By Joan Spínola -FOTORETOC-

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Aquí en la gloria, es decir, en el Paseo del Palacio, donde el tiempo y el espacio olvidan su discurrir, sacar quiero a relucir, con permiso de la cal, que no hay belleza rival de este viejo paraiso que porque Dios pudo y quiso, los puso en Guadalcanal.- Andrés Mirón


miércoles, 28 de septiembre de 2016

El patrimonio monumental de Guadalcanal a través de la historiografía artística y 4

Aproximación bibliográfica
cuarta parte

Por otra parte, el convento del Espíritu Santo ha sido estudiado en la década de los 80 por Julia Mensaque Urbano, quien a la luz de los archivos parroquial y de protocolos notariales de Guadalcanal narra su fundación gracias a la iniciativa del indiano Alonso González de la Pava y traza el proceso constructivo – a cargo de los maestros Pedro Montes y Cristóbal Hernández Cano – de este edificio, del que igualmente acomete su reseña artística, describiendo su iglesia, claustro y patrimonio de obras de arte mueble, reducido al retablo mayor, del que esta investigadora documenta su autoría a cargo de los artistas llerenenses Mateo Méndez en la parte de ensamblaje y Manuel Rodríguez en cuanto a las pinturas que ocupan sus registros [43]. La personalidad artística de este ensamblador, a quien también se debían los desaparecidos retablos mayores de las parroquias de Santa María y San Sebastián, ha sido revalorizada, desde la investigación extremeña, por Tejada Vizuete, quien subraya el clasicismo de su lenguaje expresivo [44]. Igualmente Gordón Bernabé se ha ocupado de este antiguo convento de monjas clarisas, del que traza su semblanza histórica a la luz de diversas fuentes documentales [45].
La capilla de San Vicente, muestra de la arquitectura barroca dieciochesca, ha sido objeto de un breve artículo nuestro en el que aportamos una visión panorámica de su historia en relación con la de la Hermandad del Rosario que en ella tuvo su sede [46].
La arquitectura civil es la gran olvidada, a excepción de la Almona, por lo que sólo podemos citar, por su contribución a la definición de la morfología urbana en virtud de su protagonismo visual, el interés de las fuentes de Guadalcanal, que si bien no poseen la monumentalidad de la arquitectura religiosa, muestran la gracia y encanto de lo popular, como se ha encargado de poner de manifiesto el antropólogo Pedro Cantero, dentro del estudio que realiza sobre la arquitectura del agua en nuestra provincia [47].

3. Estudios sobre otras manifestaciones artísticas: escultura, pintura y artes suntuarias.
Mucho más corto es este apartado, si tenemos en cuenta la prácticamente total destrucción del patrimonio artístico de los templos de la localidad en 1936, catástrofe que se ha intentado paliar con la adquisición de nuevas obras – especialmente por parte de las cofradías – que si bien forman ya forman parte de la historia del arte del siglo XX, indudablemente no pueden compensarnos de las pérdidas sufridas.
Recogiendo las noticias documentales suministradas a comienzos del siglo XX por López Martínez, a las que nos hemos referido páginas atrás, Palomero Páramo en su tesis doctoral sobre el retablo sevillano del Renacimiento [48] elabora las fichas de los que existieron en Guadalcanal, igualmente ya citados anteriormente, como el realizado en 1585 por Juan Bautista Vázquez el Viejo para la iglesia de Santa María; el de la capilla funeraria de Alonso de Ramos en la iglesia de San Sebastián, obra de Juan Bautista Vázquez el Mozo en 1585; y el de la Asunción, para el templo de Santa María, a cargo de Diego López Bueno y Francisco Pacheco en 1595. De este último retablo también se han ocupado Juan Miguel Serrera y Enrique Valdivieso en su estudio sobre la pintura sevillana del primer tercio del siglo XVII, planteando la distribución e iconografía de sus lienzos en base a la documentación del conjunto, del que en opinión de estos autores parece que llegó a nuestro siglo un lienzo de San Antonio de Padua, colgado en una de las capillas del templo hasta su destrucción en la Guerra Civil [49]. El retablo de la ermita de Guaditoca es descrito por Hernández Núñez como ejemplo del interés que guardan las piezas artísticas dispersas por las ermitas de la provincia de Sevilla [50].
Otra pieza clave del patrimonio local fue la imagen de San José con el Niño, atribuida con toda seguridad al insigne escultor Juan de Mesa y que por su calidad figuró en la Exposición Iberoamericana de 1929, siendo destruida durante los sucesos de 1936 en la capilla de San Vicente, donde recibía culto. Su relación estilística con obras documentadas de Mesa garantiza la atribución, en opinión de Hernández Díaz, quien la fecha en torno a 1625 [51] , aunque María Elena Gómez Moreno la cree obra de un discípulo [52].
Una interesante obra, llegada a nosotros con grandes desperfectos a causa de los daños sufridos en la última contienda civil, es el Cristo de marfil que estuvo en la iglesia de Santa Ana, obra realizada en Flandes y fechada en la segunda mitad del siglo XVII, que al igual que el San José de Juan de Mesa fue expuesto en Sevilla en 1929. Esta muestra de la eboraria europea ha sido estudiada por la profesora Estella Marcos, quien destaca la hermosura y expresividad del rostro de Cristo y su robusto estudio anatómico, vinculando esta escultura con la producción de un escultor flamenco del círculo de influencia de Artus Quellinus el Joven [53].
Sobre la imaginería y enseres de las cofradías de Guadalcanal contamos con algunos trabajos recogidos en obras colectivas dedicadas al estudio de la Semana Santa en Sevilla y su provincia, como el publicado en la década de los ochenta por Francisco Ortiz Rodríguez y Plácido de la Hera Pérez [54], y más recientemente las síntesis elaboradas por Francisco José Flores García [55] y el autor de estas líneas [56]. Por su parte Carrero Rodríguez reseña las andas procesionales del Santo Entierro y la Entrada en Jerusalén [57], mientras que Martín Macías subraya el interés de la cruz de carey que posee la Hermandad de Jesús Nazareno, obra de origen americano fechable en los años centrales del siglo XVII [58]. También en relación con el patrimonio artístico cofrade hay que citar la intervención restauradora del imaginero Francisco Buiza sobre la imagen del Cristo de la Humildad y Paciencia en 1982, reseñada por Martínez Leal en su monografía sobre dicho artista [59].
Por último, hay que referirse al campo artístico de la orfebrería, que cuenta en la parroquia de Nuestra Señora de la Asunción con piezas de destacado interés. Recogida su nómina en el Catálogo arqueológico y artístico de la provincia de Sevilla de 1953, en la Guía artística publicada por la Diputación Provincial en 1981 y en el Inventario artístico auspiciado por el Ministerio de Cultura, algunas obras han sido reseñadas por especialistas en el campo de la platería. Así, en la exposición de orfebrería sevillana celebrada en 1970 en la capital hispalense figuraron algunas de estas piezas, como un hostiario gótico del primer cuarto del siglo XVI y un ostensorio renacentista de fines del citado siglo, que aparecen reseñados en el catálogo de la muestra elaborado por Sancho Corbacho [60]
Por su parte, la profesora María Jesús Sanz, experta en este campo de la orfebrería, señala la procedencia mexicana de un copón de nuestra colección parroquial, en virtud de sus rasgos estilísticos y de la presencia de un punzón o marca acreditativo de su origen [61]. Otras piezas se deben, en cambio, a los talleres de la vecina Llerena, que conoció un interesante florecimiento del arte de la platería, con muestras repartidas por toda su zona de influencia, en la que como ya hemos venido comprobando se incluye Guadalcanal. La profesora Esteras Martín, pionera en el estudio de la platería llerenense, ha identificado la autoría de algunas piezas de nuestra parroquia de Santa María, como la custodia portátil, obra de Julián Núñez en 1550 [62]
Otro investigador de la orfebrería extremeña, Tejada Vizueta, cataloga igualmente algunas piezas de dicha procedencia en nuestra localidad, como dos cálices de plata sobredorada, uno fechable hacia 1575 y el otro en las primeras décadas del siglo XVII, y el hostiario gótico de principios del siglo XVI que estuvo expuesto en la exposición celebrada en 1970 en la capital hispalense [63]. Este mismo investigador se ha ocupado igualmente del estudio de la rejería, que cuenta en la iglesia de Santa María con excelentes ejemplos, como la que cierra la capilla de la Soledad, que atribuye al rejero Francisco Medina y puede fecharse a mediados del siglo XVI; la que desde la capilla mayor conduce a la colateral de la nave izquierda o del Evangelio, antigua capilla de la familia Ramos y cuya ejecución pudiera vincularse con el rejero Domingo Hernández, avecindado en Guadalcanal hacia 1575; y otras dos situadas en la nave derecha o de la Epístola, que son fechables ya a principios del siglo XVII [64]
De estas muestras de las artes del hierro ha vuelto a tratar en los últimos años Josefa Mata Torres en su estudio sobre la rejería sevillana del siglo XVI, catalogándolas y describiendo su estructura y elementos ornamentales, aunque a la hora de pronunciarse sobre su autoría y cronología desconoce las aportaciones de Tejada Vizuete sobre el tema, limitándose a recoger los datos de Hernández Díaz, que quedan evidentemente ya superados [65].
En definitiva, a través de estos trabajos nos encontramos con un punto de partida y apoyo para seguir profundizando en el conocimiento y valoración del patrimonio artístico y monumental de Guadalcanal, que si bien nos ha llegado mermado a causa de los avatares históricos, es legado de nuestra historia que tenemos obligación no sólo de estudiar y apreciar, sino de entregar a las generaciones venideras, como señas de identidad de nuestro pueblo.

[43] MENSAQUE URBANO, Julia: “ El mecenazgo artístico del indiano Alonso González de la Pava en Guadalcanal “, en Andalucía y América en el siglo XVII. Actas de las III Jornadas de Andalucía y América, vol. II. Sevilla, 1985. Págs. 59 – 79. Reproducido nuevamente en la Revista de Guadalcanal (2003), págs. 157 – 178.
[44] SOLIS RODRIGUEZ, Carmelo – TEJADA VIZUETE, Francisco: “ Escultura y pintura del siglo XVII “, en Historia de la Baja Extremadura, vol. II. Badajoz, 1986. Pág. 703; TEJADA VIZUETE, Francisco: “ La retablística bajoextremeña de los siglos XVI al XVIII y su contexto “, en Actas del Congreso Internacional Llerena, Extremadura y América. (Llerena, 1992). Junta de Extremadura, Mérida, 1994. Págs. 196 – 197.
[45] GORDON BERNABE, Antonio: “ El Convento del Espíritu Santo “, en Revista de Guadalcanal (2003).
[46] HERNANDEZ GONZALEZ, Salvador: “ La Capilla de San Vicente Ferrer de Guadalcanal y la antigua Hermandad del Rosario de la Aurora “, en Revista de Guadalcanal (2000).
[47] CANTERO, Pedro: Arquitectura del agua: fuentes públicas de la provincia de Sevilla. Diputación Provincial de Sevilla, 1995. Págs. 125 – 127.
[48] PALOMERO PARAMO, Jesús Miguel: El retablo sevillano ..., págs. 188 – 189, 339 y 459.
[49] VALDIVIESO, Enrique – SERRERA, Juan Miguel: Historia de la pintura española: escuela sevillana del primer tercio del siglo XVII. Madrid, 1985. Págs. 46 – 47 y 82.
[50] HERNANDEZ NUÑEZ, Juan Carlos: “ Algunas reflexiones sobre las ermitas de la provincia de Sevilla y sus bienes muebles “, en Boletín del Instituto Andaluz de Patrimonio Histórico n º 33 (diciembre de 2000), pág. 189.
[51] HERNANDEZ DIAZ, José: “ Juan de Mesa, imaginero andaluz. Interpretaciones iconográficas “, en Goya n º 111 (1972), pág. 143; Juan de Mesa. Escultor de imaginería (1583 – 1627). Diputación Provincial de Sevilla, 1983. Pág. 82.
[52] GOMEZ MORENO, María Elena: Escultura del siglo XVII, vol. XVI de “ Ars Hispaniae “. Madrid, 1963. Pág. 179.
[53] ESTELLA MARCOS, Margarita: La escultura de marfil en España. Las escuelas europeas y las coloniales, vol. I. C.S.I.C., Madrid, 1984. Págs. 89 – 90.
[54] ORTIZ RODRIGUEZ, Francisco – DE LA HERA PEREZ, Plácido: “ Semana Santa en Guadalcanal “, en Semana Santa en Sevilla, vol. IV. Sevilla, 1983. Págs. 141 – 155.
[55] FLORES GARCIA, Francisco José: “ Hermandad de Jesús Nazareno y Nuestra Señora de la Amargura. Iglesia Parroquial de Nuestra Señora de la Asunción. Guadalcanal “, en Nazarenos de Sevilla, vol. II. Ediciones Tartessos, Sevilla, 1997. Págs. 291 – 297; “ Real e Ilustre Hermandad del Santísimo Cristo de las Aguas y Nuestra Señora de los Dolores. Iglesia de Santa María de la Asunción. Guadalcanal “, en Crucificados de Sevilla, vol. III. Ediciones Tartessos, Sevilla, 1997. Págs. 446 – 449. 
[56] HERNANDEZ GONZALEZ, Salvador: “ Hermandad del Cristo del Amor en su Entrada Triunfal en Jerusalén y Nuestra Señora del Rosario y de la Palma. Iglesia Parroquial de Nuestra Señora de la Asunción. Guadalcanal “; “ Hermandad y Cofradía del Santo Cristo de la Humildad y Paciencia ` Sentado en la Peña ´ y Nuestra Señora de la Paz. Iglesia Parroquial de Nuestra Señora de la Asunción. Guadalcanal “; “ Hermandad del Santísimo Cristo en el Santo Sepulcro y Nuestra Señora de la Soledad. Iglesia Parroquial de Nuestra Señora de la Asunción. Guadalcanal “; y “ Hermandad de la Santa Vera Cruz, Santísimo Cristo Amarrado a la Columna y María Santísima de la Cruz “, en Misterios de Sevilla, vol. IV. Ediciones Tartessos, Sevilla, 1999. Págs. 255 – 295. 
[57] CARRERO RODRIGUEZ, Juan: “ El arte cofradiero en nuestra provincia. Hermandades del Santo Entierro “, en Tabor y Calvario n º 8 (junio de 1990), pág. 5; y “ El arte cofradiero en nuestra provincia. Hermandades de la Sagrada Entrada en Jerusalén “, en Tabor y Calvario n º 15 (febrero – marzo de 1991), pág. 7.
[58] MARTIN MACIAS, Antonio: “ Arte colonial en las cofradías sevillanas “, en Buenavista de Indias n º 6 (1992), pág. 29.
[59] MARTINEZ LEAL, Pedro Ignacio: Francisco Buiza. Escultor e imaginero (1922 – 1983). Ediciones Guadalquivir, Sevilla, 2000. Pág. 320.
[60] SANCHO CORBACHO, Antonio: Orfebrería sevillana (siglos XIV al XVIII). Sevilla, 1970. Fichas números 24 y 37.
[61] SANZ, María Jesús: “ Relaciones entre la platería española y la americana durante el siglo XVII “, en Andalucía y América en el siglo XVII. Actas de las III Jornadas de Andalucía y América, vol. II. Sevilla, 1985. Pág. 27.
[62] ESTERAS MARTIN, Cristina: “ Plata y plateros de Llerena en el siglo XVI “, en Actas del Congreso Pedro Cieza de León y su época. (Llerena, octubre de 1991). Badajoz, 1993. Pág. 130.
[63] TEJADA VIZUETE, Francisco: Platería y Plateros Bajo Extremeños (siglos XVI – XIX). Universidad de Extremadura, Mérida, 1998. Págs. 258 – 259.
[64] TEJADA VIZUETE, Francisco: “ Artes suntuarias en la Baja Extremadura en los siglos XVI y XVII “, en Historia de la Baja Extremadura, vol. II. Badajoz, 1986. Págs. 801 – 806.
[65] MATA TORRES, Josefa: La rejería sevillana en el siglo XVI. Diputación Provincial de Sevilla, 2001. Págs. 289 – 298 y 343.

Salvador Hernández González 
Revista de Feria y Fiestas (2004) 

sábado, 24 de septiembre de 2016

Relatos de Caza a la luz del candil 10


Penoso accidente en el colegio

 “Almotamid” 9

Ya, a principios del Curso siguiente de nuestra llegada a Almotamid, opté por dejar la perra en El Colegio, si es que no eran los Domingos y fiestas de guardar, que me la solía traer a casa. Pero he aquí que a mediados del Curso, más o menos, el pobre animal sufrió, en los entornos del Colegio, un aparatoso accidente que, en un principio, me partió el corazón como de un seco y lacerante tajo de afilado cuchillo, si bien, gracias sean dadas a Dios, todo quedaría sólo en el susto.
La perra, después de tantos meses ya en el Colegio, se había acostumbrado no sólo al espacioso patio que rodeaba al moderno edifico de La Escuela, sino a sus entornos más aledaños. Al parecer, - cosa además que se le podía ver por lo alto del pelo - se debía sentir tan feliz como si se encontraba en su propio medio. Por otra parte, con su natural bondad y amable docilidad, había conseguido captarse la amistad y el cariño de los niños, y hasta tal punto, que se disputaban el poderla acariciar y mimar a la menor ocasión que se les ofrecía. Incluso, los mismos Profesores también. Era como la venerada mascota del Colegio. Tanto la querían los unos y los otros que, en especial, los niños llegaban a compartir con ella las galletas, así como algún que otro dulce de mayor categoría, que las madres les solían meter en la cartera, para que se lo tomaran, a modo de un "tentempié", durante el recreo.
Viendo que hasta llegaban a porfiar en tales regalos, que, por cierto, la perra recibía directamente de sus propias manos, tuve que salirles al encuentro, para prohibírselo terminantemente, diciéndoles, medio en broma y medio en serio, que los perros, comiendo tales golosinas, se solían quedar ciegos.
Todo marchaba sobre ruedas y como las propias rosas, sin embargo, el fatídico día llegó. Ese triste día, la amable y tan servicial Portera, Julia, toda nerviosa y claramente descompuesta, me esperaba en la cancela, la entrada principal del Colegio y aledaña a La Portería. Tan pronto le vi
la cara a través del parabrisas del coche, vaticiné, de súbito, que algo muy feo se cocía en torno a la perra. En efecto, me hizo parar el automóvil en la misma puerta, para, de inmediato, acudir a la ventanilla a decirme de sopetón y sin más rodeos, que a la perra la había atropellado un coche. Que en un momento de descuido en que dejó la cancela abierta, se le escapó, y que, al verse libre en el campo, corrió como una loca, y que un coche, que en esos precisos momentos pasaba por el carril que, lamiendo la verja, iba a morir al Río Guadaira, no pudo esquivarla, dándole un tan fuerte golpe, que la despidió unos metros. Que ella creía que la había matado, pero que, pobrecita mía, se pudo incorporar y que, aunque a trancas y barrancas y sangrando por la cabeza, pudo volver al patio por su propio pie, aullando lastimeramente. Que aún no hacía del accidente ni una hora y que la tenía en la Portería en una caja de cartón y como entre algodones.
Mientras la oía, estaba como bloqueado y, seguramente, que reflejando en mi cara la palidez de un muerte. Fueron sólo unos instantes, pues reaccioné de súbito y, dando un repentino acelerón al coche, lo aparqué allá en medio del patio casi sin saber ni lo que hacía, y, ordenando a mis hijos que se fueran en busca de los compañeros, ya que algunos más tempraneros deberían encontrarse por allí jugando, corrí como enloquecido a La Portería en busca de mi perra. Ella, animalito, debió ventearme y me salió al encuentro tan mimosa como siempre, pero lejos de aquella su proverbial alegría y electrizante energía, gimoteándome, triste y apenada, su desgracia y su dolor. Al verla, no obstante, pude respirar momentáneamente, al sentir como si se me quitara de encima todo el peso del globo terráqueo, que para mí era el sólo pensar que me la iba a encontrar en las últimas, allá en la caja de cartón y por muy entre algodones que se encontrara.
Tenía, en efecto, una enorme brecha en la cabeza, que le arrancaba de la parte superior de la oreja izquierda y que le llegaba hasta la misma comisura del ojo, dejando al descubierto, de forma macabra, el cráneo. El corte, por otra parte, era de tal limpieza, que ni el mejor cirujano veterinario con el más afilado de los bisturíes. Sangraba por él aún, aunque no en demasía. La triste noticia comenzó a correr por el Colegio, conforme iban llegando los autobuses cargados de alumnos, en tanto yo, con ella en mis brazos allá en la Portería, la acaric estaba al quite, una vez más, la bendita Mano de Dios, en la que yo tanto creí siempre. Una de las alumnas mayores,
acompañada de una condiscípula, se me presentó jadeante de pronto, diciéndome que un tío suyo, que era veterinario, tenía una clínica en "La Barriada de Elcano". Barriada, dicho sea de paso, en la que vivían los obreros de los Astilleros y de la que afluían, por cercana, la mayor parte de los alumnos del Colegio. Que si yo quería, podían acompañarme a ver si podía hacer algo por la pobre Diana. No me lo pensé. Salí como un rayo en busca del Director con la perra en mis brazos, invitando a mis providenciales alumnas a que me siguieran. El Director no me dio opción ni a que pronunciara ni una sola palabra, pues gesticulándome las prisas que el caso requería, me dijo que andando y cuanto antes. Que a ver si había suerte y se podía salvar el pobre animal.
Tan solo una hora después, no mucho más, me presentaba de nuevo en el Colegio con mis benefactoras embajadoras, totalmente satisfechas por su caritativa y oportuna ayuda, y con mi entrañable Diana aún adormecida por el anestesia y con una sutura tan perfecta y tan magistralmente hecha, que si no hubiera sido por el rapado del pelo que hubo que hacerle a lo largo de la brecha y el desinfectante rojizo que se le echó, nadie hubiera ni sospechado que allí hubiera habido tan descomunal rajón. Venía como unas sonajas y tan loco de alegría que ésta no me cabía en el cuerpo, y no ya por lo tan perfectamente bien que saliera la operación quirúrgica, sino sobre todo y principalmente, por el diagnóstico que me diera el excelente veterinario al que tuvimos la suerte de acudir, de que no tenía afectado, ni mínimamente, el cráneo ni ningún otro órgano vital, según había podido ver en las radiografías.
Que por el tremendo golpe que debió recibir, parecía milagroso que no se hubiera quedado en él en el acto, pero que, por suerte, creía que la perra estaba a salvo. Que vaya la buena estrella que, en esa ocasión, había tenido el pobre animal.
No quiso cobrarme ni un solo céntimo, y tan sólo, a la hora de la despedida, me dijo, por supuesto que bromeándome, que sólo me pedía y con ello ya se daba por bien pagado, que le aprobara a la sobrina y que ya, puestos a pedir, también a aquella su guapa compañera y amiga. Que, con ello, se daba por satisfecho y ampliamente remunerado.
-Que, como el tal favor.- Le contesté, siguiendo la línea de su amable broma.- no podía ser considerado como tal, ya que, tanto la una como la otra, tenían "el Aprobado" más que garantizado por su propia valía y trabajo, al menos si me permitiera como regalo alguna que otra perdiz, liebre o conejo, que aquella su paciente, una vez recuperada y tan pronto como se abriera La Veda, me ayudara a cazar allá por las Sierras de Guadalcanal.
La promesa no quedaría al aire, ni mucho menos, ya que tuve "los santos cojones" de presentarme en Elcano ante el generoso Veterinario, directamente, después de mi primera cacería y vestido de cazador, a los pocos meses de aquello, acompañado ¿cómo no? de mi Diana, hecha la princesa que ella siempre fuera y con el zurrón con un número de perdices, conejos y liebres más que aceptable, y el que puse bocabajo y a los pies de nuestro benefactor, a la vez que le decía que de parte de su paciente, allí tenía aquel presente, ya que lo prometido es deuda de honor, y porque de bien nacidos es ser agradecidos, y que, tanto la perra como yo, lo éramos.
Vida, Obras y Milagros de una Excepcional Perra de Caza
©José Fernando Titos Alfaro Nº Expediente: SE-1091 -12

miércoles, 21 de septiembre de 2016

El patrimonio monumental de Guadalcanal a través de la historiografía artística 3

Aproximación bibliográfica
tercera parte

Dos décadas después, en 1584, el escultor Juan de Salcedo contrata la hechura de una Virgen con el Niño para la cofradía de la Vera – Cruz, que tampoco se ha identificado [14].
Al año siguiente Antonio Rodríguez de Cabrera concertaba con el renombrado escultor Juan Bautista Vázquez el Viejo la ejecución de un retablo destinado a la iglesia de Santa María compuesto por banco, un cuerpo articulado por pilares de orden corintio y ático. La hornacina del único cuerpo albergaría una pintura de la Anunciación, mientras que el ático estaría presidido por la figura de Dios Padre [15]. 
El hijo y homónimo del citado escultor, denominado “ el Mozo “ para distinguirlo de su progenitor, recibe en 1587 por parte de Alonso de Ramos, en representación del difunto Fernando de Ramos, el encargo de otro retablo, destinado para la capilla funeraria donde reposaban los restos del finado en la iglesia de San Sebastián, conjunto compuesto por banco, un cuerpo y ático, presidido por un grupo escultórico del Calvario acompañado, en las calles laterales, por las efigies de San Juan Bautista y San Benito [16]. En opinión de Palomero Páramo, los únicos elementos conservados de este retablo son dos relieves con las figuras de los santos citados y un Crucificado, que hoy día forman parte de un retablo recompuesto con piezas de acarreo y conservado a los pies de la nave de la parroquia de Santiago en la vecina localidad de Llerena [17]. 
Y cerrando este ciclo retablístico quinientista, en 1591 Luis de Porres, Abogado de la Real Audiencia de Sevilla y tutor de García Díaz de Villarrubia de Ortega, concertaba con Diego López Bueno y Francisco Pacheco, quienes se ocuparían de la parte arquitectónica y escultórica respectivamente, un retablo compuesto por banco, un cuerpo compuesto por banco, un cuerpo articulado en tres calles por columnas y pilastras estriadas, y ático. En el banco se representaba a los Evangelistas, flanqueando el tema de la Sagrada Cena, mientras que en la hornacina central figuraba la Asunción de la Virgen, acompañada en las hornacinas de las calles laterales por Santo Domingo y San Francisco, cuyas efigies eran rematadas por los bustos de la Magdalena Penitente y Santa Catalina Mártir, apareciendo la Trinidad en el ático y la figura de Jesús en el remate del retablo [18].
Otro importante retablo documentado por estos investigadores sevillanos de comienzos del siglo XX e igualmente desaparecido fue el mayor del convento de Nuestra Señora de la Piedad o de San Francisco, contratado en 1702 con el ensamblador Cristóbal de Guadix y que articulado por columnas salomónicas, albergaría en sus hornacinas las imágenes de San Buenaventura, San Francisco, Nuestra Señora de la Piedad, el Ecce Homo y Cristo Crucificado. El artista se comprometía además a realizar otro retablo lateral en el que se colocaría la imagen del Santo Cristo Crucificado procedente de la ermita de San Benito [19]
Siguiendo esta línea de investigación archivística, en la pasada década de los noventa la colección de Fuentes para la Historia del arte andaluz, retomando la tradición documentalista del universitario Laboratorio de Arte, ahora convertido en departamento de la Facultad de Geografía e Historia, no ha dejado de brindar referencias sobre intervenciones en el patrimonio monumental de Guadalcanal. Así, podemos citar el dorado del primitivo retablo mayor de Santa María entre 1703 y 1707 por Antonio Gallardo, maestro dorador vecino de Sevilla[20]. 
En la misma tónica de exhumación documental, los Documentos inéditos para la Historia del Arte en la provincia de Sevilla publicados en 1993 por Fernando de la Villa Nogales y Esteban Mira Caballos aportan algunas noticias documentales sobre el patrimonio de nuestra localidad, a saber: el retablo mayor de la ermita de Nuestra Señora de Guaditoca, obra realizada en 1675 por los maestros Francisco de Saavedra Roldán y Juan de Vargas, vecinos de Zafra; la pintura y dorado del mismo retablo por parte del pintor y dorador Antonio de Granada en 1678; el dorado del retablo mayor de Santa María, que como ya vimos se encomendó a Antonio Gallardo en 1703; otro retablo para la capilla de la cofradía de Nuestra Señora del Rosario en Santa María, concertado en 1712 con José García Zambrano, maestro escultor vecino de Llerena; las reparaciones emprendidas en 1719 en la parroquia de Santa María por los también llerenenses Francisco del Toro y Antonio Gonzalez, maestros de albañilería y de carpintería, respectivamente; y el arreglo del artesonado y unas puertas nuevas para la capilla del bautismo de la iglesia de San Sebastián, tarea que se encomienda al maestro carpintero local Jerónimo Espino en 1778, emprendiéndose en el mismo año y para el mismo templo la reparación de la bóveda del baptisterio y otras obras menores por parte del alarife Francisco de Avila [21]. 
En la misma línea de aportación documental y desde publicaciones de la vecina Extremadura nos llegan referencias sobre algunas piezas artísticas ejecutadas para Guadalcanal por los artífices activos en aquella región y todas ya inexistentes, como el retablo pintado para la capilla mayor de la iglesia de San Sebastián entre 1514 y 1515 por Antonio de Madrid; la imagen titular del mismo templo, esculpida por Juan de Valencia entre 1565 y 1566; o el retablo mayor de la parroquia de Santa Ana contratado en 1571 con el escultor Antonio Florentín [22].
Volviendo a los años de comienzos del siglo XX, éstos contemplan un primer ensayo de guía artística provincial, por parte de Manuel Serrano Ortega, quien en su Guía de los monumentos históricos y artísticos de los pueblos de la provincia de Sevilla nos dejó una visión panorámica pero excesivamente superficial e incompleta de nuestros monumentos [23] :
“ Posee tres templos parroquiales, Santa María de la Asunción, Santa Ana y San Sebastián, siendo el primero muy notable por su época. Venérase en el primero la antiquísima imagen de la Virgen con el título de Guaditoca, del lugar donde tuvo erigida ermita, que debió ser morabito arábigo. La imagen a causa de los toques y repintes que ha sufrido en distintas restauraciones ha perdido todo su carácter de época “.
Ya en la década de los treinta, las repercusiones que la tragedia de la Guerra Civil tuvo en el patrimonio artístico de Guadalcanal fueron analizadas por Hernández Díaz y Sancho Corbacho, quienes al evaluar las pérdidas y daños de obras de arte sufridas por los templos, nos dejan en su texto la que podemos considerar como primera descripción científica de dichos edificios, donde se analiza su planta, alzados, soportes, cubiertas y elementos decorativos, al tiempo que se apunta su cronología y filiación estilística y se incluyen reproducciones fotográficas (procedentes del riquísimo fondo de la Fototeca del Laboratorio de Arte de la Universidad Hispalense, recientemente digitalizado para salvarlo de su segura pérdida y ya consultable a través de Internet) de algunas de las obras destruidas o destrozadas, como es el caso, en la iglesia de Santa María, del retablo mayor y el de San José, las imagenes de San Francisco y del Cristo atado a la Columna, y algunas piezas de orfebrería; el San José que se veneraba en la iglesia de San Vicente; el Crucifijo de marfil y una pintura en tabla de la iglesia de Santa Ana; y los retablos mayores de las iglesias de San Sebastián y del Espíritu Santo[24].
Ya en la postguerra y por parte de los mismos autores – junto con Francisco Collantes de Terán – se acomete un gran proyecto historiográfico sobre el patrimonio provincial, que por desgracia quedó inconcluso sin haber llegado siquiera a su mitad. Nos referimos al monumental Catálogo arqueológico y artístico de la provincia de Sevilla, modélico por su aporte de obras, noticias documentales, juicios estilísticos y material gráfico. Al seguir una ordenación alfabética por localidades, el texto de Guadalcanal fue de los últimos en aparecer, concretamente en 1953, dejándonos en sus páginas, junto con una breve síntesis histórica de la localidad, el estudio de sus monumentos. 
Así, se reseñan la parroquia de Nuestra Señora de la Asunción (de la que destacan su interés arquitectónico en virtud de la combinación de elementos de diferente época y estilo), iglesias de Santa Ana (subrayando el interés de su torre y la decoración de azulejería del interior del templo), San Sebastián (interesante modelo del tipo de iglesias mudéjares propias de la Sierra), Espíritu Santo (con retablo mayor de interés), Concepción, San Vicente, y los restos de los antiguos hospitales de la Caridad y del Milagro, los vestigios del convento de Santa Clara, prosiguiendo con la descripción de las ermitas de San Benito, Cristo de la Salud y Nuestra Señora de Guaditoca, para llegar a la reseña de los restos de diversas fortificaciones, como el arco de herradura – hoy puerta de la sacristía de la parroquia de Santa María – que formó parte del alcázar musulmán de Guadalcanal y otros castillos que hubo dispersos por el término municipal, como los del Castillejo, Valjondo, La Ventosilla, Portichuelo y La Atalaya. Tan exhaustivo balance del patrimonio finaliza con el análisis de una muestra de arquitectura civil medieval tan excepcional como es la almona y con la cita de las obras de arte que entonces poseía la viuda de Adelardo López de Ayala, integradas fundamentalmente por esculturas en marfil y pinturas de los siglos XVI y XVII [25].
Tan básica fue la aportación de este Catálogo que sus descripciones y análisis han sido recogidos y seguidos prácticamente al pie de la letra durante décadas, ante la falta de una obra que lo pusiese al día incorporando los avances de la investigación histórico – artística. En este sentido, en diversas publicaciones, como por ejemplo la Guía artística ilustrada de Sevilla y su provincia de Antonio Casado Sellas de 1950 o la obra de Jerónimo Pou Díaz, Sevilla a través de sus pueblos, publicada en 1971, se extracta lo dicho por Hernández Díaz, Sancho Corbacho y Collantes de Terán. 
Habrá que esperar a comienzos de la década de los ochenta para que la Guía artística de Sevilla y su provincia auspiciada por la Diputación Provincial actualice y complete el inconcluso Catálogo arqueológico y artístico a la luz de las últimas aportaciones de la historiografía. Las descripciones de la Guía, algo más concisas que las de su antecesor, ganan en agilidad de lectura y en precisión a la hora de inventariar las piezas lo que pierden en aparato crítico de notas, mapas, planos y reproducciones fotográficas, que le daban al Catálogo un tono algo retórico y solemne muy en consonancia con los planteamientos de los historiadores de la postguerra. En el texto dedicado a Guadalcanal se aborda el estudio de la parroquia de Santa María, iglesia de Santa Ana, iglesia del convento del Espíritu Santo, ermita de Nuestra Señora de Guaditoca, antigua iglesia de San Sebastián, iglesia de la Concepción, portada del antiguo Hospital del Milagro y antigua iglesia de San Vicente [8][26]. El mismo texto de la Guía se reprodujo, con escasas variantes en el Inventario artístico de Sevilla y su provincia, publicado por el Ministerio de Cultura entre 1982 y 1985 y que gozó de mucha menor difusión que la obra de la Diputación Provincial [27]. 
Al igual que le ocurrió al Catálogo arqueológico y artístico, el texto de la Guía será ampliamente seguido por la amplia y variopinta gama de guías tanto locales como turísticas y de viajes nacidas al calor del turismo rural de las últimas décadas y de los fastos de la Expo 92, que al proponer al visitante recorridos por la provincia de Sevilla incluyen obviamente el de nuestra Sierra Norte, recomendándose, para el caso de Guadalcanal, la visita a sus distintos templos [28]. En la misma línea de difusión y puesta en valor del patrimonio local se incluyen nuestros propios trabajos recogidos en diversos números de la Revista de fiestas de Guadalcanal, en los que a la luz de la bibliografía que estamos comentando revisamos el estado de la cuestión y trazamos una visión panorámica del devenir de algunos de los templos desde sus orígenes hasta la actualidad, aportaciones a las que en su lugar nos referiremos.

2. Estudios sobre arquitectura religiosa y civil. 
Configurado el casco urbano de Guadalcanal a partir de la Baja Edad Media, a esta época corresponden sus principales monumentos, como la parroquia de Santa María y las iglesias de Santa Ana y San Sebastián, cuyos rasgos estilísticos vienen marcados por la combinación de elementos góticos y mudéjares propios de los siglos XIV y XV, a lo que hay que añadir los rasgos renacentistas y barrocos derivados de las reformas acometidas con posterioridad.
El desarrollo alcanzado por la arquitectura mudéjar en Guadalcanal ha sido objeto de análisis, dentro del contexto general del arte mudéjar sevillano, dentro de la ya clásica monografía publicada en 1931 por Angulo Iñíguez, autor que reseña las características propias que el estilo adopta en la comarca de la Sierra, como los templos de nave única de arcos transversales apuntados, representada en nuestro caso por los templos de San Sebastián y Santa Ana, y el modelo de torre – fachada, ejemplificado en las de las citadas iglesias y la de Santa María, cuyos rasgos quedan sintéticamente descritos [29]. En la recta final del siglo XX, las intervenciones arqueológicas de apoyo a la restauración efectuadas en la iglesia de Santa Ana, a cargo de Miguel Angel Tabales Rodríguez y Carmen Romero Paredes, han proporcionado interesantes datos sobre el historial constructivo de este templo, dados a conocer en publicaciones específicas y congresos sobre arqueología medieval, y que han permitido fijar con mayor precisión las diferentes fases edilicias que en un largo proceso escalonado desde la Baja Edad Media hasta la época barroca han ido conformando la actual fisonomía de este interesante edificio religioso [30]. Otra curiosa muestra de arquitectura medieval como es la Almona ha sido descrita por el profesor Cómez Ramos en el volumen dedicado a Andalucía dentro de la colección La España Gótica, adscribiendo su cronología a mediados del siglo XIV [31] 
La revalorización que en los últimos años ha experimentado el estilo mudéjar, como feliz simbiosis de elementos islámicos y góticos, ha hecho volver la atención a las muestras de dicho estilo, como lo puso de manifiesto en el pasado año 2000 las Jornadas Europeas del Patrimonio, celebradas en la provincia de Sevilla con jornadas de puertas abiertas en edificios mudéjares, entre ellos las iglesias de Santa María, Santa Ana, San Sebastián y La Almona, que aparecen reseñados en la Guía que para tal ocasión se publicó [32]. Estos templos también han merecido nuestra atención, habiéndoles dedicado sendos artículos en los que recogiendo la bibliografía disponible ofrecemos una visión panorámica de su historia y acometemos una sintética descripción de sus valores artísticos [33]. 
Este campo de estudio del patrimonio medieval es igualmente compartido por la profesora Aurora Ruiz Mateos, con su trabajo sobre la Casa de la Encomienda en Extremadura, donde se analiza la desaparecida de Guadalcanal, cuyo solar ocupa hoy lo que conocemos como “ El palacio “, expresiva denominación en la que perdura el recuerdo de este perdido edificio que fue la sede del poder de la orden santiaguista, evocado en esta obra a la luz de diversas noticias documentales que permiten reconstruir idealmente su planta y alzados [34]. Desde el punto de vista de la documentación de archivo, más que del análisis directo de los edificios, está planteada la tesis de Pilar Flores León sobre la arquitectura religiosa en el Priorato de San Marcos de León durante los siglos XV y XVI, en la que se aportan interesantes noticias documentales, procedentes de los ya citados Libros de Visitas de la Orden de Santiago, sobre los templos de San Sebastián, Santa Ana, Santa María, conventos de San Francisco y Santa Clara, y las ermitas de San Benito, San Pedro, Santa María de Guaditoca, Santa Marina y el Humilladero [35]. También desde esta línea documentalista hay que contar con las aportaciones de Muñoz Torrado transcribiendo los textos de la Visita Canónica de 1494 [5][36] , al igual que lo hace Gordón Bernabé [37] y nosotros mismos evocando el aspecto de la iglesia de Santa María en tan remota fecha [38]. Igualmente se basa en estas Visitas santiaguistas, concretamente en la de 1498, el estudio que desde la vecina Extremadura realiza Eladio Méndez Venegas sobre el arte en el antiguo Provisorato de Llerena [39]. Cúmulo de aportaciones a través de las cuales queda perfilada, en definitiva, la situación de las iglesias, conventos, hospitales y ermitas de Guadalcanal en las postrimerías del Medievo. 
Sobre los restantes edificios religiosos de la localidad contamos con algunas pocas aportaciones, aunque se recogen en ellas datos de interés. Así, abriendo el siglo XX contamos con la clásica obra de Muñoz Torrado sobre el Santuario de Nuestra Señora de Guaditoca, en la que con gran acopio de noticias documentales se traza la historia de este templo, verdadero epicentro de la religiosidad popular de Guadalcanal [40]. Más recientemente, en la década de los 70 Porras Ibáñez repasa la historia de Guaditoca, partiendo de las aportaciones de Muñoz Torrado y con un sentido más literario y divulgativo [41]. Una visión muy panorámica y apretada, en cortas páginas, se recoge en la colectiva Guía para visitar los Santuarios Marianos de Andalucía Occidental, en la que se sintetizan los datos aportados por Muñoz Torrado [42]

[14] LOPEZ MARTINEZ, Celestino: Desde Jerónimo Hernández hasta Martínez Montañés. Sevilla, 1929. Págs. 199 – 200.
[15] LOPEZ MARTINEZ, Celestino: Desde Jerónimo Hernández ..., págs. 113 – 114.
[16] LOPEZ MARTINEZ, Celestino: Desde Jerónimo Hernández ..., págs. 120 – 121.
[17] PALOMERO PARAMO, Jesús Miguel: El retablo sevillano del Renacimiento: análisis y evolución (1560 – 1629). Diputación Provincial de Sevilla, 1982. Pág. 339.
[18] LOPEZ MARTINEZ, Celestino: Arquitectos, escultores y pintores vecinos de Sevilla. Sevilla, 1928. Págs. 83 y 229 – 230.; Desde Jerónimo Hernández ..., pág. 183.
[19] BAGO Y QUINTANILLA, Miguel: “ Arquitectos, escultores y pintores sevillanos del siglo XVII “, en Documentos para la Historia del Arte en Andalucía, vol. V. Sevilla, 1932. Pág. 24.
[20] QUILES GARCIA, Fernando: Noticias de pintura (1700 – 1720), vol. I de “ Fuentes para la Historia del Arte andaluz “. Ediciones Guadalquivir, Sevilla, 1990. Pág. 88.
[21] VILLA NOGALES, Fernando de la – MIRA CABALLOS, Esteban: Documentos inéditos para la Historia del Arte en la provincia de Sevilla. Sevilla, 1994. Págs. 14, 35, 67, 86, 125 y 166 – 168.
[22] SOLIS RODRIGUEZ, Carmelo: “ Escultura y pintura del siglo XVI “, en Historia de la Baja Extremadura, vol. II. Badajoz, 1986. Págs. 582, 596 – 597 y 604.
[23] SERRANO ORTEGA, Manuel: Guía de los monumentos históricos y artísticos de los pueblos de la provincia de Sevilla. Sevilla, 1911. Págs. 101 – 102.
[24] HERNANDEZ DIAZ, José – SANCHO CORBACHO, Antonio: Edificios religiosos y objetos de culto saqueados y destruidos por los marxistas en los pueblos de la provincia de Sevilla. Sevilla, 1937. Págs. 118 – 131. 
[25] HERNANDEZ DIAZ, José – SANCHO CORBACHO, Antonio – COLLANTES DE TERAN, Francisco: Catálogo arqueológico y artístico de la provincia de Sevilla. Vol. IV. Sevilla, 1953. Págs. 205 – 235. Resumido en HERNANDEZ DIAZ, José: “ Informes y propuestas sobre monumentos andaluces (I) “, en Boletín de Bellas Artes, XV (1987). Págs. 245 – 246, 260 y 270, a propósito de los informes emitidos en 1982 para la declaración de las iglesia de Santa Ana y la Concepción como monumento histórico – artístico de carácter provincial y local, respectivamente, y como conjunto histórico – artístico el casco urbano de Guadalcanal. 
[26] MORALES, Alfredo José – SANZ, María Jesús – VALDIVIESO, Enrique – SERRERA, Juan Miguel: Guía artística de Sevilla y su provincia. Diputación Provincial de Sevilla, 1981. Págs. 578 – 583. 
[27] V.V. A.A.: Inventario artístico de Sevilla y su provincia. Vol. I. Ministerio de Cultura, Madrid, 1982 - 1985. Págs. 151 – 162.
[28] MIRON, A. – RODRIGUEZ MARQUES, R.: Guía de Guadalcanal. Ayuntamiento de Guadalcanal, 1989; BLANCO CANO, J. A.: Andar por la Sierra Norte de Sevilla. Acción Divulgativa, Madrid, 1992; GILPEREZ FRAILE, L.: Guía turística de los Parques Naturales de Andalucía. Acción Divulgativa, Madrid, 1992; MOLINA, J.: Manual práctico del Parque Natural Sierra Norte de Sevilla. Consejería de Medio Ambiente de la Junta de Andalucía, Sevilla, 1998; VALENZUELA, A. - CAMOYAN, A.: La Sierra Norte. Monte de Piedad y Caja de Ahorros de Sevilla, 1991; V.V. A.A.: Sevilla y Andalucía Occidental. Acento Editorial, 1991; V.V. A.A.: Sevilla y su provincia. 5 vols. Ediciones Gever, Sevilla, 1983 - 1985.
[29] ANGULO IÑIGUEZ, Diego: Arquitectura mudéjar sevillana de los siglos XIII, XIV y XV. Reedición, Ayuntamiento de Sevilla, 1983. Págs. 85, 130 y 157.
[30] TABALES RODRIGUEZ, Miguel Angel – ROMERO PAREDES, Carmen: “ Investigaciones arqueológicas en la iglesia de Santa Ana de Guadalcanal “, en Anuario Arqueológico de Andalucía (1996). Sevilla, 2001. Págs. 486 – 505; y “ La Iglesia mudéjar de Santa Ana de Guadalcanal (Sevilla). Análisis constructivo “, en Actas del V Congreso de Arqueología Medieval Española, vol. II. Consejería de Educación y Cultura de la Junta de Castilla y León, Valladolid, 2001. Págs. 879 – 895.
[31] COMEZ RAMOS, Rafael: “ Sevilla gótica “, en Andalucía, colección La España Gótica. Ediciones Encuentro, Madrid, 1992. Págs. 273 – 274.
[32] V.V. A.A.: Edificios de tradición mudéjar en Andalucía (Jornadas Europeas de Patrimonio 2000). Consejería de Cultura de la Junta de Andalucía, Sevilla, 2000. Págs. 81 – 88. 
[33] HERNANDEZ GONZALEZ, Salvador: “ La Parroquia de Santa María de la Asunción de Guadalcanal y su patrimonio artístico “, en Revista de Guadalcanal (1999), págs. 57 – 67; “ Apuntes histórico – artísticos sobre la antigua iglesia de San Sebastián de Guadalcanal “, en Revista de Guadalcanal (2002), págs. 57 – 63; “ La iglesia de Santa Ana “, en Revista de Guadalcanal (2003), págs. 143 – 149. 
[34] RUIZ MATEOS, Aurora: Arquitectura civil de la Orden de Santiago en Extremadura: la Casa de la Encomienda. Su proyección en Hispanoamérica. Diputación Provincial de Badajoz, 1985. Págs. 91 – 95. 
[35] FLORES GUERRERO, Pilar: El arte del Priorato de San Marcos de León de la Orden de Santiago durante los siglos XV y XVI: arquitectura religiosa. Universidad Complutense, Madrid, 1987. Vol. I, págs. 479 – 487, y vol. II, págs. 770 – 781 y 1116 – 1120. 
[36] MUÑOZ TORRADO, Antonio: “ Visitas hechas a los pueblos de Andalucía, León y Extremadura de la referida Orden [de Santiago] “, en Boletín de la Real Academia Sevillana de Buenas Letras, tomo IX, n º 47 (1925), págs. 81 – 100, y tomo X, n º 52 (1926), págs. 25 – 40, y n º 53 (1926), págs. 62 – 80. 
[37] GORDON BERNABE, Antonio: “ La Iglesia de San Sebastián “, en Revista de Guadalcanal (1985), sin paginar; “ Visita Canónica de la Orden de Santiago a Guadalcanal el año 1494 “, en Revista de Guadalcanal (2002), págs. 99 – 104. 
[38] HERNANDEZ GONZALEZ, Salvador: “ La Parroquia de Santa María de la Asunción de Guadalcanal a fines del siglo XV “, en Revista de Guadalcanal (2001), págs. 85 – 91. 
[39] MENDEZ VENEGAS, Eladio: “ Hospitales de la diócesis de Mérida – Badajoz “, en Memoria Ecclesiae, vol. X (Beneficencia y hospitalidad en los archivos de la Iglesia). Oviedo, 1997. Pág. 433; y “ Una visita de la Orden de Santiago al Provisorato de Llerena de la Diócesis de Mérida – Badajoz: aspectos artísticos en ella señalados “, en Memoria Ecclesiae, vol. XVII (Arte y archivos de la Iglesia, II). Oviedo, 2000. Págs. 451 – 453. 
[40] MUÑOZ TORRADO, Antonio: El Santuario de Nuestra Señora de Guaditoca, Patrona de Guadalcanal: notas históricas. Sevilla, 1918. (Reedición, Ayuntamiento de Guadalcanal, 2003). 
[41] PORRAS IBAÑEZ, Pedro: Mi Señora de Guaditoca. Guadalcanal, 1970. 
[42] V.V. A.A.: Guía para visitar los Santuarios marianos de Andalucía Occidental. Ediciones Encuentro, Madrid, 1992. Págs. 419 – 422.

Salvador Hernández González
Revista de Feria y Fiestas  (2004)  

sábado, 17 de septiembre de 2016

Relatos de Caza a la luz del candil 10


Nuestro traslado a Sevilla capital 9


Tenía la total convicción, que no la premonición, de que en Sevilla, como en cierta ocasión le oyera comentar al muy castizo y sin par Don Paco, me sentiría como un perdigón que, recién capturado en el campo, se ve encarcelado en una jaula.

El enloquecido ajetreo de las grandes urbes, así como su deshumanización y su paradójica soledad dentro del ensordecedor bullicio de sus muchos automóviles y habitantes, siempre me impuso una aterradora repulsa, y yo pensaba que si para mí, predestinado como todo ser humano a vivir en sociedad, más o menos, masificada, la cosa tomaba tal cariz, qué no le podría suponer a mi Diana, siendo una máquina de las de a mil revoluciones por segundo y cuyo sino era desenvolverse en los espacios más asilvestrado y libres, eso de verse también como encarcelada en los muy escasos metros de la terraza de un piso y sin horizontes, si es que no eran los que le podían ofrecer los abundantes y gigantescos paralelepípedos de acero, hormigón y cristal que, obviamente, eran los únicos que se le podían ofrecer a sus ojos, en tanto que a sus oídos no podía llegar otra serenata sino la del monótono y exasperante roncar de los motores de los coches, si es que no la de los tétricos aullidos de las sirenas de las ambulancias.

Intentando dulcificar en lo posible, lo que sin duda alguna debería ser un terrible y constante martirio para un animal, que había nacido para derrochar energía en total libertad y en campos abiertos, y al que yo, por otra parte, tanto afecto le tenía, llegué a pensar que, al estar compartiendo la terraza con mis perdigones, oyendo sus camperos "reclamos", "cuchicheos" y "piñoneos", en algo, al menos, podría verse paliado este su permanente martirio. Soñé también - y estos mis sueños ya tenían bastante más fundamento - que, al encontrarse el encantador y extenso Parque de Los Príncipes, exactamente frente a la mastodóntica construcción en la que se encontraba nuestro nuevo hogar y que, para llegar a tan amplio y bucólico espacio, sólo había que cruzar la calle "Santa Fe", teniéndolo así allí al alcance de la mano, y asimismo poder gozar de él y en él como en un esparcimiento campero, aunque obviamente, con alguna que otra limitación.

El caso fue que esto de "alguna que otra limitación", que yo sabía que debía tener, no quedó en "alguna que otra", sino en muchas, pues al haber en él bandadas y más bandadas de palomas, bastantes mirlos también e, incluso, algunas colleras de tórtolas turcas, aparte de las diferentes especies de ánades, que convivían en el bello islote, al que abrazaba un bonito lago circular, fue algo que nos condicionó en mucho nuestros recreos, pues la perra, provocada irresistiblemente por las tales aves, ya desde la misma entrada, se ponía en vibrante tensión y aún en más incontenible tentación, ¿y quién era el guapo que, en tales circunstancias, desenganchaba a la perra del collar y la dejaba esparcirse a sus anchas....? Pero bueno, "al no haber pan, buenas eran tortas", y he de confesar que, dentro de nuestras prohibiciones, no nos lo pasábamos muy mal del todo, los ratos que a él nos podíamos escapar.

La plaza escolar que pude elegir, ya que fui de las últimas que se ofrecían, y me vi forzado a elegir la de Colegio, recién construido, pero que se encontraba como en medio del campo, allá por el famoso Cortijo del Cuarto y más cerca del pueblo de Bellavista que de la misma Sevilla.

Teniendo pues tanto terreno por delante, se pudieron permitir incluso el gran lujo, - tan difícil lujo este, por otra parte, en las superpobladas urbes - de un muy espacioso patio de recreo, que lo circundaba por los cuatro puntos cardinales, con el adorno además de frondosos árboles y arbustos, guardando cierta estética, y un vallado, por descontado, con una artística y típica verja de la famosa forja trianera. El Colegio tenía el nombre de un rey moro que, a su vez, fuera gran poeta y fuente de leyendas, sobre amores y desamores, que reinara en Ishbiliya (Sevilla) allá por el l086, que se llamó Almotamid.

Estaba lejos de casa, ciertamente que sí, pero tan inesperados y campestres espacios se nos ofrecían con toda generosidad, y no sólo en cuanto a la libertad de movimientos, sino también en cuanto al tiempo, que nos pudiera ofrecer el Parque, para poder esparcirnos en nuestro destierro. No nos esperábamos aquel regalo, que nos encontramos sin comerlo ni beberlo, por lo que, en un principio, lo de tener que elegir, casi "a la trágala", un Colegio tan distanciado de casa, fue algo que, en un principio, acepté con un mohín de “mala jeta”, pues, en esos momentos, ni sospechar podía que el tal Colegio estaba prácticamente en mitad del campo. Cuando fui a conocerlo, fue cuando realmente me pude dar cuenta de aquello que se dice de que, efectivamente, Dios, a veces, escribe con renglones torcidos.

Ya todo era cuestión de ganarse la amistad y la simpatía de Julia, la portera, a la que tan sólo me bastó apuntarle mis intenciones a cerca de la perra, para que la buena mujer se me ofreciera, cordial y amablemente servicial, no sólo para echarle el ojo, que yo le pidiera, durante las horas que yo estuviera dando mis clases, teniendo ella por suyos todos aquellos amplios y deliciosos espacios, sino los dos, si es que me decidía a dejarla allí como en su permanente residencia. Y así sería, si bien para este mi segunda aspiración, me mostré un tanto reacio en un principio, temiéndome que, a pesar del sincero ofrecimiento de la buena de Julia para echarle los dos ojos, que no sólo uno, que me prometiera, por una parte, y aquella magnifica verja de hierro, por otra, le pudiera pasar algún lamentable desaguisado, pudiendo ser el peor de todos el que me la "birlaran", por lo que para decidirme a ello hube de esperar algún tiempo, para poder conocer durante el cual, los bueyes con los que araba tanto dentro como en su entorno, conformándonos, de momento, con que, como mis hijos Rafael José y María del Mar, la perra también tuviera que

viajar cada día lectivo al Colegio en "el Renault 8" desde El Barrio de los Remedios, donde se encontraba nuestro Piso, a los descampados allá por el Cortijo del Cuarto y viceversa, una vez concluida la jornada escolar.

Ya, el primer día que me presenté en el Colegio con la perra, uno de los nuevos compañeros, después de quedarse mirándola y remirándola con ojos de enamorado, se me acercó y me dijo que, por lo visto, yo, como él, también debía ser una gran amante de la caza.

-Desde que empecé a echar los dientes.- Me apresuré a contestarle.- allá en un Cortijo de la comarca de Los Montes Orientales de Granada, en el que nací y me crié.

- La perra, desde luego, tiene una estampa que es un verdadero encanto.- Insistió sin dejar de mirarla.

- Pues aún lo es más encantadora la estampa que ofrece cazando.- Le secundé lanzado y sin el menor pudor.

No hubo tiempo para mucho más, pues el timbre sonó y hubimos de incorporarnos prestos a nuestras respectivas aulas, sin embargo, este nuestro primer aunque momentáneo contacto, nos serviría para iniciar una especial amistad que, al margen de nuestro compañerismo profesional, iría tomando, día tras día, más y más fuerza, y siempre atizada por nuestras confidencias sobre nuestros más emocionantes lances y anécdotas de apasionados cazadores.

En una de estas nuestras apasionantes charlas, salió a colación la soberbia "Beretta superpuesta del doce" que yo tenía, fabricada con auténticos aceros de “Brescia”, y que un buen amigo mío me consiguiera en la misma Italia. Mi compañero entonces, tal vez un tanto picado por mis alabanzas acerca de mi escopeta, también me hizo su particular panegírico sobre su "Larrañaga", paralela, recta como un junco, mocha, de pletinas corridas y también del doce, pero que su verdadero valor estribaba en que, heredada de su abuelo materno, era de los aceros de antes y casi de pura artesanía. Yo, siempre “tan curiosón” y más tratándose de cosas que, de una o de otra manera, rozaran la cacería, le dije que me gustaría ver tan magnífica y valiosa joya del pasado. Que yo, asimismo, metería en el maletero del coche la mía, para traerla para que la pudiera ver.

Y allí nos presentamos en el Colegio al día siguiente ya, con nuestras respectivas escopetas, como dos niños con un juguete nuevo y relumbrón. Y es aquí adonde yo quería venir, pues nos encontramos en el pórtico de lo que yo quería contar, realmente, de mi Diana que, ¿cómo no? tiene como telón de fondo las referidas escopetas.

Sucedió pues que, huyendo de curiosos y mirones, que a la sazón no podían ser otros sino los niños que se encontraban en recreo precisamente, nos fuimos al más escondido y aislado rincón del espacioso patio que circundaba totalmente al Colegio, con las escopetas en las manos y ya desenfundadas, con la idea de disparar al aire, ya que, por otra parte, nos encontrábamos prácticamente en un amplio y despejado campo, y así poder comprobar mejor y con mayor exactitud, la bonanza de cada una de las escopetas. Embebidos por completo en nuestro tema, porfiando ambos en ensalzar las cualidades de nuestras respectivas armas, no nos habíamos percibido siquiera de que la perra nos había seguido, y así, una vez que, como furtivos tiradores, nos encontramos ante las rejas en aquel apartado rincón, con nuestras respectivas escopetas intercambiadas y totalmente decididos a probarlas, nos las echamos a la cara, nos las apretábamos contra el hombre y disparamos. Y héteme aquí entonces que la Diana, como si hubiera aparecido allí como por arte de "birlibirloque," nos sorprendió intentando saltar la verja como impulsada por un fuerte y como misterioso resorte mecánico, con las evidentes intenciones de ir en busca de la supuesta pieza abatida, y que no pudiéndola superar, quedaba prácticamente colgada en ella, aullando de impotencia y de rabia, más que de dolor. Sorprendente hecho este que, automáticamente, nos llevó a trocar las alabanzas, que de nuestras respectivas escopetas nos traíamos entre labios, por las que una perra de caza, con tal arrojo, temeridad y valentía, podía merecer.

A raíz de este suceso, acude otro a mis recuerdos, por coincidir, básicamente, con él en muchas cosas, como el que, por estar todos los presentes ajenos a la presencia de la perra, su eléctrica como inesperada actuación, nos cogió a todos en cueros, dejándonos, a su vez, con la boca abierta.

Acaeció el caso allá en el Cortijo del Romeral, donde pastaban los toros bravos del famoso ganadero sevillano Don Gabriel Rojas, allá por la serpenteante carretera de "tercerola" del Culebrín, que saliendo de la carretera, llamada de "La Ruta de la Plata", iba a morir a Llerena.

Llegamos al "Romeral" nada menos que en un camión de gran tonelaje, acompañando - sólo por gusto - y asimismo, suplantando - por si las moscas - el cargo de ayudante del chofer, mi gran amigo Manolo, al que también acompañaba su hijo Mariano, niño de muy corta edad por aquel entonces, ya que nuestro viaje casi era el de un recreo campestre.

Manolo, válgame el inciso, era cuñado del Portero de mi bloque, y vivía en "la vivienda-portería", ya que su esposa, única hermana de Pepe, que así se llamaba el Portero, se había hecho cargo de él desde que se les muriera la madre, más que por ser este, ya a su edad, un recalcitrante solterón, por padecer no sé qué extraña y crónica enfermedad, que necesitaba de permanentes y atentos cuidados. Toda una bellísima persona este Pepe, por cierto, y sin desdecir ni un ápice, por otra parte, de la absorbente bondad, sencillez y agrado, tanto de su hermana, como de su cuñado.

Manolo, si es que no un cazador con todas las de la ley, sí que era más de campo que una liebre, además de ser un cordobés la mar de entrante, simpático y abierto, por lo que su compañía resultaba sumamente grata, y es que el bueno de Manolo, además, tenía un corazón como La Catedral de Sevilla, que es, por cierto, de las más grandes de la Cristiandad, pues no olvidemos que cuando se propusieron construirla, uno de los grandes girifaltes, exclamó en cierto momento de la reunión, que se debió convocar para firmar la tal construcción, algo así como “¡Construyamos una Catedral tal, que los siglos venideros nos tomaren por locos!”

Parecía mentira que aquel hombre, con aspecto de robusto y musculoso atlante, y con la estampa de un roble indestructible, llevara dentro tanta sencillez, tanto sentimiento e, incluso, tanto talento. Después de contactar con él de forma casual, no tardamos en compaginar en carácter, gustos y sentimientos para desembocar en la más sincera y fraternal amistad.

Con tales prolegómenos por delante, centrémonos pues en aquel día en el que como camuflado ayudante de todo el señor camionero, que estaba hecho Manolo, nos presentamos en la finca del Romeral con La Diana.

Sucedió que habían traído de la finca de marras a la famosa Venta de Antequera - sita a las mismas puertas de Sevilla y también propiedad de Don Gabriel Rojas – una partida de vacas bravas para ser sacrificadas en el matadero, y, por la noche, miren ustedes por donde, dos de ellas parieron, las que hubo que devolver rápidamente al Romeral ya que los recién nacidos eran machos. El encargo del tal traslado se le confió a Manolo, seleccionado entre los muchos camioneros que el adinerado ganadero y constructor sevillano tenía. Y así, este chofer, tan pronto como recibió la orden, se me presentó en casa, invitándome a acompañarle, sabedor de lo amante que yo era de todo lo referente al campo, diciéndome, asimismo, que ya puestos, que echara la escopeta y un puñado de cartuchos, y que ni decir tenía que a La Diana, por supuesto, para echar “un ratejo” a los conejos, ya que allí los había y en abundancia.

En cuanto a acompañarle, ni me lo pensé. Encantado y además sumamente agradecido, pero que, en cuanto a eso de “echar un ratejo” a los conejos en medio de los tan temibles toros, ni hablar de peluquín, ya que tal era el miedo que yo les tenía a tales cornúpetas, que antes preferiría “echar el tal ratejo” en los mismos infiernos. A Manolo, por lo visto, le debió caer en gracia mi espontánea expresión, pues se echó a reír como un descosido, a la vez que me decía en el más castizo cordobés, puesto que un cordobés muy castizo era este camionero amigo, que los toros bravos en el campo eran como mansos corderitos y aún más estando en manada, pero que, en todo caso, si alguno le daba por desmadrase, todo era cuestión de echarse "la de doce" a la cara y dejarlo hecho un taco con un certero tiro en la frente. Que él, porque no tenía los papeles en regla, que si no, el que se iba a llevar la escopeta, era él.

"La del doce", después de algunos tiras y aflojas, quedó atrás, por fin, no así la perra, que esa sí que fue para adelante, con la idea de que se pudiera explayar a sus anchas en aquellos tan agrestes parajes, aunque no fuera metida en cacería.

El primer paso de nuestro viaje, claro está, fue ir a La Venta de Antequera a recoger a las paridas y a sus retoños, y yo que, en eso del mundo del toro y del toreo, siendo tan genuino andaluz y sintiéndome muy orgulloso de ello, por descontado, siempre fui, paradójicamente, un "total negao" -lo que no quiere decir que, asimismo, fuera un "renegao" -pues del tema estaba totalmente "in albis", si es que no más "peloto" que un melocotón en Mayo. De ahí el que me impresionara sobremanera la agresiva actitud de aquellos recién nacidos becerrillos que, con solo unas horas de vida, intentaban cornear a los que los cogían para embarcarlos en al camión, en el que ya les esperaban sus respectivas madres, claro.

-Lógica tal actitud en ellos, ya que ese instinto lo llevan en los más ancestrales genes.- Me dije en mis "adentros", en tanto les miraba atónito.- ¿Estos ternerillos que más bien parecen dulces e ingenuos juguetes de peluche, reflejando en su actitud, tan pertinaz y beligerante saña, como si se tratara de hijos del mismo Satanás.....?

Tan impresionado me dejaron que, aunque la escena nada tenga que ver, prácticamente, con la Historia de mi Diana, no he podido pasar de largo sobre ella, aunque sólo haya sido en tan somera referencia, en este libro en el que estoy tratando de narrar lo más sobresaliente de la vida, obras y milagros de aquella excepcional perra que, por su talento, nobleza y sabiduría, hubiera hecho feliz a cualquier cazador, por lo que retomamos el tema, yéndonos ya directamente a aquella sorprendente como insospechado caso, que la perra nos haría vivir en el Cortijo del Romeral.

Mariano, el chavalín de Manolo, al parecer, estaba encaprichado con tener una collera de palomas, y ese día, viéndolas allí en la misma puerta del cortijo revolotear felices y hogareñas, le gimoteó su deseo al padre, poniendo al buen hombre en un verdadero compromiso. Por lo visto, uno de los vaqueros se debió apercibir de ello, por más que Manolo intentó disimular, y salió disparado a la puerta, diciendo que qué coño. Que por qué no se iba a llevar el chiquillo una collera de palomas. Que eso iba a estar hecho en un decir amén. Y, en efecto, en breves minutos, el vaquero volvió con el presente en las manos de un par de pichones de preciosa capa

nevada y se los entregó al niño, encontrándonos ya en la despedida allí dentro del cortijo y frente al postigo, abierto de par en par. Pero héteme aquí que, en una décima de segundo y en un leve descuido del pequeño, uno de los pichones se le escapó de las manos, arrancando raudo vuelo hacia el postigo que, en línea recta, apenas tenía la distancia de dos o tres metros hacia las afueras. ¿Y qué me dicen ustedes, que le dio tiempo al pichón a escapar por el tal postigo en su rápida huida hacia la calle? Ni mucho menos, pues allí estaba la perra a mi lado y, al parecer, totalmente atenta y a la expectativa de las manos del ilusionado niño, para saltar sobre el escapado como impulsada por vayan ustedes a saber qué potente y mágico resorte, para quedar en los aires con el pichón en la boca, ante la sorpresa y el asombro de todos.

Suceso este que nos daría pie para que, durante todo el viaje de vuelta, casi me obligara el buen amigo Manolo a que le fuera contando historias y más historias de tan sagaz e inteligente cazadora. Por cierto que, contándole aquello del conejo mixomatoso, pude ver que de los ojos de aquel inexpugnable y robusto roble que era Manolo, se escapaban dos lagrimones, que le resbalaron por las mejillas como dos goterones de plomo derretido.

Vida, Obras y Milagros de una Excepcional Perra de Caza

©José Fernando Titos Alfaro Nº Expediente: SE-1091 -12