Civilón, el toro que indultaron las mujeres
Durante toda una larga semana, la suerte que pudiese correr
Civilón, el famoso toro
de Salamanca, domesticado por una niña, ha tenido preocupados
a la mayoría de los barceloneses. En las ramblas o en el
Paralelo, en las terrazas de los cafés, en las oficinas y en
los talleres, las conversaciones han girado, los ocho días
anteriores a la corrida, sobre el mismo y obsesivamente sobre tema:
Civilón
Al mismo tiempo, los habitantes de Barcelona, especialmente las
mujeres, han iniciado una campaña tenaz en favor del indulto
del noble toro. Comisiones de mujeres de todas las clases sociales
han visitado al representante de la ganadería Cobaleda, a los
toreros, a las autoridades, a los empresarios de la corrida.
Otras han hablado desde la emisora de radio o han pronunciado
conferencias. A las oficinas de la Plaza de Toros, a los hoteles
donde se hospedaban los toreros, han llegado montones de cartas y
telegramas, no ya sólo de Barcelona, sino de toda España.
Ajeno al escándalo levantado por el anuncio de su
muerte, Civilón rumiaba filosóficamente el
pienso de los corrales de la Plaza. Quizá estaba un poco
desconcertado por el brusco cambio de paisaje. De la libertad de la
dehesa, ancha y llana, a un angosto y desierto corralillo; de los
trajes obscuros de los vaqueros y sus fuertes gritos guturales, a los
vestidos perfumados y vaporosos de las señoritas que iban a
visitarlo todas las mañanas y a sus palabras dulces y
acariciadoras.
Con sus ojos anchos, húmedos e inmóviles, el toro ha
contemplado durante una semana el ir y venir ajetreado de toda la
gente que quería verle y acariciarle. Se ha dejado tocar los
cuernos y el testuz, acariciar la luenga papada y que le diesen
palmaditas en los lomos. Se ha prestado a posar ante el conocido
escultor Florencio Cuairán, que, mientras que lo acariciaba,
iba modelando su figura; grupos de fotógrafos y de aficionados
han disparado centenares, millares de veces, sus máquinas
sobre el paciente animal. Otro toro -uno cualquiera de sus hermanos,
gloria y orgullo de la familia de los Civilones- hubiese
protestado de tanto abuso.
-Esto es demasiado- habría dado a entender con sus
actitudes y sus cuernos amenazadores.
Y los curiosos, aterrorizados, se hubiesen apresurado a
huir. Pero Civilón, no ha “dicho” nada. Con un
estoicismo impropio de su raza se ha dejado acariciar y palpar por
todo el mundo. Unicamente de vez en vez, cuando ya estaba muy cansado
de dejarse manosear, se alejaba de los grupos que invadían su
corralillo, buscaba un rincón umbroso y propicio y se echaba a
dormir…

Había muchas mujeres. En las barreras, en los tendidos, en los palcos, en las gradas, incluso en las localidades de sol, los trajes blancos o estampados y las amplias pamelas de paja daban un aspecto especial a la Plaza. Otras muchas mujeres que no pudieron o no quisieron entrar aguardaban noticias a pie firme en las puertas del coso, y cada vez que salía a la calle un espectador le rodeaban, acosándoles a preguntas:
¿ Han lidiado ya a Civilón
?
- ¿ Lo van a matar ?- Lo indultaron, ¿ verdad ?
Dentro de la Plaza, la corrida iba deslizándose sin historia, interrumpida de vez en vez por esos incidentes menudos que escoltan a la fiesta de los toros: la caida de un picador, el volteo aparatoso y sin consecuencias de un torero, la rivalidad entre los sectores del público, uno que aplaude y otro que silba…
Por fin le llegó el turno de ser lidiado a Civilón. “Quinto -decían los programas-: Civilón. Negro, lucero, meano… ”
En medio de un silencio impresionante, clarines y timbales sonaron quizás con más fuerza que de costumbre; se abrió la puerta del toril, y el animal domesticado por Carmelilla Cobaleda salió, paso a paso, hasta el centro del ruedo y quedó allí un momento, erguido, contemplando estupefacto aquella muchedumbre silenciosa. Un peón le brindó su capote. Civilón arrancó despacio hacia él, olió la tela, sopló… y se volvió hacia el extremo opuesto de la Plaza. Salió otro banderillero, y de nuevo agitó ante él la roja capichuela. Civilón volvió a arrancarse al trote, volvió a soplar y esta vez se alejó en busca de la soledad. Por último, El Estudiante intentó veroniquearlo. El toro pasó dos veces, pero a la tercera inició unos cuantos saltos acompañados de sus continuos soplidos y, volvió la cara otra vez.
- ¡ Manso, manso, que lo piquen !…- empezaron a gritar los hombres.
Entonces empezó el escándolo. Los hombres querían que siguiese la lidia, que picasen y banderilleasen a Civilón, para ver así la embestida. Las mujeres, en cambio, chillaban pidiendo el indulto del animal e insultando con gritos a los toreros que intentaban lidiarlo. En algunos tendidos aparecieron diferentes carteles. ” Estudiante, tú eres bueno -decía uno de ellos-. No mates a Civilón“.. “Pedimos el indulto del toro amigo de los hombres”- se leía en otro-. Mientras tanto, en el centro del ruedo, Civilón seguía con sus carreras al trote, y los toreros aguantaban resignados la bronca que se avecinaba.
Por fin, el presidente agitó un pañuelo. Los toreros se retiraron; aparecieron los cabestros y Civilón marchó alegremente tras ellos, entre ovaciones y silbidos. Las mujeres lo habían salvado…
“CIVILÓN” SE DEJABA BESAR

En la tarde canicular, imponiéndose al sol, al polvo y al calor, los gritos y los pañuelos de las mujeres ganaron la batalla a los hombres, y Civilón fué indultado. A ellas, a las mujeres de Barcelona, tendrá que agradecer Carmelilla Cobaleda que el toro domesticado por ella vuelva vivo a la dehesa. Después de terminar la corrida, en los corrales de la Plaza, las mujeres desfilaban para acariciar a Civilón. Vi a una niña, una criatura de dos años, que se empinaba para besarlo, mientras el animal, quieto y pacífico, inclinaba su poderosa cabeza…

(Julio 1936)