos en ese suspiro de tan enigmática y misteriosa cadencia.
Me viene esto a la memoria, porque el jorobado del Villar del Rey, aún en pleno “despelecho”, era un gato maullando, lo que me incitó a escribir un Artículo sobre tan misterioso canto de los pájaros de perdiz, para las prestigiosa Revista Cinegética "Linde y Ribera".
Lo transcribo, aún sabiendo que por ahí debe aparecer también en alguno de mis libros sobre la cacería del “Reclamo”.
De los diecisiete cantos que es capaz de emitir la mágica garganta de un perdigón - todos y cada uno de ellos (por supuesto que sí) con un específico mensaje, totalmente, definido - tal vez sea el muy quejumbroso y melancólico "maullido", el más enigmático y misterioso, no ya por su mimoso y lastimero tono, sino por el indescifrable mensaje que en él se quiere transmitir.
Ni los más conspicuos y avezados pajareros han llegado jamás a ponerse de acuerdo en las causas que a ello incitan a los pájaros de perdiz, como a lo que con él quieren expresar exactamente. Y es que la cosa no es nada fácil, sobretodo, por lo indefinidas que son las circunstancias en las que los suelen emitir. Por lo que, al no quedar nada claras, las causas que lo motivan, es lógico que el mensaje que en sí conlleva, nos quede
como en una nebulosa, y, por lo tanto, bastante difuminado, cuanto menos. Y así, nada de extraño tiene que, al no tener evidencia de su "por qué", nos deje sumidos en el misterio y como con dos palmos de narices en lo demás.
Un servidor de Dios y de ustedes, en mi ya larga vida de pajarero, he oído maullar, lógicamente a mis reclamos en multitud de ocasiones e, incluso, en muy dispares y hasta opuestas circunstancias. Quiero decir, en concreto, que en las que están ardiendo de celo, y, por el contrario, en las que se encuentran en sus horas más bajas, bajo este concreto aspecto, como son en las que se encuentran en pleno ”despelecho”.
Sí, he observado, sin embargo, que, por lo común, hay una circunstancia que, difícilmente no concurre en la emisión de tan nostálgica queja. Y es que parece dar la impresión que, como para no desentonar con su melancólica cadencia, casi siempre lo suelen emitir en esas horas brujas y dormilonas, como son esas melancólicas horas, cuando comienza a agonizar el día, dándole paso a la noche, si es que no ya anochecido e, incluso, una vez entrada la noche de lleno, notando, por otra parte, que cuanto más desapacible y triste se presentaba ésta, más asiduos y melancólicos se hacían los tales maullidos.
Recuerdo en especial, al respecto, una noche de cielo cerrado, de esas que, por su ventolera racheada y gruñona, silba como con cadencia de ultratumba en las ventanas y choca con furia su lluvia en los cristales - esas que los lugareños del hábitat rural suelen llamar “noche de lobos” - que hasta “El Tarta” y “El dulcinea del Pedroso”, que, por lo común, si maullaban lo hacían muy esporádicamente, parecían porfiar esa noche con El Chepa en tan tristes quejas, dando la sensación que aquello era un velatorio de plañideras a sueldo.
Mis observaciones de este tan misterioso suspiro en los campesinos, obviamente, no han podido llegar a tanto, pero también tengo mis experiencias. Os la refiero con la sinceridad que creo que me honra.
Siempre que he oído maullar a los campesinos, ha sido cuando el puesto de la tarde empieza a dar sus últimos coletazos, y, por ende, cuando el atardecer está cerca de su total ocaso, dándose además la circunstancia, que nunca lo ha sido así "por la buenas y porque sí", y de forma más o menos casual, sino que el campesino de marras ha comenzado a maullar, después de haber mantenido, “retrancón y amojonado”, una buena gresca, en enardecida perorata, con el del pulpitillo. ¿A qué esos maullidos ahora - me he preguntado yo más de una vez.- después de haberse tirado allí su buen rato, replicando a su retador y sin dar, cobardemente, ni un solo paso adelante....? ¿Agotado de tan beligerante discusión, estará enmascarando su decepción, quizás, que no su falta de valentía, con esas melancólicas cuitas, pensando que su contrincante le ha vencido, llevándose a su lado esa imaginaria “Dulcinea del Toboso”, por la que ambos luchaban y que tan ardientemente se han disputado con “sus reclamos, cuchicheos y titeos”...?
¿A qué esas tristísimos y melancólicas quejas entonces...? ¿Estará añorando en ellas la vergüenza torera que no ha tenido, para acudir a dar la cara ante aquel sorprendente galán, y así debatirse con él en singular y desigual batalla....?
En casos como éste, nunca jamás pude saberlo, al menos, con un mínimo de certeza. A lo más que llegaba, era a sospecharlo. Por lo que sin querer montar cátedra, ni mucho menos, un servidor de Dios y de ustedes, piensa que este enigmático y misterioso quejido, tanto en el caso de los reclamos, allá en la prisión de su jaula, como en el de los
campesinos, allá en la libertad del campo, no es sino un melancólico suspiro, que se les escapa incontenible de lo más intimo de su ser todo, bien, cuando adormecidos, en las horas brujas del atardecer, o en las siempre tan misteriosas horas de la noche, se ponen a evocar o a soñar el amor que no termina de corresponderles, o bien, añorando vayan ustedes a saber ahora qué nostálgicos recuerdos, aunque siempre sospeché que los que fueren, debían ser tan dulces y evocadores como del más intenso y poético bucolismo.
Muchos pajareros, cortando por lo sano y sin querer meterse en complicaciones, creen que el maullido de los perdigones es el signo más evidente de que están pasados de celo. Y sin más, ahí queda eso.
Un servidor, con todos mis respetos y después de lo que ya he dicho, de que los he oído maullar en sus horas más bajas de celo, es decir, en pleno “despelecho”, no puedo estar de acuerdo. Que tampoco sea lo que yo, sintiéndome poeta, termino de afirmar de tan misterioso canto, de acuerdo también.
¿Entonces en qué quedamos en el duro o los veinte reales...?
Pues sencilla y llanamente, que es uno más de los muchos misterios que esconde el sugestivo, misterioso y fascinante mundo del pájaro de perdiz, y que, por ahora, este tan
enigmático misterioso tenemos que dejar ahí bailando en el aire y a su aire.

©José Fernando Titos Alfaro
Nº Expediente: SE-1091 -12